Escribe Leonard Cohen en el poema “Lot” aparecido en el libro Flores para Hitler (1964):
“Devuélveme mi lista de la infancia,
le susurré al polvo cuando se terminó el sendero”
Y entonces todas las preguntas posibles y las que no llegarán nunca –mas no por esto imposibles– Primero ¿cuál es esa lista de la infancia? ¿Se está refiriendo aquí, Cohen, a toda la batería de recuerdos que resguardó de su natal Westmount y en donde descubrió, por primera vez y en la guitarra de un tocador de flamenco callejero, que su destino era la poesía y la música? ¿O bien se trata de lo que no pudo retener? ¿De todo aquello que se evaporó en la rapsodia de una vida por venir repleta de (sin)sentidos, de literatura, de excesos y depresiones?
“Devuélveme mi lista de infancia”, además, es un verso que está dirigido a alguien, o a algo; es una querella o un grito “¡devuélvemela!”. Y ese alguien o algo es el polvo, el mismo y que, a modo de susurro, recibe la cuasi-súplica del poeta.
“El polvo”… ¿Habrá algo más aéreo que el polvo? Es una figura que inquieta y, al menos a mí, aterra. Leonard Cohen conversa con él ahí donde, seguro, en la más despiadada desolación no había nadie para conmover con una palabra: ni madre, ni padre, ni amigo, ni Marianne ni Suzanne ¿Por qué solo el polvo podría tener la respuesta para esa lista de infancia perdida? ¿La ruta extraviada por donde volver a sentirse protegido, sin la herencia futura de una existencia atravesada por tanta sensibilidad?
No quisiera tener que, en algún momento del tráfago incesante de ir tras un alma inhallable, verme obligado a dirigirme al polvo y rogarle, a él, consuelo; esperar del polvo un verbo, un sonido: una breve elipsis de significado; un hiato en donde toda la serenidad desperdiciada, por un instante, solo por un breve instante, logre reemplazar a los especialistas.
“¿Cómo puedo comenzar algo nuevo con todo el ayer que llevo en mí?, se preguntaba Leonard Cohen en su novela Los hermosos perdedores (Beautiful Losers, 1966).
“(…) cuando se terminó el sendero”. Y este parece ser el fin de la trama, pero no lo es. La conversación con el polvo –que nunca dará una respuesta y quedará inmemorialmente sin lengua– no se da en cualquier lugar, ni tiempo, ni espacio. Es, justo, cuando se terminó el sendero. Es el momento en que afirmamos que no hay más camino, ni mesías por venir, aunque sea en la falsa espera de la más fulgurante esperanza. La pregunta parece venir de un arrodillado, de un arrepentido o simplemente de alguien que ya sabe que la esperanza misma dejó de ser parte del repertorio posible. Y solo queda la homofonía de una voz patética, la del poeta, que le hablaba al polvo sufriendo porque las arterias van sudando arrebatadas, resintiendo la pulsión de muerte. Sabe, Cohen, que la tersa acuarela de una existencia reciente, pero perdida, lo conduce a la irremediable insistencia de vivir en el vacío ¿Sería posible tanta depresiva belleza de otra forma?
Habrá que “arder en preguntas” (como escribía Antonin Artaud) y, tal vez, dejar esa lista de infancia indeterminada; a la espera, mesiánica pero sin encarnación de nada porque ahí descansaría la belleza de la verdadera poesía.
¿Quién tiene tanta urgencia por encontrar la respuesta a las infinitas preguntas que pueden nacer de un solo verso? ¿Para qué ir, envueltos en la paranoia del filósofo, tras el secreto de lo irrevelable, si en ese sumergirnos en la búsqueda de lo que un poeta escribió –o dijo– no hay forma, tierra firme, determinación alguna que nos asegure una posada al final del camino?
Dejemos a la poesía en paz y entregada al polvo del devenir.
