En Arcadia, Pan era una voz: la voz del viento entre las ramas, de los manantiales entre las rocas, de los llamados de los seres. Como la voz de la montaña que ofrece su ayuda, incluso la gran ciudad (Atenas) acabó escuchándolo. ¿Lo comprendió y lo valoró? Incluso Eco, la ninfa, era una voz. Impotente ante Narciso, cegada por su propia belleza incomprendida, era una voz fluida, pero fue relegada (o se retiró por sí misma) a la tierra. ¿Silenciosa? No.
Este trabajo nació de escuchar esa voz; las figuras emergieron de ella una tras otra, cada una en su propio espacio, cada una nutrida por su vientre, pero atadas a una modulación dictada por la tierra y su canto. Este es el mito —la historia— que las une.
