Fernando Miranda: El silencio de la filosofía

Filosofía

Sólo gracias a aquellos sin esperanza nos es dada la esperanza.  Walter Benjamin

Si por algo puede llamar últimamente la atención la filosofía en Chile, es por su ausencia: nada se escucha de ella, sus representantes, que los hay, no son consultados en los grandes ni en los pequeños debates. Nada parecen tener que decir y, en estos momentos en que Chile parece estar desesperadamente buscando una nueva forma de entenderse y de darse a entender, no son precisamente los filósofos quienes toman la palabra. Los estudiantes, los sociólogos, los historiadores y, por supuesto, los economistas y los políticos tienen muchísimo que decir. Pero ¿hemos escuchado algo de parte de los llamados a pensar en la tradición filosófica? Nada. Y cabe preguntarse el por qué y también qué importancia puede tener esa ausencia.

La Filosofía es una actividad peculiar, prueba de ello acaso puedan ser figuras tales como Sócrates, Hypatia, Boecio, Jan Hus, Giordano Bruno, Giovanni Gentile y Antonio Gramsci, por nombrar solo algunos. Todos ellos murieron por sus ideas y en defensa de lo que ellos consideraban correcto. No se puede ser filósofo como se es contador o ingeniero, en la simple tarea de pensar hay una necesidad de compromiso y de lealtad a lo que se cree que va mucho más allá de lo que un simple trabajo requiere. Es este acaso un dudoso honor que la Filosofía comparte con la religión, el arte y la gran política.

Filosofar no es solo cumplir con ciertas obligaciones contractuales, es relacionarse directamente con lo que cada cual entiende por la verdad en y entre los límites que la razón establezca. Es esta una clase de relación que crea deberes y exigencias, que hace del pensar filosófico algo que debe su lealtad a una tradición y no a una pura formalidad o a una relación de trabajo.

¿Por qué, entonces, hablamos de un silencio de la Filosofía? ¿Por qué los filósofos chilenos, suponiendo que existan, pues no basta tener un título, nada tienen que decir sobre la actual situación chilena?

Con la Filosofía, creo, ha sucedido algo similar a lo que sucede con el arte y, tal vez desde mucho antes, ha sucedido con la religión: ante la dificultad de establecer los límites dentro de los cuales se es artista o filósofo, se ha querido hacer de estas actividades una profesión, vale decir, un trabajo como cualquier otro, en el cual lo esencial es cumplir con los requisitos formales. Así nos encontramos con rigurosas exigencias en cuanto a notas al pie de página, bibliografía, formato, etc., como si esto fuera lo esencial y olvidando, o ignorando, a grandes pensadores enemigos de la formalidad –Nietzsche, Wittgenstein, Cioran, por nombrar solo unos pocos–, el filósofo se convierte entonces en alguien que escribe para la academia y cuyo objetivo no es aproximarse tanto como le sea posible a la muy esquiva verdad, sino más bien acumular papers para su currículo. Se publican así textos llenos de citas como para garantizar que no hay ningún pensamiento o idea original, textos por demás incomprensibles para el común de los mortales, de manera que el filósofo se va convirtiendo en un irónico y despectivo lector de libros que habita en una solitaria torre de marfil desde la cual contempla el mundo con desdén. Y sin que a nadie le importe.

Pero no es esa la Filosofía que enseñó Simone Weil o a la que dedicó Gramsci sus once años de cárcel. Hoy Chile se encuentra en un momento de necesidad, tiempos de penuria, y esa es la Filosofía que se requiere, pero los que debieran asumir el rol están demasiado ocupados escribiendo sobre temas que más que filosóficos parecen filológicos, estudios increíblemente detallados sobre lo que dijo o quiso decir este o aquel pensador. Nos volvemos bizantinos estudiando hasta la última minucia como herederos involuntarios de otros tiempos en que sí se pensaba.

Cabría, entonces, pensar que, tal vez, la Filosofía sea simplemente innecesaria, un placer para diletantes o una suerte de trabajo arqueológico que, en vez de desarrollarse entre ruinas, se desarrolla entre libros. La especialización que parece extenderse por todas las ramas del saber podría estar llevando a que los problemas que enfrenta un país sean materia, efectivamente, solo de economistas y de políticos, a lo sumo historiadores y sociólogos. Nada tendrían que hacer o que decir los filósofos.

Pero la verdad es que todas esas ramas del saber solo se ocupan de sí mismas y solo tangencialmente tratan de las otras muchas posibilidades involucradas en todo proceso cultural de transformación.

Cuando los estudiantes protestan por una mejor educación en las calles de Chile, no lo hacen solo contra los abusos y el lucro; cuando los homosexuales demandan una mejor relación con la sociedad no lo hacen solo contra las actitudes prejuiciosas; cuando los trabajadores protestan contra las malas condiciones laborales no es solo por una reforma tributaria, sino por cambios que hablan de la clase de sociedad en que vivimos, una sociedad injusta, sin valores, sin solidaridad, y en que la democracia es apenas la formalidad de las votaciones en períodos regulares.

Y, ante estos temas, es la Filosofía la que debería estar llamada a orientar, a exponer, a proponer. Precisamente en estos momentos es cuando se la trata como un saber menor, en muchos colegios se la elimina y en las universidades ha disminuido su matrícula. Es tiempo acaso de recordar que en la historia todas las grandes transformaciones se iniciaron con el trabajo de los pensadores y que son ellos los que deben lidiar con el proceso de creación de nuevas visiones de mundo, no porque sean iluminados de ningún tipo, sino simplemente porque ese es su trabajo.

Un trabajo que en Chile eluden, dedicados casi siempre a la cómoda elaboración de estudios llenos de citas y de exquisitez formal, pero con muy poco pensamiento. Sin el atrevimiento que debiera caracterizarlos.

Fuente: El Mostrador

Imagen principal: Roberto Vian, MEDUSA

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