Tomás Abraham: “Letra de Foucault y música de Deleuze”

Filosofía

Fuente: Revista Ñ

Este curso de Gilles Deleuze de 1986 sobre el tema del poder en Michel Foucault, es un borrador de su libro sobre el filósofo de Vigilar y castigar . Nos ofrece el beneficio de recorrer el proceso de elaboración de un pensamiento que no oculta sus vacilaciones ante los estudiantes. Llama la atención que en sus clases de los días martes en la Universidad de Vincennes, Deleuze se acomode en su escritorio con una pila de libros marcados con separadores y ningún apunte. Cada una de las exposiciones de las once del trimestre tiene decenas de páginas en las que con frecuencia la palabra del profesor cae en el vacío.

Deleuze insiste para que sus estudiantes le hagan alguna pregunta sin lograr romper un persistente silencio. Más de una vez dice estar agotado a la vez que admite que tiene conciencia de que sus dichos son difíciles de comprender aún para sí mismo. El grado de abstracción al que llega su pensamiento da testimonio de esta dificultad.

Si quisiéramos comparar los textos editados de los cursos de Foucault con los de Deleuze, el contraste no puede ser mayor. El primero leía un escrito preparado con minuciosidad para que los lectores póstumos nos sintamos agradecidos por el hecho de que las desgrabaciones de trece años de cursos en el College de France, no sólo ofrezcan claridad conceptual, precisión argumentativa, ordenamiento didáctico, sino también, elegancia de estilo.

No es el caso de Deleuze que, según él mismo declara, intenta sistematizar en un cuerpo teórico los razonamientos que Foucault decidía conservar en estado práctico de acuerdo a la necesidad analítica de sus investigaciones. Además, Deleuze se propone trasmitir un nuevo vocabulario que se sobreimprima sobre el material interrogado.

El objetivo del curso es presentar el pensamiento de Foucault sobre el poder. Deleuze lo hace a partir de su lectura de Nietzsche, en la que privilegia la noción de “fuerza”. Así como en el curso anterior dedicado al “Saber” en la obra de Foucault, se trata de formas sedimentadas en estratos de acuerdo a un procedimiento “arqueológico”, esta vez cuenta la multiplicidad de fuerzas en tensión.

Estas fuerzas carecen de cualidades – Deleuze dice que el poder es transcualitativo–, son parte de una dinámica cuyo sentido es el de imponer una carga de energía y dominar otras fuerzas que se le resisten. El modo en que las fuerzas actúan es variable y adquiere su rasgo diferencial en lo que llama “diagrama”.

Este término aparece como decisivo, a pesar de que figure una sola vez en la obra de Foucault. Para entender el modo en que los diagramas actúan, Deleuze cree necesario evocar algunas precisiones. En su curso anterior habla de las dos formas en que se materializa el saber: visibilidades y enunciados.

Es conocida la interpretación que se hace del pensamiento de Foucault como el de un filósofo que ha relacionado los discursos con sus espacios de implementación: asilos, hospitales, prisiones, monasterios, talleres, naves, leprosarios. Conforman instituciones en las que la aplicación de las normas y la racionalidad puesta en juego, suponen un ordenamiento en el que los cuerpos ocupan lugares para un ojo que los vigila, que los separa, jerarquiza, discrimina, potencia o elimina.

Deleuze llama visibilidades a las derivaciones de una luz, y enunciados, a productos específicos extraídos de un magma lingüístico. Luz y lenguaje –factores condicionantes a la manera de los a priori kantianos de espacio y tiempo– no son necesariamente simétricos, ni analógicos, sino, por el contrario, se ordenan de acuerdo a series paralelas y divergentes que cuando se cruzan, producen un acontecimiento no atribuible a una necesidad o determinación histórica y menos aún a una predestinación de origen.

Hay una intervención del azar en una concepción de la historia en la que prima la contingencia articulada de un modo reticular, que dará lugar a dispositivos de saber-poder. Así ocurrió, por ejemplo, con el asilo y la prisión, en que los discursos de la medicina y del derecho, de los alienistas y los reformadores, siguieron sus propias líneas argumentativas y se sometieron a los debates internos de sus disciplinas, sin relación con los diseños arquitectónicos y la modificación de los espacios de clausura que van del hospital general a las clínicas psiquiátricas o de los recintos de aglomeración de marginales a la cárcel, dividida en celdas, destinada a la figura del delincuente.

Ni las elaboraciones de Pinel ni las de Beccaria tenían la finalidad del encierro, como, para dar otro caso, esta vez de un trabajo personal, la dinámica de los grupos terapéuticos tampoco estaban destinados a modernizar la gestión empresaria de acuerdo a su ideal de excelencia, como lo mostré en mi libro La empresa de vivir .

Deleuze sostiene que el cruce entre el nivel enunciativo y el de las visibilidades, se entiende con la intervención de un tercer eje, el que denomina eje del poder o diagrama. Este eje es el que distribuye las singularidades dispersas, y las inscribe en una curva que Deleuze describe con un léxico importado del cálculo infinitesimal: derivadas, integrales, paso al límite, que poco ayudan a la comprensión del tema. No es fácil sintetizar las cuatrocientas páginas de este curso que se suman a igual cantidad del impartido el trimestre anterior. Pero al menos se puede intentar detenerse en sus principales líneas argumentativas. Una fuerza siempre actúa sobre otra fuerza. Las fuerzas son dispares. De lo que se trata es de dominar una multiplicidad sin nombre. La nominación está dada por los dispositivos de saber. Deleuze define al saber como “el arte de manejar materias formadas y funciones formalizadas”. Materias como estudiantes, presos, enfermos, obreros, y funciones formalizadas que son las de enseñar, vigilar, curar, controlar.

El poder no es una propiedad ni un atributo ni una capacidad ni se equipara a la violencia o la represión. El poder se ejerce de acuerdo a estrategias cambiantes para imponerse a una multiplicidad mediante procedimientos de incitación, inducción, persuasión. Deleuze no nombra el terror, como una de las manifestaciones del poder, omisión quizá comprensible ya que Foucault cuando habla de gobernar conductas no lo toma en cuenta, y en otras ocasiones –cuando menciona al Gulag o efecto Soljenitzin– sí lo hace.

Objetivos del poder son la conservación de privilegios, la acumulación de ganancias, la aplicación de una autoridad estatutaria, o el ejercicio de una función u oficio. La modalidad instrumental del poder se manifiesta mediante la amenaza con armas, efectos de la palabra, la desigualdad económica o mecanismos de control. Sus formas de institucionalización son la familia, la escuela, el ejército, etc. La finalidad de una institución es la reproducción del poder.

El poder se aplica como una fuerza en el espacio-tiempo, en el cual se encierra, se cuadricula, se serializa. Puede implementarse de acuerdo al modelo de la peste como al del panóptico.

En Foucault, subraya Deleuze, el diagrama del poder en la modernidad sigue dos vías: un mecanismo destinado a poblaciones poco numerosas en espacios reducidos, al que llama anatomopolítica de los cuerpos recorrido por un ojo detallista y examinador. Y la biopolítica de las poblaciones, en la que se elabora la gestión de la vida de una multiplicidad numerosa en un espacio abierto de acuerdo a proyecciones probabilísticas.

Deleuze distingue el diagrama de soberanía de la época feudal en la que una fuerza extrae energía de otras fuerzas, del diagrama del modelo disciplinario, en el que la construcción de la fuerza resultante es mayor que la sumatoria de las fuerzas de sus componentes. De un modelo extractivo a otro productivo.

Deleuze prolonga los ejemplos diagramáticos al poder pastoral que se caracteriza por su atención individualizante por la que cada oveja del rebaño humano es identificada y tomada en cuenta en su unicidad, al de la ciudad griega en la que prima la rivalidad entre varones libres.

Las mutaciones que hacen pasar de un diagrama a otro, se deben a puntos de resistencias y a un “afuera” que Deleuze nombra tantas veces como las que deja sin aclarar. En los últimos capítulos del libro, leemos una sorprendente interpretación de la “muerte del hombre”, un tema comentado hasta la saturación, de Las palabras y las cosas , en correspondencia con el anuncio nietzscheano del superhombre.

Deleuze constata que en el siglo XVII, la época clásica, los atributos del hombre se medían de acuerdo a un ideal de perfección en el que Dios dejaba de ser un Creador para identificarse con el infinito. Descartes, Pascal, Spinoza y Leibniz, son los filósofos que elaboraron sistemas en los que Dios es el garante nominal de un orden metafísico. En el siglo XIX, señala el repliegue de la figura del hombre al más acá de la finitud. Kant en la filosofía, Sade en la literatura, y las disciplinas empíricas como la biología, la filología y la economía política, ilustran la nueva dispersión de ámbitos de conocimiento finito, comparativo, y organizado de acuerdo a criterios de profundidad en ruptura con la serialización infinita del espacio representativo. La antropología filosófica y la fenomenología intentarán legitimar a partir de la figura “hombre” la fundamentación de estos nuevos saberes.

Deleuze nos dice que el “más allá del hombre”, el estadío del superhombre, se vislumbra en la revancha del silicio contra el carbono con las máquinas cibernéticas, en los códigos genéticos que disuelven la identidad de las especies en hélices y combinatorias que las modifican mediante capturas de códigos, y en lo que llamativamente denomina “literatura”, cuya presencia actual resulta confusa, salvo que sea un intento quizás intempestivo o anacrónico por rescatar al lenguaje. Estas páginas finales del curso constituyen una muestra cabal de los alcances de la imaginación teórica deleuziana, y de su libertad para relacionar singularidades teóricas, despejar lugares comunes, y recorrer lo que llama invocando a Pierre Boulez, “espacios lisos” de la sonoridad musical.

Al menos para algunos lectores y aficionados a la filosofía, el pensamiento filosófico tiene letra de Foucault y música de Deleuze. Este libro es otra de sus partituras.

Tomás Abraham es filósofo. Coordina desde hace 30 años el Seminario de los Jueves.

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