Rodrigo Karmy Bolton / Velocidades mutantes 2. Hipertrofia

Filosofía, Política

Pedazos de palabras, ritmos ensordecidos, cuerpos encerrados; el presente ha llegado a la boca del lobo. Los pasajes que presentamos a continuación son derivas de un “gran encierro” que contempla a través de la ventana la mutación radical y veloz del mundo en el que vivimos.

2.-Hipertrofia

Si permanece en sus diversos análisis que cierran el campo de posibilidades, la múltiple perspectiva llamada “biopolítica” se vuelve una perspectiva hipertrófica política y conceptual. Cuando Foucault acuñó el término lo hace en la segunda mitad de los años 70 de manera tentativa, exploratoria, intentando pensar la alteración sufrida por la modernidad política en el orden del poder. Pero Foucault –ya en sus clases de 1978- termina por desplazar el término por la noción de “gubernamentalidad” que posibilita atender a la escena del liberalismo que, a su vez, según el propio Foucault, permitirá explicar aquello que en sus lecciones precedentes había llamado “biopolítica” (el poder sobre una población considerada como un conjunto de seres vivientes). Así, el término “biopolítica” no viene a explicar, sino a ser explicado por la deriva de la racionalidad liberal que encontrará su genealogía en el poder pastoral cristiano.

Además, el término “biopolítica” no puede ofrecerse como un término que pretenda reemplazar o sustituir la otrora noción marxista de ideología o a las formas usuales en las que la “teoría de la soberanía” tiende a formular los problemas políticos. No. Nunca se trató para Foucault de un “reemplazo” categorial, de un simple cambio conceptual que pudiera develar, ahora si, la verdad acerca de las formas imperantes del poder.

Más allá del posible juego de sustituciones y, siguiendo de cerca de sus clases de 1976, Foucault trató siempre de abrir una arista diferente para pensar cierto tipo de problemas –mucho más pequeños, referidos a los procedimientos, a sus racionalidades, antes que las grandes estructuras del poder- que en ningún caso intentaban inaugurar una nueva “teoría” sino pensar una “analítica” del poder para desviar la mirada tradicional de la teoría de la soberanía. Si esta última no puede pensarse a sí misma sino es con la forma monumentalizada de su propia imagen, Foucault ofrece materiales para mostrar lo que ella no es capaz de mostrar: que en el fondo, lejos de toda metafísica, la soberanía no es más que un conjunto de procedimientos, de relaciones de poder que no dejan de operar en la superficie de la vida social.

Sin embargo, de manera más decisiva, el trabajo focaulteano no está dedicado a la cuestión del poder “en sí”, sino, ante todo, al problema del sujeto y la verdad; donde el recurso a la noción de “biopolítica” (que él no inventa sino que trae de Rudolph Kjellen) resulta un modo singular de hacerlo, en un momento teórico muy preciso. Curiosamente, no fue hacia fines de los años 70 cuando la filosofía y la teoría política se interesaron en dicho término, sino posteriormente a la caída de la URSS: como si la debacle del marxismo hubiera posibilitado la emergencia de otra lectura “crítica” (término que hasta ese minuto se hallaba prendido de la Escuela de Frankfurt), pero también, porque esa debacle fue la condición para la publicación progresiva y lenta de sus Cursos del Collège de France. En esa trama, Agnes Heller y Ferenc Fèher escriben uno de los primeros libros titulados “Biopolítica” para referirse a la escena anti-universalizante de las protestas ciudadanas en el contexto de las sociedades liberales contemporáneas para, posteriormente aparecer en la discusión “italiana” con Agamben, Esposito, Negri o Lazzarato.

Sin embargo, todo ocurre como si dicho término, alguna vez exploratorio, hubiese devenido “auto-suficiente”. Alguna vez, con Edgardo Castro caminábamos por una calle de Santiago de Chile y nos topamos con un kiosko en el que vendían empanadas (veníamos cerca de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile). Ahí, Castro ironizó: “bueno, yo soy uno de los culpables de que ahora exista la biopolítica de la empanada”.

Reímos como era habitual, pero la ironía de Castro anunciaba (habrá sido el año 2008) a la hipertrofización del término que hoy día parece cristalizarse en la habladuría filosófica contemporánea. Porque todo sucede como si sus (malos) cultivadores como sus (malos) críticos pasaran por alto que en dicha problematización no existe una concepción orientada a identificar alguna “intención” malévola del poder o que “alguien” estaría detrás, sino tan sólo una racionalidad que opera en las superficies de los cuerpos y que siempre resulta reversible y revocable.

La intención “malévola” (o benévola) o que alguien pudiera estar “detrás” es asunto de teólogos; para Foucault –dado que Dios junto al “hombre”, han muerto- el “juego de verdad” siempre implica un deslizarse en el problemático campo de las superficies. No habrá subversión sin un mínimo pensamiento de lo sensible, pero, a su vez, un pensamiento de lo sensible que no toque la política cobra el grave riesgo de replicar el reino de la economía.

En este sentido, la asonada biopolítica de la década de los 2000 en América Latina derivó, en parte, en una hipertrofia conceptual que clausuró cualquier posibilidad de resistencia cuando, precisamente, para Foucault tenía el sentido contrario, esto es, desde una lectura biopolítica del presente podía ser posible la crítica como “actitud” (véase que su conferencia ¿Qué es la crítica? Es del mismo año en que Foucault está trabajando el ciclo sobre la cuestión biopolítica) e inventar múltiples formas de resistencia, modos que no coincidan con las formas tradicionales de “revolución” en la que se jugaba la clásica teoría de la soberanía.

Hacer del término “biopolítica” un nuevo dispositivo “biopolítico”, convertir a un término crítico en un cliché deviene el riesgo inmanente al discurso universitario. Porque si bien, nadie dudaría que las derivas del poder han asumido a la “vida biológica” dentro de sus cálculos y, a su vez, la entrada del término construyó toda una matriz de análisis decisiva que, como el propio Foucault subrayaba, sigue la estela abierta por la Escuela de Frankfurt, el uso del término no puede clausurar las posibilidades porque el concepto “biopolítica” –al menos desde los diversos usos que ofrece Foucault- no se proponía preguntar: ¿por qué no nos sublevamos? sino plantearse estratégica y afirmativamente: ¿cómo –bajo qué condiciones, hoy, que carecemos de filosofía de la historia- podríamos sublevarnos?

Imagen principal: Annegret Soltau, llein [Alone], 1979

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