Sergio Villalobos-Ruminott / El affaire Agamben expandido

Filosofía, Política

No es que tenga un gusto especial por la polémica. Pero ya que estamos en esto, quisiera advertir que escribo estas notas como reacción, sin rabia ni segundas intenciones, tanto a la serie de intervenciones de Giorgio Agamben en periódicos de dudosa proveniencia en la península itálica, como a la serie de respuestas que sus textos no dejan de producir en un público que si bien ya no responde a la noción kantiana de publicidad burguesa, existe patentemente en la virtualidad no menos real de las llamadas redes sociales. En este sentido, basta que el italiano publique unas cuantas opiniones para que estas tengan una interesante resonancia a nivel de las redes, permitiendo demarcar las posiciones en un confuso universo virtual. Como un Moisés paranoico frente a la sofisticación infinita del biopoder, Agamben parte las aguas del Facebook para dividir a filisteos de creyentes, invitándonos a una travesía que pasa por la apodíctica confirmación de sus tesis centrales.

Según él, estaríamos encallados en un estado de excepción ya pre-figurado desde los orígenes mismos de la política occidental. La pandemia del Covid-19 no sería sino un dispositivo, como el teléfono, orientado a controlar la existencia, suprimiendo la condición inanticipable de la experiencia. Con un tono oportuno y grave, Agamben pareciera restarle pertinencia a las medidas tomadas por los Estados nacionales, denunciando su oscura vocación totalitaria. Por supuesto, más allá de su insólita coincidencia con la agenda libertaria de un neoliberalismo desesperado frente a la desaceleración de sus procesos de acumulación, habría que preguntarse no por la pertinencia de sus ensayos acotados a la pandemia actual, sino por las tesis fundantes que lo llevan a concebir esta situación en el horizonte inmunitario de un orden biopolítico que parece no tener fisuras. No por nada, ese sólido trabajo de años, y que no se refiere solo al proyecto ahora completo de Homo sacer, ha estado en el centro de múltiples debates contemporáneos, para bien y para mal.

Sin embargo, lo que impresiona no es solo la resonancia que han alcanzado sus juicios y pronósticos actuales, sino el rechazo casi generalizado que estos generan. Es como si mucha gente hubiese estado esperando el momento preciso para encararle su inmerecido prestigio, sus lecturas tendenciosas, su protagonismo sin sentido. En vez de confrontar el problema en el don de su complejidad, hoy en día puede leerse fácilmente una serie de descalificaciones que pasan por desacreditar los medios en los que el italiano publica, su uso sospechoso de las estadísticas, su dudoso prestigio en la academia norteamericana, su condición de filósofo mediático, y una serie bastante interesante de argumentos ad-hominem.

¿Qué se puede hacer frente a esto? Si no hubiese nada en juego, tal vez lo mejor sería unirse a la alegría ebria del consenso mediático y crucificar a Agamben por su paranoica lectura del presente. Después de todo, en la perfección del negocio mediático, todo sirve, mientras más duro le demos, más capitaliza su “signature” y aumenta la rentabilidad de sus acciones. Más allá de las furiosas invectivas, su nombre sigue circulando como un Trade Mark reconocido.

Sin embargo, tengo la impresión de que lo que está en juego acá es algo sustantivo y merece la pena detenernos aquí. Es decir, esta animadversión contra las opiniones de Agamben en torno a la pandemia no expresa un simple desacuerdo, sino la pretensión de una disputa capaz de desacreditar de raíz un nombre asociado con un pensamiento que ha estado circulando, quizá de modo desmedido, en las ferias intelectuales y los congresos académicos durante los últimos años. Procedo a señalar algunas dimensiones que bajo ningún punto de vista quieren ser argumentativas, sino solo indicativas de lo que estaría realmente en juego el affaire Agamben:

1. – Una confrontación sostenida con Agamben no tiene que ser, necesariamente, una refutación o una denegación, sino una “solicitación” sistemática, rigurosa, de lo que éste nos ha venido diciendo desde hace años. De su lectura schmittiana de Benjamin, de su singular reducción de la deconstrucción a una hermenéutica apolítica, de su re-teologización de la política, de su reflotamiento del franciscanismo de la pobreza, etc. pero no para indicar algún error (cuestión propia del discurso filosófico universitario) sino para estremecer sus decisiones y conclusiones. Tan importante como el desarrollo mismo de esta interrogación es entender que ella no puede ser, simplemente, una crítica en sentido moderno universitario.

1.1. – Nótese, entonces, que no se trata de desacreditar las opiniones del Facebook como “insuficientemente académicas”, pasajeras o livianas, sino, por el contrario, de mostrarlas en su profunda co-pertenencia con el discurso universitario moderno, como su exageración y su develamiento, lugar donde las mediaciones burocráticas de la universidad quedan desnudadas permitiendo percibir la mecánica de una operación crítica basada en el juicio y el descarte que ha marcado a la tradición crítica moderna, sujetándola a la performance de un sujeto racional que, a la distancia, evalúa objetivamente. El hecho de que Facebook pueda ser leído como parte del aparato moderno universitario confirma, de una u otra forma, no solo las advertencias lacanianas sobre las transformaciones del discurso del amo, sino la necesidad de pensar la “lógica” del comentario (Averroes) más allá de las demandas cartesianas de la verdad y la duda metódica, cuestión de la que Agamben está, por supuesto, muy al tanto.

2) A la vez, también resultaría interesante preguntarse por el carácter sintomático no solo de sus intervenciones acotadas a la crisis del Covid-19, sino de las respuestas, casi compulsivas, que intentan refutarle, desbancarle, desprestigiarle, y disputarle un supuesto lugar de saber, una cierta posicionalidad discursiva que sigue totalmente atrapada en una estructuración principial del sentido, para la cual el problema con la filosofía de Agamben no es su intento de sobre-determinar la experiencia (desde un dispositivo infalible por abstracto), sino el hecho de que “su” filosofía no sería la más indicada para permitirnos comprender el presente, como si el problema se resolviera al dar con la filosofía adecuada para nuestro tiempo, sin cuestionar su misma posicionalidad principial, arcóntica, archeo-teleológica. Después de todo, sin este cuestionamiento an-árquico, las disputas se reducen a peleas partisanas, a nuevas políticas de la amistad.

2.1. – Por lo tanto, ya no se trata de encontrar “otro principio”, sino de desligar aquello que la palabra crítica todavía nos promete desde su misma organización principial, la que ha organizado no tanto al pensamiento, sino a las narrativas universitarias encargadas de producir su historia. Si la interrogación derridiana del pensamiento heideggeriano pasa por la misma solicitación de la historia del ser como “narrativa” ya siempre problemática, sea en los términos de una historia de la metafísica occidental o en los términos de su organización epocal-principial, articulada en el plexo del onto-teo-antropo-logos, lo cierto es que la solicitación derridiana no pasa por un simple descarte, refutación o rechazo, ni tampoco aspira a la promoción de una organización principial alternativa. Desde aquí, entonces, más allá de las rabias que generan las opiniones de Agamben, la pregunta sería ¿hasta que punto su genealogía biopolítica de la racionalidad occidental sigue anclada de una narrativa “tácita” pero muy operativa, relativa a la organización de la historia teológico-política de Occidente? Más allá si esta narrativa “tácita” provenga de Heidegger o de Carl Schmitt. Y, por otro lado, ¿hasta qué punto en el mismo pensamiento agambeniano hay elementos que des-operan esta narrativa, mostrándola como el simple remanente de una lengua histórica destrozada, al igual que los pedazos de un mapa imperial abandonado en el desierto, según el famoso cuento de Borges sobre la cartografía?

3) Pareciera entonces que una confrontación reflexiva con Agamben no podría limitarse a la impertinencia de sus textos acotados al Covid-19, ni a la denuncia de los medios escritos en que dichos textos han aparecido. Me atrevería a decir que todo esto es secundario, casi irrelevante, a menos que seamos capaces de mostrarlos como consecuencia de decisiones complejas acaecidas en un momento en que su pensamiento alcanzó su mayor fulgor y, por lo mismo, su mayor ceguera. Y es allí, me parece, donde habría que llevar el asunto, a la cuestión misma de la soberanía, del poder y de la experiencia, que Jacques Derrida señaló como instancia central donde pensar la operación agambeniana. Precisamente porque lo que está en juego en esta confrontación no es la mera formulación paranoica de una hipótesis policial basada en el resentimiento de Agamben con Derrida o del supuesto desdén u odio de Derrida hacia Agamben, sino la cuestión misma de la soberanía, de la violencia y de la política.

3. 1. – Por lo mismo, no deja de impresionar que la lógica del rechazo y de la denuncia impere en lugar de una verdadera confrontación con un pensamiento fundamental de la soberanía y del derecho, de la fuerza y de la política. No solo porque Agamben ha sido capaz de articular una determinada narrativa sobre la tradición del biopoder occidental, acentuando de una manera específica el pensamiento de Arendt, Heidegger, Schmitt, Benjamin y Foucault; sino porque en su acentuación se juega la composición de un verosímil epocal que, más allá de su eficiencia y de su pertinencia, ha sufrido una suerte de hipertrofia (según la acertada caracterización de Karmy), gracias a sus usos y abusos por el complejo industrial-editorial-universitario contemporáneo, aquel que marca el ritmo de las publicaciones, lecturas y discusiones en un mundo casi totalmente universitarizado.

4) Mi hipótesis de lectura entonces indica que en la tensión entre las formas de pensar la cuestión de la soberanía, la violencia y el poder, en Derrida y Agamben, se juega la recepción, crítica o no, del pensamiento heideggeriano y la misma cuestión benjaminiana de la violencia divina. Pero lo que se juega en este juego, si así puede decirse, no es tanto la legitimidad hermenéutica o filológica de un pensamiento basado en la recuperación-traición de sus antecedentes inmediatos, sino la posibilidad de elaborar un pensamiento crítico de la facticidad que no se satisfaga con su popularidad mediática ni con su posicionalidad arcóntica, auratizada y autorizante. Me inclino a pensar que, de lo contrario, solo lograremos habitar en la estela aurática de una publicidad virtual y partisana.

4.1. – En efecto, sin tal confrontación tenderemos a pensar el debate entre Derrida y Agamben no como el encuentro de dos formas diferentes de problematizar la tradición y nuestra relación con ella, sino como una batalla entre dos marcas comerciales; una batalla cuidadosamente configurada por el complejo industrial-editorial-universitario, que al modo de las disputas entre consumidores de Coca-Cola y Pepsi, no es más que el simulacro de una retórica orientada a auto-abastecer la lógica de la producción y la circulación de la mercancía. Confrontar realmente el affaire Agamben, considerando la complejidad de su trabajo, implica, como mínimo, cuestionar la intelligentsia universitaria identificada con la “filosofía” sin más, como si la misma filosofía, ahora sin comillas, no estuviese siempre habitada por un desasosiego constitutivo relativo a los órdenes del curriculum y de la universidad profesional o espiritual moderna.

Por supuesto, no sería menos irónico descubrir que el mismo Agamben se ha contagiado, sin saberlo, con el virus. Espero que no, y claro, más allá de las diferencias con sus análisis e, incluso, de la insatisfacción que uno experimenta al leerlos, lo cierto es que la misma suspensión de la ‘normalidad’ impuesta por la pandemia nos permite ver hasta qué punto las tomas de posición y los connatos de debate en Facebook, lejos de ser meras cuestiones anecdóticas, son hoy más que nunca, una nueva encarnación del espíritu universitario del juicio y de la crítica. ¡También hay que pensar en esto!

Imagen principal: Jean-Baptiste Boyer, a dead exile, what a nice future , 2019

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