Karen Glavic / Pañuelos, ojos

Estética, Filosofía, Política

Vamos de 8 de marzo a 8 de marzo, el de 2020 con millones en la calle, una marcha cuerpo a cuerpo, a pleno sol, sin todavía la noticia de un caso confirmado de Covid 19 en Chile. Ahora es 2021, el llamado es a reunirse en los territorios, a una concentración en el centro de Santiago, a llenar la Alameda a un pañuelo de distancia. Entre nosotras nos cuidamos. No nos cuida la policía, nos cuidan nuestras amigas. Con todas las prevenciones salimos a la calle, no por tanto tiempo, no tan lejos, no se trata tanto de desafiar la existencia del virus o la domesticación de la revuelta que hemos ido observando de manera paulatina desde noviembre de 2019, como seguir la trenza que hemos hilado durante décadas y, en este momento feminista, en el de “ahora que estamos juntas, ahora que sin nos ven”, salir a decir que el cuerpo que se vuelve pregunta cada vez que los feminismos ocupan la calle, que vienen y van a intervenir las murallas, a gritar consignas y a ser una potencia heterogénea, han de salir nuevamente a hacer visibles los problemas “privados”, a ocupar el espacio público por tanto tiempo negado. No es solo una cuestión de cuarentenas.

Malena Nijensohn se pregunta en La razón feminista. Política de la calle, pluralismo y articulación si acaso el feminismo se convirtió en un fenómeno de masas, sobre las implicancias de esto para la teoría y la práctica feminista, y qué efectos se producen en el propio feminismo como movimiento1. Cada vez hay más grupos que comparten información, que quieren debatir problemáticas feministas, las marchas son masivas, la huelga feminista resuena, aumentan las denuncias de violencia, y estos y otros fenómenos muestran que el feminismo ha ganado terreno en el imaginario social, cultural y político.

¿Qué significa ser un fenómeno de masas? Esto es, claro, una discusión en sí misma, Nijensohn la aborda, pero yo quisiera hacerme parte de la afectación que rodea su pregunta. En el fondo, lo que se juega es una disputa de sentido, una pregunta en torno al “feminismo que va a vencer”, cuál es ese, y qué debiera tener presente, asumir como bandera de lucha.

El año pasado la brigada Laura Rodrig de la coordinadora 8M pintó en la acera que rodea a la Plaza Dignidad, allí donde está(ba) el monumento a Baquedano2, la consigna HISTÓRICAS, mientras que este año, la misma acera fue escrita con un NOS MATAN. Nos mata la violencia machista, nos mata la policía, nos mata el virus y un gobierno que nos culpa de enfermarnos, que no ofrece una renta básica de emergencia, nos matan es el gesto de una experiencia común3, dice Rodrigo Karmy, es el grito de los cuerpos que resisten a ser gobernados, es el arrojo de miles de cuerpos sublevados.

Una lectura feminista debiera preguntarse siempre por esos cuerpos. Por las marcas que los describen. Por aquello que construye ese en-común. Esto se hace particularmente crítico hoy, en que el 8 de marzo son miles de mujeres en la calle y, al mismo tiempo, un nivel de recuperación de ese “ser mujer” que va desde la propaganda del retail a los sectores más conservadores de los feminismos. Resulta que –y esto debe tener toda nuestra atención– de un tiempo a esta parte nos preguntamos mucho respecto de quien puede manifestarse o no un 8 de marzo, con una confianza absoluta en que con “ser mujer” basta, y somos “las mujeres” las autorizadas para estar en la calle. Miramos con sospecha incluso a las disidencias, a los cuerpos, las cuerpas, que han sido parte de la lucha HISTÓRICA de los feminismos. Resulta que, con mucha soltura, nos parece ahora que una marica es un varón.

No me convence la idea de no mirar ese NOS MATAN sin su inscripción específica. Fue pintado para un 8 de marzo, por un 8 de marzo. También por el virus, también por y contra la máquina securitaria del régimen de Piñera. Nos matan a “las mujeres” la violencia machista, las matan a las lesbianas, les matan a les trans, matan a quienes protestan, a los pobres, a las racializadas, al pueblo Mapuche. El “téngase presente” de ese en-común, de ese “nos” ha de ser un ejercicio colectivo. Una suerte de recordatorio mutuo para un colectivo diferenciado.

Volvamos a la pregunta por el movimiento de masas, al “mujeres arriba” con que nos sorprendió la publicidad este año, a esa suerte de privatización de ese movimiento que nos hace tender un muro entre las identidades que pueden salir a la calle y las que no. ¿A qué mujeres corresponde ese ser mujeres? Incluso parece que eso se vuelve secundario. El tema es que “mujeres” parece ser una suerte de significante que circula sin atender ni a la materialidad de los cuerpos que padecen ese “ser mujer” ni a las largas luchas y discusiones teóricas que los feminismos han dado por no reducir las certezas a la anatomía. Lucha como mujer, pelea, vístete, cuida, organiza, empodérate. Ese “ser mujer” puede perfectamente convertirse en el significante que describe la anulación del conflicto y un artefacto para el consenso político.

Un feminismo que se reconozca antineoliberal debe articularse con otras fuerzas. Fuerzas que no nieguen, que tengan presente que ese NOS MATAN es violencia machista, es violencia autoritaria, es anulación del conflicto en post de una masa que responde más ofendida que organizada en la lucha contra la precarización. Carolina Ré, en su artículo Pluralismo e hiper-narcisismo en el feminismo neoliberal: una aproximación materialista, describe un feminismo neoliberal que se conecta perfectamente con el capitalismo en su versión financiera y global4 a través de un pluralismo y falta de aceptación del otro, que se esconde en el diálogo y el consenso. La pregunta que se instala, entonces, es hasta qué punto el sujeto neoliberal opera en los movimientos feministas de nuestro presente5, y cuánto de la homogeneización que es esconde en una supuesta pluralidad (“las mujeres”) no oculta la domesticación de los feminismos que durante siglos se desarroparon de las identidades fijas y de los destinos biologicistas, afirmando que no se trata ni de metáforas de “lo femenino” sin materialidad, ni de mujeres y disidencias sin raza y clase.

Es cierto, este 8 de marzo no agrupamos a un pañuelo de distancia. Esos pañuelos que hemos amarrado en cuellos, muñecas, mochilas, andenes, postes, transportes, con los que hemos hecho cadenas, fotos, intervenciones. Pañuelos violeta feministas, pañuelos verdes por el aborto, pañuelos negros antirracistas. En la Alameda este año se colgaron pañuelos estampados con ojos, esos ojos que han sido blanco directo de la violencia policial durante la revuelta, esos ojos que cristalizan también el NOS MATAN. Que sea de esos pañuelos que nos trencemos en un feminismo antineoliberal.

NOTAS

1 Malena Nijensohn. La razón feminista. Políticas de la calle, pluralismo y articulación, Buenos Aires, Cuarenta Ríos, 2019, p. 23.

2 El monumento a Baquedano fue retirado de la plaza hace un par de días. La custodia policial se mantiene y, ahora además, se ha construido un muro que protege el plinto vacío, que es testigo y muestra de la disputa semiótico-política por la plaza símbolo de la revuelta.

3 Rodrigo Karmy. “Nos matan”, en La voz de los que sobran, 11 de marzo de 2021. https://lavozdelosquesobran.cl/nos-matan/

4 Carolina Ré. “Pluralismo e hiper-narcisismo en el feminismo neoliberal: una aproximación materialista”, en RLCIF, nº 8, marzo 2021, p.87. Disponible en http://www.revistalatinoamericana-ciph.org/wp-content/uploads/2021/03/Pluralismo-e-hipernarcisismo_Carolina-Re.pdf

5 Ibíd.

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