Tariq Anwar / La visita de Farid

Literatura

En los laberínticos entresijos de la Bagdad del siglo X, se susurró la extraña historia de un hombre conocido solo por el nombre de Farid. De las ondulantes dunas de los parajes más solitarios emergió este anciano, vestido con una sencilla túnica y llevando en su agrietado rostro el peso de los siglos. La presencia de Farid despertó una peculiar inquietud. Un constante zumbido, como el aleteo de un millón de mariposas, acompañaba cada uno de sus pasos, una vibración sutil que parecía penetrar el aire y robarle toda quietud.

Se decía que quienes cruzaban su camino quedaban bañados en una cierta luminosidad, una luz interior que emanaba de algún lugar profundo en su ser. Una noche, bajo el dominio silencioso de la luna en el cielo de Bagdad, Farid entró en la plaza de Al-Mustansiriya y comenzó a hablar. Cada palabra que Nuestro Señor Farid pronunciaba se adentraba lentamente en los oídos, se enraizaba en la piel y se tomaba su tiempo para revelarse en el corazón de quien escuchase. Un relato misterioso y profundo, impregnado de la esencia del misticismo sufí. Habló de la naturaleza del ser, del ego y del camino hacia la divina presencia, una presencia que lo encumbraba más allá de los límites del yo y del universo finito. A un tiempo nada más dibujar en el aire con palabras ese cosmos oculto en nosotros, sostenía un espejo para que cada uno confrontara su propia sombra, esa sombra que, amenazante, buscaba devorar y corromper la luz de Bagdad.

El clamor del día fue sustituido por el silencio de la noche y el ruido del mundo dio paso al murmullo de su voz. Cuando la última palabra fue pronunciada, Farid levantó sus brazos hacia el tenue claro de luna y comenzó a danzar en la misma armoniosa melodía de los astros. Una luz dorada brotó de él, iluminando la plaza, revelando sombras antiguas y miedos escondidos entre las piedras de Bagdad.

Nadie supo descifrar por completo lo que ocurrió aquella noche. Algunos afirmaban que las sombras habían bailado al son de la melodía de Farid, otros aseguraban que el cielo tornó a un resplandeciente oro. Sin embargo, todos estuvieron de acuerdo en una cosa: desde aquel día, Bagdad se sintió más ligera, como si un gran peso hubiera sido levantado. En cada rincón de la ciudad se podía sentir la persistente armonía de aquella noche, suspendida en el aire y mezclándose con los olores y sonidos de la antigua ciudad. Y así, este singular episodio, este eco de una antigua melodía sufí, se sumergió en las profundidades de la memoria colectiva de Bagdad, inmortalizado en el lenguaje del tiempo y del viento.

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