Decir que el mundo está cambiando ya es obviedad. Que nadie sabe exactamente hacia donde se dirige ese cambio es otra más. Predecir el futuro me resulta siempre algo incómodo, porque a lo sumo uno puede ver procesos a tiempo real que parecen articularse o descomponerse. El fortalecimiento de los BRICS y su propuesta de desdolarizar, el rol de la inversión China en África y América Latina, el retorno de Estados Unidos a Sudamérica a propósito del caso Venezuela, el nihilismo estadounidense leído por Emmanuel Todd, los procesos de descolonización en África al sur del Sahel, la aceleración de la forma genocida de Israel sobre los palestinos, el avance de las derechas extremas al estilo Bolsonaro, Milei, Trump o Meloni, el desarrollo de la IA a un nuevo nivel. Un recuento inexacto y poco exhaustivo de cosas que se me vienen rápidamente a la cabeza. Luego pienso, mierda, todo esto en un horizonte de fin de mundo por una crisis climática que agudizamos a cada momento con nuestros propios actos, quizá ya con nuestra mera existencia. Hasta aquí todo mal ¿no? Es decir, qué se puede hacer con esto. Es un esperpento de mundo. El único destino de todo esto es una carretera del tipo Cormac McCarthy, aunque quizá esta no es otra cosa que la consumación del sueño americano, en la que los Abu Ghraib se vuelven indistinguibles de la risotada en la cara de Ronald McDonald.
Tal vez la cosa no va por ahí si lo que estamos presenciando es no sólo la caída de Estados Unidos como hegemón, sino también la aparición de otros actores mundiales que podrían hacernos tomar un sentido diferente en la carretera. Y eso suena esperanzador, por supuesto, hasta que vemos con cierto detalle las violencias de esos proyectos, por plurales que sean. La forma Imperio se reubica en el horizonte, quizá como el último estadio antes de una extinción masiva. La matanza horrorosa de los palestinos en Gaza por parte del sionismo nos adelanta, quizá, que el fin de la pax americana va cargada de misiles, cuyos objetivos son los niños, mujeres, ancianos… bueno, civiles, como siempre. Me he fijado que, en el contexto de este genocidio tan prolífico en imágenes, Greta Thunberg ha tomado una posición más abiertamente anti-capitalista. Y aun cuando no coincido en su lectura sobre la guerra de Ucrania, no puedo más que respetar su deriva desde un activismo fácilmente capturado por los suecos, ahora otanistas, a uno de comprensión de la necesidad de transformar el mundo completamente si lo que queremos es salvar a la especie (a estas alturas ya ni sé si quiero eso) y a una parte de la naturaleza que gracias a nuestra regencia ha terminado a punto de desaparecer.
Es evidente que nuestra generación, en sentido amplio, carece de imaginación política suficiente para salir de la carretera y encontrar un pueblo nuevo donde seamos bien acogidos. Un nuevo quilombo al que podamos llamar país y a su gente paisanos. Por eso creo que es relevante, dentro de la imaginación política que podamos desplegar en este contexto, retomar la idea de utopía, un no-lugar que sea como el intelecto material de Averroes, capaz de recibir todas las formas sin ser ninguna de ellas en particular. Una utopía que no queramos realizar, pero que ella misma nos seduzca, nos mire de reojo sensualmente como el amor. Yo supondría, no sé qué dicen ustedes, que ese lugar no gustaría a los fascistas. Quizá tampoco a los liberales, pero para qué ponerse tan excluyente, si llegan a renunciar a la propiedad privada. Pero tendría que decir, eso sí, que una utopía que imaginemos entre todos los que todavía queremos soñar tiene que funcionar como una imagen temporalmente desdoblada. Por una parte, futuro y por otra presente. Porque cobijarse de la violencia es imperativo ahora, no sólo para nuestros hijos. Resistir, cortar los flujos de la violencia, operar quirúrgicamente en los espacios creados por el poder, son formas de cobijar en el presente, de caminar en la utopía, sin realizarla. Admiro, por eso, a los jóvenes que han ingresado en las fábricas inglesas de producción de armas que van luego destino a Israel. Arriesgan sus vidas para cortar un flujo de violencia, generar una interrupción necesaria. Quienes se han adherido al boicot (BDS) también hacen esto de una forma menos ruidosa pero impactante. Frente a la imagen de Apartheid y genocidio, estas personas han decidido crear un quilombo, un lugar nuevo en el que se puede abrazar incluso a quienes nunca hemos conocido personalmente, a los niños de Gaza, de Sudán, del Congo, de Yemen.
Entonces aparece algo de esperanza real. No tanto en los grandes discursos del Ayatola sino en los gestos de cualquiera en cualquier lugar. No-lugar, cualquier lugar. Eso sí da esperanza. La Jerusalén de los antiguos judíos convertida en claro de bosque de los que no han sido elegidos más que por la ternura y la ensoñación. En este momento de la escritura, mi ánimo ha cambiado. Este muro terrible tiene grietas que dejan ver cierta luz y deseo poner un ojo para ver entre medio. A lo lejos veo a un grupo de humanos bailando. Iré inmediatamente a planificar como hacer crecer la grieta, hasta que con mi brazo alzado los pueda saludar.

