1. Sigmund Freud escribe el texto El chiste y su relación con el inconsciente en 1905. Sin embargo, en sus trabajos previos –particularmente en La interpretación de los sueños de 1899– ya había evidenciado la relación estrecha que iba darse entre la teoría psicoanalítica y lo cómico. Particularmente a Freud le llamaba la atención que en el instante onírico, muchas veces, hubiera risa. El sujeto sueña, también, de forma cómica. En este sentido es que Freud le da al chiste el estatuto de un fenómeno psíquico por derecho propio; es una formación del inconsciente.
Ahora, es importante señalar que la relación entre lo cómico y el chiste (que puede derivar, o no, en risa) no son necesariamente lo mismo. Como lo sostiene Freud en el texto aludido: “[…] el chiste se hace, lo cómico se descubre”. Y así lo reafirma Lacan en la clase del 6 de noviembre de 1957 cuando apunta que: “De la misma forma, por mucho que de vez en cuando el problema de lo cómico y el problema de la risa vayan juntos […] no se trata tampoco del mismo problema”.
Y es en esta diferencia donde, pienso, se instala el libro Averroes. Gusto, risa, política de Rodrigo Karmy. Se trata de un texto a todas luces cómico, pero que no necesariamente hace reír. Lo cómico, y como lo señala Freud, posee una suerte de “naturaleza” no evidente en el despliegue del aparato psíquico y no es el reflejo inmediato, a modo de lapsus, del inconsciente como sí lo puede ser el chiste. Lo cómico se mueve y deambula en capas mucho más subterráneas, pero pulsa, insiste, se siente su movimiento y sería más cercano a la idea, también freudiana, de das din: “la cosa”.
El término es de suyo inquietante, en el sentido que nos deriva a algo que es imposible de definir, que incluso está prohibido pero que, no obstante, está ahí, siendo ahí, abriendo desde una cierta espectralidad a todo lo que cobra sentido en nuestro inconsciente, aunque no podamos sistematizarlo en un lenguaje. Das ding en esta línea, sería una formulación psíquica, un elemento que tiene carácter originario y que conjugaría la experiencia del dolor y la satisfacción. “[Lo] uno comprensible, variable, consabido para el yo por su propia experiencia, propiedad, actividad o movimiento de la cosa”. Sostiene Freud en su “Proyecto de psicología para neurólogos” de 1895.
Lo cómico, la comedia, es esa cosa, irrepresentable, que interrumpe a la tragedia, como lo propone Karmy. Sería la estrategia en que occidente, “la” filosofía, le restaría densidad e identidad a cualquier otro pensamiento; es una suerte de descrédito y de descenso en la historia de la construcción de los saberes, pero, por lo mismo, la pulsión que se despliega desestructurando, no diremos deconstruyendo, pero sí otorgándole a la filosofía oficial “su régimen opuesto”; su aliento histórico y también hegemónico.
2. Aquí es donde, y en mi lectura, Rodrigo Karmy instala a Averroes. Siguiendo la primera línea que abre el libro en la que establece que “Córdoba es un paréntesis en la historia de la filosofía” (25), lo que me queda es que hay mucho más que eso, que un paréntesis. Y en esta dirección es que (tal vez) sea excesivo decir, como se sostiene un poco más adelante, que “Averroes se ha transformado en el fantasma que acecha a la modernidad, que le inquieta deviniendo la fuerza sobre la que se lanzan los máximos conjuros” (y digo excesivo no en su sentido de desproporcionado, sino porque no sé si es “el” único fantasma que acecha a la modernidad; las legiones de fantasmas que lo hacen son muchos, incluso, sino la mayoría, aún nos son desconocidos), no obstante, y en estoy sí estoy con el autor, el pensamiento árabe y particularmente el de Averroes es lo cómico mismo, la cosa que perturba a occidente y su tragedia.
“Averroes aparece en esta historia como un monstruo” (67), escribe Karmy. Pero es en eso monstruoso que el margen averroísta cobra toda su potencia. Entonces sería cómico –y no trágico– este exilio del panteón filosófico, lo cómico como tajo que corta al sentido; sin este destierro no sería lo mismo. Probablemente un Averroes ciudadano, incorporado, siendo parte del índice de la “gran” historia de la filosofía nuevamente, o un Averroes incluido, no discriminado por representar el terror orientalista-árabe-islamista, no tendría mucha gracia.
Son múltiples las zonas que explora este libro y de todo orden: políticas, epistemológicas, estéticas, teológicas, en fin. Karmy permite intuir a Averroes casi de manera enciclopédica y, creo, sin conocer al filósofo como quisiera, que sí es posible una filosofía (falsafa) completa de este pensador. Por lo mismo, recuperé una palabra de la que no da cuenta el autor, sino el prologuista, Gerardo Muñoz. Me refiero a la khōra, en griego: ciudad, territorio, asentamiento, lugar. En otras palabras, al espacio que ocupa Averroes en la “ciudad” filosófica de occidente, o, más bien, ahí donde la filosofía piensa que “oriente” es un otro lado (“el” otro cabo), sin latitud, ni perímetro reconocido: una ciudad barbárica, sin ley. En este caso se trataría de otra khōra; una que refleja desde su borde lo que la tradición clásica y máquina mitológica fabulosa ha construido con su episteme y estética estratégica para la autoafirmación de sí. Lo apunta Karmy, ya hacia el final, cuando se refiere a que la Sharía es considerada vulgar, mientras la “[…] filosofía aquella ciencia de corte aristocrático cuya armonía posibilitará la unidad de la ciudad” (102).
3. La noción de khōra es trabajada, de forma muy radical, por Jacques Derrida en un texto del mismo nombre, Khōra, del año 1993. Radical en tanto significa una extensión siempre en desplazamiento hacia zonas ultra mitológicas, y en donde todo es, cada vez, aún más irreductible a cualquier categoría, discurso, antagonismo conceptual, en fin, extremadamente heterogéneo a cual sea la disposición logocéntrica en esta dirección.
Así, y como lo señala el argelino siguiendo El Timeo de Platón, la khōra es algo que se sustrae de lo inteligible pero participa de él de una forma aporética. Si la khōra se disemina en el mundo inteligible no tendría relación ni con lo verdadero ni con lo falso (una ciudad indiscernible, “sin razón”), pero podría ser cualquiera de ellos al mismo tiempo. Sería un “a la vez” inmanente y acechante, que le arrebata al logos sus verdades o falacias pretendidamente inmutables.
Cito a Derrida en su Khōra:
¿De qué manera pensar eso que, más allá de la regularidad del logos, su ley, su genealogía natural o legítima, no pertenece, sin embargo, strictu sensu, al mythos? ¿Cómo pensar la necesidad de lo que, más allá de la oposición interrumpida o retardada del logos y el mythos, dando lugar a esta oposición y a tantas otras, parece no obstante no someterse a la ley de eso mismo que sitúa? ¿Qué hay de ese lugar? ¿Es nombrable? ¿Y no habría una relación imposible en la posibilidad de nombrar? ¿Existe aquí algo a pensar, como decimos tan rápidamente, y a pensar según la necesidad?
El pasaje intenta superar la dialéctica elemental entre logos y mito. Mas pareciera que Derrida, haciéndonos dudar, nos indicara que el sentido de lo verdaderamente mitológico no puede ajustarse a las exigencias de este antagonismo. Todo pensar al mito en relación al logos altera y vulnera su potencia que, precisamente, debería ser reinstalada en una zona disociada del logos propiamente tal. Del mito, entonces, se desprende otro lugar inubicable, escindido, enajenado y que, en Derrida, viene a ser lo místico, lo más allá del mito.
A la luz de lo anterior, y toda vez que occidente pretende sacar a Averroes de la escena filosófica ¿no hay, en este gesto de tachadura radical, un intento por desplazarlo a este más allá del mito?
4. Entonces, más preguntas: ¿sería posible entender al pensamiento averroísta, tal y como lo plantea Karmy, como una ciudad no reconocida, bastardizada, una khōra ilegítima? O “¿como ese trasplante en cuanto lugar excéntrico o lugar sin lugar?” (33). Porque el discurso de Averroes no tiene validez ante el logos, pero, y me autorizo, ¿debe serlo? ¿no radica toda su fuerza en el ser una contra-palabra, un contra-cogito, un contra-tiempo y, por lo mismo, palabra, cogito y tiempo, todo a la vez, pero habitando en otra ciudad, en su ciudad, en su khōra?
Ahora bien, contradiciéndonos inmediatamente, sostenemos, en la deriva clásica, que el mito es lo que se opone al logos; es su archiconocida contraparte que permite atribuirle validez absoluta al pensamiento. Y lo sostenemos de esta forma porque la khōra, el lugar, sería un tercer género, distinto al logos, por cierto, pero también más allá del mito. La khōra, bajo esta fórmula, es un desvío que deriva hacia espacios aún más primigenios que la formulación de mitos constituyentes. Así entendida, la khōra, sería una suerte de différence (dilación temporal permanente y espacio en constante vaciamiento sin ubicuidad de ningún tipo). O bien de nada, de restos de nada. A este respecto, Derrida escribe en Fe y saber (2000) que la “Khôra es nada: el lugar de una restancia infinita, de un inmemorial desierto en el desierto, impasible, sin rostro, cualquier otro”. No obstante, este lugar sin lugar es lo que autoriza toda autoridad, su fundamento místico, no mitológico.
Pareciera ser posible ver en Averroes una khōra; un lugar sin límites, una autoridad negada, pero que circunda, como Karmy lo acentúa, desde su espectralidad, a todo el oropel occidental. Una energía descomunal del pensamiento que residiría en un margen, obligado, pero adherida a cual sea la manifestación de esa otra potencia que lo niega; una contra autoridad siempre ahí, siempre lacerando, desde su belleza y persistencia ácrata, la conformidad estricta de una filosofía logocéntrica o falogocéntrica.
Pensamiento que es navajazo y descoincidencia al corpus textual, estético y político que desgarra la normalidad de occidente que barre con “la cosa”.
5. Averroes: oleaje incesante que va y viene desatando su inmanencia; fuerza cegada, pero dispuesta como sabotaje.
Y aquí la necesidad, de nuevo, del lugar, como lo escribe Karmy: “habitar esa fuerza suspensiva que el nombre de Averroes abraza” y así “pensar el presente” (26).
Averroes, y es lo que me deja este hermoso libro de Rodrigo Karmy, es eso, imaginar una ciudad-sabotaje y, esto, es para morir de risa.

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