Imagino la muerte sin antes ni después. Un evento que nunca ocurrió ni ocurrirá. Un tiempo de pliegues o burbujas en las que dejo de sentir sin jamás saber cuando sentía y cuando no. Por violenta que sea, la muerte es un libro en el que todavía después de ser acabado restan los créditos y el colofón. Imagino el adormecimiento, la falta de oxígeno que nubla el cerebro. No hay un evento-muerte, sino solo sus movimientos dándose dese que nací. Movimientos que son también mi vida, cómo no. No se trata de una incrustación, un otro, un objeto que me atraviesa, sino de mí mismo siendo. La muerte no me es ajena, sino propia. No necesito tener una pulsión hacia ella, sino que ella es mi pulsión. Lo más íntegro, lo más propio cuyo avance es la disolución del yo. Pero…
Desde octubre de 2023 la muerte ha estado más cerca. Muerte objetivada en el cuerpo de miles de niños desgarrados, mutilados y quemados por las bombas genocidas. Me pregunto si esas muertes no son la mía. Si no operan una aceleración de mi propia muerte. ¿Cuando murió ese niño palestino que están encerrando en una bolsa blanca? ¿No estaba muerto ya en 1948? ¿No murió al nacer sus abuelos? ¿No es la imagen de su cuerpo cubierto un repetidor de su muerte y una sobrevida que queda vagando espectralmente, para acusarnos a todos de un crimen? ¿No nos acelera la muerte esta imagen, las miles de imágenes? No necesito reconocer su rostro para avanzar en la muerte. No entiendo mi finitud en su rostro porque los palestinos han sido desde siempre los sin rostro, los representados en viles caricaturas, proyectados como irracionales terroristas o masas de árabes pobres. No hay rostro, sino evidencia de la muerte que es la mía. Lo más propio me es ajeno, pero en esa distante cercanía, me entiendo humano.
La muerte sin antes ni después. La muerte sin acontecimiento. La muerte que estamos viviendo.

