Aldo Bombardiere Castro / Mutación, fantasma, gesto. Palabras a Futuro Anterior. Apuntes sobre un tiempo mutante de Javier Agüero Águila

Filosofía

Dentro del cuerpo de esta obra, el término “mutación” se encuentra escrito, a lo más, en dos ocasiones. En ambas, no cuenta con mayor relevancia, cumpliendo una función adjetivada (“mutante”), es decir, un rol descriptivo de un sustantivo. Sin embargo, en la Nota que antecede -e ilumina- al cuerpo de la obra, su relevancia es crucial. Extraído y desplazado desde el ámbito biológico, constituye una suerte de signo hermenéutico, el cual, de manera tan crítica como sensible, tan filosófica como poética, permite articular el conjunto textual, por así decirlo, a partir de una profundidad oculta. La operación de lo mutante, en efecto, devendría espectral, siendo capaz de desplegar variaciones reconocibles pero impronosticables en su aparecer. Su esencia (en caso de tenerla) consistiría en desencializar la ontología metafísica de lo destinal: el telos de cada organismo resulta derogado, mas no negado, por el azote de la mutación. Al decir de Javier Agüero Águila, lo mutante “es un clinamen, una degeneración, una nueva especie de la especie madre, o bien, el reflejo deformado de nuestras certezas más fosilizadas.” Y acto seguido, agrega acerca del mismo concepto:

“aunque su existencia esté marcada por la excepción, siempre puede perturbar lo normal y transformarse en tiempo político, en sociología extendida y generalizada, en fin, en el sello de una temporalidad que, aunque breve, deviene sustantiva y expresiva de una sociedad completa.” (Agüero Águila, 2024, pp. 11-12)

Lo anterior nos indica que, a través del libro, el concepto “mutante” cumple un rol no sólo central, sino también privilegiado, articulador y, más aún, revelador. En efecto, en él se expresa tanto la filiación como la incoincidencia entre la escritura de este libro y el tiempo restaurador del cual surgió. Me refiero a una dinámica de eventos políticos, encabalgados frenética y a ratos deprimentemente, que mantienen una relación derivada con respecto al momento de restitución oligarquía tras el estrepitoso fracaso de la Convención Constitucional. Así, el reposicionamiento de la “oligarquía hacendal-militar-chicaguista” (una notable fórmula acuñada por nuestro autor) marca, según Agüero Águila, la trágica continuidad de la historia oficial de Chile. Porque, en definitiva, entre la suspensión del tiempo histórico activada por la revuelta y la restauración del tiempo del capital con que dicha oligarquía nos ha terminado por envolver en un modo de vida des-afectado y des-potenciado, el concepto de mutación, como si habitara en un permanente intersticio, se torna clave. En efecto, gracias a las significaciones que él pone en circulación, somos convocados a revisitar filosóficamente tanto la operatoria con que los dispositivos de dominación (securitarios, ideológicos y de subjetivación) han restaurado la oficialidad histórica, como la memoria de aquel hálito de sensibilidad y ecos de pensamiento frutos de una imaginación común que la revuelta derramó por las calles. Porque, siempre vale recordar, que lo mutante corresponde al ritmo que adopta el movimiento expansivo del cosmos. He ahí la heraclítea verdad contra toda tiranía epistémica y dominio social, la revuelta no deja de afirmar.

En esa misma línea, lo mutante perfora el régimen de la normalidad para dejar oír las voces de los fantasmas, voces cuya materialidad resuena -aunque hoy no lo parezca- al interior de los engranajes de la maquinaria de dispositivos oligárquicos. Es decir, aquella noción de fantasma, con su connotación de ingravidez y potencia evocativa, y cuya presencia nos ronda en calidad de impresentada, configura una especie de nudo afectivo-imaginal capaz de filtrarse y sobrevivir entre las rendijas de esa máquina de muerte que representa el capital, persistiendo, así, en su propia resistencia al olvido. Contra todo conjuro totalitario, desatando las amarras con que la gubernamentabilidad segmenta y distribuye la vida, desfetichizando la mercantilización de los objetos para liberar su crisol de ritmos y singularidades que, por desgracia, hoy han vuelto a dormir en el llano suelo de su objetualidad, el carácter espectral de la revuelta deroga la abstracción de la vida y de la priva(tiza)ción del pensamiento. Efectivamente, el fantasma de la revuelta -y de todas las revueltas y de todos los muertos asesinados en y para todas las revueltas- guarda la digna memoria de su propio aliento, atesora y el espejear de un porvenir en redención que algún día nos donará. Y, ¿qué es la escritura de Agüero Águila sino el testimonio filosofante, la fantasmagoría, cuyo sentido consta de atestiguar la dimensión espectral que acompañó y acompaña a los pueblos? Sí. Agüero Águila testifica en primera persona: atestigua. Leemos una pluma que imagina, poetiza y filosofa mientras resiste a los golpes oligárquicos, no sólo se desliza en el barro de esa baldosa resbaladiza propia de un tiempo mutante, sino también, y sobre todo, abre y confirma la esperanza con que seguimos esperando al fantasma que, no dejando de venir ni terminando de llegar, ya nos acompaña.

Así, la inquietud que hoy nos aflige, la que nos atormenta y nos deprime, haciéndonos nuevamente esclavos o máquinas deseantes de los mandatos dictados por el capital, no escenifica solamente un totalitarismo trágico y fatal, cuyo sentido, junto con el nuestro, esté marcado por el sinsentido o la mera voluntad de poder oligárquico. Cuando indagamos en la vivencia de este presente y realizamos la experiencia de memoria relativa a la revuelta, entonces, junto con la nostalgia también adviene una brecha de incerteza, una espacialidad híbrida, una radical diferencia entre el contenido vitalizante de lo recordado y el declive des-vivificador de lo hoy vivido. Entre ambos pareciera extenderse un abismo, un hiato sin significado. Sin embargo, en los recovecos de este mismo hiato, en la maleza agria de tal abismo hiriente y desfondado, y frente al cual, en primera instancia, permanecemos embargados por una indesmentible frustración, es donde la insalvable distancia entre dos circunstancias históricas diametralmente opuestas y separadas sólo por un par de años, guarda un lugar para hermanar a la mutación temporal con el fantasma que no la deja de habitar. El fantasma, lejos de cualquier afán institucional de monumentalización y oficialización de la memoria, se moviliza por mnemofilia: amor por lo ido y, debido a ello, amor por el espectro viniente a la memoria y viviente en la memoria.

Es bajo tal prisma donde Agüero Águila hace de su escritura una fantasmagoría que -muy al estilo de Derrida- cuenta con la agudeza poética y filosófica de escribir-se, de fantasmar-se, de no dejar de venir.

¿Pero efectivamente viene? ¿O siempre está desde ya viniendo? ¿No es acaso la imposible venida del espectro su única posibilidad de venir, de manifestarse y asediar al mundo de los vivos? La venida del espectro es su siempre estar viniendo. Hablamos de un tiempo espectral que perturba todo tipo de convenciones respecto de la presencia y el tiempo nuevamente; pensamos la venida del fantasma como la arremetida del acontecimiento, de lo imprevisible, de lo incalculable, de lo sin predisposición, en fin, de aquello que nunca estará del lado de la evidencia, aunque ésta se vea trastocada al extremo por la intuición de su asedio (Agüero Águila. 2024, p.53).

A mi modo de ver, aquí reside y a la vez se despliega, se acuna y vibra virtuosamente, la clave hermenéutica de este conjunto de ensayos. Se trata de un signo capaz de articular, por una parte, el tiempo acelerado hasta la incomprensión sobre el cual se moviliza el texto de Agüero Águila y, por otra parte, la presencia espectral del eco de la revuelta popular. Asistimos, entonces, al signo de lo mutante y al reconocimiento de lo mutante como tal, es decir, a su cabal estatuto fantasmático. Ello es lo que anima a seguir pensando intempestivamente, incluso mientras se expande el campo adversario, allí donde da la impresión -cuestión real- de ir perdiendo la batalla. Pensar, filosofar y poetizar, intempestivamente y más allá de la propia voluntad (autoral) del autor, en medio del triunfo del tiempo restaurador, aquel del Consejo Constitucional, y del omniabarcante discurso securitario que obturó el magma abierto por la revuelta. La escritura de Agüero Águila habita una espacialidad de incoincidenca con todo lugar prefijado, donde la alegría de los pueblos, que vino a interrumpir la tragedia institucional de Chile, se halla en creciente retirada pero, al unísono, en infranqueable resistencia. Por eso, de alguna manera, su escritura posee un carácter espectral, el cual le permite reconocer y recorrer la tragedia, examinarla e insultar su arremetida, pero sin nunca quedar totalmente sometido a sus dictámenes.

En otras palabras, la escritura de Agüero Águila, tanto por su temática como por su estilo, persevera en resistencia, dando origen a un espacio espaciado: el filósofo construye una transitoria morada al interior del mismo intersticio donde la opresión restauradora lacera el cuerpo de los pueblos. Pero no lo hace para refugiarse solitariamente, para dar origen a una poética de la melancolía o para sublimar la catástrofe sin más. No. Lo hace para que la imaginación resista en los corazones de los pueblos. Porque, al final, eso es lo más valioso que la filosofía sabe hacer: atizar la emancipación de la vida con respecto a los procesos de abstracción (en este caso el capital en su fase neofascista) que se ejercen contra ella.

Y en el seno de un espacio espaciado, en ese espacio insaturable e insuturable donde lo intersticial se hilvana híbridamente con un tiempo no cronológico, ni concatenado ni predictivo, la revuelta hoy sigue palpitando, aunque sea casi imperceptiblemente. Más que en nuestras acciones, la potencia de la lucha mantiene el tibio ardor de su mirada en nuestros gestos, en nuestros pensamientos, memoria e imaginación, gracias a los cuales continuamos habitando, por unos segundos cada día, en tenue apertura a lo porvenir. Habitar en la estela de ese tiempo mutante que también mutó, reconocerlo como tal y continuar trabajando con miras a su imponderable retorno, constata desde ya, como bien lo sabe Agüero Águila, la presencia de aquel fantasma que no termina de llegar, pero el cual, a su vez, tampoco deja de venir. He ahí lo porvenir de la lucha, esa grandeza que, tal vez, nunca necesite (efectivamente) llegar a ser.

*

En las páginas de Futuro anterior, sin embargo, no se desarrollan ideas meramente filosóficas, entendiendo por éstas una suerte de comentario que opere como molde formal al servicio de la aún informe materia de la coyuntura. Al contrario, asistimos a una reflexión aguda, la cual, tan sólo apoyada tangencialmente en algunos filósofos contemporáneos, hace uso de su pensamiento para abordar críticamente asuntos de la escena pública nacional. Estos asuntos son cronológicamente datables a partir del 4 de septiembre de 2022, fecha en que se produjo el abrumador triunfo de la opción Rechazo frente a la propuesta emanada de la Convención Constitucional, hasta el 17 de diciembre de 2023, cuando la opción En Contra venció en el Plebiscito de salida del segundo proceso constitucional, el Consejo Constitucional. Los ecos de ese tiempo mutante, de aquel futuro anterior donde incluso el horizonte parecía trizarse para permitir el acceso del cosmos, ahora parecen diluirse sobre una tierra desértica en la que impera la clara tendencia hacia la reinstalación y petrificación del orden institucional y de las lógicas de gubernamentalidad promovidas -cuando no impuestas- por esa oligarquía hacendal-militar-chicaguista de larga duración.

En efecto, sólo por nombrar algunos casos de este tratamiento crítico-filosófico realizado por Agüero Águila, vale resaltar los siguientes. La figura de la hoy senadora Fabiola Campillai, cuya visión fue cercenada por fuerzas policiales en el contexto las masivas violaciones contra los DDHH perpetradas durante la revuelta, y cuya persona fue objeto de calumnias difamatorias y clasistas por parte de una innombrable senadora, es destacada en calidad de símbolo de resistencia, que desde la lúcida y valiente luz de su ceguera contrasta con la oscuridad de este período de contrarevuelta oligárquica. En la misma línea, Agüero Águila reflexiona cómo, incluso tras el fracaso del primer proceso constituyente, el lugar ocupado por Elisa Loncón, connotada académica y otrora primera Presidenta de la Convención Constitucional, continúo generando las más recalcitrantes y violentas reacciones de menosprecio y denigración en la gran mayoría del abanico político y empresarial de la derecha. Este caso, en el fondo, nos recuerda -pues a ratos olivados- el intrínseco componente clasista y racista que constituye a tal sector.

Por otra parte, el autor también muestra su sagacidad a la hora de criticar la deriva reformista, o condescendiente con la restauración oligárquica, que, ya desde su primera mitad de mandato, tomó el gobierno de Gabriel Boric. Un hecho decisivo al respecto se encuentra en la instalación del monumento al ex Presidente Patricio Aylwin en el frontis de La Moneda, dejando relegada la escultura de Salvador Allende, literalmente, al patio trasero. Esta decisión de Boric cobra mayor significado considerando no sólo que en su rol de parlamentario había reprochado la labor de complicidad desempeñada por Patricio Aylwin a la hora de exigir el Golpe de Estado “civil-militar-imperial” (otra certera fórmula de nuestro autor), sino también considerando la energía del discurso pronunciado por él cuando asumió el máximo cargo. En efecto, durante el discurso brindado al momento de asumir la presidencia, Boric destacó enérgicamente la pasión democrática y transformadora de Salvador Allende, llegando, incluso, a parafrasear parte de su póstumo y legendario discurso. Por cierto, todo esto acentúa la sensación de perplejidad ante su conversión “centralista”, fenómeno que resulta notablemente trabajada por Agüero Águila a partir de la descomposición del significante nómico “Gabril Boric”: el elemento “Gabriel” estaría asociado a la audacia y visión política propias del joven que fue capaz de encabezar el movimiento estudiantil del año 2011, en pro de una educación superior pública y de calidad; el elemento “Boric”, por oposición, ejecutaría el rol presidencial incorporando los formalismos, solemnidades y, sobre todo, discusiones y resoluciones características del poder político institucionalizado.

Todos estos casos, por nombrar algunos pocos hitos contingentes que Agüero Águila interpreta críticamente, dan cuenta de un tiempo de dominio y control, el cual, justamente desoye y margina la imaginación y el pensamiento, buscando petrificar la naturaleza mutante esencial al tiempo de los pueblos. No obstante aquí, aunque sea en un tono ontológicamente menor, acontece la potencia de la revuelta: la escritura de Agüero Águila es expresión, más que representación, del tiempo mutante. Para nosotros, recibir ese saber significa una experiencia de sabiduría: saber que, muchas veces sin saberlo, seguimos desarrollando las actividades de mayor importancia de nuestras vidas (escribir, pensar, imaginar, llorar, acariciar a nuestres hijes, extrañar a nuestres padres, agradecer a lxs amigxs o reverberar entre las piernas de (i)le(g)ales amores) bajo el signo espectral de la revuelta. Eso basta y sobra para mantener encendida la llama de la esperanza. Y así, seguimos haciendo la experiencia (porque la experiencia no sólo se padece; sobre todo, se merece) de un tiempo mutante en relación con otro que se obstina en petrificar-se: es la experiencia espectral de aquello que ha de resistir, incluso, a la tentación de concebirse contemporáneo consigo mismo.

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Para finalizar, debo dar cuenta de un pequeño gesto. ¿Pequeño? Sí, pequeño, pero únicamente si lo limitamos a la simple evidencia de su manifestación perceptiva. Cuando los ademanes son capaces de trascender la simplicidad del ojo que los cercena, se tornan susceptibles de ser vivenciados como gestos. Éstos ponen en tránsito una latente carga de posibilidades, abriendo el pensamiento a un impensado umbral de sentido: es la inagotable insinuación imaginal que desborda la piel de cada gesto. La (dis)posición, tan similar a la de nuestro padres, que adoptamos sentados a la mesa durante el almuerzo dominical; o la vergüenza con que giramos el rostro tras un inusitado encuentro con una mirada desconocida de la cual -sin saber por qué- mecánicamente huimos en plena vía pública…Se tratan de gestos en apertura a un mundo otro dentro de este mundo. Así, cada gesto tan sólo le basta insinuar, y en ningún caso asegurar, aquel insondable horizonte de significación que él mismo abre para, en un mismo acto, desplegar un plus de sentido. La sutil incógnita del gesto trasciende al mero ademán y, a la vez, reafirma su inagotable emanación de sentido. He ahí la grandeza de los gestos: en la pequeñez de cada ademán, el gesto permanece tan dormido como acechante, listo para su activación. El gesto es hermano (¿mayor?) del síntoma.

¿Por qué quiero decir con todo esto? Pues lo siguiente.

A lo largo de Futuro anterior Agüero Águila nos ofrece dos “reseñas” de libros, ambos concernientes a la revuelta. Primero, figura la obra La pregunta de Octubre: Fundación, apogeo y crisis del Chile neoliberal,unaaguda reflexión crítica de Manuel Canales, la cual cifra el acontecimiento de la revuelta popular como clave hermenéutica central para estudiar la imposición del modelo y, aún más, de la cultura neoliberal en Chile. El otro texto “reseñado” es El fantasma portaliano, de Rodrigo Karmy; maravilloso texto imaginal en el cual se devela el katechon gubernamental operado por la oligarquía chilena a lo largo de la historia nacional, que, a modo de máquina de dominación integrada por dispositivos angélicos, securitarios, culpógenos y antropogénicos, halla su matriz nuclear en el autoritarismo político, la miseria empresarial y el desprecio hacia la alegría de los pueblos, detentados por Diego Portales; cuestión condensada en la frase “el peso de la noche”. Lo que nos importa aquí, sin embargo, antes que la espléndida lectura que Agüero Águila desarrolla en cada uno de los textos, es, más bien, un ademán cuya doble enunciación, al resultar imaginalmente trascendida, desata la insinuación característica del gesto: en ambas notas de lectura, el autor declara que ninguna se trata de “reseñas” a estos libros; ello, por cierto, y aunque el autor no lo explicite, desencadena la potencia del sobresentido con que irrumpen los gestos. Asistimos, así, a una conversación con los autores; es decir, a un comunismo del pensamiento en el cual, a primera vista, participarían Agüero Águila, Manuel Canales y Rodrigo Karmy. Pero, mientras leemos, somos convocados a esa asamblea que descansa en el comunismo del pensamiento, otro intersticio donde las acciones de leer y escribir aflojan sus fronteras. Y este comunismo del pensamiento, un pensamiento que presuponga la igualdad y la libertad de uso, ha sido movilizado por la (sobre)vida de la revuelta.

(..) Octubre debería ser nuestro fantasma, nuestro amado fantasma, más allá de quienes lo dan por muerto y que se refugian en las galería de una historia que se narcotiza con la idea del “malestar” o de “la paradoja del bienestar”, en fin. Tocaría aprender a vivir con él, habitar con él, sentir en él y por él, manteniendo vivo el pálpito de que en su reto aún se conserva el síntoma de una Revuelta que no es sino nuestra espera y nuestro porvenir, por indeterminado que éste sea. (Agüero Águila, 2024, p.186)

Aquí refulge el gesto rebelde de Agüero Águila, quien, impulsado por el espectro de la revuelta, se resiste a la escritura administrativa y a su clasificación gestional, rebelándose ante el pensamiento degradado en racionalidad o dogma, con la dignidad de un profesor in-cesante. Su gesto consiste en hacernos partícipes de un pensamiento afectivo que atraviesa, silenciosa y poéticamente, todo su libro. Escribir nada tiene que ver con lo pusilánime del reseñar. Al contrario, escribir se trata de pensar afectiva y valientemente, de escarbar en las tumbas con las uñas sangrantes y enlodadas, de sublimar e intentar no hacerlo, de interpretar y malinterpretar hasta las últimas consecuencias, de imaginar lo otro con lo propio del dolor y lo inapropiable del goce. En fin, escribir significa entregarse a la tarea de hacer sentir el sentido; sentidos a veces erráticos, pero siempre mutantes e invencibles. Allí, en su escritura filosófica, continúa resonando el eco de una revuelta del pensamiento siempre por-venir y, al mismo tiempo, que no deja de venir ni terminará de llegar.

Por ende, el discurrir de todas estas palabras que aún mantienen frente a sus ojos, tampoco puede ser una simple reseña.

Javier Agüero Águila, Futuro anterior: Apuntes sobre un tiempo mutante, Universidad Nacional de La Plata, 2024.

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