Por muy grande que sea una Nación, si ama la guerra perecerá; por muy pacífico que sea el mundo, si olvida la guerra estará en peligro. Del Wu Zi, antiguo tratado militar chino
Cuando decimos sistema de guerra entendemos un sistema como el vigente que asume la guerra, incluso si solo está programada y no combatida, como fundamento y culminación del orden político, es decir, de la relación entre los pueblos y entre los hombres. Un sistema donde la guerra no es un evento, sino una institución, no es una crisis sino una función, no es una ruptura sino un eje del sistema, una guerra siempre deplorada y exorcizada, pero nunca abandonada como posibilidad real. Claudio Napoleoni, 1986
El advenimiento de Trump es apocalíptico en el sentido literal del término: desecha lo que cubre, quita el velo, desvela. La agitación convulsiva del magnate tiene el gran mérito de mostrar la naturaleza del capitalismo, la relación entre guerra, política y beneficio, entre capital y Estado – usualmente ocultada por los mecanismos democráticos, por los derechos humanos, por los valores y la misión de la civilización occidental.
La misma hipocresía está en el centro de la narrativa construida para legitimar los 840 mil millones de euros para el rearme que la Unión Europea impone, a través del recurso al estado de excepción, a los Estados miembros. Armarse no significa, como dice Draghi, defender «los valores que han fundado nuestra sociedad europea» y han «garantizado durante décadas, a sus ciudadanos la paz, la solidaridad y con el aliado americano, la seguridad, la soberanía y la independencia», sino que significa salvar el capitalismo financiero.
Ni siquiera es necesario hacer grandes discursos y análisis documentados para enmascarar la pobreza de estas narrativas. Ha bastado otra masacre de 400 civiles palestinos para que emerja la verdad de la indecente palabrería sobre la unicidad y la supremacía moral y cultural de Occidente.
Trump no es un pacifista, se limita a reconocer la derrota estratégica de la OTAN en la guerra en Ucrania, mientras las élites europeas rechazan la evidencia. Para estas últimas, «paz» significa volver al estado catastrófico al que han reducido sus naciones. La guerra debe continuar porque para ellos, como para los demócratas y el deep state estadounidense, es el medio para salir de la crisis iniciada en 2008, en un proceso similar a la gran crisis de 1929. Trump piensa resolver los problemas privilegiando la economía sin renegar de la violencia, el chantaje, la intimidación, la guerra. Es muy probable que ni unos ni otros logren su objetivo porque tienen un problema enorme: el capitalismo, en su forma financiera, está en profunda crisis y precisamente desde su centro, EE.UU., llegan señales «dramáticas» para las élites que nos gobiernan. Los capitales, en lugar de converger hacia Estados Unidos, huyen hacia Europa. Gran novedad, síntoma de grandes rupturas impredecibles que corren el riesgo de ser catastróficas.
El capital financiero no produce mercancías sino burbujas – que se inflan en EE.UU. y estallan todas en detrimento del resto del mundo – verdaderas armas de destrucción masiva. Las finanzas americanas succionan valor (capitales) de todo el mundo, lo invierten en una burbuja, que tarde o temprano estallará, obligando a las poblaciones del planeta a la austeridad, a los sacrificios para pagar sus fracasos: primero la burbuja de internet, luego la burbuja de las subprime que causó una de las mayores crisis financieras de la historia del capitalismo, abriendo las puertas a la guerra. Han intentado inflar también la burbuja del capitalismo verde – que nunca despegó – y la, incomparablemente más grande, de las empresas high tech. Para tapar las brechas del desastre de las deudas privadas descargadas sobre las deudas públicas, la Reserva Federal y el Banco Central Europeo han inundado los mercados de liquidez, que en lugar de «gotear» en la economía real, ha servido precisamente para alimentar la burbuja high tech y el desarrollo de los fondos de inversión, como los llamados «Big Three»: Vanguard, BlackRock y State Street – trío que representa el mayor monopolio de la historia del capitalismo, gestionando 50 billones de dólares, accionista de referencia en todas las empresas más importantes cotizadas en bolsa. Ahora también esta burbuja se está desinflando.
Ni siquiera reduciendo a la mitad el valor de capitalización de la Bolsa de Wall Street nos acercaríamos al valor real, infinitamente menor, de las empresas high tech, cuyos títulos han sido inflados precisamente por los fondos para mantener altos los dividendos para sus «ahorradores» – los demócratas, en realidad, contaban también con sustituir el welfare por las finanzas para todos, como antes habían delirado con la casa para todos los americanos.
Ahora la fiesta llega a su fin. La burbuja ha alcanzado su límite y los valores descienden con el riesgo concreto de un colapso. Si añadimos la incertidumbre que las políticas de Trump, representante de unas finanzas que no son las de los fondos de inversión, están introduciendo en un sistema que los propios fondos habían logrado estabilizar con el concurso de los demócratas, podemos comprender los miedos de los «mercados». El capitalismo occidental necesita otra burbuja porque funciona como reproducción de lo siempre igual. El intento trumpiano de reconstruir la industria manufacturera en EE.UU. está destinado a un fracaso seguro.
La identidad perfecta de «producción» y destrucción
Europa, que gasta mucho más que Rusia en armas – se atribuye a la OTAN el 55% de los gastos en armamento a nivel mundial, a Rusia «solo» el 5% – ha decidido un gran plan de inversiones de 800 mil millones de euros para aumentar aún más el gasto militar.
En Europa todavía están activas redes políticas y económicas y centros de poder que hacen referencia a la estrategia representada por Biden, derrotada en las últimas elecciones presidenciales. Por este motivo, Europa es el espacio adecuado, apostando por la guerra, para construir una burbuja basada en los armamentos que compense las crecientes dificultades de los «mercados» estadounidenses. Desde diciembre, los títulos de las empresas que producen armas ya son objeto de especulación, pasando de aumento en aumento y funcionando como refugio seguro para los capitales que consideran la situación estadounidense demasiado arriesgada. En el centro de la operación, los fondos de inversión, entre los mayores accionistas de las principales compañías de armamento. Poseen cuotas significativas en Boeing, Lockheed Martin y RTX e influyen en la gestión y las estrategias de estas sociedades. También en Europa están presentes en el complejo militar-industrial: el título de Rheinmetall – sociedad alemana que produce los Leopard y que es el mayor productor de municiones de Europa – ha aumentado un 100% en los últimos meses, superando, en términos de capitalización, a la principal casa automovilística del continente, Volkswagen, última señal del creciente apetito de los inversores por los títulos ligados a la defensa. Obviamente, Rheinmetall tiene como accionistas principales a Blackrock, Société Générale, Vanguard, etc.
La Unión Europea quiere recoger y canalizar el ahorro continental hacia los armamentos, con consecuencias catastróficas para el proletariado y una ulterior división de la Unión. La carrera armamentista no podrá funcionar como «keynesianismo de guerra» porque las inversiones en armas intervienen en una economía financiarizada y ya no industrial. Construida con dinero público, dará beneficios a una pequeña minoría de privados, mientras empeorará las condiciones de la gran mayoría de la población.
La burbuja de los armamentos no podrá sino producir los mismos efectos que la burbuja americana de las empresas high tech. Después de 2008, las sumas de dinero capturadas para ser invertidas en la burbuja de las tecnologías, nunca «gotearon» hacia el proletariado estadounidense. En cambio, han producido una desindustrialización cada vez más intensa, puestos de trabajo descualificados y precarios, bajos salarios, una pobreza rampante, la destrucción de lo poco de Welfare heredado del New Deal y la consiguiente privatización de todos los servicios. Es lo que, sin sombra de duda, la burbuja financiera producirá en Europa. La financiarización llevará no solo a la completa destrucción del Estado social y a las definitivas privatizaciones de los servicios, sino también a la ulterior fragmentación política de lo que queda de la Unión Europea. Las deudas, contraídas por cada Estado separadamente, deberán ser pagadas y producirán enormes diferencias entre los Estados europeos en la capacidad de honrarlas.
El verdadero peligro no es Rusia sino Alemania. El rearme de 500 mil millones – con otros 500 mil millones listos para infraestructuras – constituye un paso determinante en la construcción de la burbuja. La última vez que el país teutón se rearmó causó desastres mundiales – piénsese en los 25 millones de muertos solo en la Rusia soviética, en la solución final, etc. De ahí la célebre afirmación de François Mauriac: «amo tanto a Alemania que prefiero dos». Esperando los ulteriores desarrollos del nacionalismo y de la extrema derecha – ya en el 21% – que el «Deutschland ist zurück» producirá inevitablemente, esta impondrá la habitual hegemonía imperialista sobre los otros países europeos. Los gobernantes alemanes han abandonado rápidamente el credo ordo-liberal, que tenía un fundamento político, no económico, y han abrazado hasta el fondo la financiarización anglo-americana, poniéndose el mismo objetivo: mandar y explotar Europa. El Financial Times habla de una decisión tomada por Merz, hombre de Blackrock, y por el ministro del tesoro Kukies, hombre de Goldman Sachs, con el aval de los partidos de «izquierda» SPD y Die Linke, que, como sus predecesores en 1914, asumen otra vez la responsabilidad de carnicerías futuras.
Solo el plan alemán parece tener alguna credibilidad en el proyecto global europeo. En cuanto a los otros Estados, veremos quién tendrá el coraje de recortar aún más radicalmente pensiones, sanidad, educación, etc., por una amenaza inventada.
Si el anterior imperialismo interno alemán se fundaba en la austeridad, en el mercantilismo de las exportaciones, en el bloqueo de los salarios y en la destrucción del Estado social, el próximo se fundará en la gestión de una economía de guerra europea, jerarquizada sobre los diferenciales de los tipos de interés a pagar para reembolsar la deuda contraída.
Los países ya fuertemente endeudados – Italia, Francia, etc. – deberán encontrar los compradores de los títulos emitidos para pagar la deuda en «un mercado» europeo cada vez más competitivo. A los inversores les convendrá comprar títulos alemanes – más precisamente aquellos emitidos por las empresas de armamento sobre los que jugará la especulación al alza –, y títulos de la deuda pública europea, seguramente más seguros y rentables que los de países super endeudados. El famoso «spread» jugará todavía un papel como en 2011. Los miles de millones necesarios para pagar a los mercados no estarán disponibles para el Estado social. El objetivo estratégico de todos los gobiernos y de todas las oligarquías desde hace cincuenta años, es decir, la destrucción y la privatización del gasto social para la reproducción del proletariado, será alcanzado. Veintisiete egoísmos nacionales se enfrentarán entre sí sin nada en juego, porque la historia – que, según algunos, «somos los únicos en saber qué es» – nos ha arrinconado, inútiles e irrelevantes después de siglos de colonialismo, guerras y genocidios.
La carrera armamentista va acompañada de una martilleante justificación de la guerra contra todos – es decir, Rusia, China, Corea del Norte, Irán, Brics – que no puede ser abandonada y que corre el riesgo de realizarse porque esta delirante cantidad de armas debe de todos modos «ser consumida».
La lección de Rosa Luxemburg, Kalecki, Baran y Sweezy
Solo los ingenuos pueden decirse estupefactos por lo que está sucediendo. Todo se está repitiendo en un contexto diferente, un capitalismo financiero y ya no industrial como en el siglo XX.
La guerra y los armamentos están en el centro de la economía y de la política desde que el capitalismo se volvió imperialista. Y son también el corazón del proceso de reproducción del capital y del proletariado, en feroz competencia entre ellos. Reconstruyamos rápidamente el marco teórico proporcionado por Rosa Luxemburg, Kalecki, Baran y Sweezy, firmemente plantado, a diferencia de las inútiles teorías críticas contemporáneas, sobre las categorías de imperialismo, monopolio y guerra, que nos ofrece un espejo de la situación contemporánea.
Partamos de la crisis de 1929, que hunde sus raíces en la Primera Guerra Mundial y en el intento de salir de ella a través de la activación del gasto público mediante la intervención del Estado. Según Baran y Sweezy (en adelante B&S) en los años treinta el problema estaba constituido por el volumen del gasto público, incapaz de contrarrestar las fuerzas depresivas de la economía privada monopolística:
Considerado como operación de salvamento de la economía de EE.UU. en su conjunto, el New Deal fue por tanto un fracaso patente. Incluso Galbraith, el profeta de la prosperidad sin encargos bélicos, ha reconocido que en la década 1930 – 1940, «la gran crisis» nunca terminaba.
Solo se saldrá de ella con la Segunda Guerra Mundial: «Luego sobrevino la guerra, y con la guerra la salvación […] el gasto militar hizo lo que el gasto social no había logrado cumplir» porque el gasto público pasó de 17,5 a 103,1 mil millones de dólares.
B&S demuestran que el gasto público no logró llevar a los mismos resultados que el militar porque fue limitado por un problema político que todavía es el nuestro. ¿Por qué el New Deal, y el consiguiente gasto público, no lograron alcanzar un objetivo que «estaba al alcance de la mano, como luego demostró la guerra»? Porque sobre la naturaleza y la composición del gasto público, es decir, de la reproducción del sistema y del proletariado, se desató la lucha de clases.
Dada la estructura de poder del capitalismo monopolístico de EE.UU., el aumento del gasto civil casi había alcanzado sus límites extremos. Las fuerzas que se oponían a la ulterior expansión eran demasiado potentes para ser vencidas.
Los gastos sociales entraban en competencia o perjudicaban a las empresas y a las oligarquías, sustrayéndoles poder económico y político.
Puesto que los intereses privados controlan el poder político, los límites del gasto público están rígidamente fijados sin ninguna preocupación por las necesidades sociales, por vergonzosamente evidentes que puedan ser.
Y estos límites valían también para gastos, sanidad y educación, que en la época, a diferencia de hoy, no estaban directamente en competencia con los intereses privados de las oligarquías.
La carrera armamentista permite el aumento del gasto público por parte del Estado, sin que este se transforme en aumento de los salarios y del consumo del proletariado. Entonces, ¿cómo invertir dinero público, para evitar la depresión económica que el monopolio trae consigo, evitando el fortalecimiento del proletariado? Gastando «en armamentos, en más armamentos, en siempre más armamentos».
Michael Kalecki, trabajando sobre el mismo período, pero concentrándose en la Alemania nazi, logra dilucidar otros aspectos del problema. Contra todo economicismo – que amenaza siempre la comprensión del capitalismo por parte de las teorías críticas, incluso las marxistas –, él pone en evidencia la naturaleza política del ciclo del capital:
La disciplina en las fábricas y la estabilidad política son más importantes para los capitalistas que los beneficios corrientes.
El ciclo político del capital que ya solo puede ser garantizado por la intervención del Estado, debe recurrir al gasto en armamentos y al fascismo. También para Kalecki, el problema político se manifiesta en la «dirección y en los fines del gasto público». La aversión a la «subvención de los consumos de masa» está motivada por la destrucción que determina «de las bases de la ética capitalista “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” (a menos que vivas de las rentas del capital)».
¿Cómo hacer para que el gasto público no se transforme en aumento de empleo, consumo y salarios y por tanto en fuerza política del proletariado? Las oligarquías resuelven el inconveniente con el fascismo. Haciendo esto, la máquina estatal está bajo control del gran capital y de las cúpulas fascistas y «la concentración de los gastos estatales en los armamentos», mientras la «disciplina de fábrica y la estabilidad política está asegurada por la disolución de los sindicatos y por los campos de concentración. La presión política sustituye aquí a la presión económica del desempleo».
De ahí el inmenso éxito de los nazis entre la mayoría de los liberales, tanto ingleses como americanos.
La guerra y el gasto en armamentos son centrales para la política americana también después del fin de la Segunda Guerra Mundial, porque es inconcebible una estructura política sin una fuerza armada, es decir, sin un monopolio de su ejercicio. El volumen del aparato militar de una nación depende de la posición ocupada en la jerarquía mundial de la explotación.
Las naciones más importantes siempre necesitarán el máximo y la entidad de su necesidad (de fuerza armada) variará según si está o no en curso entre ellas una lucha vivaz por el primer puesto.
Los gastos militares continúan por tanto creciendo en el centro del imperialismo:
Naturalmente la mayor parte de la expansión del gasto público ha tenido lugar en el sector militar que ha pasado de menos del 1 a más del 10% del PNB, y que ha representado cerca de dos tercios del aumento global del gasto público a partir de 1920. Esta masiva absorción del excedente en preparativos militares ha sido el hecho central de la historia americana de la posguerra.
Kalecki hace notar que en 1966 «más de la mitad del crecimiento de la renta nacional se resuelve en el crecimiento de los gastos militares».
Ahora, en la posguerra, el capitalismo ya no puede contar con el fascismo para controlar el gasto social. El economista polaco, «alumno» de Rosa Luxemburg, hace notar:
Una de las funciones fundamentales del hitlerismo fue vencer la aversión del gran capital a la política anticíclica a gran escala. La gran burguesía había dado su asentimiento al abandono del laisser-faire y al crecimiento radical del papel del estado en la economía nacional, a condición de que el aparato estatal se encontrara bajo control directo de su alianza con la cúpula fascista
y que el destino y el contenido del gasto público fuera determinado por los armamentos. En los treinta gloriosos, debiendo abandonar el fascismo que aseguraba la dirección del gasto público, los Estados y los capitalistas se ven obligados a un compromiso político. Relaciones de fuerza determinadas por el siglo de las revoluciones, obligan al Estado y a los capitalistas a concesiones que son de todos modos compatibles con los beneficios que alcanzan tasas de crecimiento antes desconocidas. Pero incluso este compromiso es excesivo porque, a pesar de los grandes beneficios, «los trabajadores se vuelven en tal situación “recalcitrantes” y los “capitanes de industria” se vuelven ansiosos de “darles una lección”».
La contrarrevolución, desplegada a partir de finales de los años sesenta, tendrá en su centro la destrucción del gasto social y la feroz voluntad de orientar el gasto público hacia los solos y exclusivos intereses de las oligarquías. El problema, a partir de la República de Weimar, nunca ha sido el de una genérica intervención del Estado en la economía: la cuestión es cómo el mismo Estado había sido investido por la lucha de clases y obligado a ceder a las demandas de las luchas obreras y proletarias.
En los tiempos de «paz» de la guerra fría, sin el auxilio del fascismo, la explosión de los gastos militares necesita una legitimación, asegurada por una propaganda capaz de evocar continuamente la amenaza de una guerra inminente, de un enemigo a las puertas listo para destruir los valores occidentales: «Los creadores oficiosos y oficiales de la opinión pública tienen lista la respuesta: Estados Unidos debe defender el mundo libre de la amenaza de la agresión soviética (o china)».
Kalecki, para el mismo período especifica: «Los periódicos, el cine, las estaciones de radio y televisión que trabajan bajo la égida de la clase dominante, crean una atmósfera que favorece la militarización de la economía».
El gasto en armamentos no tiene solo una función económica, sino también de producción de subjetividades sometidas. La guerra exaltando la subordinación y el mando «contribuye a crear una mentalidad conservadora».
Mientras el masivo gasto público para la educación y el bienestar tiende a minar la posición de privilegio de la oligarquía, el gasto militar hace lo contrario. La militarización favorece a todas las fuerzas reaccionarias (…) se determina un respeto ciego por la autoridad; se enseña y se impone una conducta de conformismo y de sumisión; y la opinión contraria se considera como un hecho antipatriótico o incluso una traición.
El capitalismo produce un sujeto que, precisamente por la forma política de su ciclo, es sembrador de muerte y destrucción, más que un promotor del progreso. Nos lo dice Richard B. Russel, senador conservador del Sur de EE.UU. ya en los años sesenta, citado por B&S:
Hay algo en los preparativos de destrucción que induce a los hombres a gastar dinero más despreocupadamente que si se tratara de fines constructivos. Por qué sucede esto no lo sé; pero desde hace unos treinta años que estoy en el Senado he comprendido que al comprar armas para matar, destruir, borrar ciudades de la faz de la tierra y eliminar grandes sistemas de transporte hay algo que empuja a los hombres a no calcular el gasto con la misma atención empleada cuando se trata de pensar en alojamientos decentes y en curas sanitarias para los seres humanos.
La reproducción del capital y del proletariado se ha politizado gracias a las revoluciones del siglo XX. La lucha de clases invistiendo también esta realidad ha hecho emerger una oposición radical entre la reproducción de la vida y la reproducción de su destrucción que, desde los años treinta, no ha hecho más que profundizarse.
¿Cómo funciona el capitalismo?
La guerra y los armamentos, excluidos prácticamente del conjunto de las teorías críticas del capitalismo, funcionan como discriminantes en el análisis del capital y del Estado.
Es muy difícil definir el capitalismo simplemente como «modo de producción», como hacía Marx: economía, guerra, política, Estado, tecnología son, de hecho, elementos estrechamente entrelazados e inseparables. La «crítica de la economía» no basta para producir una teoría revolucionaria. Ya con el advenimiento del imperialismo, se había introducido un cambio radical en el funcionamiento del capitalismo y del Estado, hecho evidente de manera cristalina por Rosa Luxemburg. Según esta última, la acumulación tiene dos aspectos: el primero «concierne a la producción del plusvalor – en la fábrica, en la mina, en la explotación agrícola – y la circulación de las mercancías en el mercado. Considerada desde este punto de vista, la acumulación es un proceso económico cuya fase más importante es una transacción entre el capitalista y el asalariado». El segundo aspecto tiene el mundo entero como teatro, una dimensión mundial irreductible al concepto de «mercado» y a sus leyes económicas.
Aquí los métodos empleados son la política colonial, el sistema de los préstamos internacionales, la política de las esferas de interés, la guerra. La violencia, el fraude, la opresión, la depredación se desarrollan abiertamente, sin máscara, y es difícil reconocer las leyes rigurosas del proceso económico en el entrelazarse de violencias económicas y brutalidades políticas.
La guerra no es la continuación de la política sino que coexiste, desde siempre, con ella, y esto es patente si miramos el funcionamiento del mercado mundial. Aquí, donde guerra, fraude y depredación conviven con la economía, la ley del valor nunca ha funcionado verdaderamente. El mercado mundial parece muy diferente del esbozado por Marx. Sus consideraciones parecen no valer ya. O mejor, deben especificarse: solo en el mercado mundial el dinero y el trabajo se volverían adecuados a su concepto, llevando a cabo su abstracción y su universalidad. Al contrario, lo que podemos constatar es que el dinero, la forma más abstracta y universal del capital, es siempre la moneda de un Estado. El dólar es la moneda de Estados Unidos y reina solo en cuanto tal. La abstracción de la moneda y su universalidad (y sus automatismos) son apropiadas por una «fuerza subjetiva» y se gestionan según una estrategia que no está contenida en la moneda.
También las finanzas, como la tecnología, parecen ser objeto de apropiación por parte de fuerzas subjetivas «nacionales», muy poco universales. En el mercado mundial tampoco el trabajo abstracto triunfa en cuanto tal, sino encontrando en cambio otras tipologías de trabajo, radicalmente diferentes (trabajo servil, trabajo esclavista, etc.).
La acción de Trump, caído el velo hipócrita del capitalismo democrático, nos desvela el secreto de la economía: esta puede funcionar solo a partir de una división internacional de la producción y de la reproducción definidas e impuestas políticamente, es decir, con el uso de la fuerza que implica también la guerra.
La voluntad de explotación y de dominio, gestionando contemporáneamente relaciones políticas, económicas y militares, construye una totalidad, que no puede nunca cerrarse sobre sí misma, sino que permanece siempre abierta, escindida por conflictos, guerras, depredaciones. En esta totalidad escindida convergen y se gobiernan el conjunto de las relaciones de poder. Trump interviene sobre varios aspectos de la vida política y cotidiana estadounidense en el mismo momento en que querría imponer una nueva ubicación mundial, tanto política como económica, a EE.UU. Actúa desde lo micro a lo macro: acción política que los movimientos contemporáneos no tienen precisamente en los horizontes de los pensamientos.
La construcción de la burbuja financiera, proceso que podemos seguir paso a paso, ocurre del mismo modo. Los actores que concurren a su producción son múltiples: la Unión Europea, los Estados que deben endeudarse, el Banco Europeo, el Banco Europeo de Inversiones, los partidos políticos, los medios y la opinión pública, los grandes fondos de inversión (todos estadounidenses) que organizan el trasvase de capitales de una bolsa a otra, las grandes empresas. La burbuja económica y sus automatismos podrán funcionar solo cuando el enfrentamiento/cooperación entre estos centros de poder haya emitido su veredicto. La ideología sobre el «funcionamiento automático» de este proceso debe ser desmentida. El «piloto automático», sobre todo a nivel financiero, existe y funciona solo después de que ha sido instituido políticamente: no existía en los treinta gloriosos porque se había decidido políticamente en tal sentido; funciona desde finales de los años setenta, por explícita voluntad política.
La multiplicidad de actores que se agita desde hace meses está unida por una estrategia. Hay dos elementos subjetivos que intervienen de manera fundamental. Desde el punto de vista capitalista, está en curso una lucha feroz entre el «factor subjetivo» Trump y el «factor subjetivo» de las élites derrotadas en las elecciones presidenciales, que todavía tienen fuertes presencias en los centros de poder en EE.UU. y en Europa.
Pero para que el capitalismo funcione, debemos tomar en consideración también un factor subjetivo proletario. Este juega un papel decisivo: o se hará el portador pasivo del nuevo proceso de producción/reproducción del capital o tenderá a rechazarlo y a destruirlo. Constatada la incapacidad del proletariado contemporáneo, el más débil, el más desorientado, el menos autónomo e independiente de la historia del capitalismo, la primera opción parece la más probable. Pero si no logrará oponer su propia estrategia a las continuas innovaciones estratégicas del enemigo, capaz de renovarse continuamente, caeremos dentro de una asimetría de relaciones de poder que nos devolverá a una situación anterior a la revolución francesa, en un nuevo/ya visto «ancien régime».
Fuente: Machina Rivista


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