Breve introducción:
La famosa clase del “intelectual público” residente en Miami llamado Axel Kaiser sobre los supuestos vínculos entre socialismo y nazismo, más las reacciones de todo tipo que ha generado, me han motivado a circular en forma de columna este capítulo de “La religión de la muerte” (Tempestades, Santiago, 2023; Lazo, Rosario, 2024). Como se ve, la situación es un poco más compleja que la versión que desde la izquierda niega todo vínculo entre los fascismos y ciertas formas reaccionarias y anti-marxistas de socialismo nacional. Lo cual es aprovechado por los nuevos fascistas que -al decir de Lazzarato- han mutado del “nacional-socialismo” al “nacional-liberalismo”, y desde la que presentan como una nueva extrema derecha se esfuerzan en desfascistizar su imagen pública endosando todo el fascismo a su supuesto origen de izquierda.
Una de las principales confusiones que surge al estudiar el fascismo es la aparente y notoria contradicción entre su discurso y pretensiones anticapitalistas/revolucionarias y su práctica de servir de fuerza de choque a la reacción en defensa del orden social capitalista. Cuando los fascistas son usados como último recurso defensivo por parte de los terratenientes y el gran capital, ¿traicionan la “revolución fascista” o se revelan como lo que en verdad ocultaban tras esa fraseología? La diferencia es importante pues en efecto existen corrientes fascistas que han reivindicado el discurso original en contra de las desviaciones o traiciones propias de la realpolitik, desde los “falangistas auténticos” que se oponían a Franco en España o los nacional-sindicalistas chilenos que fueron parte del régimen militar desde 1973, cuando luego del golpe militar proclamaban en su revista Bandera Negra: “Las comunidades básicas al poder: militares, gremios, estudiantes, familias, municipios. Todos a edificar el nuevo orden chileno1”, hasta mediados de los 80, cuando criticaron la orientación “neoliberal” que tomó la Junta liderada por Pinochet. Ante estos niveles de confusión, Robert O. Paxton en su “Anatomía del fascismo” propone estudiar lo que los fascistas han hecho por sobre lo que han dicho.
El partido de Hitler se proclamaba nacional-socialista y obrero. Y así explicaba en 1927 su socialismo: “Somos socialistas, somos enemigos del sistema económico capitalista actual para la explotación de los económicamente débiles, con sus salarios injustos, con su evaluación indecorosa de un ser humano de acuerdo con la riqueza y la propiedad en lugar de la responsabilidad y el rendimiento, y todos estamos determinados a destruir este sistema bajo todas las condiciones”2.
Mussolini hacia 1918/1920 usaba una retórica libertaria y antipartido: se definía a sí mismo como un temperamento de “individualista más bien anarquista y de animal poco sociable y organizable”. Además, proclamaba que no existía otra realidad fuera del individuo y rendía también tributo a la bandera negra:
“Abajo el Estado bajo todas sus manifestaciones y encarnaciones. El Estado de ayer, de hoy, de mañana. El Estado burgués y el socialista. A nosotros que somos el morituri del individualismo no nos queda más que, por la oscuridad presente y por el tenebroso mañana, la religión absurda ya, pero siempre consoladora, ¡de la Anarquía!”3.
Por último, el nacional-sindicalista español Ramiro Ledesma sintetizaba en “¿Fascismo en España?” (1935) las posiciones básicas del fascismo en los siguientes puntos:
“Idea nacional profunda. Oposición a las instituciones demoburguesas, al Estado liberal-parlamentario. Desenmascaramiento de los verdaderos poderes feudalistas de la actual sociedad. Incompatibilidad con el marxismo. Economía nacional y economía del pueblo frente al gran capitalismo financiero y monopolista. Sentido de la autoridad, de la disciplina y de la violencia”4.
Ledesma define al marxismo como “la solución bestial, antinacional y antihumana que representa el clasismo proletario para resolver los evidentes problemas e injusticias, propias del régimen capitalista”, y destaca como un elemento que ha contribuido a la universalización del fascismo –a pesar de que Ledesma le niega al “fascismo propiamente dicho” características universales, debido a su fundamentalismo nacionalista- “su estrategia de lucha contra una fuerza social -el marxismo, el partido clasista de los proletarios-, venciéndola revolucionariamente, y sustituyéndola en la ilusión y en el entusiasmo de las masas”. Mientras, su no tan amigo José Antonio Primo de Rivera definía a la Falange como una “síntesis de tradición y revolución”5.
Si atendemos al discurso fascista, es difícil ir y clasificarlo inmediatamente como una expresión de derechas. En mi opinión, el fascismo no es exactamente de derecha, o más bien, necesita presentarse como una combinación o superación de la dicotomía derecha/izquierda, con lo cual aparece como un fenómeno novedoso y distinto de la derecha convencional, que incorpora aspectos centrales del discurso y posiciones propias de la izquierda. Es mi impresión que sin este elemento de “confusión” el fascismo pierde su especificidad, para confundirse y disolverse en la derecha propiamente tal, posición desde la cual no lograría cumplir con los objetivos específicos que tiene en la estructura y dinámicas de la dominación.
Wilhelm Reich es bastante claro al exponer en su “Psicología de masas del fascismo” (1933) la importancia del discurso “anticapitalista” para atraer a las empobrecidas y asustadas clases medias. Según él, gran parte de la izquierda alemana se negaba a entender esta parte del fenómeno y destacaba solo su rol reaccionario al servicio de la alta burguesía:
“Se podían observar algunos puntos obscuros en la discusión, que llegó a ser muy animada: el hecho de que el nacionalsocialismo revelase su carácter imperialista después de la toma del poder, que se apresurara a eliminar del movimiento todo elemento ‘socialista’ y que preparase la guerra por todos los medios, no contradecía el otro hecho de que, visto desde la perspectiva de su base de masas, el fascismo era claramente un movimiento de las clases medias. Nunca hubiera podido ganar Hitler para su causa a las clases medias si no hubiera prometido iniciar la lucha contra el gran capital. Estas clases le ayudaron a vencer porque estaban en contra del gran capital. Presionados por ellas, los dirigentes nacionalsocialistas tuvieron que tomar medidas anticapitalistas que se vieron obligados a revocar a instancias del gran capital. Si no se hace la distinción entre los intereses subjetivos en la base de masas de un movimiento reaccionario y su función reaccionaria objetiva, que son antagónicos (aunque unidos al principio en el conjunto del movimiento nacionalsocialista), resulta imposible comprenderse, ya que al hablar del fascismo, el uno entiende su función objetiva mientras que el otro piensa en los intereses subjetivos de las masas fascistas. El antagonismo entre estos dos aspectos del fascismo explica todas sus contradicciones y aclara también su convergencia en una sola forma, el nacionalsocialismo, convergencia tan característica del movimiento hitleriano”6.
En el caso alemán, el elemento antisemita era clave para poder suministrar un “sucedáneo irracional de la crítica emancipadora del capitalismo”, simulando una “destrucción simbólica” del fetiche de la valorización capitalista “mediante la aniquilación sustitutiva de los judíos”7. Como destaca Kurz, “el antisemitismo como desviación proyectiva de la revuelta, también funciona sin judíos, precisamente porque es una proyección fantasmática”, y por eso es que “el verdadero pogrom también puede dirigirse contra los «extranjeros», la gente de color, los discapacitados, los excluidos sociales…”, como resulta evidente en las formas posmodernas de fascismo.
Insisto en esto: el derechista recalcitrante y violento es en rigor un “momio” o conservador. El “fascista” tiene una ideología mucho más confusionista, cuya característica distintiva es que trata de negar la diferencia izquierda/derecha afirmando una “tercera posición”, que se pretende presentar como la verdadera alternativa revolucionaria. En los términos planteados por Mussolini, se trataría de “una revolución contra la revolución”. Por eso es que, como destaca Traverso, la nueva derecha radical “es más conservadora que fascista; pertenece a la tradición de la desesperación cultural (Fritz Stern) más que a la de la revolución conservadora”8.
¿Cuáles son las fuentes de la ideología fascista y de sus componentes “revolucionarios”?
El tema ha sido estudiado en profundidad por Zeev Sternhell a lo largo de su investigación sobre los orígenes de la ideología fascista, plasmada en varios libros9. Tanto él como Emilio Gentile señalan que dos décadas antes de la formación del fascismo italiano se había producido en Francia una síntesis entre un nacionalismo orgánico radical y el socialismo antimarxista.
Sternhell en una entrevista señala que “el fascismo no es un fenómeno que se reduzca al período de entreguerras. Existía antes de la Primera Guerra Mundial y no hay razones metodológicas para creer que el fascismo dejara de existir después de 1945 o cuando Mussolini fue ejecutado y luego colgado en Milán, o cuando Hitler se suicidó en su bunker”10. En sus orígenes estaría la gran crisis del liberalismo a fines del siglo XIX y la manera en que respondió a ella la derecha radical francesa, en particular “la idea que separa la estructura económica del liberalismo de sus contenidos morales e intelectuales”.
Esta separación entre liberalismo y democracia fue también un aporte de Sorel y los sindicalistas revolucionarios. El entender que las dos dimensiones podían separarse, que “se podía aceptar una de las dimensiones y rechazar la otra” fue la “chispa de genialidad” que estuvo en “la idea original del fascismo”: “La ideología fascista nació de la ideología anti-racionalista, anti-materialista y anti-marxista y del nacionalismo radical que ya existían previamente”11. Los elementos clave de este nacionalismo (el culto a la muerte, la veneración de la historia), tomados por los italianos, “ya existía(n) en la derecha radical francesa incluso antes, en Renan”. Pero se combinan con elementos que se toman de la izquierda:
“La combinación del nacionalismo histórico, radical y orgánico, con el culto a la historia, la veneración por los antepasados enterrados en esa tierra y el Blut und Boden12, junto con la revisión anti-racionalista y anti-materialista del marxismo que comenzó Sorel, el vaciamiento de los contenidos racionales y hegelianos del marxismo y la percepción del marxismo como una sociología de la violencia y nada más, unido a la aplicación de la violencia que se da con el fascismo, vía sorelianismo, y la idea de que la violencia es un instrumento para el cambio del orden social, son todos ellos puntos que se convierten en los ingredientes principales del fascismo”.
No es extraño que ciertas formas de socialismo se presten para una fusión con el nacionalismo.
Esto ya había sido señalado por Marx y Engels en 1848, al clasificar formas aristócratas, pequeño-burguesas y burguesas de socialismo, reaccionarias y/o utópicas. Más curioso resulta que se hayan utilizado ciertas lecturas e interpretaciones del marxismo, como la de Sorel. Pero eso tampoco debería sorprendernos mucho si consideramos que Marx fue un teórico y organizador del comunismo, y que posterior a su muerte fue la socialdemocracia y ciertos amigos y discípulos suyos quienes construyeron el “marxismo” y elevaron a Marx a la categoría de padre fundador. Este marxismo fue desde el inicio una ideología positivista con pretensiones científicas, y por lo mismo se prestaba también a diversas interpretaciones y usos cada vez más alejados del método abierto y la finalidad emancipatoria radical presente desde el inicio en la obra de Marx.
En el caso de Sorel también es posible que algunos discípulos se hayan apresurado a usar su “apología de la violencia” para justificar diversos usos de la misma que poco tenían que ver con la posición soreliana, bastante original y compleja. De hecho, Sorel usa un lenguaje bélico y sostiene una “concepción antagonística” de la naturaleza humana, pero diferencia entre la fuerza, que se propone imponer un determinado orden social en que una minoría es la que domina, y la violencia que se expresa en la rebelión con dicho orden y el Estado. La “moralidad de la violencia” excluye sus formas arbitrarias y egoístas, pues apunta a la lucha por el derecho y la justicia13. Según Barth, más que por su teoría del mito social, la influencia más notoria de Sorel en el fascismo fue una interpretación apresurada y errónea de su teoría de la violencia, abrazada por quienes le rendían un culto irracional.
Según relata Sternhell, los sorelianos fueron “los únicos revolucionarios que no abandonaron la idea de revolución” durante la Primera Guerra Mundial. De este modo, “rechazaban el orden de cosas existente y querían cambiarlo por la fuerza y la utilización de la violencia”.
Si de Marx tomaban la idea de una violencia que puede ser proletaria, “cuando está claro que los proletarios han dejado de ser una fuerza revolucionaria, la revolución no será hecha por una clase sino por la nación y todas las clases”. En esto consiste el supuesto “socialismo revolucionario” e interclasista al que se adhiere Mussolini tras romper con el socialismo oficial, con financiamiento de socialistas franceses para fundar su periódico, definido precisamente como un “Cotidiano Socialista”. Dirigiéndose a sus ex compañeros socialistas marxistas el Duce declara: “Tanto vosotros como nosotros estamos contra el gran capital y la explotación, contra la demagogia y los partidos burgueses, por un Estado fuerte, pero vosotros llegáis a él por la vía de la lucha de clases, nosotros por la comprensión del fenómeno de la Patria”14.
De esta forma, como resume José Luis Orella, por toda Europa surgieron los fascismos después de la primera guerra mundial, conformados por una generación de ex combatientes que unió “el nacionalismo hiperdesarrollado de su experiencia en combate y heredero de los radicalismos derechistas decimonónicos, con las reivindicaciones sociales del sindicalismo revolucionario de Sorel y los socialismos nacionalistas de Benito Mussolini, Oswald Mosley, Henri de Man y Marcel Deat”15. El propio Mussolini recordaba poco antes de morir que en las “Orientaciones técnicas y postulados prácticos del fascismo” publicadas en 1920 los Fascios de Combate “no se oponían al socialismo en sí y por sí -doctrina y movimiento discutibles- sino a sus degeneraciones teóricas y prácticas, condensadas en la palabra ‘bolchevismo’”16.
En América del Sur este elemento “social” también estuvo presente en las “derechas radicales” conformadas en los años treinta, tal como demuestra uno de los pocos estudios sobre el tema: Las Derechas, de Sandra McGee (1999), donde compara la evolución de estas tendencias desde 1890 a 1939 en Chile, Argentina y Brasil. Como comenta Daniel Lvovich desde Argentina, la autora destaca el funcionamiento inicial de esta derecha radical como grupo de choque de la derecha conservadora a través de “ligas patrióticas” -como las que en los años veinte Chile hacían expediciones punitivas contra obreros y estudiantes (la FOCH y la FECH) acusados de estar “vendidos al oro peruano”-, en estrecha vinculación con las Fuerzas Armadas de cada país. En la década del treinta esta extrema derecha que ya actuaba de manera parapolicial y militar da paso a lo que McGee denomina la era del fascismo, en el que encuadran perfectamente el Movimiento Nacional Socialista chileno, el Integralismo brasileño y gran parte del nacionalismo argentino (como la Liga Republicana fundada en 1929). Estos movimientos pretendían desplazar a la democracia liberal “a través de una revolución social y moral que estableciera un estado dictatorial y jerárquico, inspirado en el culto al heroísmo, que unificaría y purificaría a la nación”17.
Lo peculiar de la era fascista en nuestros países es que estos movimientos tenían que plantearse “como una alternativa al socialismo”, enfatizando “los contenidos relativos a la justicia social dentro de las fronteras nacionales y al cambio dentro del orden” y “definiendo al capitalismo como el ámbito de la usura; el monopolio y las finanzas internacionales -más que como el sistema basado en la propiedad privada-“, presentándose como sus enemigos y “apareciendo como revolucionarios debido a su énfasis en los valores de la juventud, la masculinidad y la violencia y su retórica marcadamente antiburguesa”, los que “sumados al antisemitismo, el corporativismo y el estatismo”, dejan a estos movimientos en clara similitud con los modelos europeos, sin ser tampoco una mera copia.
En síntesis, existe en toda forma de fascismo un elemento formalmente anticapitalista pues como señala Dauvé, su originalidad “consiste en dar a la contrarrevolución una base de masas e imitar la revolución”18. El principal ideólogo de la Nouvelle Droite, Alain de Benoist, coincide en eso al destacar que “las formas tomadas por el fascismo para conjurar la amenaza del comunismo eran a menudo formas miméticas”, que “imitaron tanto más a las del adversario de lo que pudieron eficazmente combatirlo”. Por eso se queda con la definición del fascismo como “una forma política revolucionaria caracterizada por la fusión de tres elementos principales: un nacionalismo de tipo jacobino, un socialismo no democrático y el llamado autoritario a la movilización de las masas”19.
NOTAS
1 “Bandera Negra”, septiembre de 1973, citada por Ernesto Cadena, La ofensiva neofascista. Barcelona, Acervo, 1978.
2 Adolf Hitler, citado por Gonzalo Jara Townsend. “Una antigua y nueva derecha: Dugin y Fusaro”. Antagonismos, Vol. 1 N°1, 2020
3 Referido por Emilio Gentile, ¿Quién es fascista?, pág. 146.
4 https://es.wikipedia.org/wiki/Definiciones_de_fascismo#El_fascismo_seg%C3%BAn_los_fascistas
5 Ibid.
6 Wilhelm Reich, Psicología de masas del fascismo (1933). Buenos Aires, Editora Latina, 1972. La cita está tomada del capítulo II.3: “Psicología de masas de la pequeña burguesía”. Disponible en: https://elporteno.cl/wilhelm-reich-la-psicologia-de-masas-de-la-pequena-burguesia/
7 Robert Kurz, Imperialismo de exclusión y estado de excepción. Santiago, Vamos hacia la vida, 2022, pág. 94-5.
8 Enzo Traverso, Posfascismo. Fascismo como concepto transhistórico, en Viento Sur N°166, 3 de diciembre de 2019
9 Entre ellos: Maurice Barrès et le Nationalisme français (1972); La droite révolutionnaire 1885-1914. Les origines françaises du fascisme (1978); Ni droite ni gauche. L’ideologie fasciste en France (1983); y junto a Sznajder y Asheri, El nacimiento de la ideología fascista, publicado en Madrid por Siglo XXI en 1994.
10 Entrevista con Zeev Sternhell por Mario Sznajder, octubre de 2009. Historia y Política N°24, Madrid, julio/diciembre 2010.
11 Ibíd.
12 Expresión alemana abreviada como Blubo: “Sangre y suelo”. Barrés hablaba de “La terre et les morts de France”. Es notable como contrasta con el lema anarquista español “Tierra y libertad”.
13 Barth, Hans. Masa y mito. La crisis ideológica en los albores del siglo XX y la teoría de la violencia: Georges Sorel. Santiago, Editorial Universitaria, 1973, pág. 123 y ss.
14 Ernesto Cadena, La ofensiva neofascista. Barcelona, Acervo, 1978, pág. 35.
15 José Luis Orella Martínez, “La derecha radical europea, en la segunda mitad del siglo XX”. Revista de Estudios Políticos (nueva época), N° 106, octubre/diciembre 1999, pág. 139.
16 Benito Mussolini, Mi último año. Buenos Aires, Spes, 1946, pág. 171.
17 Daniel Lvovich, Comentario a Sandra MeGee Deutsch, Las Derechas. The extreme Right in Argentina, Brazil, and Chile, 1890-1939, Stanford, Stanford University Press, 1999. En: Sociohistórica. Cuadernos del CISH, No 8, Universidad Nacional de La Plata, 2000.
18 Gilles Dauvé. Cuando las insurrecciones mueren. Región argentina, Mariposas del Caos, 2016, pág. 29-30.
19 Alain de Benoist, “El fascismo” (s/f). Elementos de Metapolítica para la Civilización Europea N°67: El mito del fascismo. Revisiones e interpretaciones, Trilogía, Vol.1.
Imagen principal: Memed Erdener a.k.a. Extrastruggle, National Will, 2014

