Falta solo detenerse en un verso, uno solo, para que se nos revele la desproporción del mundo de Violeta Parra.
En el poema “Con mi litigio de amor”, aparecido en el libroDécimas, autobiografía en verso, (1957 y 1958), Violeta describe siempre la tesitura existencial como un invariable reflejo del mal:
“Mis venas son un infierno que arden con fuego mortal”
El verso es de una ira poética que quiebra; una gleba maldita en toda su magnitud y sin referente. Como lo decía su hermano Nicanor en una entrevista: “[…] ella no fue una estudiosa de la literatura […] No sé si conoció la palabra Rimbaud, la palabra Baudelaire […]”1. Sin embargo, si le hacemos frente al vibrato liminal que destilan estas palabras y que deambulan en la desesperación quemante del infierno, sabremos que Violeta nunca necesitó de fuegos ajenos, de clamores excéntricos o querellas prestadas.
Es solo Violeta Parra habitando en sus hendijas plagadas de amores, para ella, ingratos y desgraciados, de fantasmas amantes, de dolores nómades y húmedos.
Así también el diablo como recurso sistemático y presente como lo que araña o quita lo que alguna vez se tuvo y se perdió irremediablemente. Como lo escribe en la canción “Cantores que reflexionan” de su álbum Últimas composiciones (1966):
«Viene del reino de Satán / toda su sangre respondió / quemas el árbol del amor / dejas cenizas al pasar».
Hablamos de esa poética que insiste en lo infernal sin mirar estilos, sin presentir tendencias. Es, insistimos, solo Violeta, el más crudo y verídico de los tormentos chilenos; circulando y reconociéndose en la oscuridad y en la desolación que era la proteína de su escritura. Violeta Parra, hija de un tiempo suspendido en el campo chillanejo pero que supo desde siempre que debía ser ella misma; lo más parecida a sí como fuera posible, si no, no alcanzaría la cúspide de su proceso creativo. Le tocaba ser ególatra, extravagante y disparatada para ser vista, para transmitir y dejar salir lo que la incineraba cada día, a cada segundo, en cada enamoramiento etéreo pero que en ella era vivido como eternidad, eternidad de un tiempo demoniaco.
Entonces fue Violeta misma su propia creación, decimos: un dolor ambulante, una guitarra afligida, una lírica pendenciera, hermosa, hiriente y en la que no había espacio para nada neutro. Ella sabía que le tocaba pagar por su genio; genio que desahució emocional y psíquicamente su existencia, que la clavó a la muerte, al tiempo que la hizo universal. No podía ser de otro modo.
Nunca, pienso, se entendió más el suicidio. Porque jamás fue tan insoportable sentir de tal forma, amarlo todo, darlo todo; ocupar el tiempo como una sucesión de blasfemias contra sí misma; cruzar cada uno de los límites de lo que desgarra y rompe para que, al final, solo se revele la indolente nada. Para Violeta era la ausencia, de lo que sea, pero de lo que ya no es más; reminiscencia de lo que se fue y congoja que perforaba su presente; sensación de que el amor era una porquería, un vocablo tan maldito como ella.
Los celos y la intensidad muchas veces patológica que se manifestaba cuando amaba la hacía pretender dejar al otro en cautiverio. Su idea de amor era radical, el objeto de su deseo tenía que estar ahí, a la vista, sin osar un solo movimiento o posar la mirada en otro ser humano que no sea ella misma. El amor que esperaba Violeta, de vuelta, era absoluto (ciego, sordo y mudo) porque sabía que éste la había maldecido y tenía que defenderse de eso congénito que la desterraba de cualquier futuro feliz.
Pienso que toda su vida y su obra fueron una sola y misma cosa: penuria atravesada por la constatación de que su paso por el mundo ere breve y dislocado, un paso del tiempo maldito.
Así, escribir canciones o poemas en décimas era la expresión del tormento de ser, no dándole real importancia a todas las incalculables huellas que iba dejando; o a la admiración profesada desde todos los puntos cardinales de la que era sujeto su obra descomunal; pero qué más daba si Violeta estaba vacía, caminando entre faquires y hogueras, entregada a un delirio creativo que solo cuatro meses antes de dispararse una bala en la cabeza la había llevado a escribir “Gracias a la vida”.
Esto es más que una contradicción, es el anuncio de una herencia que venía de la mano de la muerte; una suerte de legado que celebra el júbilo de existir pero que es escrito ahí donde la existencia misma entraba en fase terminal y las temporalidades de la vida y la muerte se confunden. Tal vez nunca se ama tanto la vida como cuando se sabe que se perderá (o que se acabará con ella). Aunque el mundo la reconociera y le gritara “¡eres Violeta Parra, una genio de todos los tiempos que ha escrito en español las canciones más hermosas!”, nada le era suficiente, incluso el mundo a sus pies. El otro mundo, su mundo, ya estaba trizado, el fondo roto y la caída era sin retorno.
Tan parriana Violeta Parra. Lenguaje poético desbordado, castizo y lacerante que devino en una obra atípica y a ponerle un tajo a lo que hasta ese momento se entendía por folclor; heridas tan reales, tan criminales como autoinfligidas; aquella existencia de tiempo doliente pero que acoge al dolor con la mirada nunca extraviada sino puesta en la creación, en la experimentación artística del sufrimiento sin pausa; en la desesperación y en la angustia que hace emerger la urgencia lírica de escribir para no morir (aunque esta fórmula, con ella, no resultara).
Violeta fue esto, toda su vida; una arqueóloga del delirio; una recolectora de lo extinto o lo que está por extinguirse; y esto pudo haber sido ella misma o la tradición musical que recupera en los páramos rurales que recorre junto a su pequeño sabiendo, resintiendo, que algo de lo propiamente chileno estaba ahí, latiendo lento como un corazón que se apaga.
Nunca tuvo opción. Su venas siempre estuvieron inflamadas de fuego, las crisis fueron su sistema, el infierno del aquí y ahora su galaxia más próxima. Su vida marcada por el genio y la fragilidad: su piel una llaga siempre expuesta transformada en poesía y tiempo cortado.
Así lo canta:
Corazón maldito / sin miramiento, sí / sin miramiento /ciego, sordo y mudo / de nacimiento, sí / de nacimiento2.
Cierto es que estos párrafos no podrían ser un homenaje, ni siquiera sería yo capaz de levantar una palabra en nombre de Violeta. Pero esas letras trenzadas en el más perfecto y maldito remordimiento: “Mis venas son un infierno que arden con fuego mortal”, me devuelve a su pena predestinada, y me resulta imposible no escribir.
No podría haber nada más condenado a la grandeza que Violeta Parra; belleza maldita; licor amargo de amores rotos; fugas de tiempos eternamente clandestinos; flor suicida que nunca dejará de emanar su inigualable perfume trágico.
Posteridad sin tiempo que nos regala la vívida nota existencial de que nada es para siempre.
NOTAS
1 L. Morales, «Conversación con Nicanor Parra sobre Violeta», 1989-1990.
2 “Corazón maldito”, del álbum colectivo La Carpa de la Reina, 1966.
Imagen principal: Violeta Parra, Justice. Museo Violeta Parra

