Dionisio Espejo / De lo arquetípico a lo histórico: una crónica musical sobre la violencia (La salud del verdugo 2)

Estética, Filosofía, Música, Política

Introducción

La representación de la violencia en la ópera moderna oscila entre dos polos: por un lado, el arquetipo expresionista; por otro, la realidad histórica. Eso supone un recorrido que va desde Mörder, Hoffnung der Frauen (Hindemith, 1919) e Irrelohe (Schreker, 1924) hasta Lulu (Berg, 1935), y de paso por las distintas versiones de Beatrice Cenci (Brian, Goldschmidt, Ginastera) o The Rape of Lucretia (Britten, 1946). Suponemos que la figura del asesino experimenta una progresiva desindividualización en la primera mitad del siglo XX: deja de ser un sujeto psicológico para convertirse en la manifestación de una estructura de poder que atraviesa el cuerpo, la sexualidad, la familia, la ley y la propia forma artística. El artículo distingue dos momentos clave: en el primero, la violencia es arquetípica y mítica (Hindemith, Schreker), y el cuerpo aparece como escenario de una guerra elemental entre fuerzas sexuales; en el segundo, la violencia se historiza (Cenci, Lulu), revelando su inscripción en instituciones concretas —la familia, la Iglesia, el derecho, el capital— que la producen y legitiman.

La conclusión del recorrido muestra que el asesino ya no puede ser considerado una categoría suficiente para explicar la violencia: el crimen no comienza con el acto de matar, sino que está inscrito en las relaciones sociales que lo preceden, y sobre todo en el imaginario que lo singulariza o lo identifica sistemicamente. Esto nos ha llevado a una reflexión sobre el recinto —la isla, el castillo, la casa, el jardín— como condición material de la violencia, aunque también a comprender, desde esta lógica, lugares como Gaza o el Sahara, donde la administración del territorio mismo se convierte en instrumento de poder sobre una población entera. Para eso se fabrican etiquetas identitarias que sitúan a los individuos en el marco de esa lógica de la dominación y la explotación. Por eso aquí se ha intentado captar la esencia de la deshumanización que, afectando al sujeto receptor del mensaje a través de su alienación fetichista, se extiende por el resto de los seres humanos. Es decir, cuanta más violencia se despliega, más crece la indiferencia, el desprecio y el odio hacia los vecinos, los iguales, que son cosificados y deshumanizados, tornándolos radicalmente desiguales.

Javier Agüero Águila / Violeta Parra y el tiempo de la flor maldita

Estética, Filosofía

Falta solo detenerse en un verso, uno solo, para que se nos revele la desproporción del mundo de Violeta Parra.

En el poema “Con mi litigio de amor”, aparecido en el libroDécimas, autobiografía en verso, (1957 y 1958), Violeta describe siempre la tesitura existencial como un invariable reflejo del mal:

“Mis venas son un infierno que arden con fuego mortal”

El verso es de una ira poética que quiebra; una gleba maldita en toda su magnitud y sin referente. Como lo decía su hermano Nicanor en una entrevista: “[…] ella no fue una estudiosa de la literatura […] No sé si conoció la palabra Rimbaud, la palabra Baudelaire […]”1. Sin embargo, si le hacemos frente al vibrato liminal que destilan estas palabras y que deambulan en la desesperación quemante del infierno, sabremos que Violeta nunca necesitó de fuegos ajenos, de clamores excéntricos o querellas prestadas.