Introducción
En este trabajo se analizan algunos materiales presentes en las derechas para la elaboración de mitos políticos en el siglo XXI. Para ello, se utilizará el “modelo máquina mitológica”, que permitirá observar cómo se manifiestan los lugares comunes, la memoria, la orfandad y el aceleracionismo en este proceso. Con el fin de ejemplificar la configuración del mito político en la derecha contemporánea, se trabajará con dos autores de la región chilena: Hugo Herrera y Axel Kaiser. Del primero, se analizará un fragmento de la segunda edición de Octubre en Chile (2021); del segundo, un pasaje de su libro La fatal ignorancia (2014).
En primer lugar, en ambos autores se advierte un romanticismo que se manifiesta en el intento de recuperar un pasado idealizado, donde los artilugios metafísicos se transforman en herramientas para reconstruir una mística perdida. En un momento difuso, esa mística habría otorgado a un determinado espacio de creencias un espíritu único e incomparable, reservado a cierto grupo de seres humanos. Este impulso se sostiene en la comprensión -o invención- de una tradición o de una historia extraviada, lo que les permite habitar en un conflicto permanente contra todo aquello que se le opone.
El impulso voluntarioso propio del que cae en un espacio romántico, por medio de la falta, busca siempre mitos, que apunten a una “conmoción” en su presente. Todo esto se logra realizar por medio de la comprensión de una élite que se desarrollará dentro de una vanguardia, la cual, se convierte en la representante de ese tiempo fuera de la historia. El romanticismo tiene un anhelo, el cual es volver a estar seguro, hace de su territorio vital un lugar grandioso y fuerte.
Cabe aclarar que los relatos míticos del romanticismo, que comenzaron en el siglo XX, constituyen una forma de expresión propia de la burguesía, la cual subsiste por medio de símbolos y, por lo tanto, de mitos, para relatar aquello que desea pero que no se encuentra en este mundo.
Por este motivo, los mitos emergen de los “lugares comunes” de una civilización, los cuales, se manifiestan en las construcciones repetitivas dentro de una cultura. Ellos permiten que todos los elementos simbólicos se mantengan. Estos últimos, reposan en sí mismos, por lo tanto, son algo que siempre refiere a lo que no es: la nada.
Estos “lugares comunes”, son los que se reproducen en los materiales gráficos y escritos de una cultura, también en la imagen de hombres que fueron grandes y, a la vez, en los monumentos que se manifiestan esculpido en la piedra, los cuales muestran solo su quietud, la cual se posiciona en contra de las blasfemias de un futuro.
Las derechas desde el siglo XX se han mezclado con este romanticismo, se puede ejemplificar en la búsqueda de heroísmo donde no existe. Para poder explicar los supuestos símbolos de un pasado, lejano o cercano, que es mítico y heroico, recurren al mito. Las derechas, se acercan al símbolo sin eliminar su reposo mortuorio, para cristalizarse en una imagen que se moviliza sin esencia, la cual, dará forma a los “mitos políticos”, sociales o técnicos que concentran la culpa y, a la vez, movilizar las voluntades de las masas a una infinita reactualización de los horrores que habitan en su psiquis.
La alquimia del verbo
Como enunciamos anteriormente, el “modelo máquina mitológica” de Furio Jesi, nos permite poder entrar de manera concreta en las formaciones mitológica y finalmente poder observar de manera clara los comunes denominadores.
Pero se debe aclarar como entendemos el funcionamiento de la maquina y como las “imágenes” que de ella emanan ingresan al sentido común por medio del lenguaje. Se puede ejemplificar esto último con los mitos de Cthulhu de Lovecraft, los cuales comienzan de la siguiente manera: “Cruzando el bosque, bajé a la orilla del Yan, y allí encontré, según se había profetizado, el barco El pájaro del Río. Preso a soltar amarras.”, “Existe en la tierra del Mnar un lago vasto de aguas tranquilas al que ningún río alimenta y del cual tampoco fluye río alguno […]”, “Me encontraba lejos de casa, y caminaba fascinado por el encanto del mar oriental […]”, “La primera vez que leí algo sobre esta cuestión fue en el libro de von Junzt […] (Lovecraft, 1970: 102, 149, 252). Las formas verbales que se presentan en estos fragmentos apuntan a un pretérito perfecto compuesto y simple, pretérito imperfecto y a un presente indicativo.
Dado los ejemplos anteriores, se afirma que la utilización de las formas verbales en estos fragmentos no es casualidad, ya que responden a una estrategia discursiva orientada a configurar distintos niveles de temporalidad y relación con los hechos que se relatan. El pretérito perfecto compuesto y el pretérito perfecto simple se emplean para referirse a hechos ya concluidos, que marcan momentos clave en el pasado y que permiten establecer una secuencia histórica o mitificada. El pretérito imperfecto, a su manera, introduce una dimensión de duración, repetición o contexto, otorgando al pasado una estructura narrativa más continua y evocadora. Finalmente, el presente del indicativo cumple una función de actualización o vivificación del discurso: trae al plano del enunciado hechos o afirmaciones que, aunque referidos a un pasado, se presentan como relevantes para el presente del sujeto que enuncia. De esta manera, la coexistencia de estas formas verbales colabora en la construcción de un relato que fluctúa entre la evocación nostálgica, la reinterpretación histórica y la activación simbólica de un pasado inconmensurable.
Pero cabe destacar que estos modos se sustentan en lo que llamamos los “lugares comunes” de una civilización y por medio de su unión se crea el mito. Para comprender esta ligazón, se debe entender la llamada “alquimia del verbo” (Jesi, 1996), la cual se presenta cuando lo cadavérico, lo muerto, escondido, oculto, un descubrimiento irrepetible, la visión de un lugar inalcanzable, se convierte en algo que es aparentemente vivo, familiar, alcanzable y cercano; esto último ocurre cuando los “lugares comunes” que se presentan en las distintas culturas son verbalizados con una intención, para así convertirse en “mitos”.
Es en esta unión entre “verbo” y “lugar común”, en donde el mundo de lo abstracto comienza a producir la posibilidad de una participación concreta, ya que, por medio de estas formas conjugadas del verbo, estos “lugares” exóticos, fantásticos e intransferibles adquieren el movimiento “ameboide” del mito, construyéndolos como posibilidades novedosas, pese a que ellos son simplemente imágenes repetidas: un continente inexplorado, una isla perdida llena de sabiduría, una ciudad entre las montañas etc…
El “lugar común” será lo que está en el deseo del oyente, son los relatos de las revistas sobre lugares exóticos, hombres fantásticos, mundos o aventuras alejados de lo cotidiano y de la realidad inmediata de la clase trabajadora. Los sujetos, al ser transportados a ese lugar por medio del verbo, comienzan a experimentar una posibilidad de poder llegar a tocar y, al mismo tiempo, movilizarse hacia lo que nadie conoce, reivindicar hombres guías, especiales y admirables. Es un lugar del que todos hablan y creen saber de él, sin necesidad de tener una relación concreta con su manifestación: solo es pura “conmoción”.
Entonces la “alquimia del verbo” puede dar la posibilidad de realidad un relato, ya que en ellos se manifiesta el deseo. Todas estas estructuras se convierten en el alimento de los hombres que les permite una temporalidad que, dentro de las probabilidades de este mundo, nunca se manifestara de manera clara y distinta. En ellas, solo se activa la creencia y una fe, en donde “microcosmos” y “macrocosmos” se unen, ya que el hombre se vuelve parte de una misión mucho más grande que lo manifiesto.
Los lugares comunes se vuelven novedosos y misteriosos, en su verbalización. Todo esto permite un movimiento intuitivo e irracional, el cual no se basa en el discernimiento sobre este mundo, sino en la posibilidad de existencia de un «otro mundo». Por lo tanto, se puede aseverar que estas formas verbales hacen entrar a otro lugar distinto al de este plano de realidad.
De esta manera, se manifiesta la apertura al tiempo mítico, por medio del verbo que implica distintas construcciones que apuntan a creencias. Todo esto abrirá el misterio de un “secreto” para los que escuchan voluntariamente y se atrincheraron en una narración con en donde el contenido de esta nunca se podrá experimentar, ya que se encontraba en un pasado lejano, pero que, al mismo tiempo, pueden implicar la iniciación de una nueva experiencia.
En conclusión, podemos decir que “he visto…” Es una forma verbal compuesta que está en un tiempo pretérito perfecto, esto implica que, al ser enunciada, el emisor encontrará ciertos interlocutores que esperan en su relato la descripción de algo que otros no han observado. El que enuncia, tiene la capacidad de poder construir una imagen que todos pueden llegar a desear, experimentar, la cual se une a los lugares comunes de una civilización.
La memoria y el deseo
En realidad, de ese “otro mundo” no existe ni siquiera un vestigio que permita hablar de su forma en concreto, siempre esos lugares se esconden y esos hombres ya no se sabe dónde están; por lo tanto, son puro pasado y lo único que queda de ellos son ruinas y enseres que se interpretan de forma antojadiza, mostrando en esto las patologías y monstruosidades que empequeñecen frente a ellas las verdaderas posibilidades humanas.
Así, estos sujetos se convierten en partícipes de una “memoria” que está distorsionada por sus propios sedimentos, los cuales, no permite avanzar, creando una nueva posibilidad de existencia. Furio Jesi escribe:
Del pasado, lo que realmente importa es lo que se olvida. Lo que se recuerda son sólo sedimentos y escoria. Lo que importa, es lo que está destinado a sobrevivir, lo que sobrevive como materia existente de quien ha experimentado el pasado: como presente viviente, no como memoria de un pasado muerto. La experiencia dionisíaca permitía precisamente teologizar estas proposiciones. Dionisio era el dios del dolor porque es dolorosa la pérdida del pasado cuando el pasado no se recuerda, ya que ha permanecido presente […] (Jesi, 1972: XIII-XIV).
Las derechas y la clase burguesa viven del sedimento, y para combatir a su gnoseología habría que eclipsar la memoria, ya que esta última, siempre implica una distorsión supra-humana, ayuda simplemente a la reactualización de un pasado inexistente y dislocaciones de la relación causa-efecto. La memoria es algo en lo que no se puede confiar, puesto que se deteriora al igual que nuestro músculo cerebral (Jesi, 2012). A esto se le debe sumar que las nuevas experiencias provocan la flexibilidad del músculo, distorsionando de la misma manera lo que se recuerda. Por lo tanto, la memoria sufre alteraciones, por medio del deterioro y la flexibilidad. Estas características de la materia viva no permitirían guardar un recuerdo nunca tal como fue, siempre mutara, solo se podrán mantener en su inmovilidad por medio de una creencia y una fe.
Los que elevan su relación con la memoria y reivindican un pasado, al cual quieren retornar, viven del engaño patológico de sus deseos, simplemente están cargados de una metafísica fáustica, dado que esos recuerdos verdaderamente no son tal como se intentan conservar, e ir en su búsqueda, es igual que invocar a Mefistófeles. Esta entidad, es una representación del averno de la propia psiquis humana. Pero esta no engaña, es cambiante, pero al no aceptar esta condición se vuelve a una desesperación patológica y se opta por destruir todo lo que representa transformación y, por lo tanto, postula a la destrucción por medio del deseo de perpetuación. Mefistófeles habla por la psiquis humana enferma con Fausto:
Mefistófeles:
A explicarme voy:
Aquel espíritu soy
Que duda y niega todo
Fausto:
¿Todo?
Mefistófeles:
Y para ello me fundo,
Pues si todo, á su manera,
Ha de morir, mejor fuera
Que nada hubiese en el mundo
Así, pues, la destrucción,
El pecado, lo que labra
El mal, en una palabra,
Es mi propia condición (Fausto, 1946: 106)
El deseo de permanencia que, viene de los sedimentos de la memoria, es el anhelo de regresar a lo perdido, pero con ello se activa la negación sobre todo lo que tiene fin y, a la vez, el inicio de una patología. Mefistófeles afirma que, si existe la imposibilidad de que todo permanezca, por lo tanto, la destrucción sería lo mejor que se podría hacer, si esto es así y no existe el deseo o el intento de exigir de que todo fuera una eterno presente, lo que existe no tendría sentido. Este demonio, reflejo de la psiquis, sabe que todo acaba, pero persiste en la posibilidad de la eternidad; de emociones satisfactorias, sentimientos pasados o momentos agradables y seguros.
Por lo tanto, todo deseo se convierte en imagen cristalizada de algo que fue o que nunca existió, la cristalización de este último produce las ansias de destrucción, dada la imposibilidad de alcanzarlo. Este es el “engaño” de Mefistófeles, hará creer que todo lo puede detener o hacer que vuelva, pero sabe que es imposible y sabe que esa imposibilidad no traerá calma, sino que el ánimo de destruirlo todo.
Dado todo lo anterior, los que creen en la permanencia optarán por la destrucción, dado que solo encontraron una imagen imposible de realizar en este mundo, pero que en su psiquis se vuelve posibilidad de trascendencia, por lo tanto, de inmortalidad. Todo esto los llevara al ideal romántico de “vivir en el peligro”, en el conflicto con lo perecedero y con la posibilidad de cambio.
Las imágenes se construyen en el caos: una flecha lanzada sin objetivo
Estas efigies vienen de los sedimentos de la memoria, por eso podemos aceptar que nacen de la nada, pero pese a ello son eficientes. Estas se presentan en las formas políticas y sociales que buscan el poder desde el siglo XX. Es desde allí que las efigies comienzan su proceso de cristalización y se transforman en mitologías que superan la subjetividad y la objetividad humana, funcionando de forma autónoma y peligrosa.
Estas efigies son como una flecha, la cual es arrojada por un sujeto sin precisión y con desenfado, no es guiada por la razón de una estrategia o una táctica, sino que por las posibilidades que existen cuando ya se encuentra arrojada por los aires. Una vez disparada, esta flecha se vuelve peligrosa, inmensa, horrorosa e impredecible en su caída. En el momento que están en los aires, esta arma es aprovechada por sujetos que saben utilizar esa autonomía caótica. Mientras avanza, este instrumento bélico se convierte en el “caos”, no existe un objetivo claro. Los sujetos, aprovechan la espera del desenlace y en ese momento que parece eterno en el horror, se proponen construir un relato de un “destino manifiesto” e inevitable y de una paz luego de la explosión.
Los sujetos que buscan el control por medio de estas imágenes abstractas complementan un vacío con sus propias patologías, la que se hartan en un ánimo de control y poder. Comprenden cómo hacer sentir y ver la ausencia con la idea de una trascendencia que entrega una posibilidad que no se logra visualizar en ningún dato de la realidad. Ellos tratan de consumar los relatos y cargarlos con deseos y, de esta manera, otorgan vida a aquello que no posee rasgos vitales. Su acción, es igual de desesperada que la de Fausto, descansan en los dolores que les produce la tensión de las propias enfermedades de su psiquis.
El mito lleva al aceleracionismo
A partir de este proceso, comienzan a manifestarse los mitos que sustentarán una meta-historia y una meta-política. Estas imágenes se cristalizan en lo abstracto, serán dispositivos que iluminan las voluntades que se encuentran en las masas, les permitirán habitar el peligro irracional de la contradicción y, de esta manera, llegar a un aceleracionismo que les permitirá escalar a un nuevo proceso.
La aceleración, según el filósofo de la nueva derecha Nick Land, está íntimamente ligada a la modernidad, ya que en su estructura más básica apunta directamente a la “explosión” (Land, 2021); es decir, a la violencia de la crisis económica, la guerra, el genocidio y la posibilidad de destrucción de aquello que, por no ser perenne, resulta irrelevante: lo cambiante y lo natural.
Todo esto configura lo que podría considerarse la normalidad del progreso moderno que, según el mismo Land, no es articulado por el “prisionero” de este, sino por la “prisión” que los mantiene. Esta última es la sociedad de la oferta (evasión del dolor) y la demanda (deseo). Los seres humanos en esta idea del sujeto maximizado viven en un psicologismo, del cual, se sienten atrapados: si se logra hacer acelera este mundo abstracto de la “prisión”, se llegará a la “explosión” final. Esta prisión debe extenderse y no solo en los que aman la abstracción del mercado, sino que, también en aquellos que pretenden oponerse, dado que cualquier movimiento de lo abstracto, en última instancia, apuntan a la destrucción de lo vivo. Para el teórico de la llamada Ilustración oscura, “horror” y “abstracción” firmaron un pacto:
El horror se define a sí mismo a través de un pacto con la abstracción, una compulsión tan primordial que la metafísica disciplinada apenas puede esforzarse, y siempre de manera tardía, por recuperarla […] el horror rebasó el cenit del modernismo, y lo hizo con una orientación histórica que retrocede hasta la noche antigua de la religión mistérica griega, en dirección a la antigüedad insondable y el abismo arcaico […] (Land, 2021: 44-45).
Claramente, por medio de la aceleración se movilizan imágenes cristalizadas que responden al mundo de lo abstracto, por lo tanto, se conmueven en el horror. En ellas se presenta la eliminación de lo vivo por las monstruosidades sustentadas por la “prisión” de la “oferta” y la “demanda”. El horror que producen nos lleva a ese pasado, a algo que se encuentra más allá de lo que se puede sondear, a un lugar arcaizante y, por lo tanto, a un mundo perenne que no tiene que ver con las evidencias que están en este mundo, sino que con los misterios de un “otro mundo” que es inconmensurable.
La aceleración es pacto entre “abstracción” y “horror”, por lo tanto, los mitos se manifiestan aquí, dado que en ellos se contienen estos dos elementos. El primero, es su condición metafísica y el segundo es su tránsito caótico. Se presentan como principios de negación de este mundo, pero pese a ello, se les afirma, ya que los relatos intentan dar un sustento a una substancia en donde no existe capacidad de contenerla. Al manifestarse, logran la aceleración, dado que por medio de ellos se busca lo eterno, por lo tanto, la negación de todo lo vivo.
Se puede afirmar que toda la cultura de las derechas aprovecha lo que entrega la “prisión; lo abstracto y el horror y con estos los mitos. Este pacto por necesidad vive de la pregunta por la modernidad, pero al mismo tiempo, es el inicio de su antítesis que permite vivir en la búsqueda de un pasado arcaico, ficticio y patológico. Es invocar nuevamente al espíritu que todo niega en la imposibilidad de tener una relación concreta con lo eterno.
La necesidad del mito como actitud profana para la llegada del nuevo reino
Los fascismos y todas las derechas tanto nacionales como extranjeras necesitan referirse al mito para su subsistencia, ya que están incapacitados de desear la libertad de los hombres; ellos, como los románticos de inicios del siglo XX buscan el pacto fáustico para cumplir sus deseos. Reafirman su orfandad, la imposibilidad de descansar frente al mal del mundo y la negación de los que pertenecen. Por eso Kaiser afirma que “las derechas están huérfanas” de historia, pero sabe, en su ánimo de violencia y conflicto que ese es su eterno retorno.
Siguiendo el modelo de Furio Jesi, Kaiser, Herrera y la cultura de derecha viven en la creencia de que Dios ya no está en el mundo. Se presenta entonces la otiosi, el “abandono”, “exilio” o “destierro” de esta entidad, lo que provoca la entrega de sus conocimientos y su reino a dioses más débiles, dejando a los humanos solos en un presente en el que deben buscar por medio de dioses menores pistas sobre él (Jesi, 2023). Dios, su padre, que ha abandonado el mundo es aquel que planteó las leyes naturales y las verdades primordiales. Esta divinidad queda escondida a los ojos humanos, pero, a pesar de ello puede manifestarse de vez en cuando. Por esta razón, su reconocimiento implica conocer una verdad primordial en el pasado y sus tradiciones.
No obstante, esta idea de abandono mítico logra crear una psiquis que impulsa hacia la aceleración por medio del mundo abstracto, la creencia insana de que existe un bien y un mal, la guerra con enemigos internos y externos, la destrucción de la naturaleza y la huida de un mundo hacia lugares misteriosos como Lemuria o la Atlántida.
El proceso mítico de la derecha chilena
Para ejemplificar todo lo antes dicho dentro del siglo XXI, es posible centrarnos en la región chilena. En ella existen ideólogos que se presentan como los representantes y promotores de lo abstracto y horroroso de los mitos que producen la aceleran la destrucción de la vida humana, estos son los abogados Axel Kaiser y Hugo Herrera.
Kaiser en su libro La fatal ignorancia, describe como la derecha chilena ha fracasado en su pugna contra la cultura y las ideologías progresistas. Por esta razón, hace un llamado a la “batalla cultural”, a la creación de cuadros que logren posicionar las ideas políticas y económicas de lo que llama un “liberalismo clásico”. Estos sujetos, preparados para la trasmisión de una “nueva” cultura, deben oponerse a todo rasgo del progresismo latinoamericano.
Pero Kaiser no se está dirigiendo a los sujetos populares y a las masas, sino que, explícitamente a una elite de rentistas y a la derecha en general, que no ha logrado ver la utilidad de las imágenes míticas:
Para muchos de los miembros de nuestra élite social y de la derecha política todo esto parece no tener mayor importancia. Piensan que son simples nostalgias de una izquierda que de todos modos está derrotada y que aprendió su lección histórica. «Mientras la economía funcione, en el resto que hagan lo que quieran». Lo que estos «espíritus superficiales» no entienden es que la construcción de mitos y el manejo del universo simbólico —estatuas, nombres de puentes y calles, programas de TV, etc.— son instrumentos para transmitir ideas (Kaiser, 2014: 167).
La forma burguesa aparece de manera automática, el ideólogo llama a la construcción de mitos que apunten a la movilización. Lo más significativo en este llamamiento es que, fue el mismo fenómeno que se manifestó en la psiquis de Mussolini a inicios del siglo XX. Este último, cuando se percató de la formulación y eficacia de los mitos sorelianos, los cuales, estaban siendo utilizado por ciertas partes importantes de la izquierda italiana y francesa, comenzó a perfeccionarlos, creando imágenes mucho más extensas y atingentes para soportar la supuesta derrota del espíritu del pueblo italiano, estas fueron; la nación y la guerra.
Kaiser, en vez de poner en cuestión al mito de su adversario y criticarlo de forma científica, lo acepta. Reglón seguido, llama a retomar la lectura de los símbolos propios de su sector, propone la creación de mitologías. Para el abogado: “Se trata de derribar mitos del adversario y posicionar los propios como forma de generar capital político.” (Kaiser, 2014: 198).
Por otro lado, el intento de creación de mitos, por necesidad, lo lleva a un romanticismo, que en el libro se representa en la imagen mitológica del “infante divino”, del huérfano que, perdida su herencia, debe entrar a recuperarla. El mito se vuelve necesario para poder sobrellevar una vida de humillaciones dentro del mundo, el cual, ya no le pertenece a su estirpe de elegidos. Escribe el propagandista financiado por Atlas Network:
La derecha se presenta como históricamente huérfana, salvo por los estigmas vinculados a la dictadura, y carece de mitos que permitan contrarrestar la hegemonía cultural progresista. Un tímido intento en ese contexto fue el memorial construido en honor al senador asesinado por el terrorismo de izquierda, Jaime Guzmán […] Aunque probablemente ello habría ocurrido, la decisión de no poner una figura de bronce de Jaime Guzmán refleja lo alejado que se encuentra un sector político y social chileno de comprender la importancia del manejo del universo simbólico y mitológico. Un atentado al monumento de Guzmán solo lo habría confirmado como personaje histórico […] Lo ideal habría sido incluso que esta se erigiera en alguna comuna popular y no en el barrio alto de Santiago, pues es ahí donde Guzmán concentró sus esfuerzos (Kaiser, 2014: 43).
Claramente, Kaiser se posiciona como un huérfano dentro del mundo progresista; su sector se encuentra anclado en una “fatal ignorancia” respecto de sus propias posibilidades. Para el autor, el tiempo de la dictadura cívico-militar es lo único que representa auténticamente a la élite. Sin embargo, ese período ha sido cargado de “signos” negativos, promovidos por aquellos sujetos que no participaron de los privilegios que dicho fragmento de la historia “donó”.
Kaiser pretende reposicionar ese momento como fundacional, liberarlo del estigma. Busca convertirlo en un hecho viejo, pero reconfigurado como nuevo, idealizando sus formas. Así, ese pasado se transforma en un lugar común que, en su retorno, vendrá cargado de mitos.
El abogado intenta hallar los sedimentos de la memoria que le permitan reconstruir ese tiempo perdido, evocándolo como una Atlántida o una Roma imperial: lleno de glorias y verdades trascendentales. Para ello, recurre al símbolo cadavérico de Jaime Guzmán, con el fin de llenar el vacío de sentido que dejó su figura, construyendo en torno a ella un relato mítico que convoque a la movilización.
El ideólogo de la Constitución de 1980 se convierte, en este marco, en lo que Bachofen denominó la “simbólica sepulcral de la antigüedad” (Bachofen, 1988). Esta dimensión propia del símbolo fascina a los seres humanos y los impulsa a la creación, a partir de lo inscrito en las tumbas de los muertos. Los grabados en sarcófagos y ataúdes propician, así, el alimento que nutre la exégesis mítica.
El autor de La fatal ignorancia llama a su sector a atreverse a crear mitologías, con el fin claro de construir nuevas imágenes cristalizadas que responden a una meta-historia. Su orfandad le permite poder explicar y crear estos relatos que nunca se habían visto y tampoco hablado que, en el otro mundo, en donde no hay historia y donde vive la élite, pueden existir.
Por otro lado, utilizando los mismos denominadores de Kaiser y con un ánimo que parece distinto, se presenta Hugo Herrera. El abogado exhibe una forma novedosa de imagen, la cual, se opondrá al deterioro natural de la vida. Por este motivo, se pondrá hincapié en un fragmento de la segunda edición de Octubre en Chile (2019), en este asevera lo siguiente:
No debe negarse que la noción de articulación popular y la idea de una dirección auscultada sí pueden adquirir el carácter de un mito, y los mitos tener realidad innegable en la política. Los mitos son fuerzas eficaces catalizadoras de la historia. Sin embargo, ellos necesitan encarnaciones, genios como líderes y vanguardias activas; en definitiva, élites. Es ahí, en el mito encarnado en élites y cabezas instintivas más que en el crudo pueblo […] donde radica la fuerza ineludible de dirección del proceso político. (Herrera, 2023:10).
Cabe destacar que esta cita presenta elementos comunes también con el discurso de los revolucionarios fascista del siglo XX, que venían de la teoría del mito político soreliano. El mito técnico-filosófico del autor tiene fuertes relaciones con el propuesto por Alain de Benoist y la Nueva Derecha. Por otro lado, el autor de Octubre chileno, sabe muy bien cómo funciona el mito de Sorel, gracias a su profundo conocimiento sobre Carl Schmitt, pero lo complementa con la inversión de las ideas de Antonio Gramsci que como se afirmó anteriormente es propio del filósofo tradicionalista francés.
Para aclarar lo anterior, es necesario recordar que Gramsci consideraba que la imagen movilizadora debía ser el Partido (el príncipe moderno), y lo que impulsará será la voluntad de quienes se adhieren a dicha imagen (sin vitalismo borgsoniano). No obstante, para Gramsci esa masa es difusa, por lo tanto, necesita de una “élite” de intelectuales y de una vanguardia que la guíe hacia objetivos que apunten a tomar posiciones en la superestructura, para así llegar a construir una hegemonía opuesta a la clase dominante y, la cual, posteriormente, pueda eliminar la estructura económica.
Sin embargo, la imagen de Herrera es mucho más excluyente que la de Gramsci, dado que no es la imagen del partido político del proletariado que moviliza a las masas, sino un puñado de intelectuales tradicionalistas que manejan al pueblo hacia un proceso político efectivo de vida nacional, por lo tanto, guardan estos si guardan el elan vital bergsoniano, que solo se desarrolló en las individualidades en un momento de lucha entre tendencias. De manera distinta que Gramsci, para Herrera la masa no es “difusa”, sino que “cruda”, inmadura, por lo pronto, no llegó a la mayoría de edad y, dada esta condición, no puede actuar por sí misma.
Este mito político contiene un llamado a una jerarquía espiritual y nacional, ya que el autor afirma que existirán “líderes” y “vanguardias” en quienes se “encarnará” el mito. La imagen cristalizada no se sustenta en cualquier tipo de símbolo, sino que se antropomorfiza: estos seres perderían su condición de entidades libres y vivas, dejarían de tener esencia y pasarían a ser pura representación arquetípica.
Por esta razón, Herrera apela al “instinto”, dado que este no opera mediante la razón —la cual no permitiría el sacrificio—. Esta tendencia innata se vincula con el arrojo y se impulsa únicamente a través de la intuición, que sabe subsistir íntegramente en el peligro.
Esta “vanguardia”, estos “genios” y “líderes” en quienes reposará el mito, siempre implican una forma de violencia: representarán el movimiento de la voluntad. Los sujetos, al perder su individualidad, se convertirán en arquetipos y convivirán así con una cierta trascendentalidad. Estas estructuras, propias del pensamiento mítico, buscan siempre representar el mundo y el orden por venir.
Herrera asevera categóricamente que el pueblo es salvaje y que sistemas “nuevos”, como la “democracia-capitalista, […] son mucho más inestables que los regímenes tradicionales” (Herrera, 2021: 23). Tras esta afirmación, el autor recurre a la imagen tradicionalista del “huevo cósmico”, la cual representa un tiempo sacralizado en que lo divino y lo humano coexistían, dando lugar a jerarquías espirituales. Para Herrera, esa unión ya no existe: los dioses se han exiliado, se han retirado de este mundo, y los hombres que buscan sus enseñanzas perdidas se han vuelto huérfanos. Como señala: “El huevo cósmico ya se ha quebrado […]” (Herrera, 2021: 23); es decir, se ha perdido la unión entre lo divino y lo humano: el orden tradicional.
El autor anuncia así un abandono: ya no queda más que el conflicto, el horror y la abstracción como formas de acelerar el retorno del padre. Escribe: “Caída la legitimidad tradicional, lo insondable (antes dentro del todo cósmico) queda, por principio, más allá de los dispositivos; tiende más fácil que antaño a devenir inmanejable” (Herrera, 2021, p. 24).
A partir de esto, para el abogado, las masas quedan sin control. Es precisamente por esta razón que el mito se convierte en el elemento esencial de la tradición, el único capaz de otorgar un sentido político a lo poco que queda de esas jerarquías espirituales perdidas.
Expuesto lo anterior, es posible afirmar que el mito se vuelve un cúmulo de efigies que se explicarán medio de las personalidades de cada uno de estos hombres, se volverán entidades sin substancias, pero que tendrán representación arquetípica propias de la jerarquía tradicional que se daban antes de la ruptura del “huevo cósmico”. Estos liderarán lo que llama el “Republicanismo popular” (Herrera, 2021). Las masas los seguirán de forma irracional, ya que en ellos se encarnará la eficiencia del vacío y el ruido sin sonido. Para ellos, la condición de intelectuales está de más, ya que lo que representan es la dirección hacia el otro mundo, en donde la tierra, la nación y la familia logran trascender sin ser una forma material.
Conclusión
La derecha chilena, no trata de entender la máquina mitológica, ella subsiste entre abstracciones. Sus lugares comunes, llaman a la salvación por medio de la sangre, el sacrificio y el heroísmo que les permite el exilio del padre y la humillación que vive la madre. Es la orfandad que se reactualiza cuando se ven en su soledad humana en el universo, su forma material perecedera e insignificante frente al cosmos. Hacen funcionar formas verbales que profetizan la llegada del mal y sus maneras de actuar.
Las derechas siempre vivirán la forma burguesa del mito, buscará un símbolo que puedan llenar con sus relatos de un pasado ideal, en donde los espíritus superiores conviven con seres conforme con sus miserias; Kaiser busca mitificar a Guzmán para ejercer el control de las masas y darle representación supra-humana y, por otro lado, Herrera quiere crear mitos encarnados en sujetos de élite pertenecientes a una burguesía provinciana y parroquial.
La pérdida de aquello que consideran propio los lleva a evocar el mito como una herramienta para acelerar la llegada de un nuevo mundo que, paradójicamente, se sitúa fuera de este. Sienten que su clase ha sido despojada de lo que le corresponde, pues dios se ha exiliado entre la perversión identitaria y el progresismo. Para ellos, romper las reglas es legítimo, ya que en esa transgresión se abriría el camino hacia el antiguo reino, ahora disfrazado de algo “nuevo”.
Los hombres mezclados con la cultura de derecha, tanto nacional como extranjera, tienen comunes denominadores; fantasean con ese imaginario del relato artúrico, caballeresco y cruzado que implica la necesidad de la muerte para trascender al otro mundo y trascender arquetipo. Buscan reanimar la imagen de un hombre o grupo de élite que dirige a las masas. Por esta razón, la formación de una “religión del poder” implica que el culpable de un crimen contra la vida se convierte en mártir, ya que entrega su pureza y la corrompe por un bien mayor.
En esta ecuación mítica, los genocidas son reivindicados como personas que se sacrifican por el retorno de lo perdido, ya que lo hacen por una necesidad que implica la salvaguarda de un resto de lo que fue mejor, pero que ellos saben que, en este mundo, no encontrarán y que solo los mitos podrán sustentar su meta-historia y meta-política.
Se puede aseverar que, para muchos autores de derecha, lo verdaderamente importante no son las ideas, sino los “valores” que marcan una tradición nacional y occidental. Ellos leen el mundo desde una metafísica cadavérica. Sus héroes como Guzmán y los intelectuales de la tradición son sujetos que habitan un mundo de abstracciones, provienen de un mundo romántico, el cual, es guiado por la idea de la unión entre el macro y microcosmos.
Pese a que todo esto parece descabellado y, a la vez, completamente irracional, es necesario leer todos los elementos que persisten en estas construcciones de imágenes desprendidas de la máquina. Deben ser entendidas dentro de su violencia antihumanista, que se camufla mediante la abstracción de conceptos universales, pero que responden a individualidades: “libertad”, “nación”, “familia”, “bien”, “orden”, “trabajo” etc… Para la derecha, todo lo concreto se presenta como construcción ajena a su mundo, pero que, paradójicamente, le otorga potencia para traer a los ángeles que conducirán a una estirpe en el lanzamiento de una flecha que su trayecto relata la llegada de un nuevo mundo inconmensurable.
Bibliografía
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Imagen principal: Balmes, José (1927-2016), Lota en silencio, 2007. Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago, Chile

