Alejandra Castillo / El teatro de Ernesto Orellana y su doble

Estética, Filosofía

Un número, una cifra, una fecha. Una notación numérica breve que detiene el tiempo, lo paraliza en un año, 1984. ¿Cuántos años hay en un año, cuántas vidas en él? Una a una se superponen historias, memorias, fechas ineludibles. En una sola cifra se superponen incontables vidas, algunas recordadas, muchas otras que se olvidan.

1984, año de la distopía de Orwell. 1984, primer paciente confirmado con VIH en Chile, su nombre es Edmundo Rodríguez. 1984, nacimiento de Ernesto Orellana, dramaturgo, director de teatro chileno, activista de la disidencia sexual. En esa superposición de vidas se trama la obra teatral Edmundo, un relato íntimo que en la forma de un monólogo da cuerpo y vida a la documentación del primer caso del VIH en Chile que la prensa amarillista del período llamó “cáncer gay” en exacta superposición con el “cáncer marxista” con el que la dictadura cívico militar de Pinochet nominaba a la militancia de izquierda.

Ernesto Orellana en la triple función de dramaturgia, dirección y elenco superpone el cuerpo, la vida de Edmundo Rodríguez en la suya. Un nombre por otro, una historia por otra. La sala está repleta, un pequeño escenario que pasa de la oscuridad total a las luces que parecen moverse con el ritmo del pop español de los ochenta de mallas lycras y coloridos cintillos de toalla; otras luces van pulsando un ritmo monótono de un latido metálico reproducido por un aparato electrónico; otras veces las luces se vuelven ráfagas de odio, círculos que agobian, que cierran el paso, a cada golpe de luz, un golpe, una pregunta se superpone ¿Nombre? ¿Edad? ¿Estado civil? ¿Orientación sexual? Silencio, oscuridad. Esta misma escena de interrogatorio se repetirá en hospitales y centros de detención y tortura a lo largo del país en esos años.

Un cuerpo sobre otro, una historia sobre otra. No habría que olvidar que un cuerpo es siempre más que un cuerpo, es un archivo de materialidades superpuestas. Similar a una escena distópica, ese cuerpo ensamblado capa a capa -traje sobre piel, historia, política y carne- se toma el escenario. Un cuerpo vestido con un traje aislante blanco, un traje para evitar el contacto, para estar a salvo, un traje como aquellos que nos acostumbramos a ver en la reciente pandemia del COVID-19, un traje como una máquina para transportarse en el tiempo y aterrizar en el Chile de 1984 cuando Edmundo Rodríguez es diagnosticado con una enfermedad nueva de transmisión sexual.

La enfermedad aún no tiene nombre conocido, solo un primer paciente que debe declarar, una y otra vez, sobre sus prácticas, inclinaciones y amores. Una enfermedad sin nombre que hizo del miedo su primera descripción. La forma del miedo es tan amplia como cada uno de los fantasmas que nos rondan. En esa informe amplitud fue creciendo la nominación de este virus que pronto calzó en discriminaciones, exclusiones y violencia, forma inicial de la sociedad inmunitaria que se protege de sí misma.

El teatro sexodisidente de Ernesto Orellana trabaja con esa materialidad superpuesta de un cuerpo olvidado tanto por la memoria luminosa del cuerpo de la nación como de la visualidad del teatro político o social en Chile. Un cuerpo teatral que se va armando con restos de un archivo que no tuvo guarda, pero que persiste debido a las políticas de la disidencia sexual.

La dramaturgia de Ernesto Orellana es una interpelación al orden dominante volviendo visible lo que cuenta para ese orden y también lo que no es parte de su cálculo y cuenta. Debe advertirse que la disidencia es un acto, corporalidad y voz en que la distancia no es mera separación de un cuerpo en relación a otro cuerpo. La disidencia es una cercanía paradójica en la que se está lo suficientemente cerca como para notar los contornos que cierran lo común y los modos en que se excluye lo asumido como un cuerpo extraño; pero, a su vez, es una distancia máxima en relación al orden dominante. Justamente por ello, la interpelación disidente no busca, simplemente, una apertura del límite-cierre del cuerpo dominante en vistas a una posible incorporación.

El teatro sexodisidente de Ernesto Orellana es un modo alternativo de trazar el contorno de lo en común superponiendo archivos, cuerpos y vidas.

Imagen principal: Fotografía de Edmundo, por Patrico Melo

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