El fascismo no consiste simplemente en el dominio de las masas a través de la violencia o la ideología, sino ante todo en la producción meticulosa de un encantamiento colectivo. Su particularidad más inquietante no es el control que ejerce, sino la perfección casi litúrgica de las técnicas a través de las cuales genera fascinación. Y sin embargo, precisamente en esta perfección se esconde su secreto más oscuro. Ya Quintiliano, en sus Institutiones Oratoriae, había captado la esencia de todo dispositivo de poder que opera a través de la palabra: el orador no puede incendiar a los otros si no arde él mismo. «No incendiará a los otros quien no arde él mismo» (VI, 2, 26-27). Pero lo que el rétor romano presentaba como una regla del arte oratoria – esta necesidad de que el hablante produzca en sí mismo el afecto que quiere transmitir – se vuelve en el fascismo algo más siniestro: una zona indistinta en la que la ficción y la autenticidad, la máscara y el rostro se confunden irremediablemente.
Hay en las phantasiai de las que habla Quintiliano – aquellas visiones mentales a través de las cuales «las cosas se nos representan de tal modo que parece que las vemos con los ojos» (VI, 2, 29-31) – una técnica que el fascismo ha llevado a su extrema consecuencia. Pero mientras el rétor antiguo debía operar una transformación de la palabra en imagen a través del ejercicio de la imaginación, el fascismo contemporáneo nada como pez en el agua de un mundo en el que todo es ya siempre imagen, en el que cada palabra es ya espectáculo. Y sin embargo –y este es el punto decisivo– la sociedad de las imágenes no es un mundo empobrecido, como algunos ingenuamente creen. El espectáculo opera más bien una reducción de la imagen misma, la transforma en lo que hoy llamamos un prompt, un comando cuyos márgenes de interpretación se hacen cada vez más estrechos, estandarizados, repetitivos. La imagen no es ya apertura de sentido sino clausura, no ya enigma sino consigna.
He aquí entonces la paradoja del orador fascista: queriendo eliminar toda porosidad de la imagen, toda posibilidad de lectura plural, termina por volverse él mismo una caricatura de lo humano. En su arder para incendiar a los otros – según el precepto de Quintiliano llevado al paroxismo – se consume hasta no ser más que la propia combustión. No es ya siquiera una máscara, que al menos presupondría un rostro escondido, sino pura superficie incandescente, gesto vacío que se alimenta del propio vacío. Hay algo monstruoso en esta aplicación literal del principio retórico antiguo. Donde Quintiliano veía una técnica de persuasión que requería todavía el arte y la mesura, el fascismo ve solo un mecanismo para llevar al extremo. El orador que «quedará afectado como quien actúa» se vuelve así un autómata que ha olvidado la diferencia entre recitar y ser, entre el teatro y la vida.
Y nosotros, espectadores de este incendio perpetuo, estamos ya siempre presos en su luz deslumbrante. Porque la verdadera fuerza del fascismo no está en lo que muestra, sino en el hecho mismo de que obliga a mirar, que captura la mirada y la fija sobre sí como la llama atrae a la polilla. No podemos apartar los ojos precisamente porque sabemos que lo que vemos es a la vez real y completamente falso – como el rostro de un actor que ha olvidado de recitar y continúa sin embargo moviendo los labios según un guión que ya no recuerda.
Pero si esta es la condición en la que nos encontramos, tal vez sea precisamente en el ejercicio de la mirada donde comience toda posible resistencia al fascismo y a su reducción espectacular del mundo. No se trata de cerrar los ojos ante el incendio – gesto tan imposible como inútil cuando el espectáculo ya ha saturado todo el campo de lo visible –, sino de aprender a ver de otro modo, de educar la pupila para que reconozca, en medio mismo de las llamas que todo lo consumen, aquellos intersticios donde la imagen aún respira: la textura que resiste a la uniformidad, el color que no se deja reducir a consigna, la sombra que contradice la pretensión de transparencia total, las líneas de fuga por donde lo visible escapa hacia aquello que todavía no ha sido capturado. Esta mirada – que no es contemplación estética ni análisis crítico, sino una forma de atención casi táctil – descubre que incluso en la imagen más cerrada persiste algo irreductible, un resto que el fascismo no logra metabolizar: es el grano de la voz que se resiste a convertirse en slogan, el gesto mínimo que desborda el protocolo, la arruga en el rostro del dictador que delata su mortalidad. Quien aprende a ver así ya no es simplemente espectador del incendio, sino testigo de su incompletud, y en esta incompletud – que es la grieta por donde la vida insiste – se abre la posibilidad, por mínima que sea, de imaginar un mundo donde la imagen vuelva a ser enigma y no mandato.
Imagen principal: Julia Fullerton-Batten, 1814 Frost Fair, Fire-eater, 2019

