Esta nota no pretende ser sino un apéndice al texto sobre el colapso de la universidad norteamericana, al que Rodrigo Karmy le ha replicado incorporando otras escenas. Lo que recorre implícitamente ambos textos es lo que podemos llamar la ruina del verosímil universitario. Dicho en forma de tesis: el colapso de la universidad supone el fin efectivo de su verosímil. Así, cuando Karmy habla de la desaparición del “papel” en el momento pandémico, lo que se ventila no es solo solo el quiasmo entre la hoja y el lápiz – y lo que esto implica para la memoria y la mano del ser humano – sino también el fin del “papel” que la universidad encarnó durante siglos en la constitución performática del guión modernista.
El fin del verosímil pone fin a ese guión mediante una parábasis que introduce un ruido en los arreglos de tarima. Ese ruido es la realización de la lengua como neolengua especializada, a la cual ya no nadie tiene acceso, pues solo ella, la cibernética, lo atraviesa todo, o casi todo, con su código. Pero no hay duda alguna que la pérdida del verosímil universitario hace que todos detesten profundamente a esa institución: el IDF a las universidades gazatíes; Niall Ferguson a Harvard University; los mismos egresados a su alma mater; y ya no digamos el essential personal de la economía de servicios que durante la pandemia pasó de essential a inessential, y fueron enviados a casa con un diminuto bono en el bolsillo.
Desprovisto del “rol” protagónico, el funcionario universitario sobrevive mediante un último monólogo: el del cretino. Necesitamos una genealogía histórica que trace el orden social del cretino triunfante, figura superior del funcionario ilustrado (en su momento Mary McCarthy lo trabajó un poco en su olvidada novela The Groves of Academe). Si el tonto tiene una santidad insospechada, incluso para él mismo; el cretino es siempre diestro en moverse en los virocuentos de las influencias y las rencillas. En efecto, nunca se le escapa nada, trabaja en camarillas. El cretino es demasiado puro para ser un canalla, aunque ciertamente está repleto de disposiciones canallescas. En cualquier caso, así como el papel perdió ante la pantalla; el verosímil universitario perdió a la organización social, mas conduciéndola a su cumplimiento.
Sólo así es posible comprender cómo en Estados Unidos las universidades continúan proliferando bajo un ventriloquismo de las cátedras del “Yo”. Así como en su momento surgió y se hundió la “Trump University”, hoy existen la University of Austin o la Hamilton School de Florida, que buscan competir con las fantasías neoclásicas de Winckelmann, ya ni siquiera bajo la tutela nacional, sino de toda la “civilización occidental”. Nada de esto debe llevar a desesperaciones, sino todo lo contrario. La pérdida del verosímil es el espejo que muestra que “el declive de la universidad y la desaparición del estudiante son figuras de un titánico proceso: la descomposición social”. Una society que no va más.
