fer rojas marchini / Sobre Musa paradisíaca de raúl rodríguez freire

Filosofía

Quisiera comenzar agradeciendo a raúl rodríguez freire por la invitación a reflexionar sobre su libro y por la oportunidad de dialogar con una obra que, pese a su brevedad (raúl me dijo “es un ensayo cortito”), logra articular con lucidez las intersecciones entre ciencia, colonialismo y economía política. Musa Paradisíaca ofrece un formato accesible sin sacrificar profundidad analítica, lo cual convierte a esta obra en un excelente punto de entrada para quienes buscan iniciarse con la literatura crítica sobre botánica colonial, extractivismo y las genealogías del conocimiento científico.

El libro se estructura en dos partes complementarias: un ensayo que toma como eje la plantación de bananas para explorar la relación entre botánica, plantación y crisis climática, y un ensayo visual compuesto por estampillas que evidencian la memoria gubernamental (y la gubernmentalidad en su amplio sentido) en torno al colonialismo, los jardines botánicos, las expediciones científicas, las plantaciones y la esclavitud. Esta arquitectura textual permite al autor avanzar un argumento complejo, a mi parecer, sobre cómo se producen sentidos y conocimientos distintos sobre una misma fruta, que según los datos, es o llegó a ser la más comercializada del mundo.

En lo que sigue me referiré a siete puntos breves que me gustaron mucho de esta obra y que abren nuevos debates:

La plantación como dispositivo de inscripción colonial

Uno de los aportes centrales del texto es su tratamiento de la plantación de bananas como dispositivo de inscripción colonial. raúl nos recuerda que la banana no es originaria del Caribe ni de las zonas intertropicales. Sin embargo, siglos de trabajo botánico en jardines europeos, experimentación vegetal y, más recientemente, intervenciones agroquímicas y genéticas, han llevado al mundo a naturalizar la presencia de la banana en el Caribe y Centroamérica. Esta observación es crucial: a estas alturas, y tal como la conocemos, la Musa paradisiaca se ha convertido efectivamente en una especie propia de esta región, no por origen geográfico sino por las transformaciones coloniales que la inscribieron allí.

El libro articula cómo la botánica colonial clasificó la banana y otras plantas para integrarlas a las economías extractivas, borrando parcialmente los saberes locales que la habían cultivado y nombrado, al tiempo que esta planta se convierte en figura cultural presente en producciones artísticas. Esta tensión entre la clasificación científica universal y la riqueza particular de los nombres y usos locales atraviesa prácticamente toda la obra, mostrando la plasticidad del lenguaje y de los sistemas de clasificación. Asimismo, raúl muestra artistas y sus obras (Raymond Queneau, Alain Resnais, Gerard Titus-Carmel), que siendo la mayoría europeas, no reparan en el origen colonial y extractivo de sus trabajos ni de la motivación. En ese sentido, el silencio frente a la posicionalidad nos recuerda que quienes elaboraron estas obras cargan con el universal europeo que tiende a invisibilizar las estructuras de dominación impuestas desde el mismo centro imperial.

Poder jurídico y producción de conocimiento tecno-científico

En segundo lugar, está el poder que emerge a partir del cruce entre plantación, ciencia y colonialismo. Mientras leía el libro, especialmente las secciones sobre taxonomía y conocimiento botánico, resonaba en mi mente una cita de Judith Butler en El género en disputa: «El poder jurídico inevitablemente produce lo que dice representar» (Butler, 1990). Esta idea cobra particular relevancia cuando pensamos en aquel poder que emerge cuando la plantación se intersecta con la ciencia y ambas funcionan bajo un sistema colonial. Un poder que, aún intentando evitarlo, se ha prolongado durante siglos y continúa vigente dentro de sociedades donde la colonialidad sigue instalada.

Me refiero específicamente al tipo de clasificación botánica que busca la fragmentación del sujeto vivo y de comunidades de entidades no-humanas, jerarquizándolas para asignarles o restarles valor dentro de un sistema de categorización. Este sistema afecta posteriormente representaciones legales concretas. Acá estoy pensando en los casos que analizo desde mi agenda de investigación, la cual se centra en la ecología política que subyace a la pérdida de biodiversidad. Un ejemplo concreto son las Resoluciones de Calificación Ambiental que emiten los Servicios de Evaluación Ambiental en Chile, donde las compensaciones de biodiversidad operan como dispositivos de valorización de naturalezas no-humanas que reproducen lógicas coloniales de fragmentación y jerarquización.

Racismo científico y determinismo ambiental

En tercer lugar, esta obra logra exponer claramente la construcción de la mirada racializada sobre el “caribeño flojo”, un ejemplo paradigmático de las consecuencias del determinismo ambiental que emerge y se potencia con el racismo científico del siglo XIX. El autor nos muestra citas de Alexander von Humboldt que evidencian las políticas representacionales que movilizaban a los exploradores europeos. Particularmente llamativa resulta la oposición conceptual entre «aplatanamiento» y “flojera”, que invierte la lógica colonial para pensar formas de vida que escapan a la productividad capitalista impuesta.

Esta sección del libro me provocó ganas de leer más acerca de debates sobre economías de subsistencia y capitalistas, como el trabajo de Marshall Sahlins, desarrollado en la Economía de la Edad de Piedra, donde se cuestionan las nociones occidentales sobre escasez y abundancia. Las culturas no occidentales que Sahlins analiza operan bajo lógicas económicas radicalmente distintas, lógicas que el proyecto colonial sistemáticamente deslegitimó para justificar la intervención “civilizatoria” orientada a facilitar las condiciones para explotar la naturaleza. El concepto de aplatanamiento que raúl recupera puede leerse en esta clave: no como pereza sino como una forma de relacionarse con el entorno que rechaza la explotación intensiva característica del modelo de plantación.

La distancia como condición colonial: Linneo y el «truco de dios»

En cuarto lugar, uno de los análisis más sugerentes para mí del libro se centra en el trabajo de Carl Linneo, en particular su actitud de lejanía hacia las plantas, la cual se enmarca en la condición colonial de la botánica. Esta observación resuena con lo que Donna Haraway llamó “el truco de dios” (the god trick) en su ensayo sobre conocimientos situados, republicado en su libro Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. La metáfora del truco de dios alude a una mirada que se plantea como objetiva, universal y omnisciente, pero que en la práctica no constituye una perspectiva neutral, sino que una que está profundamente sesgada hacia miradas hegemónicas dominantes, frecuentemente aquellas presentadas por los científicos que predominaban en la época en la cual escribió este ensayo (y que no ha cambiado mucho realmente): hombres blancos heterosexuales cisgénero.

Linneo representa paradigmáticamente esta posición: clasificando desde la distancia, construyendo taxonomías universales sin reconocer los conocimientos locales preexistentes, borrando las relaciones específicas que comunidades diversas mantenían con las plantas que cultivaban. Esta forma de producir conocimiento botánico sentó las bases para la integración de especies vegetales a economías extractivas globales, donde la banana se convierte en mercancía antes que en alimento culturalmente situado. Entre paréntesis, algo similar estamos viendo con fenómenos como la bioprospección y el patentado de semillas.

Me surgen aquí múltiples interrogantes que invitan a profundizar este análisis: ¿cómo operan estos marcos coloniales del conocimiento botánico en los discursos contemporáneos de conservación de la naturaleza en Latinoamérica? Sabemos que la conservación es un proyecto de orígenes profundamente coloniales, y obras como Musa Paradisíaca nos ayudan a rastrear esas genealogías. ¿Qué perspectivas críticas similares existen sobre otras especies que han sido centrales para las economías extractivas? ¿Cómo se reproducen o transforman estos legados en los instrumentos actuales de política ambiental?

Escalabilidad y el apetito infinito del capital

En quinto lugar, raúl realiza un trabajo notable al explicar la escalabilidad y cómo la ciencia se puso al servicio de la misión colonial industrial. El ejemplo del historiador de la baquelita, John Mumford, quien expresó que “la tierra y sus minerales deben ser cosechados”, ilustra las derivaciones de esta forma de pensamiento que naturaliza la extracción infinita. No puedo evitar pensar que la escalabilidad sigue operando activamente en contextos actuales, particularmente en lo que se denomina «transición energética».

Y me recorre un escalofrío al enterarme de que el Premio Nobel de Economía fue otorgado a economistas europeos que explicaron la teoría de la destrucción creativa. El premio, según el jurado, celebra esta explicación presentando un escenario optimista en torno a la innovación y el crecimiento económico, poniendo al centro la revolución industrial. Pese a siglos con este patrón de pensamiento, no deja de sorprenderme que el apetito (¿global?) siga siendo crecer, expandir, escalar las economías, ahora centradas en el litio y las tierras raras. La lógica de la plantación que raúl desmonta tan cuidadosamente pareciera seguir intacta, quizás menos explícita hoy día con el lenguaje de la sostenibilidad y la transición verde.

Terrenos de provisión y feminismos negros

En sexto lugar y ya casi terminando, la reflexión del libro en torno a los terrenos de provisión presenta claves importantes que pueden aportar y sumarse a una lectura de los feminismos negros, antiesclavistas y anticarcelarios que existen en el Caribe y Norteamérica. Esta sección sugiere formas de subsistencia y resistencia que operaron en los márgenes del sistema de plantación, espacios donde comunidades esclavizadas mantuvieron prácticas agrícolas propias que no respondían exclusivamente a la lógica extractiva del monocultivo.

Estos terrenos de provisión pueden pensarse como espacios otros dentro del espacio dominante de la plantación, donde se ejercen formas de autonomía limitada pero sustantiva. Su estudio nos permitiría comprender cómo la resistencia no siempre toma formas espectaculares de rebelión (aunque aquello haya ocurrido y pueda volver a ocurrir), sino que frecuentemente la resistencia opera en lo cotidiano, en prácticas como la preservación de saberes alimentarios, la transmisión de técnicas agrícolas alternativas y la construcción de economías de cuidado que recorren un camino paralelo a la economía extractiva hegemónica.

Finalmente, si bien el libro logra articular con éxito múltiples dimensiones de su objeto de estudio, en ocasiones el ritmo narrativo puede resultar algo vertiginoso. Los saltos entre temas son frecuentes y aunque esto permite cubrir un amplio abanico de temas, eché de menos una profundización mayor en algunos nudos analíticos particularmente sugerentes –esto lo digo desde mi egoísmo y ambición por conocer más sobre los temas que mencioné arriba. Pero esta característica también se percibe como una virtud ya que el libro funciona más como un mapa de problemas que como un tratado exhaustivo, lo cual nos invita a seguir indagando en las múltiples direcciones que identifica y sugiere.

Una herramienta que podría enriquecer futuras obras en esta línea sería la inclusión de líneas de tiempo paralelas. Pienso en Economies of Abandonment de Elizabeth Povinelli, que inicia con dos líneas temporales: una sobre economía política (incluyendo tratados como Bretton Woods y giros geopolíticos) y otra sobre políticas estatales relacionadas con pueblos indígenas de Australia. En el caso de Musa paradisiaca, me habría resultado enormemente útil contar con una línea de tiempo sobre el desarrollo botánico, científico y tecnológico de la plantación de bananas, en paralelo con otra que recogiera movimientos geopolíticos, obras artísticas y acontecimientos culturales relevantes. Esta herramienta visual permitiría apreciar con mayor claridad las sincronías y las relaciones causales entre diferentes órdenes de fenómenos.

Bueno y como reflexiones finales, Musa paradisiaca nos sugiere –convincentemente– que las plantas no solo son objetos de estudio científico, sino también entidades culturales y políticas. La banana aparece como planta singular y como mercancía global, como sustento nutricional cotidiano y como símbolo del extractivismo, como sujeto que inspira obras de arte y como objeto de taxonomía científica. Esta multiplicidad irreductible e inconmensurable es precisamente lo que el proyecto colonial intentó borrar mediante la imposición de clasificaciones universales y la integración forzada a las economías de plantación.

El libro invita a pensar críticamente sobre el extractivismo y la homogeneización cultural, mostrando cómo ambos procesos se alimentan mutuamente. Nos presenta un nodo donde se entrecruzan comercio, política y vida cotidiana. Esta perspectiva resulta especialmente valiosa en un momento histórico donde las crisis climática y de biodiversidad nos exigen repensar radicalmente nuestras formas de relacionarnos – y ser – con las naturalezas más-que-humanas.

Este libro me ha dejado con ganas de leer varias de las fuentes que cita, particularmente los ensayos tempranos de Sylvia Wynter sobre la empresa colonial, y cómo éstos confluyen con la clasificación botánica y el racismo científico que el libro desarrolla. En conclusión, es una contribución valiosa a la literatura crítica sobre colonialismo científico, economía política de las plantas y los legados del extractivismo. Su estilo de escritura lo vuelve accesible más allá de círculos académicos especializados. Creo que el libro cumple su propósito de invitar a la reflexión crítica, y lo hace generosamente con un ritmo que nos mantiene despiertxs en tiempos donde no hay que dormirse.

raúl rodríguez freire, Musa paradisiaca, Mímesis, 2025

Imagen principal: Carlos Mercado, Golden Plantation with Horses, ca. 2019

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