Mauro Salazar J. / El abrazo de Managua. Kast sumido en la geopolítica trumpista

Filosofía, Política

«Allí está Alejandro, y Dionisio fiero, que hizo a Sicilia padecer años dolorosos. […] Toda la primera fosa, entre el arco y la roca, está llena de tiranos que se dieron a la sangre y al despojo.» (Inferno, Canto XII, 107-108, 103-105)

I.

Trump ha designado a los cárteles latinoamericanos como organizaciones terroristas extranjeras, y en ese gesto nominativo que pretende nombrar lo otro absoluto, se despliega una economía política cuyas consecuencias exceden con mucho el marco declarado del combate al narcotráfico. Lo que se presenta como guerra contra las drogas (sin negar su gravedad) es, en rigor, un dispositivo de reordenamiento hemisférico que encuentra en Chile, y específicamente en la figura de José Antonio Kast, su nodo de articulación más paradójico: el aliado que replica la retórica del amo sin convertirse jamás en su objeto, el subalterno que mimetiza el discurso securitario imperial para blindarse frente a él. Aquí yace el desfonde.

La democracia opera fundamentalmente como sistema inmunitario: régimen que protege a unos mediante la exposición galopante de otros. La inmunización de los cuerpos privilegiados exige, correlativamente, la producción incesante de una población expuesta, de una plebe cuya vida puede ser administrada, deportada, encarcelada o eliminada sin que tal operación constituya escándalo alguno para el orden vigente. La política trumpiana radicaliza esta lógica hasta su expresión más extrema: al declarar terroristas a los cárteles, habilita una zona de indistinción donde cualquier persona latinoamericana vinculada —aunque sea tangencialmente— a las redes del narcotráfico puede ser objeto de eliminación extrajudicial.

II.

La captura de Maduro en los primeros días de enero de 2026, celebrada con champagne, precedida por meses de bloqueo naval, ataques con drones y despliegue militar en el Caribe, constituye el momento de cristalización de esta doctrina. La designación del régimen venezolano como «narcoterrorista» y la extensión de esta categoría a su presidente configuran la operación inmunitaria por excelencia: aquella que nombra al otro absoluto habilitando, mediante ese gesto nominativo, su eliminación. La captura revela así el núcleo thanatopolítico de la inmunización democrática.

Maduro es designado «narcotraficante» y «terrorista» para que su captura aparezca no como agresión sino como acto de justicia: el crimen se construye después del castigo, la culpa se fabrica a posteriori para legitimar una violencia que ya ha tenido lugar. Estamos ante una forma de racismo geopolítico donde poblaciones enteras son marcadas con un signo de muerte permanente. La retórica del narcoterrorismo funciona como dispositivo que integra la dimensión del hacer morir en la gestión hemisférica. Mientras los ataques con drones destruyen embarcaciones y matan civiles en el Caribe, mientras se viola flagrantemente la Carta de las Naciones Unidas, el ciudadano estadounidense —y el chileno inmunizado bajo Kast— contempla el espectáculo sin ser interpelado por él. A mayor desastre, mayor insensibilidad; a mayor exterminio, más perfecta la anestesia que recubre los cuerpos privilegiados.

III.

Pero la paradoja de Kast reside en otra parte, muy evidente. Chile no es Venezuela ni Nicaragua; Chile es el alumno ejemplar del modelo neoliberal latinoamericano, el laboratorio disciplinado (halcones de Friedman) donde se ensayaron las políticas que luego se exportarían al resto del continente. Y, sin embargo, Kast llega al poder prometiendo mano dura (dispositivo securitario) contra el narcotráfico, deportación masiva de migrantes, cierre de fronteras, construcción de cárceles de máxima seguridad. Su discurso henchido replica, con matices locales, la retórica trumpiana de la emergencia securitaria. ¿Significa esto que Chile podría convertirse en objeto de las mismas políticas punitivas desplegadas contra Venezuela? La respuesta es evidentemente negativa, pero las razones de esta negatividad iluminan la estructura profunda del dispositivo inmunitario.

Kast no será tratado como Maduro porque ocupa la posición del aliado, no la del enemigo. El 16 de diciembre de 2025, apenas dos días después de su victoria electoral, viajó a Buenos Aires donde declaró sin ambigüedad: «Yo apoyo cualquier situación que termine con una dictadura, una narcodictadura. Nosotros claramente no podemos intervenir en eso, porque somos un país pequeño, pero somos víctimas del terror que implica tener una dictadura». Y añadió: «No nos corresponde a nosotros solucionarlo, pero el que lo haga va a contar con nuestro apoyo». La frase resulta reveladora en su estructura: Chile se presenta como víctima del terror venezolano, no como eventual objeto de la intervención estadounidense. El blindaje queda explícitamente formulado: quien combata al narcoterrorismo designado por Washington recibirá el apoyo de Santiago.

Cuando semanas después se consumó la captura, Kast reafirmó su posición: «La detención de Nicolás Maduro es una gran noticia para la región. Su permanencia en el poder, sostenida por un narcorégimen ilegítimo, expulsó a más de ocho millones de venezolanos y desestabilizó a América Latina». El 5 de enero de 2026, tras su proclamación oficial por el Tribunal Calificador de Elecciones, insistió: «Creo que es una buena noticia que se haya detenido a un dictador y, eventualmente, al líder del narcotráfico». La palabra clave aquí es «eventualmente»: Kast acepta sin cuestionamiento la designación trumpiana de Maduro como terrorista; acepta, pues, la legitimidad del dispositivo inmunitario que habilita su eliminación. La bendición de Washington completó el circuito. Marco Rubio, secretario de Estado, felicitó a Kast prometiendo colaboración en «fortalecimiento de la seguridad pública, fin de la inmigración ilegal, revitalización de nuestra relación comercial». Trump declaró: «He escuchado que es una muy buena persona». Scott Bessent, secretario del Tesoro, añadió: «Chile ha rechazado rotundamente los fracasos del comunismo, eligiendo un futuro más brillante de paz, orden, crecimiento y esperanza». Kast se suma así al bloque de mandatarios subordinados a la doctrina Trump —Milei, Bukele, Noboa— configurando un arco de alianzas donde la soberanía se canjea por protección, donde la subordinación garantiza inmunidad.

IV.

El modelo Bukele anticipa lo que Kast podría desplegar en Chile. Ya sostuvo, «Hemos podido visitar el CECOT, donde están los mandos máximos de las pandillas, es un centro penitenciario bastante estricto en las condiciones que se le aplican a estas personas. No hay que olvidar que estas personas mataron, violaron, torturaron. Hoy aquí hay más de 12 mil reclusos, todos ellos responsables de graves delitos y hay 6 millones o más de salvadoreños que agradecen al presidente Bukele el trabajo que ha realizado para liberarlos». La CIDH ha documentado detenciones masivas, violaciones a derechos humanos, prisión preventiva obligatoria; pero el régimen goza de alta legitimidad social sustentada en la reducción de homicidios. Estamos ante la forma más pura de democracia inmunitaria: un sistema que protege a ciertos cuerpos de la violencia criminal mediante la exposición sistemática de otros a la violencia estatal. El homo democraticus salvadoreño contempla el desastre de las cárceles sin ser interpelado; se ha transformado en espectador cuya experiencia pasa por la anulación total de la experiencia del otro.

Todo ello bajo el bicameralismo psicológico de élites locales escindidas entre Pekín y Washington. El cobre ha alcanzado máximos históricos, superando los 5.67 dólares por libra en diciembre de 2025, un alza del 43% respecto al año anterior. Chile, que produce más de un tercio del cobre mundial, se encuentra en posición económica excepcionalmente favorable. Los ingresos fiscales derivados del cobre permiten financiar políticas sociales que legitiman al gobierno, pero también el aparato represivo que un régimen de excepción requiere. La caída de Maduro refuerza esta dinámica al operar como señal inequívoca sobre el costo de la desobediencia.

V

Desde esta perspectiva, la gobernabilidad no es sino el nombre que adopta la policía cuando pretende suturar el litigio constitutivo de lo político, cuando aspira a clausurar esa distorsión originaria que impide a toda comunidad coincidir consigo misma. Kast enfrenta, bajo la amenaza de una beligerancia que él mismo ha contribuido a instalar como horizonte de sentido, la paradoja de quien ha movilizado el pueblo securitario —la plebe temerosa que reclama orden— solo para descubrir que esa movilización excede los marcos institucionales desde los cuales pretende gobernar.

Aquí se revela el desfonde estructural del proyecto kastista. Su afán de seguridad e higiene contra una modernización que percibe como promiscua —la mezcla de cuerpos migrantes, la porosidad de las fronteras, la contaminación del orden nacional por elementos foráneos— lo conduce a una oscilación constitutiva que reproduce, en clave local, las tensiones irresueltas de la derecha chilena. Kast emerge del gremialismo más duro, de esa matriz UDI que combinó autoritarismo pinochetista con neoliberalismo tecnocrático; pero su apuesta plebiscitaria, su interpelación directa a las masas temerosas, lo obliga a exceder ese marco originario. El cesarismo securitario que su discurso promete, la mano dura sin mediaciones, el orden sin negociaciones, choca inevitablemente con las exigencias de gobernabilidad que el sistema político impone.

El llamado liberalismo funciona aquí como dispositivo de contención: ofrece a Kast la racionalidad técnica, los cuadros ministeriales, la legitimidad ante los mercados y los organismos internacionales, a cambio de moderar el exceso plebiscitario que su discurso ha desatado. Sin esta recomposición, lo ingobernable amenaza con devorarlo: las expectativas de mano duran chocarán con las restricciones institucionales, el fervor popular se transformará en frustración, la promesa incumplida de orden absoluto alimentará nuevas formas de descontento que ninguna policía podrá administrar. Kast podría devenir en estética.

La recomposición de una derecha programática —o hegemónica— frente al emperato de Trump sería, en este sentido, una sumisión gestionada que aporta una figura prudencial al amniótico de Kast, un dispositivo de neutralización ante el desfonde que implica el fervor punitivo (evitando el despeñadero del populismo punitivo). El pacto con el nombrado liberalismo empresarial permitiría metabolizar la energía cesarista sin que ésta destruya las condiciones mismas de su ejercicio. Mientras tanto, la izquierda seguirá capturada en guerrillas intestinas, sin horizonte en el corto plazo, incapaz de ofrecer una alternativa que dispute el sentido común securitario que Kast ha logrado instalar. Su trayectoria previsible describe el arco que va del UDI intransigente al pragmatismo de la vieja Alianza por Chile: quizá golpes de autoridad para satisfacer a la base securitaria, seguidos de aperturas al empresariado liberal para garantizar gobernabilidad económica. Esta oscilación no es accidental sino estructural; expresa la imposibilidad de sostener un proyecto puramente inmunitario sin las mediaciones que el capitalismo exige para gestionar otra formar de sumisión a Trump.

VI

La democracia que se inmuniza excesivamente termina negando aquello que pretende proteger. Una intervención militar unilateral que viola el derecho internacional, que captura presidentes extranjeros, que declara «gobernar» países soberanos, constituye precisamente esa defensa de la democracia llevada hasta el punto paradójico de su propia negación. Trump invoca la democracia para destruir los principios que la fundan; invoca el orden para instaurar la excepción como norma. La intervención en Venezuela no es anomalía ni exceso circunstancial, sino la expresión más pura de la lógica inmunitaria llevada a escala geopolítica: la democracia del Norte inmunizándose a costa de la muerte administrada del Sur.

Chile ingresa así en una fase que excede las categorías políticas tradicionales. No estamos ante la mera alternancia entre izquierda y derecha, ni siquiera ante el retorno de la derecha radical después del paréntesis progresista. Estamos ante el desplome de un modelo de gubernamentalidad donde la seguridad funciona como principio de legitimación absoluta, donde el estado de excepción tiende a normalizarse. Kast, con el respaldo de Trump, con el cobre a precios históricos, con la izquierda en desorden, dispone de las condiciones materiales y simbólicas para ensayar este modelo. Pero su propio desfonde, la oscilación entre cesarismo y aliancismo, entre pureza inmunitaria y pragmatismo liberal, anticipa las fisuras por donde lo político podría retornar.

La pregunta que se deja entrever sigue resonando: si hemos de abandonar esta democracia inmunitaria, ¿qué significaría una democracia en la encrucijada geopolítica? Esta pregunta adquiere en el Chile de Kast una urgencia renovada. Porque lo que está en juego no es solo el destino de un país periférico, sino la posibilidad misma de pensar la política más allá del paradigma inmunitario que Trump ha llevado a su expresión más extrema. La paradoja de Kast es, en definitiva, la paradoja de una época que ha perdido la capacidad de imaginar otras formas de vida en común, pero cuyas contradicciones internas (el desfonde entre promesa cesarista, latencias de motosierras y necesidad aliancista) abren, quizás, el espacio para que esa imaginación vuelva a ser posible.

Dr. Mauro Salazar.

Lectura: Alain Brossat, La democracia inmunitaria, Santiago de Chile, Palinodia, 2008.

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