Aldo Bombardiere Castro / Pánico y amenazas. Un pathos del pensamiento

Filosofía

A lxs amigxs

Pensamiento atmosférico

En sus últimas intervenciones escriturales y radiales, Rodrigo Karmy (2025) y Javier Agüero Águila (2025), han perfilado el movimiento de una constelación de intuiciones. En ella, lo intuido corresponde a una suerte predominio atmosférico y anímico de nuestra época. Predominio que suele marcar los contornos de las frases que todxs nosotrxs pronunciamos día a día un ánimo epocal que delinea el sentido de los actos a los cuales nos hallamos individualmente, y tan falsamente, comprometidos. Hoy asistimos a la época del pánico y de la multiplicación de amenazas: el estado de pánico no ha de ser más que una máquina productora de innumerables amenazas. 

En efecto, las intuiciones de Karmy y Agüero Águila poseen profunda significación no sólo porque constatan el pánico y la amenaza como estados anímicos dominantes, a la simple manera en que un enunciado describe un caso del mundo, tornándose susceptible de validación o refutación. Más bien, sus palabras derraman una significación profunda porque, al nivel de la superficialidad de la piel, todos las sentimos, las vivimos, las padecemos. Sus intuiciones acerca del pánico y de las amenazas, han de constituir gestos de resistencia, ráfagas de pensamiento e imaginación capaces de horadar, atravesar y luego fugarse de la turbiedad de la época, precisamente, gracias a que todxs, incluso ellos, la padecemos. Así, sus intuiciones, lejos de pertenecer a ellos, son el pathos del pensamiento en tiempos de su catástrofe: la imaginación, tal vez, constituye la resistencia del pensamiento ante esa catástrofe, el modo de expresión del pensamiento en tiempos de repliegue del mismo. Quizás la potencia del pensamiento hoy habite allí: en la errancia divagante e imaginal de sí mismo con respecto al dominio de aquella racionalidad formal con que el mero entendimiento ha pretendido colonizarlo. Pensar no puede ser sinónimo de entender, pues sólo se entiende -nuevamente de manera constatativa- un estado de cosas “objetivo”, dado y dispuesto al “sujeto” que ha de conferir verificabilidad gracias a la actividad del entendimiento. Pero pensar es otra cosa.  

Pensar es otra cosa. No consiste en una cosa, ni se reduce a una actividad subjetiva relacionada necesariamente con la configuración de un estado de cosas objetual. Pensar es otra cosa: pensar es pensar en otra cosa, pensar en una cosa otra a la cosidad; o, mejor dicho, imaginar la cosa otra de la cosidad. Pensar en la potencia, nunca actualizable, que el vivir trae consigo. Pensar es concebir lo que no es: la imagen que, frente a nuestras pupilas, sólo cobra vida como imaginación. Por ello, el pensamiento nunca será homologable con la verificación (al dictamen de la correspondencia entre el enunciado y lo enunciado), con el análisis (a la metodicidad de descomposición elemental de las partes y a la posterior rearticulación de la funcionalidad del todo), ni siquiera con la crítica (al juicio trascendental acerca de las condiciones de posibilidad de lo real, el cual, sin embargo, siempre ha de situarse en una posición dualista y supremacista con respecto a lo real). Hoy, como si se tratara de una poética de la catástrofe, donde la catástrofe misma, parecía aniquilar la poesía y los hálitos de vida, el pensamiento es ánimo: ánimo de seguir pensando poéticamente. Es la forma clandestina y metafórica con que debemos resistir desde el dolor que atormenta a tal pensamiento. Hoy sólo podemos pensar desde la herida: hoy la única forma de pensamiento ha de ser el que piensa desde la herida: el pensamiento herido de muerte y, así y todo, rebosante de poesía, esperanzado con la brevedad de su sonrisa, refugiado entre nuestras inacabables tardes de melancolía. El pensamiento de Karmy y Agüero Águila es el único pensamiento posible: aquel situado desde estado de pánico, aquel que, aún con fortuna, no ha sido del todo derrotado por la constancia de las amenazas. Pensamiento herido, sí; pensamiento de la herida, del pánico y de la amenaza, sí; pero pensamiento, si bien amenazado, que aún no ha entrado en (el) pánico.

¿Por qué? Porque, si bien la superación del estado de pánico, en cuanto maquinaria productora de amenazas, sólo puede hacerse desde tal estado que todxs padecemos, hemos de llevarlo adelante como resistencia: como fricción táctil que, tocando ese pánico e incluso indagando en él, lo mira a los ojos, lo suspende y le planta cara. Es cierto, hoy pareciera que no existe salida. Sin embargo, mientras sigamos aquí, el punto de fuga, más que una salida o un horizonte, será testimonio del carácter mínimo y a la vez invencible de toda esperanza. Esperanza la cual, desde el mismo estado de pánico, continúa siendo pensada por nosotrxs y, al unísono, no cesa de abastecer a esta imaginación común con que la pensamos.

Pensar es un acto común. La telepatía sensible (Karmy, 2023, p.97) donde la imaginación reverbera entre los cuerpos extasiados, enviados y nunca terminando de llegar a otro cuerpo, todos los cuerpos. Multitud de cuerpos, comunión de materialidad pensante, marcha de pies heridos deslavando el asfalto de las alamedas.

Pánico y amenazas

El pánico cubre el planeta. Los tiempos de pánico hacen temblar la tierra, azota las rocas y los mares. Desfilamos al interior de un permanente estado de pánico, masivo y generalizado, el cual, nos predispone  a reacciones de pánico particulares y concretas: las amenazas. En una suerte de contradicción oscura, el pánico, ese arrebato irracional y suscitado abruptamente, cuya fenomenalidad psíquica consiste en enajenar la conducta y autonomía individual, hoy se ha vuelto una suerte de tonalidad dominante a nivel epocal. Nuestro actual estado de pánico, justamente en cuanto disposición anímica epocal y no simple afección psicológica, ejerce el predominio de su propia naturaleza ontológica: la demanda de un constante estado de alerta ante una amenaza siempre al borde de efectuarse. Peor aún: una serie de amenazas que, en lugar de agotarse en su misma facticidad una vez concretada, deja flotando sobre la atmósfera el hálito sórdido del pánico. Cuando impera el estado de pánico, cada amenaza concretada no da espacio para el respiro, la recuperación y el cuidado; se suma a la inminencia de otra serie de amenazas, tornando superflua su misma ejecución: el estado de pánico opera como ideología totalitaria que ni siquiera requiere concretar las amenazas particulares que profiere y nos injerta en el cuerpo: le basta con simplemente amenazarnos y, así, marcar el advenimiento de otra amenaza tras de aquella, ancladas y en eterno retorno a esa matriz de terror que instauran los neofascismo. Porque el pánico es la amenaza universalizada, una matriz de muerte en vida, una vida degradada a la desnudezde su supervivencia. 

Sí, el pánico ante una violencia sin nombre ni causa precisa, pero continua y a un paso de repetirse, extenderse, agravarse. El apocalipsis no encuentra su maldición en la misma llegada del apocalipsis. El apocalipsis, al contrario, desata su maldición en la amenaza que, desde el origen del tiempo, el mismo apocalipsis es, pues nunca ha dejado de proferirse a sí misma: la maldición de la maldición. Y he ahí que, ante la inevitable proximidad del apocalipsis, el mismo pánico sea tal apocalipsis. Los dispositivos y discursos de los neofascismos sólo surten efecto porque encuentran su acogida en el desierto de sal y terror que ellos, y también los progresismos liberales, han diseminado.

El pánico al cual nos referimos nada tiene que ver con una simple emoción repentina. A su vez, tampoco corresponde al miedo, esto es, a la reacción subjetiva causada por un objeto determinado, identificable y, por ende, susceptible de ser esquivado y prevenido. El pánico epocal, a diferencia del miedo, da cuenta de un estado anímico, al parecer, inevitable. Un estado atmosférico que, a modo de tonalidad anímica imperante, no sólo se jacta de presentarse, él mismo, en calidad de inevitable, sino, más aún, porta y desata, la sensación de lo inevitable. La amenaza de una amenaza siempre mayor. Una atmósfera de pánico, el espaciamiento de aire cuyo oxígeno se extingue, un nudo de estertores donde ha perecido cualquier esperanza o suspiro, la resultante condensación de los lamentos y las groserías, la indolencia acerca de nuestros amores frustrados o traicionados, el cavar y minar con odio en la caverna de odiosos minerales que no cesan. En suma, el estado de pánico se presenta, en cuanto inevitabilidad, como una armadura y oráculo de guerra que él mismo profesa y profetiza. A tiempos de incertidumbre, la inevitable certeza de la guerra; a tiempos de incertidumbre, la certeza de la guerra irredimible. Una psicología social del pánico sólo puede encontrar soporte en una ontología del pánico: la bravura de una matriz cuyo fuego asesino torna permanente la amenaza de la amenaza.

Por cierto, hablamos de una atmósfera expansiva, pero la cual lejos de insinuar un movimiento de expansión gradual de sí misma, parece haberlo crispado todo desde un inicio. Porque el pánico destruye cualquier tipo de historicidad, distensión temporal y relieve o deriva de la experiencia: de súbito, emerge como si estuviera más allá del tiempo, sin inicio y sin final, petulante, autosuficiente, existencialmente único y necesario, urgente, pues no deja de apelar, enajenado y convulso, a la obsesión de la sobrevivencia. Por eso, el tiempo del pánico es el tiempo sin tiempos, la marcha militar de carácter monorítmica, el cual sólo responde y se nutre de los estímulos autoritarios y neofascistas del discurso securitario. Cuando el pánico se impone en calidad de afecto dominante, cierra cualquier eventual genealogía de sí: la atmósfera del pánico se adentra en una época histórica carente de historicidad y autoproclama lo absoluto de su poderío y vigencia en aras de una urgencia que, incluso, azota  cualquier sobrevivencia frente a otras sobrevivencias. 

Hablamos del pánico en cuanto telón de fondo a nivel social, una suerte de ruido áspero y acumulativo, una saturación concomitante con lo intraducible. El pánico como un ruido que representa una cadena saturada de ruidos y chirridos, con sus intensidades menores y mayores, la cual no cesa de atormentarnos y, por lo mismo, hace de nuestros últimos estertores otro modo de ponerse en guardia frente a un enemigo tan indomable como amenazante. El ruido del pánico, telón de fondo de un escenario que ha absorbido a su electo actoral, es de carácter agudo y punzante; el ruido agudo y punzante con que la estrella de David nos clavaría y haría rodar sobre nuestros ojos cada una de sus lacerantes puntas. Pero también el pánico se encarna en la tensión que, noche a noche y mientras yacemos dormidos, asola nuestras manos, las resquebraja y contrae nuestros tendones, retratando la fatigada neurosis de la cual él se abastece. Un juego de angustiante contracción, juego que, sin embargo, no puede considerarse a sí mismo llevando a cabo el papel de mero juego. 

Como habíamos dicho: si el miedo -y en esto se asemeja a cada amenaza particular- siempre representa una posibilidad, un fenómeno cuyo surgimiento, más que sorprendernos, confirma el perímetro de oscilaciones afectivas de la habitualidad existencial; el pánico, por su parte, apunta a un estado continuo, permanente y extensivo, a una asunción histórica sin origen ni historia. Aquello que se ha expandido, nada sabe de sí, nos borra la memoria. El pánico, redoblando su pánico sobre nosotrxs, sólo puede hacernos concebir su estado a partir de algo más que un estado: el pánico se jacta de su autosuficiencia y necesaria eternidad, por ello, el mazo con que nos ultraja demanda la inmediatez, la urgencia y mueve, apenas, a la sobrevivencia. Perpetuación de una neurosis indiferente a su triunfo, el estado de pánico aniquila, antes que todo, el pensamiento. Porque lo que él muestra nunca es su rostro, sino la exacerbación y multiplicidad de amenazas que porta y, paradójicamente, de las cuales él mismo, manteniendo su rostro a oscuras, irá a conjurar. En el pánico la neurosis ha llegado a su más alta verdad. Cuando la neurosis rumia en demasía, no puede sino regurgitar en el aullido de la psicosis. Y nada de ello es psicológico. Más bien, es la cifra de una época: la fase neofascista del capital.

Pensamiento en amistad

Si bien el pánico no promete nada más que la sobrevivencia inmediata, él, en cuanto principio epocal, lo inunda todo. Pero quienes al logrado ver el rostro al pánico, remontando la serie de amenazas particulares para adentrarse en la matriz maquínica que es el estado de pánico, persisten en la única lucha posible: la de un pensamiento sintiente, la de una vida pensable, la de un pathos y poética del pensar. 

Quizás eso sea la amistad: compartir el pathos de un diálogo inaudito, un pathos que coincide, por misteriosa casualidad, con la resistencia ante la subsunción del mundo en un principio general. No hay amistad sin diálogo, no hay amistad sin asombro y felicidad. La amistad, contra cualquier patetismo del pánico, es pasión por esa lengua común que nos hermana con la vida. Lxs amigxs no son mis hermanxs. La amistad es, propiamente, hermandad. Hermandad en actividad: los amigos, Karmy y Agüero Águila, no son hermanos entre sí, sino, más bien, son quienes merecen serlo. Porque, como la hermandad entre pensamiento y poesía, lxs amigxs, no dejan de expandir lo común, dando fruto a un tercero cuya abertura, asumiendo la herencia que ha recibido, prolifera hasta el infinito, se hereda del infinito. 

El pathos de un pensamiento hermanado, modalidad de la inteligencia común, es lo único que puede resistir al pánico, plantarle cara y mirarlo a los ojos, develando, más que cualquier amenaza particular, el núcleo del cual procede dichas innumerables amenazas. Y hoy sólo la amistad de aquel pathos y poética, de aquella comunidad del pensamiento se torna capaz de desmontar el pánico: tal amistad es de donde todo el universo emana y hacia donde todas las cosas van. Es el fuego sagrado lo que debemos salvar, no lo quemado; es la ficción de la razón lo que debemos pensar, no la razón. Por lo mismo, en su devenir, el universo y la amistad conocen de pathos, pero no de pánico; y no conocen ni responden a amenazas.

Lecturas y audios

Agüero Águila, Javier: 

(2025) “Bajo amenaza (primer aviso)” en Le monde diplomatique, 28 de diciembre. Disponible: https://www.lemondediplomatique.cl/bajo-amenaza-primer-aviso-por-javier-aguero-aguila.html 

(2025) No-literal. Ensayos de filosofía en órbita. Editorial Deriva: Chile.

(2025) “Por otras lenguas (salvemos el fuego)” en La voz de los que sobran, 21 de diciembre. Disponible: https://lavozdelosquesobran.cl/opinion/por-otras-lenguas-salvemos-el-fuego/21122025 

Karmy Bolton, Rodrigo:

(2023): Nuestra confianza en nosotros. La Unidad Popular y la herencia de lo porvenir (El fantasma portaliano 2). Ediciones Universidad de la Frontera.  Disponible: https://bibliotecadigital.ufro.cl/v2/files/original/cd5c4afa9a9c750d7e0e6122c66a766210f2b1f2.pdf 

(2025): “El momento portaliano. El retorno del cuerpo en el fascismo chileno” en Carcaj. Flechas con sentido, 30 de noviembre.  Disponible:   https://carcaj.cl/el-momento-portaliano-el-retorno-del-cuerpo-en-el-fascismo-chileno/

(2026): “Materialismo expresivo. Una lectura para una izquierda de lo porvenir” en Ficción de la razón, 5 de enero. Disponible: https://ficciondelarazon.org/2026/01/05/rodrigo-karmy-bolton-materialismo-expresivo-una-lectura-para-una-izquierda-de-lo-porvenir/ 

Agüero Águila, J. y Karmy Bolton, R. http://conjunto  (2025): “Punto de fuga” en Radio Universidad de Los Lagos. 15 de diciembre. Disponible: https://medios.ulagos.cl/programas_radio/rodrigo-antonio-karmy-bolton/ 

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