a Nelly, senza la pretesa del significato stabile
Semioclastia
Este ensayo explora las tres paradojas irresolubles que atraviesan la política latinoamericana contemporánea: la victimización que cancela la deliberación, la orfandad hermenéutica (izquierdas fragmentadas) que impide el diagnóstico, y la violencia estructural integrada en las élites locales. A partir de la captura de Maduro (Venezuela, 2026), se argumenta que estas paradojas no pueden ser resueltas mediante formas dialectales, sino únicamente habitadas críticamente. La bomba imperial opera bajo una lógica dromológica de aceleración absoluta que colapsa los espacios de negociación política y expresa la verdad destructiva del capitalismo en su fase terminal. La tarea política consiste en construir teoría desde la catástrofe misma, sin garantías de emancipación.
Introducción: Crisis de inteligibilidad
Un evento ha irrumpido en la situación política latinoamericana. Se llama Caracas, bomba imperial, imposibilidad política. Este ensayo permanece fiel a lo que el evento ha revelado: tres paradojas irresolubles. La fidelidad consiste en extraer las consecuencias más radicales del evento, aunque ello signifique pensar sin esperanza. Una verdad comienza cuando el evento irrumpe. Aquí comienza una verdad política, aunque sea la verdad de la imposibilidad.
Las Tres Paradojas Fundamentales
Primera paradoja. (victimización/deliberación): La victimización estructural por la bomba imperial cancela simultáneamente el espacio deliberativo que la globalización prometía. Para participar políticamente, las izquierdas necesitan ser reconocidas como sujetos iguales. Pero ese reconocimiento requiere que abandonen la conciencia de su propia victimización. Como afirma la paradoja clásica: “la víctima no delibera; padece”. Aquí radica la contradicción insuperable.
Segunda paradoja (orfandad/diagnóstico): El vacío ideológico contemporáneo produce una incapacidad diagnóstica para nombrar la propia enfermedad. Las izquierdas han perdido sus marcos interpretativos, sus narrativas de emancipación. Sin estas herramientas, no pueden ni siquiera articular su propia falta de categorías. La orfandad hermenéutica es tanto síntoma como causa de su incapacidad política.
Tercera paradoja (violencia/estructura): La integración de élites locales al dispositivo imperial oculta que la violencia no viene de afuera sino que es estructural (Quijano, 2000). Los gobiernos periféricos son saboteados por sus propias burguesías, no por Washington. La violencia es constitutiva del orden que habitamos. Ninguna purga de agentes imperiales externos resolverá una estructura donde la cooptación es total.
En el contexto de izquierdas dispersas, fragmentadas, sin economía argumental, la globalización y sus promesas se revelan como mitos rotos. La globalización neoliberal prometió democracia deliberativa, espacios de negociación transparentes, participación política de actores periféricos. Pero lo que presenciamos es precisamente lo opuesto: la aceleración del capital requiere el colapso de toda deliberación. Los espacios de negociación son ficción. La bomba imperial cae sobre quienes intentan usar esos espacios que supuestamente existen. La globalización fue siempre promesa vacía, mecanismo de integración subalterna que simulaba inclusión mientras reforzaba la dominación. Las izquierdas creían en esa promesa. Su dispersión actual es, en parte, resultado de haber confiado en un mito.
Las Tres Paradojas Irresolubles
Las izquierdas latinoamericanas experimentan tres paradojas irresolubles: primero, la victimización estructural por la bomba imperial cancela simultáneamente el espacio deliberativo que la globalización prometía; segundo, el vacío ideológico contemporáneo produce una incapacidad diagnóstica para nombrar su propia enfermedad; tercero, la integración de élites locales al dispositivo imperial oculta que la violencia no viene de afuera sino que es estructural, constitutiva del orden que habitamos. Estas tensiones no pueden resolverse mediante síntesis dialéctica sino solo habitarse críticamente para construir teoría desde la catástrofe.
Paradoja 1: Victimización y cancelación de deliberación
La bomba imperial constituye a los sujetos políticos periféricos como víctimas de una estructura moderno/colonial que los expulsa sistemáticamente del presente. Esta victimización es real, material, verificable en cada golpe de Estado, cada sanción económica, cada intervención militar. Pero la aceptación de esta condición de victimización cierra simultáneamente la posibilidad del deliberar, del argumentar, del negociar que la globalización liberal prometía como mecanismo de inclusión política. La víctima no delibera; padece. Aquí radica la paradoja insuperable: para ser reconocidos como sujetos políticos capaces de participar en el espacio global, las izquierdas deben abandonar el reconocimiento de su propia victimización estructural.
Paradoja 2: Orfandad hermenéutica e incapacidad diagnóstica
Las izquierdas latinoamericanas han perdido sus marcos interpretativos, sus horizontes utópicos, sus narrativas de emancipación. Sin estas herramientas teóricas, no pueden diagnosticar su propia enfermedad ni nombrar la violencia que las atraviesa. La «orfandad hermenéutica» se perpetúa como incapacidad de lenguaje. Pero esta orfandad no es simplemente falta de teoría: es resultado de la imposición sistemática de la colonialidad del poder, que cancela las posibilidades mismas de pensar la emancipación fuera de los términos que establece la modernidad capitalista (Quijano, 2000). La paradoja consiste en que sin categorías de comprensión, las izquierdas no pueden ni siquiera articular su propia falta de categorías.
Paradoja 3: Violencia estructural integrada
La ilusión de que los golpes de Estado vienen desde Washington oculta la verdad más perturbadora: que la violencia es estructural, integrada en élites locales que actúan como «agentes de la colonialidad» (Quijano, 2000). Los gobiernos periféricos no son saboteados por Washington desde afuera sino por sus propias burguesías desde adentro. La violencia no es «externa» sino «estructural», constitutiva del orden que habitamos. Esta paradoja invalida la ilusión anti-imperial que cree que expulsando el «monstruo» norteamericano la región podría emanciparse. Pero la integración es total: las élites locales son parte de la máquina imperial, no sus víctimas externas.
Ahora desplegamos un procedimiento fiel. Las premisas no resuelven el evento sino que permanecen leales a él. La lealtad a la paradoja es lealtad radical a la política. No prometemos nada. Solo prometemos continuar analizando desde la imposibilidad, extrayendo sus consecuencias hasta el extremo. Esta es la ética badiouiana: actuar sin garantías, pensar sin esperanza, permanecer fiel a lo que no cierra.
Premisa I: La orfandad hermenéutica de la izquierda
En los últimos días asistimos atónitos al espectáculo de una izquierda fragmentada —secular, antiimperial— horrorizada al ver la radicalidad de los acontecimientos. La intensificación colonialista de Estados Unidos sobre Venezuela no es novedad sino reiteración, patrón, serialidad imperial. Y sin embargo, cada vez que el imperio actúa, la reacción es el estupor. La «petrogubernamentalidad» —esa articulación obscena entre «razón de Estado» y «razón extractiva»— arrasó con Caracas en enero de 2026, y lo que encontró del lado de la crítica fue balbuceo, espasmo, gesticulación sin gramática.
El colapso interpretativo no es accidente sino coartada. La «izquierda de manual» ha convertido su «orfandad hermenéutica» en virtud: el estupor reiterado justifica no haber leído las transformaciones culturales, no haber pensado relaciones estratégicas, no haber actualizado las categorías ante la aceleración drómica del capital. Todo ello se entremezcla con imaginarios sesenteros: el «tercermundismo de consigna», la «solidaridad declamativa» que no exige pensar sino adherir. Cada crisis imperial se recibe como si la repetición del asombro eximiera de la obligación de comprender una realidad que requiere nuevas inteligibilidades.
Es sintomática la «rectificación reciente» de Hardt y Negri (2000). En 2000 —exactamente un año antes de que Estados Unidos inaugurara dos décadas de intervenciones militares— se sugería que «el imperialismo había terminado». La «desterritorialización» celebrada no describía el mundo sino la manera en que cierta «izquierda académica metropolitana» quisiera que funcionara: lisa, fluida, sin centros ni periferias. Esa «poética de los singulares» encontró en Santiago 2019 su escenario biopolítico. Lo proclamado era la «intraducibilidad radical del acontecimiento»: intensidad afectiva refractaria a cualquier articulación programática.
Sin embargo, Caracas restituye violentamente aquello que esa lisura forcluía: el «reparto policial del mundo», la distribución jerárquica nunca suspendida entre quienes tienen parte y quiénes no la tienen. El territorio, su control, su saqueo nunca dejó de ser objeto de litigio. Lo que «Imperio» llamaba «gobernanza global» se revela como lo que siempre fue: «policía planetaria», dispositivo de orden que persiste bajo múltiples máscaras. La desterritorialización era velo ideológico sobre una geografía material de dominación que nunca fue erradicada.
Premisa II: La bomba como operador histórico de reproducción colonial
La bomba no es cifra singular sino «operador histórico» de la violencia estatal sobre gobiernos periféricos que amenazan la hegemonía estadounidense. Allende (1973), Árbenz (1954), Goulart (1964), Velasco Alvarado (1968), Malvinas (1982), Maduro (2026): una sucesión de aniquilamientos que inscriben un patrón sistemático. La bomba es sistemática: mecanismo de reproducción de la «colonialidad del poder», no desviación sino «verdad operante» de la modernidad democrática. Es el significante que estructura la cadena de lo político en nuestras geografías: no es presencia sino «efecto de presencia», marca que ordena lo que puede y no puede decirse sobre la emancipación.
El pavor y el rechazo destila una identidad ya atravesada por violencia fundacional. No hay sujeto que preceda a la bomba; el sujeto es efecto de su inscripción. La «opción decolonial» persiste en la herida, en la imposibilidad —y esta imposibilidad no es carencia sino positividad, estructura que nos constituye. La «colonialidad del poder» permanece intacta: tras cada independencia formal reaparece la bomba como mecanismo de sujeción y reinscripción, como la «repetición» que caracteriza el retorno de lo reprimido (Freud, 1919).
Las bombas caen en la «orfandad hermenéutica» de las izquierdas, no solo en ausencia de proyectos sino de marcos interpretativos. La bomba opera como máquina somática que florece viejas nostalgias pero devela sensibilidades sin «economía argumental», sin capacidad de nombrar su propia enfermedad. La bomba marca la expulsión del lenguaje mismo, la clausura de lo que puede ser pensado sobre la emancipación. Pero lo sabemos: las bombas no pueden ser un operador totalizante. La bomba no es signo de la estructura sino síntoma de su crisis, de su incapacidad de mantener el orden mediante consenso. En esto reside la diferencia crucial con la lectura estructuralista: la violencia es necesaria precisamente porque el sistema ha perdido legitimidad.
Premisa III: La violencia como estructural, la cooptación como mecanismo
Una ilusión que no es productiva en el brote «anti-imperial» reside en creer que los golpes de Estado se hacen desde Washington. Este razonamiento oculta una verdad más perturbadora: que la «democratización de redes» es incapaz de cesar con el «aparato militar americano» que reclama materias primas. La hipótesis del golpe «endógeno» es coartada teórica de la impotencia. Lo que presenciamos es la «integración» de élites locales al dispositivo imperial, no su autonomía.
Los gobiernos periféricos no son saboteados por Washington desde afuera sino por sus propias burguesías desde adentro, burguesías que operan como «agentes de la colonialidad» (Quijano, 2000). Así se perpetúa la fantasía de política posible sin enfrentar la estructura: si el golpe es «nuestro», entonces podemos evitarlo mediante mejor organización. La trampa reside precisamente aquí: creer que la violencia imperial es «externa» cuando es «estructural», constitutiva del orden que habitamos.
Esta violencia no es novelería. Desde 2001 (punto de inflexión de la retórica imperial), Estados Unidos inauguró un régimen de intervención permanente. La «Guerra contra el Terror» articuló violencia imperial con «acumulación por desposesión» (Harvey, 2012). Paul Bremer en Irak implementó en meses lo que décadas de ajuste no lograron: apertura total a inversión extranjera, privatización de empresas estatales, leyes de hidrocarburos que entregaban el petróleo a corporaciones occidentales. Este patrón se replicó: sanciones económicas, desestabilización, intervención directa. Venezuela ilustra la secuencia completa. China representa el caso límite: economía demasiado grande para destruir pero que debe ser contenida.
Premisa IV: Marx como herramienta diagnóstica (no como nostalgia)
Invocar a Marx no es nostalgia sino impugnación directa a la miopía de una izquierda que abandonó el «análisis de clase». Quienes descartaron a Marx como reliquia «determinista» carecen de herramientas para comprender por qué las bombas caen sobre Caracas, por qué Milei desmantela el Estado argentino, por qué Trump administra Venezuela como propiedad en quiebra.
David Harvey conceptualizó la «acumulación por desposesión»: prácticas predatorias mediante las cuales el capital resuelve sus crisis no mediante expansión sino mediante saqueo de activos existentes, privatización de bienes públicos, destrucción de economías competidoras (Harvey, 2012). Lo decisivo: esta modalidad no es fase arcaica sino mecanismo permanente que se intensifica cuando la «reproducción ampliada» se estanca. El capital requiere entonces violencia directa.
El capital no descansa. Siempre está en búsqueda de nuevas esferas de acumulación. El espacio, la naturaleza, las relaciones sociales, el cuerpo humano —todo se convierte en sitio para la extracción de plusvalía. Cuando una salida se agota, el capital se desplaza hacia otra. La geografía de la expropiación se expande. Nada escapa a la maquinaria de la valorización. Venezuela, América Latina, el cuerpo del trabajador, la atmósfera, el código genético: todas estas esferas son territorios donde el capital excava en busca de ganancias. Y esto —hay que insistir— no es patología sino normalidad operativa. No es exceso sino lógica. La violencia que hemos presenciado sobre Caracas es, entonces, expresión pura de esta búsqueda compulsiva. El imperio no mata por crueldad personal sino por necesidad estructural. Mata porque necesita. Mata porque el sistema, en su hambre de hombre lobo, devora todo lo que encuentra a su paso.
En la teoría de «acumulación originaria», Marx demostró que el capitalismo nació «chorreando sangre y lodo» (Marx, 1867). Los cercamientos, expulsión de campesinos, colonialismo, esclavitud atlántica no fueron aberraciones sino condiciones de posibilidad del sistema. Harvey argumenta que estas prácticas nunca desaparecieron sino que continúan operando como mecanismo permanente de resolución de crisis (Harvey, 2012). La violencia en Venezuela no es exceso sino lógica, no patología sino normalidad operativa del capital en descomposición.
Premisa V: La fase terminal: competencia intra-capitalista y dromología
La operación Venezuela de 2026 debe leerse como mensaje dirigido a China. La captura de Maduro demostró disposición estadounidense a usar fuerza militar directa contra gobiernos aliados de Beijing. El precedente es problemático: si Estados Unidos puede secuestrar a un presidente latinoamericano, ¿con qué argumentos objetaría si China capturara al presidente de Taiwán?
La captura de Maduro encarna la «dromología» del capital en fase terminal: velocidad absoluta de acumulación. Como señala Paul Virilio (1999, 2006), la velocidad se convierte en el principal operador político cuando el sistema pierde legitimidad. La democracia deliberativa se colapsa bajo esta aceleración. Venezuela ilustra la post-democracia drómica donde el imperio actúa a velocidad luz, eliminando espacios de negociación política. La acumulación por desposesión requiere velocidad máxima. Solo la velocidad imperial, la de la expropiación acelerada, cuenta.
El capitalismo resuelve sus crisis mediante «arreglos espacio-temporales» (Harvey, 2012). Pero cuando los arreglos se agotan —cuando no hay nuevas fronteras, nuevos mercados que colonizar— el sistema entra en competencia destructiva entre bloques. La «Guerra Fría 2.0» no es rivalidad entre sistemas alternativos sino competencia intra-capitalista llevada al extremo de confrontación militar. Ambas potencias disputan acceso a los mismos recursos, la misma cadena de suministros global.
El control chino del 85-90% del procesamiento global de «tierras raras» ilustra la naturaleza del conflicto. La respuesta estadounidense no puede ser competencia productiva —reconstruir capacidad industrial requiere décadas— sino únicamente coerción. Los «liderazgos coléricos» (Trump, Milei, Bolsonaro) son síntomas de esta fase terminal: administran la descomposición sin superarla. Son la «alianza con el neofascismo» que el neoliberalismo requiere cuando pierde toda legitimidad. El fascismo irrumpe no como retorno sino como solución de clase: autoritarismo necesario para imposición de violencia económica.
Conclusión: Teoría, desde la catástrofe
El «orden internacional» nunca fue otra cosa que institucionalización de hegemonía estadounidense bajo disfraz de universalidad normativa. Las «reglas» son instrumentos de dominación. Hay algo obsceno en la captura de Maduro que excede el cálculo geopolítico: es «pornografía imperial», exhibición del poder de humillar, de reducir un jefe de Estado a trofeo. Es la verdad del sistema expresada sin velos.
El capital en su hambre de hombre lobo devora las instituciones que creó. Lo que presenciamos no es fin del capitalismo sino su intensificación destructiva. El sistema no colapsa sino que se vuelve más violento, más predatorio. La «acumulación por desposesión» se convierte en modo dominante; la competencia mercantil cede ante coerción militar; el derecho internacional se revela como ficción.
La catástrofe no es simplemente un evento que sucede. Es la ocasión donde la forma que se creía estable se quiebra, donde la plasticidad que estaba siendo controlada explota de maneras impredecibles. En esa explosión —en ese quiebre de lo que parecía fijo— nuevas formas de vida se hacen posibles. Nuevas políticas. Nuevas maneras de pensar y actuar emergen precisamente donde el sistema se rompe. La bomba imperial que cae sobre Caracas es, en este sentido, una catástrofe que abre: abre la posibilidad de pensar más allá de los términos que el orden moderno/colonial ha impuesto. Abre la grieta por donde escapa la verdad que el sistema no puede admitir.
Esa izquierda que se horroriza ante los bombardeos pero calla ante los crímenes de sus ídolos no ofrece alternativa sino coartada. La «orfandad hermenéutica» se ha vuelto identidad política: el «no-saber-leer» se exhibe como prueba de pureza. Pero las categorías para comprender siguen disponibles. Solo falta una nueva imaginación crítica que no confunda el espanto con el análisis ni la indignación con la comprensión. Solo falta atreverse a pensar desde la imposibilidad, a construir teoría desde la catástrofe. Es en esta fisura donde la teoría crítica encuentra su verdadero objeto: no la reconciliación sino la persistencia en lo que no cierra, la política de lo insoluble.
Es la verdad del sistema, la verdad que no puede ser admitida sin que el sistema colapse. Y es precisamente porque esta verdad no puede ser admitida que la violencia persiste como modo de funcionamiento del orden moderno/colonial. Los sujetos periféricos que insisten en su victimización son, de manera paradójica, más cercanos a la verdad de la comunidad que aquellos que pretenden haber superado su particularidad para participar en la deliberación global. La paradoja, entonces, no es algo que deba resolverse. Es algo que debe habitarse, que debe ser afirmado como la verdad de la política bajo el capitalismo contemporáneo.
Las tres paradojas analizadas —la victimización que cancela deliberación, la orfandad que impide diagnóstico, la violencia estructural integrada— no pueden resolverse. Convocando a Malabou solo pueden habitarse como «plasticidad capturada». Y es precisamente esta habitación de la aporía la tarea política que el presente exige: pensar desde la imposibilidad, argumentar sin economía argumental disponible, actuar sin garantías de emancipación. Esta es la única honestidad intelectual posible en un mundo donde la bomba imperial redunda en el silencio de quienes pretenderían hablarle.
σημεῖον (signo) + κλάσις (rotura) = «rotura de signos»
Dr. Mauro Salazar J. Ufro/Sapienza
Referencias
Freud, S. (1919). The uncanny. The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, 17, 217-256.
Hardt, M., & Negri, A. (2000). Empire. Harvard University Press.
Harvey, D. (2012). El enigma del capital y las crisis del capitalismo. Ediciones Akal. (Obra original publicada en 2010)
Marx, K. (1867/1976). El capital: Crítica de la economía política (Vol. 1). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1867)
Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En E. Lander (Ed.), La colonialidad del saber: Eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas (pp. 201-246). Ediciones CLACSO.
Virilio, P. (1999). The politics of the very worst. Semiotext(e).
Virilio, P. (2006). Velocidad y política. La Marca. (Obra original publicada en 1996)
