Mauro Salazar J. / Conjurar Caracas: El Kapital y sus cóleras

Filosofía, Política

«Certamente, a Nelly»

I. 2001. Imperio. ¿el año cero de la nueva geopolítica?

En la última semana, asistimos atónitos, desprovistos, cognitivamente desarmados, al espectáculo de una izquierda que no sabe leer lo que tiene delante. La intensificación colonialista de Estados Unidos sobre Venezuela no es novedad; es reiteración, patrón, serialidad imperial. Y, sin embargo, cada vez que el imperio actúa, la reacción es el estupor: como si no lo supiéramos, como si no estuviera escrito en décadas de intervenciones, golpes, bloqueos, sanciones. La petrogubernamentalidad, esa articulación obscena entre razón de Estado y razón extractiva, arrasó con Caracas en enero de 2026, y lo que encontró del lado de la crítica fue un balbuceo, un espasmo, una gesticulación sin gramática. Lo más penoso es el refugio en imaginarios sesenteros: el tercermundismo de manual, el antiimperialismo de consigna, la solidaridad declamativa que no exige pensar sino adherir. Cabe interrogar este colapso interpretativo.

Hay algo profundamente sintomático en el gesto teórico de Hardt y Negri. El 2000, exactamente un año antes de que Estados Unidos inaugurara dos décadas de intervenciones militares directas, se sugería que «el imperialismo había terminado», salvo en la facticidad del poder americano, que sería un nodo (no cualquiera) suscribiendo menos un error de diagnóstico que una confesión involuntaria: la del pensamiento metropolitano (Duke o París) incapaz de ver más allá de sus propias fantasmagorías conceptuales. En medio de las poéticas de la multitud, la «desterritorialización» celebrada, no describía el mundo, sino la manera en que cierta izquierda académica (Norte global, the infrapolitcs) quisiera que el mundo funcionara —lisa, fluida, sin centros ni periferias—. Tal poética, de los singulares, ese «estar en contra», elevado a principio ontológico, esa fe ciega en la potencia destituyente de los cuerpos reunidos, encontró en Santiago, en la revuelta del 2019, su escenario biopolítico: la plaza como comunión, el grito como comunidad, la barricada como redención espontánea. Lo que allí se proclamaba era la intraducibilidad radical del acontecimiento: el estallido como pura intensidad afectiva, refractaria a cualquier captura conceptual, a cualquier articulación programática, a cualquier inscripción en la gramática de lo político instituido (generando otra figura representacional).

Y claro, «la globalización no está muerta ni siquiera en declive, sino que simplemente es menos fácil de leer» -dicen Hardt & Negri. Tampoco se trata de negar los estados post-soberanos ni las transformaciones del capitalismo financiarizado. Pero convocando a Rancière en Imperio (Negri & Hardt) habita un acierto paradójico: haber descrito un orden que se enuncia como «sin afuera», totalidad lisa, superficie sin pliegues donde el antagonismo se habría disuelto en flujos y redes. Sin embargo, Caracas, las bombas sobre Caracas, y el secuestro televisado de Maduro, la obscenidad triunfal de Trump en Truth Social, restituye violentamente aquello que esa lisura forcluía: el reparto policial del mundo, la asignación brutal de lugares, la distribución jerárquica (nunca suspendida, nunca superada) entre quienes tienen parte y quienes no la tienen, entre quienes gobiernan y quienes son gobernados, entre quienes nombran y quienes son nombrados.

No podemos afirmar desde el confort metropolitano que la desterritorialización era velo ideológico —coartada teórica para no ver lo que había que ver—. El territorio, su control, su saqueo, su disciplinamiento: eso nunca dejó de ser el objeto del litigio. Lo que Imperio llamaba «gobernanza global» (lapida de Estado-nación) se revela como lo que siempre fue: policía planetaria y multipolaridad en litigio (suspensiva). Comprender la inflexión del 2001 como año cero de la geopolítica contemporánea no implica negar (abruptamente) las continuidades con el imperialismo moderno, sino reconocer que ese año cristalizó una nueva modalidad de ejercicio del poder: más explícita en su unilateralismo, más devastadora en sus efectos. La «Guerra Global contra el Terror» no ha terminado; simplemente ha mutado. Sus herederos se llaman hoy Trump, Milei, Netanyahu. Después de décadas de cortinas de hierro, solo consignamos la angustia, la reactividad y la anorexia interpretativa de un sentido común que se autoproclama de izquierdas.

II. El intelectual de Tréveris: ni nostalgia ni reliquia, sino impugnación

Una frase del viejo Marx —espectro productivo que no cesa de rondar— resuena hoy con intensidad renovada: «El capital es trabajo muerto que, como un vampiro, solo vive chupando trabajo vivo, y vive más cuanto más trabajo chupa». La metáfora no es ornamento retórico. Marx, lector de Hoffmann y Dumas, comprendía que el capitalismo exigía un lenguaje capaz de nombrar lo monstruoso que habita en el proceso de acumulación. En su «ciega e irrefrenable pasión», en su «hambre de hombre lobo por el plustrabajo», el capital sobrepasa todo límite moral y físico (toda oferta y demanda cae al barranco).

Invocar una dialéctica, que no responda al tiempo rápido, no es nostalgia de izquierda derrotada ni apego fetichista a textos decimonónicos. Muy por el contrario, se trata de una impugnación directa a la supina miopía de cierta izquierda que, habiendo abandonado (con buenas razones) el análisis de clase y las categorías de la crítica de la economía política, se encuentra hoy desarmada frente a fenómenos que el intelectual de Tréveris, espectro productivo antes que reliquia, habría reconocido: la voracidad del capital en crisis, la violencia como mecanismo de acumulación, la destrucción sistemática de competidores. Lejos de toda partera de la verdad, aún ofrece una pista de lectura que no requiere pedido de disculpas (Empire).

Sin bien existían buenas razones para descartar a Marx como reliquia del siglo XIX (demasiado «determinista», «economicista» e insuficientemente «cultural») carecen ahora de herramientas para comprender por qué las bombas caen sobre Caracas, por qué Milei desmantela el Estado argentino con alegría sádica, por qué Trump anuncia que «dirigirá» Venezuela como quien administra una propiedad inmobiliaria en quiebra. La miopía tiene consecuencias: una izquierda que abandonó radicalmente a Marx es una izquierda que no comprende el capitalismo. Estados Unidos, desde 2001, despliega una modalidad de gestión del capital que rompe con las reglas que el liberalismo clásico consideraba sagradas. Si una economía emergente resulta nociva para los intereses del capital metropolitano, esa economía es declarada enemiga. No hay competencia mercantil regulada por mecanismos de precio; hay guerra económica y, cuando es necesario, intervención militar directa.

David Harvey conceptualizó este fenómeno como «acumulación por desposesión». El término designa las prácticas predatorias mediante las cuales el capital resuelve sus crisis: no mediante expansión de la producción, sino mediante saqueo de activos existentes, privatización de bienes públicos, financiarización de todo lo viviente, y destrucción de economías competidoras. Existe una «alianza profana entre los poderes estatales y los aspectos predatorios del capital financiero» que forma «el filo cortante de un capitalismo buitre dedicado a la apropiación y devaluación de activos, más que a construirlos mediante inversiones productivas».

El «capitalismo del saqueo», por utilizar una expresión que condensa esta fase, opera mediante cuatro mecanismos principales: privatización de bienes públicos, financiación de activos, gestión y manipulación de crisis, y redistribución estatal hacia arriba. La ola de financiarización que arrancó en los años ochenta, facilitada por la desregulación gubernamental, convirtió al sistema financiero en uno de los principales centros de actividad redistributiva. Promociones bursátiles, esquemas Ponzi, destrucción estructurada de activos mediante inflación, desmantelamiento de activos a través de fusiones y adquisiciones, desposesión de fondos de pensiones: todo esto constituye el núcleo del sistema financiero capitalista posterior a 1970.

A medida que el capital se acumula, la composición orgánica tiende a elevarse: aumenta la proporción de capital constante respecto del variable. Dado que solo el trabajo vivo produce plusvalor, esta tendencia presiona a la baja la tasa de ganancia. Marx calificó esta ley como tendencia, no como fatalidad mecánica. Identificó múltiples «contratendencias»: intensificación de la explotación, depresión de salarios, abaratamiento del capital constante, comercio exterior, expansión del ejército industrial de reserva. Lo que Harvey añade es una contratendencia: la posibilidad de que el capital, cuando la reproducción ampliada se estanca, recurra sistemáticamente a formas de acumulación basadas en el robo, el fraude y la violencia directa.

En la teoría de la acumulación originaria —y la izquierda debería recordarlo, al menos— Marx mostró cómo el capitalismo nació «chorreando sangre y lodo por todos los poros». Los cercamientos de tierras comunales, la expulsión de campesinos, el colonialismo, la esclavitud atlántica: no fueron aberraciones pre-capitalistas sino condiciones de posibilidad del sistema. Harvey argumenta que estas prácticas no desaparecieron una vez consolidado el capitalismo industrial. Continúan operando como mecanismo permanente de resolución de crisis, ahora también en el corazón de las metrópolis.

III. El quiebre de 2001 y la normalización de la guerra

Septiembre de 2001 marca un punto de inflexión. Los atentados proporcionaron el pretexto para una reconfiguración radical de la política exterior estadounidense. La «Guerra contra el Terror» inauguró un régimen de intervención permanente que volatilizó Medio Oriente bajo cobertura ideológica de «intervenciones humanitarias». Irak, Libia, Siria, Yemen: destrucción sistemática de Estados que habían nacionalizado recursos estratégicos o representaban obstáculos geopolíticos.

Pero antes un cumulo de indignación —desmayos y espasmos y una agudización del espanto— por las declaraciones de Donald Trump sobre Venezuela («Estados Unidos dirigirá ese país», «explotaremos el petróleo»), conviene ejercitar tanto la memoria histórica como la crítica a la demonología liberal. La proliferación de términos demonológicos contra Trump (fascista, tirano, monstruo, enfermo mental, narcisista maligno, nuevo Calígula) cumple una función ideológica precisa: exculpar al sistema, personalizar la violencia estructural, convertir en patología individual lo que es racionalidad sistémica.

Por cierto, los hitos de Trump en el Capitolio son reprochables, el asalto del 6 de enero de 2021 fue un espectáculo de violencia, que ningún análisis estructural debería minimizar. Pero hoy no basta con decir dulcemente que «el capital es una destrucción creativa», como si la violencia fuera un accidente y no una condición de posibilidad del sistema. La operación retórica es transparente: si Trump es Calígula redivivo, entonces el problema se reduce a expulsar al monstruo para restaurar la normalidad. Pero esa «normalidad» incluía las sanciones contra Irak que mataron medio millón de niños, los bombardeos de Yugoslavia, las guerras de Afganistán e Irak, las operaciones de drones de Obama, las intervenciones en Libia y Siria. La demonología anti-Trump permite a la izquierda (y las variantes progresistas) olvidar su propia complicidad con la violencia imperial; permite presentar como aberración lo que es continuidad, como excepción lo que es regla.

La retórica imperial estadounidense no nació en 2024. Hay una genealogía de declaraciones presidenciales que la izquierda liberal parece haber olvidado con sospechosa conveniencia. «De estos tiempos turbulentos puede emerger un nuevo orden mundial: una nueva era, más libre de la amenaza del terror, más fuerte en la búsqueda de la justicia. Un mundo donde el estado de derecho suplante la ley de la selva», declaró George H.W. Bush el 11 de septiembre de 1990. El «nuevo orden mundial» de Bush padre establecía la premisa: Estados Unidos como garante único de la legalidad internacional, con derecho a intervenir militarmente donde lo considerara necesario.

La Guerra del Golfo de 1991 fue presentada como «prueba» de este orden. Kuwait fue liberado; Irak quedó bajo sanciones que causaron la muerte de medio millón de niños. Madeleine Albright, interrogada sobre esta cifra, respondió: «Creemos que el precio vale la pena». Una década después, George W. Bush llevó la retórica al paroxismo. Cinco días después del 11-S pronunció una palabra que resonó con siglos de historia sangrienta: «Esta cruzada, esta guerra contra el terrorismo, va a tomar un tiempo. Pero puedo asegurar al pueblo americano que estoy determinado. Libraremos al mundo de los malhechores».

Cruzada. La palabra no fue un lapsus; fue exactitud. Bush, cristiano evangélico que había supervisado 152 ejecuciones como gobernador de Texas, encontraba natural la violencia divinamente sancionada. Dos meses después añadió el ultimátum que definiría la era: «Están con nosotros o están contra nosotros en la lucha contra el terror. Las naciones serán responsabilizadas por su inactividad». El «eje del mal» proporcionó justificación para la invasión de 2003. Las «armas de destrucción masiva» nunca aparecieron. Colin Powell calificaría después su presentación ante la ONU como una «mancha» en su carrera. El 1 de mayo de 2003, Bush aterrizó en un portaaviones frente a un cartel que proclamaba «Misión Cumplida».

La amnesia liberal y progresistas difusos respecto a estos precedentes es políticamente funcional. Permite presentar a Trump como aberración, como ruptura con una tradición supuestamente benigna. Pero Trump no inventó el intervencionismo militar ni la retórica mesiánica. Heredó una infraestructura de violencia imperial construida por republicanos y demócratas por igual. Obama, premio Nobel de la Paz, autorizó más ataques con drones que Bush; expandió las operaciones en Yemen, Somalia, Libia; deportó más inmigrantes que cualquier presidente anterior. La diferencia con Trump no es de sustancia sino de estilo: brutalidad con modales versus brutalidad ostentosa.

El problema no es un presidente sino un sistema; no una administración sino una estructura de acumulación que requiere, periódicamente, la violencia imperial para sostenerse. Los liderazgos coléricos no son la enfermedad; son el síntoma. Demonizar a Trump como loco, perverso, excepcional, es precisamente la operación ideológica que impide comprender la racionalidad sistémica de su violencia. El liberalismo necesita monstruos para exculparse; la crítica necesita categorías para comprender. La invasión de Irak articuló violencia imperial con acumulación por desposesión. Paul Bremer implementó en meses lo que décadas de ajuste estructural del FMI no habían logrado: apertura total a la inversión extranjera, eliminación de aranceles, privatización de empresas estatales, una ley de hidrocarburos que entregaba el petróleo a corporaciones occidentales. Paul Wolfowitz lo admitió: «El país nada sobre un mar de petróleo». Dick Cheney completó: «Quien controle el flujo del Golfo Pérsico tiene un estrangulamiento sobre la economía mundial».

Este patrón se ha replicado con variaciones. Cuando una economía periférica logra acumular capacidad industrial, elevar salarios, o —el pecado imperdonable— competir en sectores estratégicos con las corporaciones metropolitanas, se activan mecanismos de disciplinamiento. Primero las sanciones económicas, luego las operaciones de desestabilización, finalmente la intervención directa si es necesario. Venezuela ilustra la secuencia completa: del aislamiento financiero a los intentos de golpe de Estado, del bloqueo petrolero a la Operación «Determinación Absoluta» de enero de 2026. China representa el caso límite: una economía demasiado grande para ser destruida, pero que debe ser contenida, fragmentada, subordinada. Lo que emerge de este análisis es una mutación en la lógica del capital, sino de un capitalismo que ha abandonado toda pretensión de legitimación mediante el crecimiento generalizado, que reconoce implícitamente que la acumulación solo puede continuar mediante la destrucción activa de competidores, la apropiación de activos existentes, y la intensificación de la explotación hasta niveles que el siglo XX había considerado políticamente insostenibles.

IV. China, el precedente y el abismo

En medio del Schock (pánico, espanto) la operación Venezuela de enero de 2026 debe leerse como mensaje a China. La captura de Maduro demostró la disposición estadounidense a usar fuerza militar directa contra gobiernos aliados de Beijing, incluyendo extracción física de jefes de Estado para someterlos a jurisdicción estadounidense. El precedente es problemático: si Estados Unidos puede secuestrar a Maduro, ¿con qué argumentos objetaría si China capturara al presidente de Taiwán?

En las redes sociales chinas, millones de usuarios discutieron la operación como «plantilla» para una potencial toma de Taiwán. Si Estados Unidos puede actuar con impunidad en su «patio trasero», ¿por qué China no puede hacer lo mismo? El precedente proporciona legitimación narrativa para acciones similares. Lo que Washington presenta como defensa de la democracia, Beijing puede presentar como reunificación nacional. La diferencia no es jurídica sino geopolítica: quién tiene el poder de imponer su narrativa.

El capitalismo resuelve sus crisis mediante «arreglos espacio-temporales»: expansión geográfica, inversión en infraestructura, apertura de nuevos mercados. Pero cuando los arreglos espaciales se agotan —cuando ya no hay «afueras» que colonizar—, el sistema entra en competencia destructiva entre bloques. La Guerra Fría 2.0 entre Estados Unidos y China no es rivalidad entre sistemas alternativos; es competencia intra-capitalista llevada al extremo de la confrontación militar.

El control chino del 85-90% del procesamiento global de tierras raras ilustra la naturaleza del conflicto. No se trata de ideología sino de control sobre las condiciones materiales de la acumulación. Estados Unidos, que externalizó su capacidad industrial durante décadas, descubre ahora su vulnerabilidad estratégica. Las restricciones chinas de octubre 2025 sobre exportación de tierras raras afectan directamente programas de defensa valorados en cientos de miles de millones: F-35, submarinos clase Virginia, misiles Tomahawk. La respuesta estadounidense no puede ser competencia productiva —reconstruir capacidad industrial requiere décadas—; solo puede ser coerción.

Los liderazgos coléricos son síntomas de esta fase terminal, no agentes de transformación. Trump, Milei, Bolsonaro: administran la descomposición, no la superan. Intensifican la violencia porque el sistema que representan no puede ofrecer otra cosa. Son la «alianza con el neofascismo» que el neoliberalismo requiere cuando pierde toda legitimidad. Pero la cólera que movilizan —resentimiento de clases medias en declive, frustración de trabajadores precarizados, rabia contra élites percibidas como corruptas— contiene un potencial que excede sus canalizaciones reaccionarias. «En su ciega e irrefrenable pasión, en su hambre de hombre lobo por el plustrabajo, el capital sobrepasa no solo los límites morales, sino también los límites físicos máximos de la jornada laboral.» La metáfora del hombre lobo es apta para el presente. Los líderes coléricos son los rostros humanos de esta bestialidad sistémica. Pero el hombre lobo puede ser derrotado.

V. Epílogo: El orden basado en el saqueo

Los medios estatales chinos caracterizaron la operación Venezuela con una frase que merece atención: «La invasión estadounidense ha dejado claro que lo que Estados Unidos llama un orden internacional basado en reglas no es más que un orden basado en el saqueo». La formulación es propagandística, pero contiene un núcleo de verdad. El «orden liberal internacional» que emergió tras 1945, y que se proclamó triunfante después de 1989, nunca fue otra cosa que la institucionalización de la hegemonía estadounidense bajo disfraz de universalidad normativa.

El neoliberalismo ha barrido el mundo «como una vasta ola de reforma institucional, causando destrucción de marcos institucionales, divisiones del trabajo, relaciones sociales, provisiones de bienestar, formas de vida, apegos a la tierra, hábitos del corazón, formas de pensamiento». No es solo política económica; es transformación antropológica. Los liderazgos coléricos emergen de esta devastación. Cuando las comunidades son destruidas, cuando los lazos sociales se disuelven en la competencia atomizada del mercado, cuando la precariedad se convierte en condición existencial generalizada, la cólera busca objetos. El genio perverso del populismo de derecha consiste en canalizar esa cólera hacia abajo y hacia afuera —hacia inmigrantes, hacia minorías, hacia enemigos externos— en lugar de hacia arriba, hacia las estructuras de poder que producen la devastación. Hay algo obsceno en la captura de Maduro que excede el cálculo geopolítico. La imagen del presidente venezolano en el USS Iwo Jima, publicada triunfalmente por Trump, es pornografía imperial: exhibición del poder de humillar, de reducir a un jefe de Estado a trofeo de caza. Esta obscenidad es constitutiva del liderazgo colérico. La crueldad performativa produce goce en la base electoral. La cólera se alimenta de la cólera; la violencia espectacularizada genera demanda de más violencia.

La operación Venezuela ha generado condenas incluso de aliados tradicionales de Estados Unidos. Brasil, México, Chile, Colombia: gobiernos que habrían guardado silencio se vieron obligados a rechazar la violación del derecho internacional. El precedente erosiona la legitimidad del sistema que Washington dice liderar. Resulta inminente la tendencia del capital a superar toda barrera espacial y temporal, a «aniquilar el espacio mediante el tiempo». Lo que no anticipó —o anticipó solo parcialmente en sus análisis del bonapartismo— es que esta aniquilación incluiría las barreras normativas que el propio capitalismo había erigido para estabilizarse. El derecho internacional, las instituciones multilaterales, los acuerdos comerciales: todo esto funcionaba como marco de previsibilidad que reducía los costos de transacción y facilitaba la acumulación. Ahora, cuando la acumulación productiva se estanca, estos marcos se vuelven obstáculos. El capital, en su hambre de hombre lobo, devora las instituciones que él mismo creó.

Lo que presenciamos no es el fin del capitalismo, sino su intensificación destructiva. El sistema no colapsa; se vuelve radicalmente más violento, más predatorio, más explícitamente criminal. La acumulación por desposesión se convierte en el modo dominante; la competencia mercantil cede ante la coerción militar; el derecho internacional se revela como ficción conveniente que las grandes potencias descartan cuando estorba. En este contexto, la tarea del pensamiento crítico no es profetizar el colapso (que no vendrá por sí solo) sino comprender las condiciones de una intervención transformadora. Quizás sea esta la dialéctica del presente: la intensificación destructiva del capital genera las condiciones para su cuestionamiento radical. Los liderazgos coléricos, al exhibir la violencia que antes se ocultaba bajo eufemismos tecnocráticos, revelan la naturaleza del sistema.

Asombra, al final de este recorrido, la magnitud del olvido necesario. Una tradición de pensamiento que durante siglo y medio ofreció las herramientas más precisas para comprender la voracidad del capital —sus crisis, sus violencias, sus metamorfosis— yace hoy abandonada en los sótanos de la academia, cubierta de polvo y buenas intenciones. No se trata de erigir un panteón ni de recitar catecismos. Pero el retorno a la tesis imperial —el reflejo pavloviano de explicar todo como conspiración yanqui, de reducir la complejidad a un maniqueísmo de buenos y malos— no puede ser el recurso de una «izquierda de los espantos». Esa izquierda, que se horroriza con razón ante los bombardeos, pero calla ante los crímenes de sus propios ídolos, no ofrece alternativa: ofrece coartada. Las bombas siguen cayendo; las categorías para comprenderlas siguen disponibles; pero se impone una sintomatología que consiste en llevar todo a una comprensión imperial que niega una nueva imaginación crítica, que clausura el pensamiento en la repetición de esquemas gastados. Solo ello puede explicar tanta desazón, tanto desconcierto, tanta parálisis frente a un mundo que el viejo Marx, espectro productivo que sigue trabajando, habría reconocido con cruenta lucidez.

Dr. Mauro Salazar J. Enero, 2026

Bibliografía

Bush, G.W. (2001). «Remarks on the South Lawn». Public Papers of the Presidents, 16 de septiembre. Washington: GPO.

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Harvey, D. (2010). A Companion to Marx’s Capital. Londres: Verso.

Marx, K. (1867/1990). Capital, Volume I. Londres: Penguin Classics.

Marx, K. (1894/1991). Capital, Volume III. Londres: Penguin Classics.

Marx, K. (1857-58/1973). Grundrisse. Londres: Penguin.

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