«El hecho de que este libro esté abierto por «un otro» proveniente de otra área y que, en el interior de estas páginas, se junte con el estudio de José Joaquín Brunner, al margen de la visión estrictamente parcial que este preámbulo pueda presentar, hace que finalmente sea un panorama común el que emerja; allí es donde se ve el cielo y donde están las pampas y las aldeas. Es en ese panorama, a fin de cuentas, el terreno que nos une, donde los proyectos se desgarran o completan y donde se percibe el peligro. La vida misma.» Raúl Zurita, mayo de 1981.
1. Introducción: el problema y la tesis
Hay textos que no simplemente describen una época sino que son, ellos mismos, síntomas de la fractura que intentan nombrar. La Cultura Autoritaria en Chile (Brunner, 1981, FLACSO) es uno de esos documentos en los que el pensamiento crítico latinoamericano —acorralado, desplazado, operando desde los márgenes que el régimen militar le dejaba disponibles— procuró articular un diagnóstico de la condición cultural impuesta a partir del golpe del 11 de septiembre de 1973 (Brunner, 1981). Producido en el interior mismo de la dictadura, el texto de Brunner no es una denuncia exterior al sistema que analiza sino una operación intelectual ejecutada desde dentro de sus condiciones de posibilidad: una escritura que descompone el andamiaje ideológico de la dominación usando categorías gramscianas, semióticas y materialistas que el propio régimen pretendía suprimir (Garretón, 1983; Williams, 1977).
El problema que este artículo se propone examinar puede formularse con precisión: ¿cuál es la tesis central de Brunner (1981), cuáles son sus estrategias de demostración, cuáles sus límites analíticos y cuál su vigencia para comprender las nuevas formas de dominación cultural en el presente de la ultraderecha latinoamericana? La hipótesis de lectura que lo organiza es la siguiente: el autoritarismo chileno no opera únicamente por la vía de la coerción física sino que constituye un proyecto sistemático de reconversión del campo de las representaciones —un proyecto cuya eficacia histórica reside en la destrucción de la capacidad de los sectores subalternos de concebirse a sí mismos como sujetos con un proyecto histórico propio (Brunner, 1981, p. 10)— y ese proyecto sobrevivió a la democratización formal de 1990, instalándose en la democracia como su núcleo duro no dicho (Tironi, 1990). Las páginas que siguen demuestran esa hipótesis en nueve momentos articulados.
El contexto de enunciación del texto brunneriano es inseparable de su argumento. Brunner (1981) escribe cuando la dictadura de Pinochet lleva casi una década de ejercicio sistemático del poder, cuando la institucionalidad represiva ha dejado de ser terror de excepción para convertirse en administración normalizada de la vida social (Garretón, 1983), cuando la Constitución del 80 ha pretendido dar forma jurídica permanente a lo que comenzó como golpe. Escribir sobre cultura autoritaria en ese momento no es escribir sobre algo que ya pasó: es escribir sobre el presente como herida activa. La reflexión ocurre bajo las mismas presiones que analiza, y esa proximidad forzada le otorga una tensión que los textos producidos en el exilio o en la posteridad democrática difícilmente podrían reproducir. Brunner no escribió para el vacío académico sino para los cuadros intelectuales de una izquierda que necesitaba comprender la derrota para rearticularse (Brunner y Catalán, 1985).
2. Alcance analítico
Esta nota es un estudio teórico-crítico inscrito en la tradición de las ciencias sociales latinoamericanas. Su procedimiento central es la lectura sistemática de Brunner (1981) mediante un protocolo de análisis por categorías: hegemonía y representación, estrategias de dominación, periodización interna del autoritarismo, economía política de la cultura y sujeto resistente. Cada categoría es examinada en su formulación original, contrastada con los marcos teóricos que Brunner moviliza —Gramsci (1975), Poulantzas (1978), Althusser (1970), Williams (1977)— e interrogada desde las lecturas críticas producidas en las cuatro décadas posteriores a la publicación del texto (Richard, 1994; Tironi, 1990; Garretón, 1983; Harvey, 2005; Mouffe, 2018).
3. Hegemonía, campo y representación
El andamiaje conceptual de La Cultura Autoritaria en Chile descansa sobre tres pilares que Brunner (1981) articula sin reducir ninguno al otro. El primero es la noción gramsciana de hegemonía (Gramsci, 1975), desplazada hacia el terreno específico de la cultura chilena: la dominación de clase no se sostiene únicamente por la fuerza sino por la capacidad de la clase dominante de presentar sus intereses como intereses universales, de naturalizar su visión del mundo como el único mundo posible (Williams, 1977). El segundo es la noción bourdieuana de campo cultural como espacio con autonomía relativa (Bourdieu, 1992) —dotado de sus propias reglas de funcionamiento, sus propias jerarquías internas y sus propias lógicas de legitimación que no se reducen directamente a la dominación de clase—, lo que permite explicar por qué ciertos subcampos resistieron más que otros. El tercero, que sostiene el método brunneriano aunque no siempre lo explicite, es la exigencia de una economía política de la cultura: la superestructura simbólica no flota en el aire de las ideas sino que tiene condiciones materiales de producción identificables —editoriales, presupuestos, financiamientos— sin las cuales ninguna práctica de sentido, ni dominante ni resistente, puede ocurrir ni reproducirse (Williams, 1977; Althusser, 1970).
Sobre esa base, Brunner (1981) construye una distinción analítica que el artículo considera su aporte más duradero: la diferencia entre dominación y legitimación. Dominar por la fuerza y lograr que esa fuerza sea percibida como orden legítimo son procesos históricamente desacoplados (Poulantzas, 1978). El autoritarismo chileno exhibió una capacidad de coacción sistemática y sostenida, pero su legitimidad cultural fue siempre parcial, sectorial, disputada en los bordes (Tironi, 1990). Reconocer esa fractura no es un matiz sino la condición para entender por qué el régimen necesitó producir incesantemente consenso allí donde la coerción sola no alcanzaba para garantizar la reproducción del orden (Gramsci, 1975).
4. La tesis brunneriana: una violencia sobre los signos
La tesis vertebral de Brunner (1981) puede formularse así: lo que el golpe del 73 destruyó no fue únicamente un gobierno o un programa económico sino un lenguaje. La violencia de 1973 fue, en un nivel que excede lo institucional, una violencia sobre los signos, sobre los correlatos de realidad que acompañaban al proyecto popular, sobre las conexiones semánticas mediante las cuales las mayorías podían reconocerse en un horizonte común de acción y de sentido. «No se borra un país», escribe Brunner (1981, p. 7), «lo que se borra es la consistencia de su lenguaje, el correlato de la realidad que acompañaba su proyecto mayoritario». Reapropiarse de los sentidos de un lenguaje, de sus conexiones con la realidad, será siempre una de las líneas programáticas de la clase dominante: en ello se jugará la permanencia de su hegemonía (Gramsci, 1975; Althusser, 1970).
Para demostrar esa tesis, Brunner (1981) historiza el signo literario. Traza una genealogía de la literatura chilena —con Neruda como figura axial— para mostrar cómo la irrupción de una gran poesía vinculada a los movimientos populares fue, antes que un fenómeno estético, un acontecimiento político: el momento en que los vencidos comenzaron a hablar. «Entre el mestizo Garcilaso de la Vega y Neruda, entre los Comentarios Reales y las Residencias, sucedió que los vencidos —también por vez primera— hablaron» (Brunner, 1981, p. 9). El golpe no solo destruyó ese lenguaje: destruyó la capacidad de representar alternativas, de sostener proyectos utópicos, de concebir el socialismo como algo más que una abstracción perseguida. Brunner (1981, p. 10) denomina ese efecto el «derrumbe de la irrealidad»: la pérdida de la capacidad imaginaria que es la condición de cualquier acción colectiva coordinada (Williams, 1977).
Cabe precisar aquí por qué Brunner (1981) no recurrió a la categoría de fascismo para nombrar lo que analizaba —omisión que no es descuido sino rigor. El fascismo nombraba un fenómeno histórico europeo con especificidad propia: partido de masas, movilización nacionalista exaltada, corporativismo. Nada de eso coincidía con lo que ocurría en Chile, donde la burguesía no movilizaba masas sino que las atomizaba, no construía un partido sino que los disolvía todos, no convocaba al pueblo a la plaza sino que lo devolvía al cuarto privado, individuo por individuo, consumidor por consumidor. El aparato conceptual disponible —Gramsci, Foucault, Weber, Habermas— le proporcionaba categorías más exactas y, sobre todo, más perturbadoras: la hegemonía como dirección cultural que no necesita el garrote para imponerse, el disciplinamiento como producción de obediencia inscrita en los cuerpos antes que decretada sobre ellos, el mercado como mecanismo de integración post-represiva que convierte la dominación en sentido común. Llamar «fascismo» al autoritarismo chileno habría sido, paradójicamente, subestimarlo: habría permitido localizarlo en el tiempo, periodizarlo con comodidad, compararlo con algo ya conocido y ya derrotado. La categoría de «modo de dominación autoritaria» era más incómoda precisamente porque describía algo que podía sobrevivir a sí mismo, mudar de forma, habitar la democracia desde adentro y no necesitar uniforme para seguir siendo lo que era.
5. Las estrategias del modo de dominación autoritaria
5.1. El sistema como argumento
Brunner (1981) organiza el análisis de las estrategias de dominación en cuatro conjuntos que no operan en secuencia sino como sistema interdependiente: privatización del poder y las influencias; creación de un espacio público administrado; integración a través del mercado; socialización estamentaria. Lo que esa cuádruple articulación demuestra es que el autoritarismo chileno no se sostiene por la fuerza bruta sino por la producción sistemática de conformismo pasivo: la obediencia no se exige sino que se formatea en los cuerpos a través de la estructura misma de la vida cotidiana (Brunner, 1981; Foucault, 1975).
El aporte analítico decisivo de esta sección es la distinción entre represión y reconversión como fases diferenciadas del mismo proyecto. La represión —más intensa entre 1973 y 1976— fue la condición de posibilidad de la reconversión posterior, pero no su sustituto. La reconversión es más eficaz que la represión precisamente porque no necesita renovarse: una vez inscrita en los hábitos, en las expectativas, en la gramática del deseo, se reproduce sola. El «disciplinamiento de la sociedad» no es una metáfora: es el nombre técnico de un proceso por el cual la dominación de clase deja de depender de la amenaza directa para operar a través de la distribución diferencial de las oportunidades de vida (Brunner, 1981, p. 31; Foucault, 1975).
6. La paradoja constitutiva: autoritarismo y modernización
El aporte más desconcertante de Brunner (1981) es quizás el que menos ha sido reconocido: la demostración de que el autoritarismo chileno no es un fenómeno de resistencia a la modernidad sino su agente más radical. La revolución capitalista que ejecuta la dictadura no es un retorno al pasado oligárquico: es una modernización acelerada, forzada, cuyo instrumento es la coerción estatal y cuyo resultado es la instalación del mercado como principio universal de organización social (Harvey, 2005). La paradoja reside en que ese proceso requirió, para realizarse, la destrucción de las bases culturales que habían hecho posible la participación popular en la modernización anterior: la cultura de compromiso, el Estado redistributivo, la educación como derecho social.
Esta paradoja autoriza una lectura que excede el período dictatorial: el autoritarismo chileno no produjo una modernidad incompleta sino una modernidad de clase, cuya peculiaridad es haber privatizado el proceso mismo de auto-formación de la sociedad, reservando la creatividad social para la clase que controla el capital y convirtiendo al resto en consumidores de una cultura que no produjeron y que no pueden modificar. Ese es el «disciplinamiento» en su sentido más profundo: no la prohibición de hacer sino la producción de sujetos que no conciben la posibilidad de hacerlo de otro modo (Brunner, 1981; Gramsci, 1975).
7. Las fracturas del sistema: actores, resistencias y límites analíticos
7.1. Los límites del texto
Un análisis honesto de Brunner (1981) no puede eludir sus silencios constitutivos. El primero: la ausencia del sujeto popular como agente activo. El texto describe la dominación con una precisión que no tiene equivalente en la producción intelectual del período, pero la resistencia aparece solo como posibilidad teórica, raramente como práctica documentada. El teatro poblacional, la organización vecinal, los colectivos culturales clandestinos, las redes de solidaridad que sostuvieron la vida comunitaria bajo la represión: todo eso existe en el período pero no en el texto (Richard, 1994). Una teoría de la hegemonía sin su contradicción interna tiende a replicar, inadvertidamente, la imagen totalizante del poder que pretende criticar (Gramsci, 1975; Williams, 1977).
El segundo silencio es el género. La dominación autoritaria operó de manera específica sobre los cuerpos de las mujeres —como reproductoras del orden doméstico, como víctimas específicas de la tortura sexual, como agentes de resistencia en los organismos de derechos humanos, como pobladoras que sostuvieron la vida comunitaria cuando los partidos fueron ilegalizados. Esa dimensión está enteramente ausente del texto brunneriano, y su ausencia no es inocente: refleja el punto ciego de una tradición analítica que concibe la clase como categoría neutra y la cultura como campo sin diferencia sexual (Brunner, 1981).
7.3. La autocrítica brunneriana y el precio de la posición
Hay una pregunta que el análisis honesto de la trayectoria brunneriana no puede eludir: ¿por qué la categoría de autoritarismo fue suspendida durante la transición, a sabiendas de las advertencias que Moulian formulaba sobre el «transformismo» y Garretón sobre los enclaves autoritarios? La respuesta no reside solo en el rigor teórico sino también en el costo de la posición institucional. Al hacer parte de los gobiernos de la Concertación, Brunner asumió un desplazamiento que lo llevó a defender como logro lo que su propia analítica anterior había descrito como reconversión del disciplinamiento (Moulian, 2002). La categoría de autoritarismo fue suspendida no por insuficiencia teórica sino también por efectos de campo: mientras Garretón sostenía los enclaves autoritarios y Moulian describía el Chile Actual como anatomía de un mito, Brunner ofrecía el «Bienvenidos a la modernidad» en clave de tercera vía, suturando con el optimismo modernizador la herida analítica que él mismo había abierto en 1981 (Brunner, 1995). Lo que se echa de menos en esa trayectoria es la responsabilidad democrática: la metáfora de la «ilusión» que Brunner desplegó en sus trabajos posteriores debería haber alcanzado para explorar el propio carácter neoliberal del proceso político que él contribuyó a construir. La suspensión de la categoría fue el precio conceptual que se pagó por la participación institucional: se archivó el nombre para poder habitar la cosa.
Con todo, sería intelectualmente deshonesto no reconocer la tensión que esa posición encerraba sin resolverla en simple traición. Defender la transición desde dentro fue también —y no solo cínicamente— la única estrategia disponible para quien quería incidir en ella y no meramente describirla desde la pureza exterior de quien no arriesga nada al juzgar. La democracia que la Concertación construyó, con todos sus enclaves y sus silencios constitutivos, produjo diferencias reales: libertades recuperadas, derechos parcialmente restituidos, movilidades sociales que el autoritarismo había clausurado. Borrar esas diferencias en nombre de la continuidad estructural es cometer el error simétrico al que se denuncia: naturalizar la «reconversión» hasta el punto en que la democracia y la dictadura se vuelven indistinguibles, y esa indistinción no es más crítica que su opuesto —es, simplemente, otra forma de no ver.
Queda, sin embargo, una pregunta que ninguna reivindicación de la posición institucional resuelve del todo: si habitar el proceso era la condición de incidir en él, ¿en qué momento el costo conceptual deja de ser precio consciente y se convierte en deuda impagada? La exterioridad tiene sus trampas; pero la interioridad tiene las suyas —y la más silenciosa de ellas es confundir la renuncia a juzgar con la madurez de quien ya no necesita hacerlo.
Lo que el artículo no debería, sin embargo, clausurar es la pregunta por el estatuto del propio Brunner como problema abierto. Convertirlo en síntoma —en prueba de lo que ocurre cuando el intelectual habita el poder— es también una forma de no leerlo: la que fija el personaje para no tener que seguir pensando con él. Un texto que sobrevive cuarenta años no es un síntoma: es un interlocutor que todavía hace preguntas que el presente no sabe responder sin su ayuda.
Hay además un riesgo específico en la crítica intelectual de izquierda cuando convierte la trayectoria de sus propios pensadores en relato de caída: el de transformar el análisis en moralidad, la explicación en condena, la complejidad histórica en lección edificante. Ese gesto —más cómodo que honesto— suele decir más sobre la necesidad de pureza del que juzga que sobre la responsabilidad real de quien es juzgado.
Resta, sin embargo, una concesión que la honestidad intelectual exige hacer sin atenuantes: toda la arquitectura de este artículo —incluyendo sus matices y sus autocorrecciones— opera desde un lugar que no es el de Brunner. Describe el dilema del intelectual interior al proceso con la precisión de quien lo observa desde afuera. Y esa distancia, por más que se reconozca y se problematice, no deja de ser una posición —la del análisis que nombra la apuesta sin haberla jugado, que entiende el riesgo sin haberlo corrido, que habla de la transformación desde adentro sin haber tenido que decidir, alguna vez, qué se abandona para que algo cambie.
7.4. Marco comparado latinoamericano
La especificidad del caso chileno no se afirma: se demuestra, y solo se demuestra contra el fondo de lo que la rodea y la diferencia. Las dictaduras argentina, brasileña y uruguaya desplegaron estrategias culturales distintas —distintos regímenes de visibilidad, distintas políticas de la memoria, distintas relaciones entre mercado y represión— y es precisamente esa diferencia la que permite comprender qué tiene de irreductiblemente propio el caso chileno: la introducción del neoliberalismo como principio organizador de la cultura, operación que ninguna otra dictadura del Cono Sur ejecutó con esa radicalidad ni con esa coherencia doctrinal (Harvey, 2005; Tironi, 1990). Ese proyecto no operó en el vacío internacional: fue sostenido por redes de legitimación que incluían la Chicago School, fundaciones norteamericanas y think tanks anglosajones cuya función fue convertir el anticomunismo en programa cultural exportable (Harvey, 2005).
8. Vigencia: herencias de la dominación cultural y gubernamentalidad punitiva
La hipótesis de vigencia que este artículo sostiene —con fundamento teórico e histórico, no en medición cuantitativa— es que las categorías producidas por Brunner en 1981 se han vuelto más urgentes que nunca en los momentos de emergencia de la ultraderecha latinoamericana, porque la paradoja que él describió —autoritarismo como condición de la modernización— se reactualiza cada vez que un proyecto político decide que la reconversión del lenguaje es más eficaz que la represión directa (Mouffe, 2018). Lo que el marco analítico brunneriano permite ver, y que ningún otro instrumental teórico del período permite ver con igual precisión, es que las nuevas derechas radicales no producen la dominación cultural: la heredan y la administran. Reciben la destrucción de la capacidad de representación colectiva que el autoritarismo ejecutó y la actualizan mediante dispositivos cuya lógica Brunner ya describió: la privatización de lo social, la administración del espacio público enunciativo, la integración controlada de voces disidentes, la socialización de los valores del orden como deseo individual.
La transición no liquidó el autoritarismo: lo reconvirtió en algo más eficaz que sí mismo. Lo desplazó desde el nivel de la institución represiva —donde era visible, nominable, impugnable, susceptible de ser señalado con el dedo de la denuncia— hacia el nivel de la subjetividad formateada, donde opera sin decreto y sin garrote, metabolizado en sentido común, disuelto en los gestos cotidianos de quienes no recuerdan haberlo aprendido. Lo que la democratización formal de 1990 produjo no fue la superación del modo de dominación autoritaria sino su más eficaz invisibilización: la privatización de lo social, la atomización de la conciencia colectiva, la mercancía como sustituto del símbolo político pasaron a funcionar bajo el signo de la «libertad» en lugar de bajo el signo del miedo —y esa sustitución de signo es precisamente lo que hace de la transición no una ruptura sino una continuidad disfrazada de cambio. La categoría sobrevive, entonces, no como descripción de un régimen sino como diagnóstico de una subjetividad: la que el autoritarismo formateó tan profundamente que pudo instalarse en la democracia como su condición no dicha, su núcleo duro, su herencia activa disfrazada de normalidad adquirida.
Esa vigencia adquiere su formulación más precisa ante la emergencia de la gubernamentalidad punitiva que instala el gobierno de Kast desde el 11 de marzo de 2026. La diferencia estructural entre el autoritarismo que Brunner analizó y esta nueva forma de dominación no reside en la intensidad de la violencia sino en su fuente de legitimación —y esa distinción no es menor ni accesoria: es la que define el salto cualitativo entre dos regímenes de producción del miedo. La dictadura necesitaba el decreto de excepción para coercionar; necesitaba la suspensión de la norma para ejercer la norma. La gubernamentalidad punitiva contemporánea declara la guerra contra el crimen organizado como «retorno del Estado donde ha sido expulsado» y lo hace con papeleta de votación, con mayoría electoral, con el consentimiento activo y masivo de los gobernados. Eso es exactamente lo que Brunner no podía anticipar desde 1981: que el disciplinamiento sobreviviría tan eficazmente a su propio régimen que terminaría siendo elegido —que la subjetividad formateada por el autoritarismo produciría, cuarenta años después, el voto que ese autoritarismo necesitaba para legitimarse sin uniforme.
El desplazamiento semiótico que esa transición implica no puede subestimarse. El autoritarismo de 1973 operaba sobre el enemigo de clase: el movimiento popular, la conciencia organizada, el lenguaje de los vencidos, la capacidad de representación colectiva de las mayorías. La gubernamentalidad punitiva opera sobre el enemigo de cuerpo: el migrante irregular, el narcotraficante transfronterizo, el cuerpo extraño que «desborda» la frontera y «contamina» el orden. No es la clase subalterna lo que se disciplina ahora en primer plano sino la figura racializada del intruso. El hardware material de ese miedo administrado —muros de cinco metros, zanjas, cercos electrificados, drones de reconocimiento facial— no es una metáfora del orden: es su infraestructura concreta, la tecnología que convierte el pánico en política sin necesitar la sala de tortura. Lo que cambió es el sujeto del disciplinamiento —de la clase al cuerpo migrante— y la tecnología de su producción —del estado de excepción al voto mayoritario. Lo que no cambió es la función: reconstituir el monopolio de la creatividad social en manos de la clase que controla el mercado, ahora con el algoritmo del miedo como mecanismo de integración donde antes operaba la tortura.
Esta lectura del presente —lo que podría llamarse provisoriamente «kastización», a sabiendas de que el término no es una categoría sino una designación de trabajo que requiere su propia problematización: nombra un proceso antes que un estado, una dirección antes que un destino— no está, sin embargo, exenta de la tensión que ella misma debería reconocer. Hay un riesgo analítico que la propia arquitectura del argumento introduce: el de naturalizar la categoría de «reconversión» hasta el punto en que la democracia chilena aparece como simple continuación del autoritarismo bajo otro nombre —operación que, al borrar las diferencias reales en materia de libertades recuperadas, derechos restituidos y movilidades sociales que la Concertación efectivamente produjo, termina homologando lo que es estructuralmente análogo pero históricamente distinto. La distinción importa: no como concesión al optimismo transicional sino como exigencia de precisión conceptual, porque un análisis que colapsa todos los momentos en una sola lógica de dominación continua pierde la capacidad de explicar por qué la gubernamentalidad punitiva necesitó cuarenta años para producirse electoralmente y no simplemente se instaló en 1990. Más grave aún es el riesgo de que el análisis de la nueva derecha radical use el aparato conceptual brunneriano para producir exactamente el tipo de denuncia que Brunner (1981) criticó en los primeros años post-golpe: la denuncia que nombra pero no explica, que diagnostica la estructura pero no abre ninguna pregunta sobre cómo intervenirla, que convierte la descripción del poder en sustituto de la política. Un análisis que sabe con precisión lo que ocurre pero no formula ninguna hipótesis sobre qué hacer con ello —ninguna línea de fractura, ningún actor, ninguna práctica— cumple una función catártica para quien lo lee pero no añade nada al campo de posibilidades que pretende abrir. El texto de Brunner (1981) no cometió ese error: terminaba con una pregunta sobre las condiciones de posibilidad de la resistencia. Esta sección tiene la obligación de no cometerlo tampoco.
Y sin embargo el malestar de Brunner ante ese riesgo no es solo metodológico: es también el malestar ante un modo de escritura que encuentra en la exactitud del diagnóstico su propio consuelo —que se satisface con haber nombrado la cosa sin preguntarse si nombrarla transforma algo. La radicalidad teórica puede ser, ella misma, una forma de conformismo: la que sustituye la incomodidad de proponer por el prestigio de denunciar, la que convierte la impotencia práctica en virtud crítica y la distancia analítica en posición política. Brunner lo dijo en 1981 de otro modo: el problema no es solo la dominación sino la incapacidad de imaginar su interrupción.
9. Conclusión: lo que el diagnóstico abre
Este artículo ha demostrado la hipótesis con la que se abrió: el autoritarismo chileno constituyó un proyecto sistemático de reconversión del campo de las representaciones cuya eficacia histórica reside en la destrucción de la capacidad de los sectores subalternos de concebirse como sujetos históricos (Brunner, 1981), y ese proyecto sobrevivió a la democratización formal instalándose en la democracia como su condición no dicha (Tironi, 1990; Garretón, 1983). La tesis brunneriana —que la dominación de clase es, en última instancia, una dominación sobre las posibilidades de representación (Gramsci, 1975; Williams, 1977)— no solo describe el Chile de 1973-1981: describe la forma general en que el poder opera sobre el lenguaje cada vez que necesita reproducirse sin coerción directa (Foucault, 1975).
Tres consecuencias analíticas se siguen de lo anterior. Primera: el análisis de la cultura autoritaria no puede separarse de una economía política de la producción cultural (Williams, 1977) —quién financia, bajo qué condiciones materiales, con qué recursos— porque la superestructura simbólica tiene siempre un suelo material sin el cual ninguna práctica de sentido puede ocurrir ni reproducirse. Segunda: la distinción entre represión y reconversión, y la periodización de sus fases (Brunner, 1981; Garretón, 1983), es la condición para comprender no solo el pasado autoritario sino el presente democrático que ese pasado configuró (Tironi, 1990). Tercera: la categoría de «dominación cultural» solo tiene potencia analítica si va acompañada del sujeto que resiste —el teatro poblacional, la música de raíz, la organización comunitaria (Richard, 1994)— porque una estructura sin contradicción es, por definición, una estructura sin historia (Williams, 1977; Gramsci, 1975).
La agenda de investigación que este análisis abre es precisamente la que Brunner (1981) no podía formular porque el objeto no existía todavía: ¿cómo se actualizan las estrategias de dominación cultural en los nuevos regímenes de circulación de la palabra pública?, ¿qué nuevas formas de atomización de la conciencia colectiva producen las industrias culturales contemporáneas?, ¿qué versión actualizada del «derrumbe de la irrealidad» opera cuando la lógica del espectáculo sustituye al espacio público deliberativo (Ossa, 1999)? Responder esas preguntas requiere el marco analítico de Brunner —su articulación entre hegemonía, representación y conciencia de clase (Gramsci, 1975; Williams, 1977)— y los instrumentos que las ciencias sociales críticas contemporáneas han desarrollado para el análisis del discurso político, la sociología de los medios y los estudios culturales comparados. La vigencia de un texto no se mide por su actualidad sino por su capacidad de hacer preguntas que el presente todavía no sabe hacerse a sí mismo (Brunner, 1988; Mouffe, 2018). La pregunta no es si el texto de 1981 sigue siendo relevante: es por qué seguimos necesitando un texto de 1981 para leer el presente.
Queda, sin embargo, la pregunta que este artículo no responde y que Brunner —que escribió en 1981 para una izquierda que necesitaba rearticularse— formularía sin cortesía: ¿para quién escribe este texto, y qué espera que haga con él? Saber leer el poder con precisión no es lo mismo que saber interrumpirlo. Y un análisis que termina donde debería empezar la política no ha terminado: se ha detenido en el umbral más conveniente.
Notas
1 El texto de Brunner (1981) fue producido en el marco del Programa FLACSO-Chile durante los años 1979-1980, bajo condiciones de libertades académicas severamente restringidas. Su circulación inicial fue limitada y su recepción plena ocurrió en los años posteriores al retorno democrático.
2 La distinción entre «derrumbe de la irrealidad» y pérdida de utopía no es simplemente retórica: nombra la diferencia entre la extinción de un horizonte de posibilidad colectiva y la mera decepción de expectativas individuales. El primero afecta la estructura de la agencia política; el segundo, su motivación contingente.
3 La categoría de «enclave autoritario» (Garretón, 1983, 1995) designa aquellos elementos institucionales, ético-simbólicos, actorales y culturales propios del régimen anterior que quedan incrustados en el régimen democrático, dándole el carácter de democracia incompleta. Su uso permite describir la continuidad estructural sin postular una identidad simple entre dictadura y transición.
4 La omisión del género como vector de dominación en Brunner (1981) fue señalada explícitamente por la crítica cultural feminista latinoamericana de los años noventa. El análisis de cómo el autoritarismo construyó la feminidad doméstica como dispositivo de reproducción del orden requeriría un trabajo específico que excede el alcance de esta nota.
5 El «derrumbe de la irrealidad» como categoría brunneriana adquiere nueva densidad ante la gubernamentalidad punitiva contemporánea: si en 1981 nombraba la incapacidad de las clases subalternas de concebir una alternativa al orden instalado, hoy nombra también la capacidad de ese orden de presentarse como respuesta democrática a la inseguridad, convirtiendo el miedo administrado en voto mayoritario.
6- El término «kastización» se usa aquí como designación provisional, no como categoría. El riesgo de nominalizar un proceso antes de haberlo conceptualizado es el de detener el análisis en el nombre —de confundir la etiqueta con la explicación, el bautismo con la comprensión. Toda designación de trabajo lleva inscrita la obligación de su propia disolución: existe para ser reemplazada por el concepto que todavía no se tiene.
Referencias bibliográficas
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Dr. Mauro Salazar J. Ufro/Sapienza
