Escribe Gabriela Mistral:
[el amor] Tú lo quisieras vuelto un alarido,
viene de tan hondo que ha deshecho
su quemante raudal, desfallecido,
antes de la garganta, antes del pecho1.
En Mistral el amor es un fuego que se extingue sin darnos una chance (una). Es la cancelación del júbilo; el grito ahogado en el corazón de una desmesura que inhibirá para siempre su consumación. El clamor es afónico, la querella muda, no alcanza a tocar a lo otro inalcanzable, dejándonos varados en una penumbra repleta de fantasmas, en el imposible despótico que encadena el alma a la desolación más pura, más sincera. Amor que no pudo coronar, parafraseando a Heidegger, al último de los dioses y que se vaporizó en la sobreabundancia de mundo, en las insistencias multiplicadas y eventuales a cada segundo; en el oropel de la apariencia que despliega un destino de sufrimiento que restará perpetuamente incompleto.
En la poeta, más allá del dolor, lo que hay es más dolor; todavía un espacio para que la desolación sea aún más extendida… y así. Porque el amor “ha desfallecido antes de la garganta”, es decir y en una interpretación solo posible, antes de que circule hacia el interior de un cuerpo que en la extravagancia de su deseo pretenderá que ese amor pueda ser acogido en él. Es la trágica vesania, la locura que a lo que nos lleva intentar medir lo inmensurable, lo inmenso. No hay pecho que resista a este amor y la poeta, como nadie, lo sabe y lo escribe en el lamento de sus palabras que anuncian el cortejo fúnebre por lo que no llegó a ser nunca, lo que no comenzó jamás.
Gabriela Mistral: no hay cómo. Es demencial la poesía. Potencia de una palabra para siempre quebrada, arañada por la pérdida y que agoniza suspirando en la piel de un pasado que no fue y en la que el futuro, como dice Jorge Teillier, “[E]s una cuenta por pagar”2.
Entonces Leonard Cohen. Poeta escatológico que también intuye el resplandor del amor en su venir y venir sin nunca firmar su presencia: “El relámpago no era más que una luz ordinaria ¿Acaso nada podrá mantenerte aquí, mi amor, mi amor?”3
Nada queda después del relámpago, solo estruendo y encandilamiento; la alteración del curso normal de las cosas. Sin embargo Cohen llama al relámpago “luz ordinaria”, “nada más que una luz ordinaria”. Y la figura inquieta: ¿Puede la luz del relámpago ser ordinaria? ¿No es, de caer, su terrible excepción y consecuencias lo que define al relámpago mismo? ¿Acaso no decimos (invocando al relámpago que cae) “que me parta un rayo” como una casi imposible probabilidad? El relámpago y luz de Cohen es ordinaria porque en la desmesura de la poesía lo que es absoluto también puede ser común, corriente. Pero sabemos que el relámpago es cualquier cosa menos común y corriente y aunque solo puede haber quedado guardado en un centelleo, lo que quedó fue la fugacidad de una ilusión inatrapable, el parpadeo de tiempo que en su aérea luz arrojó al poeta a una expectación sin objeto, a un sentir, en lo profundo del alma, un amor que es solo y nada más que su desaparición. Entonces la efracción, la ruptura con el momento, por vulgar que parezca, lleva a la congoja y la pregunta no tendrá respuesta ¿Acaso nada podrá mantenerte aquí, mi amor, mi amor?
El amor sería ese relámpago que conmociona desde su verticalidad, sacudiendo la pasión del instante y atormentando el comienzo y el final que nunca podrán ser identificados. No hay preludio ni colofón. Los amantes están condenados a la extinción ahí donde la flama se ve arrasada por el tornado y el soplo del devenir.
Luego solo quedará un llanto desmadrado en el corazón de un plaza pública o en algún círculo del infierno; todo mientras Eros y Tánatos corean a dúo Dance me to the end of love.
NOTAS
1 G. Mistral. “El amor que callar”, en Obra reunida. Tomo I, Ediciones Biblioteca Nacional, 2019.
2 J. Teillier. “Notas sobre el último viaje del autor a su pueblo natal”, en Para un pueblo fantasma, Ediciones Universidad de Valparaíso, 1978.
3 L. Cohen. “Porque la experiencia no es maestra de nada”, en Libro de los anhelos, Lumen, 2006.
Javier Agüero Águila, Universidad de los Lagos
