Javier Agüero Águila / Mudarse

Filosofía

En el breve pero importante texto de Michel Foucault titulado El pensamiento del afuera (La pensée du dehors, 1968), el filósofo sostiene que en el lenguaje […] El sujeto –el ‘yo’ que habla– se fragmenta, se desparrama y se dispersa hasta desaparecer en este espacio desnudo” (p. 10). En un ejercicio aritmético algo burdo, pienso que en la mudanza –en la superficie– en el simple y pedestre hecho de cambiarse de casa, el yo no solo queda desparramado de cara a la potencia de un presente atormentado de pasado, sino que, justo y como lo metaforiza con sutil precisión Foucault, nos sumergimos en un espacio desnudo.

Mudarse es una experiencia liminal que nos impacta a la luz de existencias que fueron y que ya jamás volverán. Lo que emerge en este desplazamiento son melancolías, nostalgias; múltiples objetos que desde su inerte condición de “cosas” nos hablan de tiempos muertos, de vidas que se evaporaron; mudarse es darle nuevamente contingencia –en el incesante tráfago de las metamorfosis humanas– a remordimientos que inflaman, al recuerdo de momentos felices, cada uno de ellos un mundo completo, historias puntuales y ordinarias que se constituyen en nuestro personal marco mitológico. Es eso. En cada cuadro, en cada libro, en cualquier silla o lo que sea que levantamos para trasladar, lo que se libera es la saga de la mitología que nos explica; mitos únicos, solo de nosotros y de nadie más. Hay narcisismo en el mudarse, y uno mayor, sobre todo si nos cae la ficha de que es la propia vida lo que se trasplanta y que en todo este pábulo de sentidos que hablan, se desencadenan láminas de un pasado que nos enrostra lo que quedó ahí, atrás, petrificado, ígneo y fuera de la secuencia por venir. Entonces se cae en cuenta de que nada será como fue y toca afirmar lo que no tiene forma, lo irrepresentable en espera, lo monstruoso que no se anuncia. Como lo apuntara Jacques Derrida:

El porvenir sólo puede anticiparse bajo la forma del peligro absoluto. Rompe absolutamente con la normalidad constituida y, por lo tanto, no puede anunciarse, presentarse, sino bajo el aspecto de la monstruosidad (De la Grammatologie, 1967, p. 14)

Y esto es así, mudarse siempre trae consigo, con más o menos intensidad, miedo; pero no es uno que se emparente con la cobardía, sino que el que nos lleva a enfrentar a los monstruos que vienen a susurrar al oído que los pasados fueron y están en otra o, bien, para indicar la indeterminación absoluta del futuro en espera, del devenir incalculable que no somos capaces de gestionar porque es solo flujo, devenir, río desbordado en el corazón de una serie de obligaciones burocráticas y notariales que el mudarse, igual, exige.

Así las preguntas se precipitan y hasta angustian; ¿Cómo se conjuga en un momento límite el estremecimiento existencial del mudarse, ahí donde los objetos son amores desaparecidos que se suceden unos tras otros, con las exigencias formales de un cambio de casa? ¿De qué manera articular racionalmente el punto de encuentro entre la suma de recuerdos que se estrellan con la firma en la notaría en una hora y dirección determinada? ¿Cómo neutralizar lo hiperbólico de una experiencia en donde todo entra en juego con la estrechez insignificante del compromiso normalizante? Al fin ¿cómo blufear aquel “espacio desnudo” foucaultiano?

Seguro que hay quienes disfrutan los cambios y que los viven como un “nuevo comienzo”, o como la posibilidad de hacer tabula rasa respecto de un pasado doloroso y que la mudanza misma les permite comenzar a superar. Sin embargo, y esto es personal y no busca en ningún caso estandarizar la experiencia, no veo una dimensión terapéutica en el mudarse; todo lo que se revela de manera brutalmente real, es lo que Heidegger en la ruta de Descartes formuló como fundamentum inconcussum veritatis, es decir, el “fundamento inquebrantable de la verdad” (Nietzsche 2, 2000, p. 119). Mudarse en este sentido es ver los ojos de una verdad, pero no de una absoluta o inmóvil, sino la verdad como aquel ejército de metáforas e historias que han construido nuestras vidas; porque diremos que en una vida se suceden varias vidas; no es la vida sino las vidas. Y en este relámpago de tiempo en el que pasamos de un lugar a otro todo significa, se expresa, grita, nos deja a la intemperie y no podemos sino entregarnos al goce de lo perecedero y saber que no somos dioses conduciendo nuestros destinos sino, al contrario, una especie de actores jugando roles secundarios, o marionetas lanzadas al devenir del cual, por cierto, no tenemos la más remota idea de qué irá.

El sujeto, parafraseando a Foucault en el libro citado al principio, tiende a interiorizarse al máximo y a no ser más que el enunciado de sí mismo (cf. p. 11). No se lee en este pasaje una insistencia por recuperarse una y otra vez en un yo autoexiliado de lo común, de lo colectivo, sino que hay experiencias por las que atravesamos que difícilmente pueden ser compartidas. Y en cual sea la “cosa” que movamos de un lugar a otro, nos enunciamos, nos reconocemos en el interregno entre el pasado y porvenir que abre la mudanza. Es el monstruo también gramsciano, ese que se deja traslucir en una zona y tiempo bizarro, entre lo que está por desaparecer y lo que está por nacer.

No será la última vez que me mude, será (ad æternum) la penúltima. Mas, en el trenzado de una existencia que posee su propia e imponderable errancia, y pesar de que las cosas nos eyecten a pasados y vidas donde fuimos los seres más felices del universo, pero a la vez los más tristes, habrá que afirmar y firmar; decir sí a todo lo que lo por venir arrastre en su caudal inmensurable y en su háptica imposible.

“Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal” (Nietzsche. Más allá del bien y del mal, aforismo 153, 1886).

Aquí va, seguro, la posibilidad de seguir, persistir y, en definitiva, de vivir en la eterna cadencia de lo que para siempre se transforma.

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