Rodrigo Karmy Bolton / Intifada y fascismo. Resistir a los humanos, afirmar a los monstruos

Filosofía, Política

Se ha puesto de moda, gracias a la burocracia sociológica, que el peligro de toda revuelta sería que conduce al fascismo. Que éste puede capitalizarla. Hacer de ella una empresa electoral, política y triunfar invirtiendo su potencia transformándola en fuerza. Decían que la revuelta expresa una “anomia” -es decir, un desajuste normativo con la dinámica social- también que era “violenta” y “sin sentido” al quemar cosas, saquear tiendas, interrumpir el flujo “normal” de los acontecimientos. Ahora dicen que lleva al fascismo y que, por eso, habría que evitarla a toda costa. Que si Le Pen gana en las urnas francesas habrá sido por la incontestable revuelta porque si Kast ganó en Chile, su causa habría sido exactamente por eso. La revuelta sería anómica, violenta y además, reaccionaria. Nada podría atentar más al progresismo que el pueblo en las calles, nada podría atormentar más su mentalidad pedagógica que una multitud en pie de guerra.

Pero hay algunas cosas aquí, demasiado añejas, demasiado vetustas que, sin embargo, es necesario recordar: ante todo, la tesis de que la revuelta conduce la fascismo (cualquiera sea su complejidad) oblitera la pregunta de por qué hay fascismo, porqué surgió sino es a partir de décadas de violentas reformas neoliberales que, literalmente, han dejado a los pueblos en la calle, sin tierra, sin lugar en el mundo. ¿Cómo leer el caso de la señora Maricarmen de 87 años quien fuera expulsada de la casa que arrendaba porque no podía pagar el alquiler? Expulsada de casa, quedando a la intemperie, los pueblos hoy son todos palestinos, son todos Maricarmen: viven sin tierra, fuera de casa, con el anhelo del retorno. Reformas neoliberales que se han impuesto por todo el planeta y que hoy han encontrado una nueva fase en su proceso de intensificación ahí donde han debido recurrir a la “llamada acumulación originaria” para salir del marasmo que su propio modelo -su propia “civilización”- ha producido.

En sus diversas variantes, el neofascismo preñado de pasiones tristes y rentando el pánico ciudadano, ha sido la vía por la que el modelo ha elegido consumarse acelerando sus procesos de acumulación. Para eso, necesita enterrar toda forma jurídico-estatal capaz de frenar o contener su ímpetu, dando velocidad al cumplimiento de una suerte de ”parusía” del capital en el que, por fin, éste no encuentre freno alguno y se consolide definitivamente sobre la tierra. Se ha iniciado un nuevo proceso de saqueo, despojo y conquista de la tierra para consolidar la nueva máquina de muerte: las corporaciones de Inteligencia Artificial que han hecho de la guerra el salto por el cual intentan quebrar el marasmo de sí mismos. Liderado por los superricos, el violento proceso de aceleración por el cual se lanzan a apropiarse de nuevas tierras, tiene resistencias.

La intifada global, que no es otra cosa que un campo de interdependencias múltiples, devienen la interrupción de mundos sublevados contra el aplanamiento impuesto por el capital. Si este último despoja a los pueblos de sus tierras, de sus paisajes, de sus lugares, las intifadas interrumpen ese aplanamiento para volver a urdir interdependencias de mundos ahí donde pretende triunfar el capital y su devenir globo: sin distancia, fisura, sin abismo, tan solo cuerpos endosados . El capitalismo se muestra hoy de manera totalmente transparente. No hay que soñar con un “detrás” que manipula la historia; basta con experimentar lo que ocurre todos los días. Los desastres psicológicos, la multiplicación de genocidios, los frenéticos esfuerzos por trabajar informalmente, la precarización generalizada y la exclusión sistemática de nuestros derechos culturales, sociales y políticos. Los repetidos discursos de los vejetes que han creído aleccionarnos después de la revuelta de Octubre, diciendo que la revuelta era anómica, violenta y, además, que conduciría al fascismo, han creído ser eficaces, pero en rigor, no han sido más que vacío, como toda la pedagogía hoy.

La juventud ha salido a las calles. Ininterrumpidamente, desde hace años: hoy en Francia España, Albania, antes en Chile y en Irak o en los Estados Unidos. Los vejetes le dicen a la juventud que está “despolitizada” que admiran a Spiderman antes que a Lenin y vuelven sobre el discurso del orden: lo que aplica a la revuelta aplica a los “jóvenes”: anómicos, violentos y, finalmente, “fascistas”. También los jóvenes serían “fascistas”. Ya no solo deberían ir al psiquiatra para controlar sus TDAH, depresiones o ataques de pánico, también deberían escuchar a los vejetes para que les aleccionen acerca de qué es la democracia y porqué habría que respetarla. Y, entonces, llega la “izquierda: ¿a quién realmente le importa esa discusión en el instante de nuestro asesinato en masa? ¿A quién podría importarle si se trata de la destrucción de nuestra potencia de vida? Los burócratas estarán satisfechos. Pero siempre infelices. Pues creen que la infelicidad es la regla. La masividad de las intifadas, sus filtraciones a nivel regional y mundial -filtraciones que, a su vez, han sido filtradas trazando nuevos mapas de flujos insurreccionales a nivel global que siempre son invisibles a los cánones de la representación- han inundado la Tierra y no han dejado de hacerlo hace tiempo. Las intifadas muestran la transparente corrupción del poder público, la guerra inmanente al poder privado, el desastre ecológico en el que nos han metido, la masiva devastación que se ha vuelto cotidiana.

Pues, no son las intifadas las que llevan al fascismo. Son las violencias del estado-capital implementadas durante décadas de neoliberalismo lo que apuntala su escenario y renta su espacio. Los superricos son su director, los dispositivos de control y seguridad, su escenario. La intifada deviene su amenaza, la monstruosidad que asoma frente a los rectos “humanos” que asedian y devoran a las multitudes. Porque no se trata de instaurar una “civilización” para volvernos “humanos”, se trata, mas bien, que los “humanos” han iniciado una guerra sin fin contra cualquier forma de vida que exceda a sus modelos. Los palestinos, los pobres, los migrantes no son humanos. Devienen monstruos. Y, precisamente, se trata de la guerra entre humanos y monstruos. Nosotros -como todo ser viviente- no somos mas que monstruos que habitamos la interfaz de los mundos. Por siglos los “humanos” han intentado imponerse contra los monstruos. Y cuando han acabado con estos, se han aniquilado a sí mismos. Nuestra felicidad sobre la tierra consiste en habitarnos monstruos, viajar entre los mundos incesantemente y, entonces, como Mistral en “Poema de Chile”, cantamos el viaje, cantamos nuestro poblar la interfaz, el lugar que ningún satélite es capaz de ubicar, pero que rumia en nosotros como el fuego eterno por el que la voz de los muertos no deja de hacer una ronda con la de los vivos.

Los burócratas tratarán de convencernos -otra vez- de que la vida está hecha para mandar y no para habitar; que el juego es inútil, la estupidez solo sirve al amo y a los burdos que le acompañan y que el “éxito” y la “ganancia” es lo único que importa. La literatura de nuestros cuerpos no vale más que para ser higienizada por los “expertos” en monstruos, aquellos que a la menor vacilación, nos declaran terroristas. Eso es lo que está en juego en las revueltas europeas, porque es lo que ha estado en juego en las diferentes revueltas que han estallado durante las últimas décadas: no un programa, no un proyecto político, no una máquina electoral, sino algo mucho menos relevante pero acaso, mucho mas amenazante: una pasión vital que desespera por habitar, literatura de cuerpos engarzados en la interfaz de los mundos. Literatura de monstruos, los inadaptados que no viven en ningún sitio, que han sido expulsados por ser demasiado viejos, quizás feos, por ser inútiles o bien por ser pobres. La intifada es contra los “humanos”, ahora que se invisten de sionismo, ahora que, nuevamente, creen ser “elegidos” para ocupar la Tierra.

En cualquier caso, el proyecto es claro: como en Palestina, expulsarnos, aniquilarnos, encerrarnos. El fascismo solo adviene gracias a los burócratas que arman la ficción de que la revuelta lleva al fascismo, de esa izquierda que no quiere saber de la insurrección, que se desentiende de la violencia callejera dejando así la tarea sucia a la policía. Volver a la Tierra significa poblar los intermundos, en la interfaz que les recorren, en la resonancias que cada uno porta del otro, ahí donde cada uno es mixtura y su pluralidad es abigarrada antes que individualizada. El fascismo no es el simple amigo de la burocracia sino mas bien la burocracia misma, en su mayor eficacia, cuya forma última se cristaliza en la IA y sus corporaciones imperialistas.

Nada podrá renovar los espíritus sin asumir nuestra monstruosidad: el interregno es nuestro sitio, la monstruosidad nuestra forma de existir sobre la Tierra. Si los “humanos” -monstruos sin cariño, sin erotismo- han negado su condición monstruosa repitiendo el “resentimiento” como la condición por la cual docilizan sus pasiones para jugar en una máquina de asesinatos masivos y altamente tecnológica, justamente para no “afectarse” por la eficacia de la propia tarea realizada, nosotros hemos de afirmarla, somos los monstruos que declaramos la guerra contra los “humanos” y su arrogante civilización. Ni animales ni humanos. Monstruos: criaturas de la interfaz que danzan entre la multiplicidad de mundos y sus interdependencias.

Octubre 2026

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