Lo que sigue es una entrevista concedida, en Francia, con motivo de la publicación del nuevo libro del Comité Invisible, Manuel de survie [Manual de supervivencia]. Se trata de una intervención que tiene lugar mientras las protestas del alumnado de bachillerato ya están en curso, con una contagiosa multiplicación de bloqueos y marchas salvajes que en el país no se veían desde hace varios años. Una secuencia de insumisión sin aviso previo, en suma, demonizada por el amplio partido del orden y perseguida desesperadamente por una izquierda que quisiera domesticarla de cara a la próxima cita electoral. Eterno retorno de lo mismo.
La entrevista se publicó el día antes del 17 de octubre, jornada insurreccional descrita como sin precedentes por cuantos participaron en ella, acontecimiento que desencadenó una intensidad impresionante de rabia, alegría y determinación al enfrentamiento. Saqueos, revueltas, incendios, asaltos a cuarteles y palacios institucionales, sin un diseño organizativo visible, en el anonimato difuso y la creatividad táctica, completamente al margen de la gramática política codificada y previsible. Muchos centros, otros tantos grupos, correrías que golpean y desaparecen, un sabotaje desorbitado e incontrolable de los dispositivos metropolitanos. El tejido biopolítico es puesto en crisis irremediable por la vitalidad de singularidades incontenibles. Si la palabra autonomía tiene algún sentido vital, si no es una etiqueta decrépita, es solo esto lo que significa.
Nos parece bastante evidente que algunas de las reflexiones presentes en esta entrevista, que a su vez hacen eco del contenido del libro, habían captado plenamente el punto. Precisa la identificación de la intención de traumatizar en la estrategia policial, precisa el diagnóstico del nihilismo irremediable en las disposiciones de un activismo comunicativo que ni siquiera pone en juego la posibilidad de una fuerza colectiva capaz de desordenar la situación. ¿En cuántas ocasiones hemos visto, también en Italia, importantes recursos de coraje y sinceridad apagados por movimientos encauzados en la agotadora búsqueda de la imagen pública? ¿Cuánta inteligencia entregada a la captura de los perfiles sociales y cuánta ceguera respecto a la circulación subterránea de los gestos de rechazo?
La fase del Covid fue reveladora, de la impotencia de la crítica y de la cobardía del progresismo, pero también episodios más recientes (desde las plazas por Palestina hasta el 31 de enero) han mostrado la creciente divergencia entre los rituales de la política militante y esa fuerza intensiva de deseo, por decirlo con Deleuze, que está siempre detrás de toda revuelta. Que desaparece y reaparece salvo cuando es capturada.
Justo, el 17 fue un momento de verdad, no un movimiento social. Pero quizá aún más justo, respecto a la peculiaridad del caso italiano, es el llamado a cambiar de mirada, a relacionarse con los jóvenes que han salido a la calle también aquí, a enfrentarse en Bolonia, a expropiar en Milán, con un enfoque distinto de las idiotas lentes sociológicas de quienes balbucean de «maranza» o del «malestar social». Y esto requiere un razonamiento propio, sobre la situación presente aquí: ¿cómo singularizar nuestra experiencia, ser vivos, frente a una generación a la que parece que no tenemos absolutamente nada que enseñar? ¿Cómo experimentar un gesto político que entre en contacto con la vida, que no esté impregnado de cristianismo pero que sea capaz de atenerse a su propia fuerza y hacer de ella algo sensible, concreto, aprendiendo de las propias derrotas? Cada uno debe responderse, ante todo, a solas.
Hay fantasmas de grupo que desean la represión, que adhieren al campo social, y en estos días los oímos en todas las voces (policiales, fascistas, paternalistas) que atacan furiosamente a los chicos que han salido a la calle. Amar las cadenas, propias y ajenas.
Hay en cambio fantasmas de grupo que desinvierten el campo social y hacen que las instituciones se desplomen, y que se abra algo nuevo. Esto y nada más que esto son los devenires revolucionarios. Feliz quien los atraviesa.
Unirse a los estudiantes de bachillerato y «ser vivaces, autónomos, explosivos»
Simple coincidencia o signo de los tiempos, el Comité Invisible publica su Manual de supervivencia justo el 16 de octubre, en plena revuelta juvenil y a la víspera de un posible «regreso de los chalecos amarillos».
Desde hace unos veinte años, a través de sus comunicados (La insurrección que viene, A nuestros amigos, Ahora), recogidos y publicados en Italia por Nero (2019), ha sabido inspirar las sucesivas oleadas de revuelta, pero también extraer de ellas balances críticos e hipótesis teóricas. Con el Manual de supervivencia propone un pensamiento exigente, sobrio, desprovisto de adulaciones, autocrítico, pero capaz también de generosidad y honestidad.
Los interrogantes que plantea son a menudo también los nuestros y, en el fondo, los de tantas personas frustradas por las derrotas y la sensación de impotencia: ¿cómo interpretar las repetidas derrotas, a pesar de la persistencia de formas de conflictividad? ¿Qué balance extraer de ellas? ¿Cómo «sobrevivir» al presente? ¿De qué modo prospera el enemigo? ¿Cómo afrontar al capital con seriedad y estrategia, y volver a hacer realmente propias la ética y la perspectiva revolucionarias?
Coherentemente con su explícita crítica del espacio público, el Comité Invisible interviene rara vez. Dos autores que han contribuido al Manual de supervivencia han aceptado, sin embargo, responder a nuestras preguntas sobre el libro y ofrecer su análisis del momento que estamos atravesando.
El Manual de supervivencia explica que los chalecos amarillos realizaron una forma de insurrección que los autonomos habían auspicado durante largo tiempo, pero lo hicieron sin ellos: un movimiento nacido del encuentro entre experiencias singulares, hasta entonces aisladas, en lugar de una organización preexistente. ¿Hay puntos en común con la actual revuelta juvenil o estamos ante la enésima movilización reivindicativa de la izquierda, encauzada, recuperada o incluso sabotada por sindicatos y partidos?
Lo que está sacudiendo el país en este momento no es un movimiento social, es un movimiento vital. El mundo de los «adultos» al mando corre a toda velocidad hacia un muro; más aún, acelera. Le importa un carajo todo, quiere seguir gozándolo hasta la última gota de petróleo. Pretender ser «responsables», «racionales» y custodios de la «autoridad» es el colmo de su feroz infantilismo. No pudiendo ser joven, una sociedad de viejos no puede más que estar obsesionada con la juventud. Quiere todas las señas exteriores de la juventud, pero detesta su vitalidad. Los estudiantes de bachillerato no tienen ninguna razón para sentirse solidarios con una civilización semejante de aspirantes a suicidas. Han visto a sus padres y a sus profesores doblegarse ante todas las humillantes absurdidades de la gestión del Covid, para después escalar los espejos con tal de justificar el hecho de haberlos encerrado en casa y haberlos sometido, a su vez, a las mismas medidas. Tanto es así que, cuando estos chicos toman la palabra, parece que se oigan a los padres de sus propios padres. «Lo siento, pero no es que solo porque vosotros aceptéis ser apaleados como perros, ser pagados una miseria, no poder permitiros un gasto decente cada mes, entonces todos deban sufrir las mismas cosas solo porque vosotros no tuvisteis los huevos de abrir la boca», estalla una estudiante. Pero vale también al contrario. Ese infame nazi de Henry Ford decía que «si la población entendiera el funcionamiento del sistema bancario, creo que estallaría una revolución antes de mañana». Si los estudiantes supieran lo que dicen de ellos los profesores en la sala de profesores, salvo rarísimas y por eso aún más preciosas excepciones, no quedarían muchos institutos intactos en Francia. Gobernar un mundo que no tiene otra promesa que ofrecer que la de su propio derrumbe se anuncia más complicado de lo previsto. No está en absoluto dicho que baste con controlar la posición de los hijos minuto a minuto con el GPS.
En una sociedad administrada, aquello que llamamos «juventud» es simplemente el componente libre: el que aún no está atado por una carrera, un superior, una hipoteca, un entorno social, y que por tanto puede permitirse decir lo que todos ven pero prefieren callar. Para evitar que la revuelta se generalice, se la reduce a una cuestión generacional. La actual revuelta «de los jóvenes» expresa de modo esencial una condición común. ¿Qué sentido tiene hacer carrera en un mundo en el que las temperaturas llegan a 45 °C, y por tanto estudiar para conseguirlo? ¿Cómo se atreve esta sociedad a tratar sus propias contradicciones insostenibles como un «problema psicológico» que nos correspondería resolver a nosotros, y por tanto invitarnos a la «resiliencia» ante nuestra «ecoansiedad»? ¿Cuánto tiempo más toleraremos la selección que se opera en cada nivel de la población, y por tanto Parcoursup y MonMaster?1 ¿Consiste acaso la vida en cuidar de sí mismo como capital humano, y por tanto como conjunto de competencias? ¿Cuándo dejaremos de trabajar para hacernos sustituir por las IA, destino que las start-up del ministerio ya han reservado a los profesores? Y sobre todo, ¿cómo hacer la revolución en un mundo enteramente diseñado para impedírnoslo? Todas estas preguntas, y algunas más, han sido nuestro punto de partida para escribir el Manual de supervivencia. Durante dos años hemos intentado responderlas, trazar un balance estratégico del fracaso de los movimientos en los que habíamos participado, identificar el terreno sobre el que iniciar un nuevo proceso revolucionario. Sabíamos que era una tarea necesaria, pero ya nadie hablaba más de revolución. Nos preguntábamos si aún escribíamos para alguien. Ahora sabemos para quién hemos escrito. No hemos sudado la gota gorda para nada.
El primer rasgo común entre los chalecos amarillos y la actual revuelta estudiantil es que ambas proceden de los ambientes más ajenos a la socialización militante, a sus códigos, a sus elucubraciones sin fin, a su tristeza, a su modo de ser radical poniendo mala cara. Son revueltas que aún saben decir «yo». Y en efecto, antes de la semana pasada, era desde los tiempos de los chalecos amarillos que no sentíamos una alegría semejante al bajar a la calle, bromear, bailar, cantar, hacer pintadas en las paredes y participar en un motín. Otro rasgo común es la lucha contra la humillación como norma de la integración social, vale decir, contra el fundamento mismo de la cultura francesa. Se trata pues de desafiar al juicio. Que los retretes de las escuelas estén rotos no es solo un problema «de mierda»: es una clara señal de desprecio. Cosas así deben acabarse. «Gen Z porque seremos la última generación en dejarnos tratar como mierda», rezaba un cartel el martes pasado. Ninguna necesidad es innoble: necesidad de dormir, de dinero, de consideración, de sentido, de amor. Todo, en la cultura francesa, apunta a hacernos avergonzarnos de nuestras necesidades, hasta el punto de que «hacer sus necesidades» se ha vuelto sinónimo de cagar. Los estudiantes de bachillerato, como los chalecos amarillos, infringen abiertamente este tabú. Las necesidades, en su materialidad, en su singularidad, son ingobernables: en cuanto son reivindicadas, los gobiernos ya no saben qué pretexto inventarse para cambiar de tema. Un tercer rasgo común es el rechazo del doble vínculo gubernamental, el rechazo a dejar que el poder nos vuelva locos a fuerza de injunciones paradójicas. Por eso se empieza por fin a tomarlo en palabra. «¿Nos habíais dicho que vinéramos a por ti? Aquí estamos, Macron, estamos en los Campos Elíseos y pronto estaremos en el Elíseo!». «Ah, ¿no hacéis más que repetirnos todo el año que debemos trabajar, superar los exámenes y sacrificarnos por nuestro «futuro»? Entonces dadnos los medios para hacerlo, ¡hijos de puta!». De repente, el poder está desnudo y empieza a balbucear. Luego muestra su verdadero rostro y suelta la lengua. Trata una escuela ocupada como un episodio de «violencia urbana» y explica, en una radio pública, que hay demasiados estudiantes de bachillerato, que muchos de ellos no tienen ninguna plaza en el instituto y que, en cualquier caso, aunque estudien, los estudios nunca bastarán para hacerles competitivos con la IA en el mercado de trabajo. Todo se vuelve por fin claro.
La culpabilidad de los militantes por haberse «perdido los chalecos amarillos», a los que tardaron tres semanas en unirse y que inicialmente habían liquidado como «fascistas», es tal que desde entonces no hacen sino reponer su símbolo en cada ocasión. Y en efecto, como recuerda el Manual de supervivencia, aquella insurrección francamente proletaria, antisindical, antipolítica y antirrepresentativa se hizo sin ellos. Ello no impidió a los chalecos amarillos, tras los primeros enfrentamientos con los CRS,2 adoptar la técnica del black bloc, una técnica de motín nacida en la autonomía alemana de los años ochenta y difundida en Francia solo muy tarde, en 2016. Adoptaron la técnica, no la identidad. Pero los chalecos amarillos actuaron como autonomos no tanto por este detalle, por significativo que sea, cuanto por su constante rechazo de cualquier representante, portavoz, organización externa o mediación institucional. «¡Poder a nadie!», reivindicaban los autonomos alemanes en 1981. Los chalecos amarillos fueron esa «autonomía más allá de los autonomos» que los Indios Metropolitanos soñaban en 1977. Si para los autonomos los chalecos amarillos representaron una herida en el orgullo, para los sindicatos fueron una pesadilla: trabajadores que se sublevan, ocupan las calles y toman directamente la palabra, sin pasar por sus representantes oficiales y asalariados. Hay que recordar los discursos de Laurent Berger de 2023, al inicio del movimiento contra la reforma de las pensiones: no hacía sino expresar su desprecio por los chalecos amarillos. Tomarse la revancha sobre ellos era, por lo demás, la única y auténtica motivación de las dirigencias sindicales en aquel movimiento: no ganar contra las provocaciones del gobierno a golpes de jornadas de movilización a trompicones, sino simplemente volver a montar en el sillón tras una afrenta semejante, un movimiento de restauración, pues. Por toda una serie de razones, el actual movimiento del alumnado de bachillerato y de las universidades está peor equipado para defenderse de las maniobras sindicales y partidarias. El martes pasado, una marcha hacia Matignon, con salida del Hôtel de Ville, decidida por miles de estudiantes de bachillerato y universitarios, fue tranquilamente sabotada por las organizaciones sindicales y transformada en una manifestación destinada a dejarse acorralar por la policía en la plaza Vauban, sin que nadie gritara al escándalo. Sindicatos, medios, organizaciones de izquierda: los falsos amigos son mucho más peligrosos que los verdaderos enemigos. Si consiguen jodernos, es precisamente porque en cierto punto fingieron estar de nuestra parte. En cuanto a los melenchonistas, con su estrategia de conquistar la hegemonía sobre todo lo que se mueve y su táctica PANG! (Personne À Notre Gauche!, «¡Nadie a nuestra izquierda!»), no hacen sino preparar cínicamente la más colosal resaca política desde los tiempos de Mitterrand. Se nutren de las esperanzas ajenas como las garrapatas se nutren de sangre. ¿Es quizá una buena excusa para no unirse a los estudiantes de bachillerato? Absolutamente no. «Unirse a los estudiantes» no significa tanto seguirlos y apoyarlos, cuanto extender el rechazo y los devenires de los que su gesto es portador. Rechazar dejarse aplastar. Rechazar ser víctimas del sistema. Ser vivos, autonomos, explosivos. Confiamos: en cualquier caso, no existe solución electoral alguna a este impasse de la civilización.
Páginas importantes del Manual están dedicadas a la «gubernamentalidad a través del trauma». Entre ellas, destaca una dura requisitoria contra la estupidez estratégica de los organizadores de la movilización de Sainte-Soline, desembocada en una deliberada «traumatización».3 «Recomenzar» significaría pues extraer lecciones de las derrotas y salir de la repetición traumática. También en este caso, asistimos a una represión policial tan previsible como masiva. ¿Estamos quizá tirándonos una vez más a una trampa?
Cuando se detiene a 7.000 estudiantes de bachillerato en el espacio de tres semanas, cargándolos a caballo o con granadas ya activadas, es evidente que ya no se trata de «mantenimiento del orden» ni de un problema de «despliegue de unidades». Se trata de una estrategia. «El objetivo de la maniobra era asustar a los estudiantes y a sus padres para abortar cuanto antes la revuelta», explica con candidez un comisario de policía. Esta banal admisión muestra hasta qué punto, en los últimos años, los gobiernos han tomado la costumbre de manipular los traumas, sean provocados por una catástrofe, un atentado, una guerra o por su propia policía. En este último caso, el Manual de supervivencia habla de «traumatización estratégica». La represión del movimiento estudiantil confirma por desgracia esta tesis. En Francia, la insurrección de los chalecos amarillos marcó el punto de inflexión hacia esta nueva configuración. En la semana del 8 de diciembre de 2018, el gobierno y los medios no hicieron sino agitar el espectro de posibles muertes. Es entonces cuando echaron por la borda la «doctrina Malik Oussekine». La estrategia del «mutilar a uno para disuadir a cien» ya había sido experimentada en las ZAD, en Sivens, en Bure y durante el desalojo de Notre-Dame-des-Landes. Aprovechando el terreno no urbano, policía y gendarmería hacían llover granadas ofensivas que estallaban indiscriminadamente. Por lo visto, es exactamente lo que pasó en Lens. En cuanto a la técnica de arrollar a los manifestantes con vehículos blindados, lleva tiempo experimentada en los banlieue. ¿Cuál es el objetivo, desde el punto de vista de la gestión de multitudes? Ninguno. Pues el punto es traumatizar. El shock y el terror son amplificados por los vídeos, un modo como otro de volver contra los manifestantes sus propias herramientas, transformando los vídeos virales en un vehículo de difusión del trauma y, por tanto, de la disuasión. Denunciar la fascistización de la policía sirve solo para ocultar lo profundamente democrático que hay en esta manera de gobernar.
¿Sainte-Soline, marzo de 2023? La trampa era visible desde todas partes, desde cualquier punto y bajo cualquier ángulo. Quien hubiera participado en las marchas salvajes del movimiento contra la reforma de las pensiones, con los muñecos decapitados de Macron, las amenazas dirigidas a Luis XVI desde la plaza de la Concordia o el asalto al tribunal administrativo de Nantes, sabía que algo estaba escapándose al sofocante control sindical. Para el poder era urgente abortar de nacimiento a la generación que estaba emergiendo de aquellas luchas. Y así, sobre aquella altura yerma, instaló su gigantesca trampa para ratones militantes. Quien se hubiera encontrado ante ese terraplén rodeado de camiones dispuestos a formar una muralla, con el general de las fuerzas adversarias pavoneándose sobre las almenas de la fortaleza, habría olfateado inmediatamente la trampa. Quien hubiera oído las provocaciones de Darmanin en los días precedentes, como antes de un combate de boxeo, habría olido la emboscada. Pocos días después de nuestra total derrota, los gendarmes se jactaban en los periódicos del éxito de su operación de traumatización. Era exactamente ese el término que usaban. El movimiento fue abortado de golpe. Las maniobras y los cálculos políticos de los organizadores de aquella jornada no bastan para explicar cómo una trampa tan evidente pudo funcionar. Mientras no se miren a la cara derrotas de este tipo y todo el intríngulis de razones que las produjeron, estaremos condenados a repetirlas. Seguiremos prisioneros del círculo de la repetición traumática. Durante la manifestación del pasado 6 de octubre en París, el pequeño motín estallado poco antes de emerger en la plaza de la Nación apuntaba precisamente a evitar acabar en el dispositivo dispuesto para estrujar las consabidas escaramuzas de final de manifestación. Toda revuelta de cierta consistencia inventa sus propias formas, que son también tácticas. ¡Es increíble cuántas posibilidades se abren más allá de la idiota trashumancia sindical! Cada vez, el acontecimiento jamás se produce en el terreno de la simple «manifestación», de lo contrario no habríamos oído a Lecornu congratularse en la Asamblea de «estas manifestaciones [que] el gobierno acoge con gran respeto […] y con alivio, porque por fin disponemos de un marco legal, declarado, democrático, dentro del cual es posible expresar el disenso». A principios de este mes, los estudiantes de bachillerato demostraron que es posible poner bajo asedio a su propia escuela, a golpe de fuego y de «delirio». Nadie se los esperaba en ese terreno, empezando por sus verdugos. El 6 de octubre, en Lyon, en lugar de soportar el recluamiento en la asamblea general trotskista, la manifestación se ensanchó por las calles circundantes para alzar en ellas barricadas. Alrededor de aquellas hogueras improvisadas se bailó probablemente más que en los conciertos de la Bourse du travail.4 Toda nueva irrupción encuentra su propio repertorio, que al final se vuelve siempre contra el prescrito por los aspirantes a jefes. Todo esto atestigua la persistencia de esa inteligencia táctica que tanto nos faltó en Sainte-Soline. Por fortuna, en Francia no existe un estado mayor de los bloqueos de los institutos, a diferencia de lo que ocurrió aquel día en las Dos-Sévres. Por lo demás, la estrategia de la traumatización no ha tenido sobre el movimiento estudiantil el efecto esperado, todo lo contrario. Ha añadido un motivo de revuelta a un movimiento que ya no carecía de ellos. Y ha templado su determinación, precisamente esa que se quería quebrantar. Joder, ¡han vuelto a hacer un agujero en el agua!
Existe cierta expectativa hacia el 17 de octubre, fecha que podría marcar el regreso de los chalecos amarillos. En el Manual se critica duramente la ilusión de que las solas redes sociales puedan producir una dinámica revolucionaria, también respecto al caso habitualmente citado en apoyo de esta idea, el de las Primaveras Árabes. La derrota del 10 de septiembre de 2025,5 definida una «burbuja especulativa militante», parece confirmar esta hipótesis. ¿Estamos una vez más atrapados en una «burbuja» semejante, o esta nueva convocatoria a la movilización, junto con la revuelta juvenil, puede abrir un escenario inédito?
Pocas semanas antes de la disolución de la Asamblea Nacional en junio de 2024, los consejeros más cercanos de Macron se reunieron en el Elíseo para ver la serie La Fièvre. El discurso del 9 de junio, en el que se anunció la disolución, contenía en efecto alusiones a esa misma «fiebre». En la serie, ideada por un exmiembro del Partido Socialista (PS) cercano a Mélenchon, opositores gubernamentales y antigubernamentales rivalizan por sofocar o alimentar revueltas en todo el país manipulando el campo de la comunicación. Los estrategas de la comunicación de cada facción contemplan enormes paneles de control, desde los que vigilan en directo las tensiones que estallan en las redes sociales. Es una vieja fantasía sobre el poder cibernético: la de la Control Room. Los lectores de la revista Polytechnique saben que la oficina del Primer Ministro, en 2024 para ser precisos, probó un software para cartografiar en tiempo real los riesgos de fragmentación social, cartografía basada en el análisis del «ruido» mediático. Lo que cuenta en esta cartografía no son las ideas que circulan ni quién las difunde (activistas o bots rusos), sino las desviaciones respecto a la norma, el modo en que se agregan, forman abscesos y cómo incidir en ellos. Que los gobiernos transformen los medios de comunicación en instrumentos de control no puede realmente sorprender. Lo que debería preocuparnos, más bien, es que tantos revolucionarios hayan acabado adoptando una concepción semejante de la revuelta. Según ellos, bastaría lanzar una convocatoria viral en las redes tras haber urdido una red de cuentas verdaderas y falsas para dar comienzo a la insurrección. Esta concepción comunicacional de la revuelta no emergió por primera vez el año pasado, desde luego. Facebook y Twitter ya estaban aplicando esta narrativa a las «Primaveras Árabes». Pero, como se lee claramente en el Manual de supervivencia, no ha habido ninguna «Revolución de Facebook». Igual que mayo de 1968 no fue una «Revolución RTL» [Radio Télé Luxembourg], ni Génova en 2001 fue una «revuelta Wanadoo». El punto no es desde luego negar el papel de los canales de comunicación en estos acontecimientos, y en particular en su ritmo. La multiplicidad de las narraciones, la idea de que cualquiera puede mostrar su propio mundo a todos los demás, es literalmente una invención del movimiento antiglobalización, nacida de la convergencia entre los primeros hackers y el movimiento zapatista. Debemos admitir que esta idea fue vuelta contra nosotros, como muchas otras armas del ciclo insurreccional del último cuarto de siglo. Acabamos de empezar a hacer el inventario de nuestro arsenal.
En el fondo, desde que el movimiento de los chalecos amarillos se agotó en la repetición de las marchas del sábado, «chalecos amarillos» se ha vuelto una manera de decir «insurrección» sin pronunciar efectivamente esa palabra. Y en efecto la insurrección es la única respuesta conmensurable con el sofocamiento, la humillación, la miseria y la pública burla que el aparato gubernamental nos tiene reservadas. Solo que, a partir del 8 de diciembre de 2018, este aparato se ha armado de cara a una nueva oleada de chalecos amarillos, tras haber sido tomado por sorpresa el 24 de noviembre y el 1 de diciembre de aquel año. Por eso necesitamos un nuevo factor de sorpresa. La vitalidad del alumnado de bachillerato puede cambiar las cartas sobre la mesa y complicar la ecuación represiva para las fuerzas gubernativas, pero una insurrección no es simplemente una secuencia de manifestaciones. Más que especular sobre esta fecha, preferimos extraer lecciones estratégicas de las derrotas pasadas y partir de lo que quedó inconcluso. A toro pasado, el hecho más ingenuo ocurrido durante las jornadas insurreccionales de los chalecos amarillos es que desfilamos ante las sedes de Lazard, de la UIMM6 y de LVMH, o bajo las oficinas de Publicis, sin darnos cuenta de que era allí, mucho más que en el Elíseo, donde el enemigo, el capital, estaba al acecho. Ahora las cosas están más claras, gracias a la arrogancia del capital. Las consignas están circulando. La insurrección es la única vía para escapar de la trampa electoral que se perfila en el horizonte. Cada uno sabe bien que las presiones morales y financieras destinadas a someternos no harán sino intensificarse en los próximos meses. El confinamiento que se nos impone a través de los precios de la gasolina no es más aceptable que los anteriores. Además, no podemos dejar que el régimen macronista desaparezca sin hacerle pagar el precio de sus abusos. Todo ello hay que vengarlo. En cualquier caso, el 17 de octubre estaremos en la calle.
El texto entero constituye un análisis en profundidad de las formas contemporáneas del dominio capitalista y de cómo han evolucionado en los últimos quince años. Muestra cómo los llamados «revolucionarios» han caído en cada trampa que se les tendió, reforzando así su propia dependencia y su propia impotencia. Critica las debilidades analíticas y estratégicas de estos ambientes. ¿Cuáles son, entonces, las vías de la resistencia, las líneas de fuga y de subversión, la estrategia justa para todos aquellos (y son muchos) que, aun hallándose probablemente atrapados en sus propias contradicciones, no soportan ya el mundo tal como está, pero que, aislados y acorralados por todo el mecanismo del capital descrito en el libro con tanta precisión, no saben por dónde empezar?
Cuando salimos de nuestro caparazón y por fin nos rebelamos, encontramos en nuestro camino un pequeño mundo entero de militantes que nos cierra el paso, intentando intimidarnos. Dice tener las prácticas justas, la retórica justa, la organización necesaria y toda una serie de soluciones ya preparadas. Tiene hasta altavoces y micrófonos, e incluso contactos con periodistas; ¡imaginen qué cosa! Lo que el Manual de supervivencia demuestra es que todo lo que dispone esa pequeña escena son sus fracasos y la determinación de repetirlos. Si tuviera siquiera la más pequeña solución, no estaríamos donde estamos hoy. Estamos en Francia, un país donde siempre hay alguien que pretende instruirte. Cuando no es el gobierno, es el antigobierno. Los ambientes militantes son un callejón sin salida, no un punto de partida. No existe un punto de partida equivocado; el mejor es sin duda aquel en el que nos encontramos, junto a las personas que amamos y las cosas que nos importan, a condición de que dejemos de contarnos historias, de jugar al mentiroso juego de lo social y de sus supuestos «valores», y a condición de que dejemos de estar aterrorizados, en el fondo. Aterrorizados ante la idea de ser proscritos. Esto es lo que el Manual llama el «proceso de singularización». Es un proceso sin fin. Esto es lo que significa vivir verdaderamente. Nadie quiere ya sacrificarse. Ningún «valor colectivo» puede ya imponer el sacrificio. Las realidades colectivas deben fundarse en algo distinto del sufrimiento. Es precisamente para impedirlo que el espectro de la guerra se nos ventea hoy ante los ojos. Pero la verdadera guerra es entre todos estos procesos de singularización y el ruinoso orden dominante que querría seguir vampirizando toda forma de vida sobre la tierra. En este punto, todas las vías legalistas han sido cerradas: en los megaembalses, en la autopista A69, en la ley Duplomb, en el derecho del trabajo y en el derecho internacional. «Quemadlo todo, puesto que ya todo está ardiendo», rezaba un cartel en la manifestación de París del martes pasado. «¡Que se joda casi todo!», rezaba otro de modo más sutil. Los ecos que resuenan actualmente entre las revueltas francesas, belgas, españolas y albanesas no son una coincidencia. Está en curso una guerra entre nosotros y el capital, sobre el fondo de las mil formas de dependencia a través de las cuales cree tenernos prisioneros. El Manual de supervivencia entero es un esfuerzo por actualizar nuestra comprensión del teatro de operaciones. No podemos resumirlo en pocas frases. Poco antes de morir, comentando el giro fatal que estaba tomando el régimen soviético, Lenin escribía: «No están perdidos (y probablemente no perecerán) aquellos comunistas que no ceden a las ilusiones ni al desaliento, conservando la fuerza y la flexibilidad para recomenzar de cero y afrontar una tarea entre las más difíciles». En plena apocalipsis del capital, este consejo sigue siendo válido.
Versión castellana a partir del texto italiano. La entrevista fue concedida en Francia con motivo de la publicación del nuevo libro del Comité Invisible, Manuel de survie.
NOTAS
- Se trata de plataformas nacionales de acceso al sistema de educación nacional francés. [N. del T.]↩︎
- Compagnies Républicaines de Sécurité: unidades móviles de la policía nacional francesa. [N. del T.]↩︎
- Revuelta ocurrida en el departamento de Deux-Sèvres el 25 de marzo de 2023. La estrategia y el dispositivo policial, junto con la incompetencia estratégica de los organizadores y los sindicalistas, su incapacidad de prefigurar los escenarios de guerrilla y su ajuste a formas clásicas de protesta, tuvieron como consecuencia la difusión de una condición postraumática entre los insurrectos y los participantes. [N. del T.]↩︎
- Local histórico para conciertos y obras teatrales nacido como sede sindical a finales del siglo XIX.↩︎
- La referencia es a la campaña «Blocchiamo tutto» [Bloquemos todo], circulada durante el verano de 2025. [N. del T.]↩︎
- Principal federación patronal francesa del sector metalmecánico e industrial. [N. del T.]↩︎
Fuente: Nigredo
