Escribe Gabriela Mistral:
[el amor] Tú lo quisieras vuelto un alarido,
viene de tan hondo que ha deshecho
su quemante raudal, desfallecido,
antes de la garganta, antes del pecho1.
En Mistral el amor es un fuego que se extingue sin darnos una chance (una). Es la cancelación del júbilo; el grito ahogado en el corazón de una desmesura que inhibirá para siempre su consumación. El clamor es afónico, la querella muda, no alcanza a tocar a lo otro inalcanzable, dejándonos varados en una penumbra repleta de fantasmas, en el imposible despótico que encadena el alma a la desolación más pura, más sincera. Amor que no pudo coronar, parafraseando a Heidegger, al último de los dioses y que se vaporizó en la sobreabundancia de mundo, en las insistencias multiplicadas y eventuales a cada segundo; en el oropel de la apariencia que despliega un destino de sufrimiento que restará perpetuamente incompleto.
