Mauro Salazar J. / El gobierno de emergencia como gubernamentalidad microfascista

Filosofía, Política

I. El juramento como programa

Hay un sentido en que el juramento inaugural no dice lo que promete sino que promete lo que ya ha decidido decir. El once de marzo de 2026, José Antonio Kast pronunció el «sí, juro» de rigor y con ello no inauguró un proyecto sino que ratificó una genealogía. El problema no es que su padre haya militado en el partido nazi (aunque para muchos podría serlo) ni que su hermano haya administrado la política económica mientras el régimen producía sus muertos: el problema es que esa genealogía es, en el sentido que la teoría política más exigente da al término, la condición de posibilidad (genealogía) de lo que Kast llama «gobierno de emergencia». Dicho de otro modo: la emergencia no es un diagnóstico sobre el estado del país, es la forma que toma una herencia política cuando encuentra las condiciones para instalarse como programa. Hay, en todo esto, algo que podría llamarse la impropiedad constitutiva del orden que se proclama propio: el «gobierno de emergencia» no defiende una identidad que preexiste a la amenaza sino que construye esa identidad en el mismo gesto de declarar amenazado lo que hasta ese momento no tenía nombre. Lo que la Constitución del 80 hizo en el nivel de la arquitectura jurídica (producir un orden que se presenta como natural porque sus condiciones de posibilidad han sido borradas de la memoria), el «gobierno de emergencia» lo hace en el nivel de la experiencia cotidiana: hace habitable la violencia presentándola como la condición de la habitabilidad.

Mauro Salazar J. / El cambio de mando como telenovela turca. El ocultamiento provinciano del control geopolítico

Política

Chile está muerto junto a los húmeros. Dicen que lo mataron por revelarse Por no pensar como inquilinos Dicen que murió, triste, hambriento y mudo. Hay quienes cuentan que Chile no fue enterrado. Un paisano dice que una pequeña palabra llamada ‘chile’ fue cremada y sus cenizas se guardaron en una caja de zapatos

El quiebre de la transición de mando presidencial, ocho días antes de la asunción de José Antonio Kast, no es un incidente diplomático, sino la manifestación de una ruptura radical: el colapso de la capacidad de ambos elencos (presidente saliente y presidente electo que lanza el zarpazo) para habitar un espacio compartido donde abunda la cancelación de lo político. Lo que está en juego no es simplemente una discrepancia sobre hechos (quién informó qué, cuándo y cómo). Lo que está en juego es la pregunta sobre quién tiene autoridad para definir qué fue realmente dicho, quién puede ser creído cuando dos narrativas irreconciliables se enfrentan.

Gabriel Boric sostiene haber informado a José Antonio Kast sobre las advertencias estadounidenses respecto al cable submarino chino. José Antonio Kast niega categóricamente esto último. No simplemente que haya habido información insuficiente, sino que acusa ocultamiento de información; haber sido engañado. Al hacerlo, no solo rechaza las palabra del presidente saliente, sino que rechaza su autoridad para definir qué ocurrió en aquella conversación del 18 de febrero. En el momento en que Gabriel Boric se ‘vuelve mentiroso’, según la imputación del presidente electo, su testimonio pierde credibilidad. No se puede dialogar con quien engaña. La verdad tiene estructura de ficción. El discurso de Kast no describe una realidad preexistente sino que la produce mediante enunciación. La falta de información no existe antes de ser dicha; existe porque es enunciada. El lenguaje aquí no refleja poder, lo ejerce. La suspensión no es respuesta a una carencia, sino acto creador de esa carencia como justificación retrospectiva. El significante falta de información estructura la realidad política: Boric es culpable porque el discurso así lo establece. No hay verdad anterior al enunciado, solo hay ficción estructurada como verdad mediante la repetición performativa del significante.