Rodrigo Karmy Bolton / velocidades mutantes 3. Aceleración

Filosofía, Política

Pedazos de palabras, ritmos ensordecidos, cuerpos encerrados; el presente ha llegado a la boca del lobo. Los pasajes que presentamos a continuación son derivas de un “gran encierro” que contempla a través de la ventana la mutación radical y veloz del mundo en el que vivimos.

Presentamos la tercera entrega de VELOCIDADES MUTANTES: Aceleración.

 3.- Aceleración

I.- Los tiempos giran aceleradamente. Después de la caída del muro de Berlín la aceleración de las transformaciones de la incipiente sociedad de control toma un curso desenfrenado. Pero existen dos momentos que marcan decisivamente la mutación interna de las sociedades de control en que la figura de la casa termina identificada plenamente a la del globo: el atentado a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 y la declaración del coronavirus como pandemia por parte de la OMS el 11 de marzo de 2020. Casi veinte años de mutación, veinte años de profundización de “capitalismo intensivo” cuya versión neoliberal constituye la última forma del despliegue cibernético.

Si el primer momento marca el instante en que los dispositivos de seguridad –vía un estado de excepción planetario- avanzan hacia una dinámica intensiva y capilar, el segundo acelera el avance de los dispositivos biomédicos que terminan por converger con los securitarios. El primero aún fue articulado por un estado de excepción global declarado en ese entonces por los EEUU; el segundo irriga dicho estado de excepción promovido diferenciadamente por los Estados y las recomendaciones gubernamentales de la OMS, pero desde las fronteras estatales, hacia los rincones domésticos de cada hogar.

El primero abrió las condiciones para la “guerra contra el terrorismo”, el segundo, la “alerta sanitaria”, en la que las formas clásicas del conflicto han experimentado una deslocalización importante tanto a nivel espacial como temporal: espacialmente, porque el conflicto puede darse en cualquier lugar y temporal porque puede operar a cualquier hora. Deslocalización espacio-temporal donde el terrorismo puede aparecer en cualquier parte y en cada instante, tanto como el contagio del nuevo coronavirus.

El efecto inmediato ha sido la inauguración del “enemigo invisible”: el primero en la forma del terrorismo, el segundo en la forma del virus. Ambos circulan camuflados en la multitud, solo pueden ser rastreados si los dispositivos capilares orientados a la separación de los cuerpos respecto de sí mismos, operan para identificar –es decir, producir un rostro conocido- la potencial amenaza presente en los cualquiera. No se trata del soldado menos aún de un enfermo reconocido, sino un enemigo “interno” que ya no puede deslindarse desde la referencia estatal-nacional y que atraviesa tanto los cuerpos estatales como biológicos de manera invisible.

Se trata de los cualquiera, no de un específico ciudadano; la individualización es excedida por el espectro del “enemigo invisible” que sin avisar se hospeda al interior de un cuerpo estatal (terrorismo) o biológico (coronavirus) para crecer en su interior y, eventualmente debilitarlo.

Claro está que la “guerra contra el terrorismo” hizo de la figura del “musulmán” un blanco medianamente visible, cuya categoría no remitía a frontera estatal-nacional alguna. Pero su invisibilidad reticular, que atravesaba continentes y la proyección de los EEUU de atacar Iraq como Afganistán como un intento de territorialización de una guerra que ellos mismos habían planteado de manera desterritorializada, agudizó la formación y emancipación de los dispositivos de seguridad a nivel global porque deslocalizó el conflicto e inauguró la figura “invisible” del enemigo, en la dimensión propiamente global. La cuestión virológica –contra el “virus chino” como intentaría territorializar Trump- radicaliza muchas de las transformaciones aquí acontecidas al punto de arrojarnos a la situación concentracionaria en que vivimos donde cada día el “afuera” desaparece y la deriva del mundo parece condensarse en la casa.

Es evidente, sin embargo, que la capilaridad característica de la sociedad de control no fue inaugurada ni por el 11 de septiembre del 2001, ni menos por el 11 de marzo de 2020. Más bien, estos dos momentos habría que pensarlos como “acelerantes” de una situación ya sobrevenida, en que el proyecto cibernético de corte neoliberal no ha dejado de avanzar. Ambas fechas marcan la aceleración de los dispositivos en las sociedades de control. El securitario y el biomédico, el jurídico y el biológico, se tensan en una convergencia decisiva que ha consumado la devastación del habitar en cuya esfera global, estructurada exclusivamente por relaciones de equivalencia general, ha operado un borramiento radical del “afuera” en la que ha intentado sustituirse el mundo por el globo.

II.- Las transformaciones sobrevenidas a la sociedad de control –transformaciones que aún están por consolidarse-  parecen haber terminado por despoblar a la ciudad. El repliegue hacia la casa ha sido masivo, incluso global, mas no general. Los trabajadores más precarizados –aquellos que no pertenecen al sector tercerizado y que, por tanto, no puede realizar tele-trabajo- son arrojados al cadalso de la muerte, obligados a exponer sus vidas frente al nuevo virus en medio de la criminalidad de gobiernos que no les importa la vida de sus ciudadanos sino la reanudación del continuum mortal de la economía.

El núcleo malthusiano del capital sale a la luz por estos días: vida y economía chocan en una relación irresoluble en que la segunda privilegia por sobre la primera que será es puesta en el cadalso del sacrificio: la antigua fórmula de Malthus emerge aquí como el archivo del capitalismo neoliberal, el punto en que él se resuelve en la forma “necro-liberal” –a decir de Achille Mbembe en una reciente entrevista.

No habrá más “hacer vivir, dejar morir”, sino una mutación abismal de la lectura foucaulteana que, como en el caso de la colonización sionista en Palestina, el “hacer morir termina coincidiendo con el hacer morir”. El “hacer vivir” ha sido prerrogativa exclusiva de una oligarquía muy bien defendida y que no representa más que el 1% de la población. Todo lo demás, ese resto mayoritario es arrojado sin contemplaciones hacia un poder de muerte que asume varias derivas, mediaciones y economías, pero que su verdad reside en que el hacer morir y el dejar morir pueden llegar a calzar sin fisuras.

En la situación concentracionaria en la que nos encontramos, las puertas se cierran, los desplazamientos se restringen, la convivencia interna muchas veces agudiza nuestras propias miserias. En Chile –pero también en otros lares- la violencia intrafamiliar no ha hecho más que aumentar. No hay cielo abierto, sino espacios cerrados. Las redes sociales son pobladas masivamente y, mientras el proyecto político de la cibernética triunfa tanto a nivel exterior (al imponer el confinamiento) y a nivel interior (al introducir dispositivos digitales para normalizar el “distanciamiento social”), el poder de muerte irriga capilarmente en los diferentes órdenes de existencia.

Las formas de precarización se agudizan, los despidos laborales se generalizan, los estados de emergencia fructifican y los sistemas de salud en diversas partes del mundo, en especial, en aquellos países donde las reformas neoliberales han avanzado lo suficiente, colapsan sin retorno. Los devenires de la pandemia han acelerado las tendencias que capilarizan los dispositivos de las sociedades de control, precisamente porque ello permite agudizar el proyecto cibernético y su deriva propiamente neoliberal.

Porque no se trata solamente de un confinamiento sino de una transformación radical de la vida común. Una vida sin pólis, sin “otro”; una vida que ha sido separada del mundo y que encuentra un “distanciamiento” en cada esfera que debe suplir con dispositivos proveídos por la cibernética. Esa vieja ciencia surgida desde finales de la Segunda Guerra Mundial pero que encuentra su signatura en una política centrada exclusivamente en el frenesí de “gobernar” a una población. Primero y sobre todo, bajo la figura del pastorado para, posteriormente complejizarle hacia tipologías gubernamentales. La cibernética se desenvuelve en catalizador a partir del cual se han sobrevenido las transformaciones más decisivas en la sociedad de control, sobre todo, en relación a los dos momentos que colman los últimos 20 años del siglo XXI.

La producción política más elemental de la cibernética es la de una vida escindida de mundo que se dispone a la desolación del globo. Toda pregunta de la cibernética no fue otra más que la del orden: ¿cómo proveer de una comunicación exenta de “desviación”? ¿Cómo posibilitar un mundo transparente, sin la opacidad del “otro” ni su rugosidad sensible? En suma, ¿cómo gobernar al “otro”? El mundo parece implosionar en la cibernética cuando ésta deviene un proyecto propiamente “global”.

Porque es globo y no mundo, al dispositivo cibernético deviene la forma de gobierno de nuestro tiempo cuyo efecto más decisivo es el de convertir al mundo en globo, cambiar la opacidad por transparencia y la planicie por la rugosidad. No asistimos a la expulsión del “otro”, sino a su imposibilidad.

Al menos, en las desventuras que pasaron las sociedades latinoamericanas con sus dictaduras, el exilio era una forma de expulsión que, sin embargo, mantenía viva la memoria de quien era expulsado y arrastrado a otro país. A la cibernética no le importa el exilio. Técnica vieja e inocua en el nuevo escenario, el “otro” es objeto de su imposibilidad: no es que alguna vez hubo un “otro”, sino que éste nunca tuvo lugar.

La desaparición del carácter monstruoso del “otro” deviene el gesto cibernético por excelencia, el aplanamiento de las relaciones y la permanente docilización de cuerpos en base a miles de dispositivos digitales que separan a los cuerpos de su potencia y a la vida de sus imágenes, resulta el efecto inmediato de su técnica.

La cibernética es un proyecto de gobierno. Y de un gobierno que aspira a perfecto, técnico, que opera gracias a la posibilidad katechóntica de impedir toda desviación. De ahí la exigencia en la noción de “patrones de conducta” y la probabilística como modo de cuantificación que abandona las formas clásicas que funcionaban en la “ontología del ser” sustituyéndola por la “ontologías del deber ser” que asumen un carácter flexible y que constituyen las formas de gestión las que proveerán los contornos del orden denominado por los optimistas “globalización”. Orden que deviene centrífugo y que la racionalidad neoliberal propondrá nociones como “orden espontáneo” o “libertad” para introducir el último ascetismo humanista que tendrá al “capital humano” como su última y decisiva figura.

En este registro, habría que pensar la curiosa realidad a la que hemos sido arrojados por efecto de la declaración de pandemia por parte de la OMS el 11 de marzo de 2020:  ha sido la casa y no la ciudad la que se ha revelado como el verdadero paradigma de la globalización.

El globo no fue jamás una ciudad, sino una casa. Pero cuando solo existe la casa y no la ciudad, cuando solo prevalece el globo y no el mundo, es el “afuera” lo que temiblemente deja de existir.

Porque una casa no es el espacio privado. Como bien ha indicado Emanuele Coccia en uno de sus últimos textos, una casa es sobre todo un lugar en el que se desenvuelve la vida sensible. Por eso, una casa siempre ha de estar “mezclada” con la pólis en el que vive. A diferencia de la diferenciación aristotélica que escindía oikós de pólis, me parece que la pandemia nos ha puesto en la exigencia de pensar el oikós enteramente atravesado de pólis. En cada oikós una pólis abraza el curso de una sensibilidad común que impide el cercenamiento y ofrece vida al aislamiento.

Con sus plantas, pinturas, fotografías, libros, las casas traen el “afuera” de la pólis y esquivan convertirse en un simple espacio imposible de habitar. Que toda casa tenga su “otro” significa que la diferencia entre vida privada y vida pública se expone como una ficción producida por el poder y no como la realidad de la vida sensible.

La situación concentracionaria en la que nos encontramos agudiza el carácter “privatista” de la casa al investir al “otro” bajo la figura del “contagio”: el interior y el exterior, la relación familiar y laboral, vida y trabajo experimentan un hacinamiento en un mismo y estrecho espacio. Bajo los mandatos de la cibernética como ciencia de gobierno, la casa deviene paradigma del globo, como en otro tiempo, la ciudad lo habría sido del mundo que hoy se agota.

Imagen principal: Stephanie Hargrave, Velocity 24, 2018.

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