Mauricio Acevedo / Giordano Bruno. Universo infinito: Perfecta y unigénita imagen de la divinidad

Filosofía

Uno de los rasgos más notables de la nova filosofía del Nolano, está relacionada con la primera obra pintada del intelecto primero1. Se trata de la figuración de un insigne y único retrato, el universo infinito.

A juicio del erudito, Salvatote Carannante, «La particular fisonomía que la dependencia de Dios asume en la Nova filosofía, puede ser profundamente reconstruida, aprovechando la decisión de Bruno para describir el cosmos infinito como el «gran simulacro» y la «gran imagen» de la divinidad2». De este modo la imagen de un universo es inseparable de la imagen pura de un infigurable, Dios. No obstante, la divinidad puede ser comprendida en la multiplicidad, su más fiel vestigio. Vinculando así unidad y multiplicidad como dos categorías importantes en el proyecto bruniano.

La metafísica de la luz será trasvasada a la propia cosmología bruniana. La luz absoluta es proyectada en la opacidad de la infinita materia, su «sombra». Si los Padres de la Iglesia tales como Basilio y Agustín de Hipona versaban sobre una «luz infinita» allende la sentina mundanal, Giordano Bruno, en cambio, versará sobre una luz infinita inmanente a las revoluciones internas del universo, al fluir de los ríos, a las metamorfosis de la naturaleza e, incluso, en la dimensión del género humano. La luz es, por lo tanto, inherente al ser de la imagen, esto es, a lo sensible. La luz, en este sentido, es un signo visible de comunicación de lo divino patentado en la creación incesante dentro del universo. La luz infinita habita en la inmanencia del universo y no está fuera de ella3.

Wind planteaba que en el pensamiento cusano existía un «pluralismo poético» al pensar cómo lo universal invadía lo singular por medio de la mutabilidad4». Perfectamente, en la constelación bruniana, Apolo ha mutado en Diana, sombra y símbolo de la naturaleza en las cosas. O, de otro modo, lo divino ha mutado en imagen.

Cualquier aspecto de glorificación de lo divino está mediado por la imagen del universo infinito, no limitado a una voluntad soberana que lo modera, sino que la voluntad se expresa de suyo en el despliegue de la infinita potencia5. El aspecto visual del universo infinito revoca esa cesura radical impuesta en el acto de creación6, ahora manifestado en una única y gran imagen corpórea en acto y sin límite.

La Naturaleza en la nova filosofía volverá a recuperar su estatuto como objeto de estudio primero de la filosofía, de modo que la metafísica que en algún momento Aristóteles definió como ciencia primera que indaga sobre las causas primeras y realidades últimas, no será la propedéutica de una teología, sino que toda teología será analizada desde el ejercicio de la filosofía natural. En el manifiesto filosófico Del infinito, Bruno explicará que las razones primeras de toda filosofía residen en la naturaleza, dado que es en ella donde surgen auténticas «razones vivas» que son manifestadas como imágenes verdaderas.

Así lo pondrán de manifiestos los argumentos demostrativos que dependen de razones vivas, las cuales derivan de un sentido regulado7, informado por imágenes que no son falsas y que cual veraces embajadoras se desprenden de los objetos de la naturaleza haciéndose presentes a quienes las contemplan, claras a quien las aprehende, ciertas quien las comprende8”.

Este vestigio natural permite vadear el lenguaje incognoscible de la divinidad, por lo que el universo y el conjunto misceláneo de entidades que componen su seno, son el más fidedigno organismo vivo y propedéutico de toda gramática de todo lo viviente. Si un siglo después, Inés de la Cruz9, fusiona materia y espíritu en su pensamiento poético10, aunando lo que históricamente se ha entendido como «imagen bastarda» en la dialéctica platónica-aristotélica; Bruno bregó no sólo en aunar materia y espíritu, sino que su pensamiento se inclinaba a la revocación absoluta de una imagen fantasiosa del universo, que no reconocía esa remota unidad, donde espíritu y materia son géneros inmanentes a la sustancia común y, sin embargo, la tradición ha escindido.

Es por esto que Bruno ha querido recuperar ese lugar perdido, pero no necesariamente olvidado. Dice, por tanto, « que la definición dada por Aristóteles no conviene al lugar primero, máximo y universalísimo y que no vale tomar la superficie próxima e inmediata al cuerpo contenido y otras ligerezas que hacen del lugar algo matemático, y no físico11”. La idea aristotélica del lugar está alejada en consecuencia de la asistencia del intelecto y está alejada de la creación infinita del intelecto primero, dado «Aristóteles ha definido el lugar no como cuerpo continente, no como un cierto espacio, sino como una superficie de cuerpo continente; y además el lugar primero, principal y máximo es a quien menos e incluso en absoluto conviene tal definición12». El Nolano relaciona el lugar con el infinito ausente de toda circunferencia o superficie de cuerpo continente. Al contrario de la filosofía vulgar que ha relacionado el universo con una esfera finita.

La importancia de la imagen no se reduce a una mera intermediación entre lo sensible e inteligible, sino que lo inteligible irradiado desde lo sensible se extiende y muta infinitas veces en el universo donde los centros podrían estar en todas partes y la circunferencia en ninguna. La imagen colma el vacío y diluye la fantasía de imaginar el lugar ausente de cuerpos. Bruno plantea que en realidad el vacío es una categoría fantasiosa de una imaginación finita y corrompida, «porque no podemos evitar el vacío si queremos establecer que el universo es finito». En cambio, desde una matriz infinitista, el vacío sería la condición de posibilidad de lo lleno, donde es imposible la ausencia de imagen y, por tanto, de cuerpo sensible. De ahí que esa eterna pregunta de la imaginación ¿qué hay más allá? se haga un acontecimiento vigente siempre en la experiencia del infinito. « Por tanto, del mismo modo que en este espacio igual a la magnitud del mundo (que es llamado por los platónicos «materia» –khóra –), está este mundo, también puede estar otro mundo en aquel espacio u en innumerables otros espacio más allá de éste e iguales a éste13».

Si el vacío aristotélico imposibilitaba la capacidad de recibir, dado que está limitado a la imaginación vulgar que sólo piensa el límite14; a contrapelo, el vacío bruniano posibilita la capacidad de recibir infinitamente entidades desde la perspectiva de una imaginación infinitamente receptora y creadora de realidades. No se trata de una limitación con el vacío, sino una recepción ilimitada de formas en un infinito espacio que no rechaza, sino que permite toda recepción. Entonces Bruno deforma el vacío aristotélico y lo transfigura a su propio pensamiento, donde implica un constante ejercicio cognoscitivo en el interior del sujeto cognoscente15.

La imagen en Bruno es un acto de potencia, esa actualización de la infinita potencia divina que no contradice su esencia, sino que la glorifica. Así « […] el espacio infinito tiene capacidad infinita y en esa capacidad infinita se loa un acto infinito de existencia, por el cual el eficiente divino no es considerado deficiente y por el que la capacidad no resulta vana16», tal cual como había presentado al Padre en La lampada17.

La cuestión de la imaginación en el Renacimiento será revitalizada por Giordano Bruno hasta su radicalidad. El mismo Bruno plantea que la imaginación es ejercicio inmanente de la dimensión humana componiendo siempre en acto, así como la divinidad, esa luz infinita permea en acto en todo el universo.

«Así como nuestra imaginación es capaz de avanzar infinitamente, imaginando siempre una extensión más allá de la extensión y un número más allá del número, según una determinada sucesión y –como suele decirse– en potencia, debemos entender igualmente que Dios entiende en acto una dimensión infinita y un número infinito18».

Bruno es el filósofo pos copernicano que pensó el heliocentrismo desde la experiencia de lo infinito, de modo que indexó e imaginó no uno, sino infinitos soles que iluminan y vivifican infinitas tierras. La tesis central radica en la corporeización de la imaginación en el infinito, replicando el despliegue de luz infinita permeando en la infinita inmanencia material.

[…] Decidimos que infinitas tierras, infinitos soles, infinito éter, o según e modo de hablar de Demócrito y de Epicuro, que existe lo lleno y el vacío, ínsito lo uno en lo otro. Hay diversas especies finitas, comprendidas las unas dentro de las otras y ordenadas las unas dentro de las otras. Esta especies diferentes concurren todas a hacer un entero universo infinito, en calidad de infinitas partes del [único] infinito, tal como de infinitas tierras semejantes a ésta proviene en acto una tierra infinita no como un único continuo, son como un conjunto formado por la innumerable multitud de tierras”

Luego de todo lo señalado, podemos comprender el potencial liberador de la imagen trasvasada a la cosmología en el siglo XVI. Liberador porque Bruno ve en la imagen de un cosmos infinito la libertad del despliegue no sólo de potencias cognoscitivas y materiales de lo humano, sino que sobre todo el despliegue de un cosmos siempre dinámico, cuyo artista interior –intelecto primero– pinta un universo diverso y mutable en la alternancia vicisitudinal. Lo más importante es que todo este despliegue de potencias son meras expresiones de las infinitas mutaciones-composiciones de una Naturaleza viviente que busca la regeneración y total perfección (cosmogénesis). Por lo tanto, no es mera casualidad que Bruno le endosara al universo un aspecto visual, puesto que es la imagen una real apertura conducente a realidades incognoscibles y es la imagen la que precisamente glorifica la infinita potencia divina ejercida en el universo entero. La imagen es disruptiva respecto de lo finito, es su desborde, su fatiga.

Giordano Bruno, dignificó la real imagen del universo, imagen que sería comprendida sólo si el paradigma aristotélico-cristiano son revocados como regímenes de saber de un conocimiento unitario. La nova filosofía no destruiría un saber filosófico, sino dogmático, donde la imagen es concebida desde una rigidez conceptual, y no desde su auténtica plasticidad. En Del infinito, que es un verdadero manifiesto filosófico en pleno siglo XVI, ilustra al universo como la más digna y perfecta imagen de la divinidad.

“[El universo] es un retrato grandísimo, una imagen admirable, una figura excelsa, un vestigio altísimo, un representante infinito de un representado infinito y un espectáculo apropiado a la excelencia y eminencia de quien no puede ser captado, comprendido, aprehendido19.”

Naturaleza e imaginación como potencias de creación y liberadoras de las falsas fantasías. La aquiescencia de lo divino se da en la magnífica imagen viviente de universo infinito, ese vestigio, representante y creación primera de un artista interior cosmo-ontológico que no se cansa de espirar el verbo divino.

NOTAS

1 Concebido en la triada bruniana como el primer primogénito de la divinidad.

2 Carannante, S., Unigenita natura, Dio e Universo in Giordano Bruno, Roma, Storia e letteratura, 2018,p. 3.

3 En Del infinito, Bruno explica que la relación entre espacio y universo se entienden desde la fuerza de producción divina en acto. El Nolano piensa que el universo es en cato, dado que es eterno y en la eternidad no existe cesura entre ser en acto y ser en potencia. Véase Bruno, G., Del infinito: el universo y los mundos, Madrid, Alianza, 1993, pp.76-77.

4Wind, E., Los misterios paganos del Renacimiento, Barcelona, Barral, 1972, p. 219.

5 La entidades angélicas, la taxonomía demonológica y las entidades materiales sea mayor o menor en tamaño, representan todo un conjunto heterogéneo de imágenes que habitan dentro de un único cuerpo continente natural. Por lo que toda esta heterogeneidad expresa y representa la glorificación de la divinidad. No existe cesura entre la naturaleza y los ángeles en la constelación bruniana.

6 La dicotomía entre potentia absoluta y potentia ordinata surgida en la escolástica medieval.

7 Dícese del sentido gobernado por la razón o inteligencia, que hace posible el desarrollo auténtico de la imaginación vinculada siempre con la verdad, en contraposición de la fantasía aristotélica que piensa la imaginación limitada a las sensaciones o sentido no regulado. Por ejemplo, la corrupción visual, condicionada al horizonte de sus propios límites de contemplación, hace creer al sujeto que el cosmos es finito, y que más allá de la esfera de las estrellas fijas no hay nada.

8 Del infinito, óp.cit., p. 75.

9 Religiosa jerónima, escritora y representante del Barroco de Indias en el siglo XVII.

10 Véase Martínez, Luz Á., Barroco y neobarroco. Descentramiento del mundo a la carnavalización del enigma, Santiago de Chile, Universitaria, 2011, p.169.

11 Del infinito, óp.cit., p. 76.

12 Ibídem., p. 105.

13 Ibídem., p. 107.

14 El vacío aristotélico es contemplado por un ojo ausente de intelecto. El vacío bruniano es contemplado por un ojo asistido por la razón. Claramente, el vacío de Bruno es contemplado en por la mirada interna, esto es, un ojo asistido por la razón.

15 Mediante la noción de vacío se comprende el despliegue de la infinita potencia divina en el espacio.

16 Del infinito, óp.cit., p. 112.

17 Cfr. Bruno, G., Opere magiche, Milano, Adelphi, 2003, p.1015. « En él [padre] es lo mismo entidad y esencia, es decir, el individuo que existe y el principio por el cual el individuo existe: estos dos predicados son distintos en todos los demás cosas que está fuera de él. Y, por lo tanto, el mismo es la sustancia simplísima de todas las cosas, y fuera de él todas las cosas están compuestas, incluso realidades incorpóreas, ya que estos también han sido distintos de la esencia”.

18 Del infinito, óp.cit., p. 129..

19 Del infinito., óp.cit., p. 92.

 

Imagen principal: Heemin Chung, Infinite Light 1, 2019

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