Aldo Bombardiere Castro / Memes por Boric: la esperanza transformadora

Filosofía, Política

Casi inmediatamente después de que Kast se impusiera en la primera vuelta de las presidenciales, una ola irrefrenable de imágenes cómicas, denominadas “memes”, inundaron las redes sociales en apoyo a Gabriel Boric. Dicho fenómeno, de ningún modo ha sido parte de una estrategia comunicacional dictada desde algunas dirigencias sociales o vanguardias intelectuales, ni tampoco responde a una planificación explícita de campaña partidista. Más bien, ha florecido de manera, si se quiere, “espontánea”. O, al menos así se presenta al imaginario social y comunicacional que considera a la conciencia subjetiva y a la voluntad del sujeto como los agentes claves en los procesos electorales. Visto de tal manera, efectivamente el fenómeno no es, con propiedad, un fenómeno (un objeto que aparece ante, en y gracias a la conciencia subjetiva), sino una especie de gestualidad o telón de fondo, un animus o tonalidad atmosférica capaz de abrazar y encender, de expandirse, desplegarse y marcar el ritmo, tanto de la campaña como, sobre todo, de la intensidad y esperanza con que se vive el presente.

Lejos de caer en la doble negatividad de un fascismo invertido (esto es: primero, plantear una estrategia de “campaña del terror” contra la bestia fascista; segundo, y consecuentemente, demonizar al fascismo antes que apoyar, en positivo, a Boric), la oleada de memes ha sido un contagio afectivo sin clausura. En dicho sentido, esa oleada sigue portando un hálito de la potencia de la revuelta, justamente en la medida que es una desmedida, una ola marina que inunda, con su sal, los afanes de retirrorialización y mecanismos de captura con que los medios de masas y redes sociales “pacificaron” la revuelta. Hay algo de carnavalesco, de carcajada ligera, de potencia contaminante e insurreccional en la concisión y brevedad de esta oleada. Como si se tratase de un eco ingobernable, de una estela, o de la resaca susceptible de irrumpir en un tiempo y espacio impensado e impensable (en medio de las redes sociales y su virtualidad algorítmica), la creatividad de estas imágenes vienen a recordar, en clave cómica, líquida y ligera, la arqueología muralística de la revuelta e imaginación popular.

Así, antes que cualquier discurso conceptual o académico, en ellos se plasma un tono, un clima sin clímax, una música. Se trata, sin duda, de la inasibilidad de un animus: no un objeto más dentro del mundo, sino un horizonte que abre mundo.De ahí que tal ola memética, desencadene una potencia de vida tan radical que, incluso, conjura el miedo frente a un triunfo fascista de Kast: ella es alegría y esperanza presentemente vivida hasta en la desvitalización de la imagen-de-mundo, pluralidad de la vida alegre y presente asumida hasta en la representación de la tragedia. Su dinámica consiste en internarse y socabar los dispositivos de la misma máquina algorítmica, suspendiendo su funcionamiento individualista y desajustando sus engranajes empecinados en separar a los cuerpos. Así, esta oleada memética hace posible al mismo tiempo que es una posibilidad. Hace posible un modo de resistencia al fascismo neoliberal dentro de la misma máquina, es decir, bajo los códigos que ella misma puso en marcha: una estética de la representación virtual y de la degradación del mundo a su mera imagen-de-mundo. Pero, a la vez, ella misma es una posibilidad: la esperanza en la transformación político-social, entendida ésta como una fisura abierta en la faz del presente, cuyo fondo no se deja ver más que ingresando a él; es decir, participando. En una palabra: la esperanza de la transformación posee como eje la participación en una democracia expresiva y cada vez menos delegativa y representativa.

Pareciera ser que esta oleada, incluso en el caso de haber tenido por causa (cosa tan reductiva como incomprobable) una lógica instrumental-estratégica, ceñida al binomio “medios-fin”, o sea, una búsqueda de evitar a cualquier precio el avance fascista, la estela de la revuelta ejerció la potencia de destituirnos a nosotrxs mismxs. En ese caso hipotético, la pretensión de caer en la lógica del meme superó el terreno del marketing político. Sin embargo, lo hubiese hecho desde una misma lógica anti-intelectual y simplificadoras, light y minimalista, cualidades que caracterizan a la globalización. Creo que allí existe un cierto hiato, una tensión irresuelta o irresoluble que plantea, por un lado, un animus de revitalización y esperanza octubrista; y, de otro, el constante riesgo de estar pisando terreno enemigo (si no de haber devenido, tácticamente, fascista).

No obstante, tras el deseo de compartir y viralizar memes, de llamar a amigxs y familiares para reír y comentar juntxs, ya no subyace la ansiedad Narcisa eindividualista del “me gusta”, ni tampoco el cálculo del impacto y de las proyecciones matemáticas que esta misma oleada podría tener en el balotaje (pese a lo necesario del resultado). Quizás, lo que se gestualiza en esta situación es un retorno a distancia del “medio-puro”, es decir, la resistencia de una forma-de-vida que reinvindica la esperanza desde una sombra, un hálito o un holograma carnavalesco. Se trataría de una esperanza no huidiza, digna de sí y encarada a un presente común, la cual supera con creces la visión religiosa e ilusoria resumida en la frase “la esperanza es lo último que se pierde”. Al contrario, la esperanza expresada en los memes se toma por asalto las redes sociales y, con ello, también presiona por transgredir las dinámicas de la globalización, tornándose capaz de abrir mundo y de volver a conectarse con el cuerpo, con la risa, con el sentir, el hablar, todo gracias a una imagen que no ríe, no siente y no habla. Más allá de un tener la experiencia de lo virtual, esta oleada nos interpela a hacer experiencia en lo virtual: los memes ya no son virtuales, porque la lógica de la representación ha sido derogada por el deseo abierto e incombustible con que ellos son festejados, se producen, se reproducen y se comparten. De ahí que la esperanza que ellos portan constituye felicidad presente: una experiencia real en lo virtual. El conatus existencial, la incandescencia de la vida que porta esta oleada, ha podido supurar más allá de la sutura cibernética. Eso también abre una esperanza.

Por sobre cualquier promesa grandilocuente, como son los significantes vacíos que predominan en el discurso de Kast (libertad, paz, progreso, familia), los “memes por Boric” multiplican la alegría a partir de la noción de transformación. Bajo tal perspectiva, la transformación confiere un sentido sin destino final, pues a lo que invita, en consonancia con la Convención Constitucional, es a la participación (en la) misma, sin exigencia alguna más que la del estar-crear-usar un mundo en común.

Así, la esperanza que abre Boric es justamente eso: apertura transformadora de un nuevo país capaz de discutir no sólo sus maneras de administrar y distribuir el poder a nivel jurídico e institucional, sino también la misma discusión en torno a otros modos de entender y resignificar las instituciones, la representatividad, los derechos sociales, la función de la economía, la función de la funcionalidad y, en suma, las estructuras anquilosadas de la gobernabilidad. La transformación es sinónimo de algo que nunca calza consigo misma, de un Estado-Nación que no calza consigo mismo: la de generar los canales para que la pluralidad de voces, por 200 años invisibilizadas y reprimidas dentro del sueño siempre desigual de la opinión pública, esta vez sí puedan expresarse desde su propia formas-de-vida. En suma, Boric expresa la esperanza en una transformación profunda, la de un involucramiento participativo; o si se quiere, la apertura de un camino donde advenga la esperanza de una Convención Constitucional devenida Asamblea Constituyente. Dicho retóricamente, con Boric se juega la apertura de las grandes alamedas: la condición de posibilidad de un proceso constituyente prostático, feminista, plurinacional e intercultural, por donde transite el hombre y la mujer libre para construir una sociedad mejor.

Entiéndase bien. La esperanza que circunda a la campaña de Boric no representa un mero esperar lo esperado, al estilo de la utopía que busca cumplir, incansable y asintóticamente, su propia promesa. Tampoco se trata de una esperanza que nos incite a realizar una espera desesperada, como si fuese síntoma de un malestar compulsivo y un deseo, desde un comienzo, imposible de satisfacer. Al contrario, se trata de una esperanza que espera lo inesperado: transformar el mundo sin zanjar a priori en qué transformarlo. Eso significa participar: ser parte de un común, expresarse en lo común y por lo común.

Justamente gracias a su invitación a participar en un proceso transformador contra los poderes establecidos de la representación institucional y del pacto oligárquico, Boric se asocia con, al mismo tiempo que es desbordado por, la Asamblea Constituyente (recordemos que lo que él firmó en el Acuerdo del 15 de Noviembre, fue la alternativa de la Convención Constitucional, algo que ha sido superado en la medida de que la derecha perdió su poder de bloqueo al obtener menos de 1/3 de representantes). Así, la esperanza, figurada y desfigurada, nunca del todo dicha ni tampoco del todo oculta en la superficie de cada meme, impulsa una disposición afectiva afín con la revuelta y en articulación con la Asamblea.

Léase cuidadosamente. Lo anterior no significa que exista un proceso de equivalencia mediata, ni tampoco de degradación reproductiva -al modo de una mímesis platónica cuya potencia máxima radicaría en el original-, entre Revuelta-Asamblea-Boric, sino una relación de afinidad: justamente una tonalidad afectiva. Tal tonalidad se centra en la esperanza de un presente vitalizado y susceptible de reconocer su fugacidad sin afanes de apropiación: su calidad de deviniente, su participación transformadora. De ahí que se hable de oleadas de memes, pues proliferan sin regulación ni dirección, ramificados bajo el animus que los moviliza sin buscar nada más que ese mismo movimiento, que esa misma transformación, la cual, de ser electo Boric, continuará pronunciándose bajo una modalidad política-participativa-expresiva.

En ese sentido, al igual como lo ha hecho la potencia desencadenada de los movimientos feministas, las imágenes meméticas son incapturables a los poderes de los medios e instituciones tradicionales, pues introducen una erótica de la felicidad, un goce del baile, un frenesí de la carcajada, incluso en el campo enemigo: el terreno de las calles, del orden público y de la naturalización y normalización de los sexos, en el caso del feminismo; el terreno de la cibernética homogeneizante, del algoritmo y del marketing como imagen-de-mundo, en el caso de la ola memética.

A modo de inquietudes finales, bien podríamos plantear algunas preguntas. ¿Acaso lo anterior no nos lleva a reconsiderar una posible neutralidad esencialista de internet, de las redes sociales y de la tecnología en general? O más moderadamente: ¿Acaso cabe la posibilidad de que lo cibernético, la deriva algorítmica y la des-mundanización del planeta pueda ser visto como un campo en disputa, pese a toda la asimetría de poderes e intereses, de saberes y epistemes, que en ella operan? A primera vista, no lo creo.

Sin embargo, para intentar responder seriamente esas preguntas, quizás sea necesario indagar en el problema de la cadena de significados que se codifica, inventa, decodifica gestualiza o trasluce por medio de la imagen memética: ¿se trata sólo de una imagen re-presentativa parodia el mundo externo e interrumpe la lógica anestésica del espectáculo desde la espectacularidad misma? O, al contrario, ¿las imágenes meméticas constituirán nuevos códigos y prácticas, nuevos lenguajes, marcos perceptivos e interpretativos capaces tanto de fundar y afirmar la existencia de aquello que podemos ver, así como de invisibilizar y negar la formas-de-vida que no podemos ver? Tal vez de ahí que la sociedad de la informática puede entenderse como la sociedad de una vida que se resiste ser capturada por ciertas formas precarias: las de la información, las de los datos y el control.

Dicho en términos breves: sería interesante discutir, en medio de una campaña política de suma relevancia, en la cual se juega la esperanza de re-mundanizar el carácter común y participativo del mundo, ¿hasta dónde las imágenes meméticas cumplen un rol de alegría corporalizante, de testigo y testimonio del mundo o, por el contrario, hasta dónde son la constatación de una lucha desigual en el marco de un devenir algorítmico y homogeneizante del mismo?

A propósito, sólo una última pregunta, muy emparentada con uno de los tópicos pendientes de la campaña de Boric en relación con Kast: ¿Aparecen los memes en la ruralidad; ha aparecido la ruralidad en los memes? Quizás exista un allá afuera.



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