Aldo Bombardiere Castro / De la propiedad privada

Filosofía, Política

Si estamos interesados en comprender la violencia estructural que ejerce el poder sobre la potencia de la vida, quizás no exista una imagen más sutil e ilustrativa que la imaginada por Rousseau en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Pese a encontrarse atravesada de idealizaciones exotistas distintivas de su contexto histórico, dicha obra expone con claridad la arbitrariedad que motiva al acto de apropiación privatizadora, esto es, a la reducción de la relación imaginal con el mundo al mero hecho (factum) consistente en instaurar la propiedad privada, así como la consecuente desigualdad entre los seres humanos.


En efecto, el buen salvaje, dedicado a vivenciar las inclinaciones y conflictos inherentes a su especie en remitencia a la vida natural y al habitar común sobre la tierra, de un momento a otro cuenta con una ocurrencia de aseguramiento: ejecuta un cercamiento de una región del mundo, prohibiendo la legitimidad de cualquier uso y acceso, de cualquier goce o caricia, que sea llevada a cabo por otro individuo sin su autorización previa. Así, la arena del río que aterciopela los pies, el viejo árbol cuyo ramaje nos resguarda del sol, o el barro que aún recuerda las huellas de otros caribanes, son los elementos naturales que se encuentran contenidos al interior del área que él mismo delimitó a través de la cerca. Tal operación privatizadora consta de una re-articulación del mundo: ahora el río es mi río, el árbol mi árbol y las huellas son de mi pertenencia. El artículo en clave posesiva es aquello que, desde aquí, antecederá, casi al modo de una segunda naturaleza, a la mostración de los elementos naturales que configuraban el mundo, siendo desplazados de éste como si, desde ahora, sus usos y posibilidades se encontraran en dependencia fáctica de la voluntad de ese “yo”. Dicho en términos hegelianos: el sujeto, antes de cualquier sospecha de subjetividad, ha iniciado un proceso de despliegue, en cuanto su nueva posición re-articulatoria le permite desplazar al mundo de su centro para empezar a dis-poner de él.



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Simultáneamente a tal movimiento de apropiación privatizadora ejercido a partir de la delimitación aseguradora, asistimos a la constitución de un doble límite: por un lado, un límite externo y reductivo consistente en hacer de la potencia imaginal de la naturaleza, de aquel lugar donde lo común de la multiplicidad de formas-de-vida otrora reinaba sin reinar, un espacio craquelado y restringido, una “zona” representable y renombrable; por otro lado, asistimos a la conformación de un límite interno y expansivo, cuya frontera adviene marcada por la ampliación de la propia región de la conciencia, la cual, desde ahí, será entendida principalmente como voluntad y querer-poder-hacer.



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Obviamente muy poco de lo mencionado se encuentra explicitado en Rousseau, pero su imaginación -y la nuestra que es la de todxs- lo permite adivinar. Así, a partir hipótesis explicativa de Rousseau se podría mostrar -de un modo hiperbólico pero a la vez muy concreto- cómo los marcos normativos, presuntamente emanados de dimensiones suprasensibles -la justicia del derecho, la moral de la persona, la verdad de la teoría, etc.- residen en una demarcación previa y unilateral, la cual, careciendo ella misma de fundamento, fundamenta solapadamente toda legalidad ulterior.

Esto significaría que Rousseau habría escrito una fábula. ¿Una fábula? Sí, se trata de una fábula. Pero de una fábula que atenta contra los senderos trascendentes e ilustrados del que toda fábula, tarde o temprano, se jacta de provenir: la fábula de Rousseau atenta contra la normatividad supuestamente suprasensible de dónde derivaría la legitimidad de su moraleja. Se trata de una contra-fábula, de un mito desmitificador. He ahí otra ironía de su salvajismo: ilustra apenas mostrando, ilustra contra la ilustración, ilustra acerca de la barbarie que supura y oculta la luz de la razón.



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Ahora bien, si todo intento de legitimación de la propiedad privada no es más que una derivación posibilitada por la misma violencia originaria que funda la doble delimitación de la cual hablábamos -la de reducir la potencia del lugar a un poder sobre él y la de expandir la voluntad del individuo más allá de sí mismo-, entonces cualquier juicio ético sobre la historia de la humanidad se encontraría sumergido en una ineludible aporía. Por ejemplo, el hecho de que yo esté aquí, en privado, sentado en un sofá de mi casa mientras escribo esto, no sería más que la constatación práctica de una indetectable cadena de violencia civilizatoria, o, más bien, de la civilización misma en cuanto esencialmente violenta: devendríamos culpables desde un origen y hasta el final de los tiempos. En paralelo a esta responsabilidad moral de carácter práctico, también podría relevarse el problema teórico relativo a la imposibilidad de fundamentar el juicio con independencia al sistema normativo de quienes participan en aquél, de quienes juzgan y de quienes son juzgados: la humanidad. Ello develaría el carácter contingente -y en última instancia arbitrario- a la base de cualquier moral: ¿acaso podríamos responsabilizar al conjunto de una civilización por el hecho de erigir, beneficiarse y padecer de los valores detentados por aquella misma moral que ahora, en un acto cuasi parricida, la estaría condenando? Si llegáramos a asumir cualquiera de estos razonamientos como válidos, ya nada valdría la pena, ya se habría perdido toda esperanza. Y allí sólo el acto de ofrecer nuestra culpa a Dios nos podría salvar.

Pero no se trata de nada de esto. En todo juicio lo que se persigue es juzgar: que el caso arroje un veredicto, que se reconozca y repare a las víctimas, que se sancione justamente al culpable. Nada de esto tiene que ver con el buen salvaje, sino con las modalidades sucesivas que, desde tiempos inmemoriales (esto es, tiempos no vivenciables, tiempos de la memoria, tal vez sólo psíquicamente determinados), ha metamorfoseado tras el acto de violencia originario. Pues la instauración de la propiedad privada rearticula el mundo desde el centro de un “yo” que es sinónimo de voluntad, de un querer-poder-hacer, donde todo juicio no representa más que un proceso destinado a justificar la sentencia resultante: la tarea del derecho se aboca a legalizar la violencia de la relación entre la propiedad privada y la voluntad hasta tornarla natural, hasta presentarla como tautológica.

Pero no debemos olvidar que eso rige para nosotrxs, lxs civilizadxs. Para el buen salvaje no habría violencia antes de tal acto de violencia, no habría crimen antes de la apropiación que ha hecho de tal o cual árbol, de tal o cual mujer, engendrando la propiedad privada que luego será consumada por la legalidad del derecho. Y tras estos actos, por otro lado, ya no habría buen salvaje. Por eso, resulta falaz volver a un escenario que, desde un inicio, tanto aquí como en nuestro origen, velado pero que, pese a ello, no deja de acecharnos a la manera de un reverso negativo: la violencia de la apropiación externa e interna, del mundo y del yo, es una sombra contagiosa de lo que hacemos y de quienes devenimos día a día.

El desafío, me parece, impele no tanto a culpabilizar ni a buscar abolir la propiedad privada o la constitución subjetiva de un yo comprendido en cuanto voluntad y querer-poder-hacer, sino en interrupción de ellos. Más que una delimitación o una conciencia personal, más que una cerca sobre el jardín o una armadura de identidad, la apuesta es a la multiplicidad de usos, al erotismo de la imaginación donde estallan las funciones en un crisol de usos, y que ello no signifique caos sin más. Para decirlo en una fórmula: el desafío consiste en pensar la propiedad privada como elemento para apostar por una apropiación privada de propiedad. Tal vez eso se asemeje a vivir la vida como obra de arte: habitar sin juzgar ni buscar sentencia de una vez para siempre; habitar interrumpiendo la violencia de aquel límite que ha cercenado el abismo de lo otro; habitar abismándonos hacia aquella tierra indómita que excede el cerco de nuestros hábitos y miradas.





Fuentes:

Rousseau, Jean-Jacques (1990): Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Alianza: Madrid.


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