Mauro Salazar J. / Intersecciones de memoria. Salvador Allende en 1891. (Entre el salitre y el cobre)

Filosofía, Política

A Miguel Valderrama.

Balmaceda escribió la página de la historia chilena con el más profundo y hondo sentido nacional el pampino reedita hoy día ese sentido, al saber y tener conciencia que el salitre es de los chilenos” Salvador Allende, 1971.

El escenario ensangrentado (1886-1891) devela la escena epidemiológica del Centenario y el fracaso del primer movimiento modernizante. La guerra civil dictaminó el trágico desenlace del «ensayo liberal», de carácter intra-oligárquico, aunque cifrado en múltiples potencias de la «lira popular». Prosas y poesías, símbolos cristianos, la demonología del presidente en una pantera, crónicas, epístolas de la tempestad y emplazamientos al púlpito de la Iglesia. En suma, aquí se desplegaron potencias, imágenes de prensa, exaltaciones imaginativas, construcción de Estado y bienes públicos.

La banca privada se sintió amenazada por el proyecto gubernamental de crear un banco fiscal, que buscaba mitigar la prevalente oligárquica, las ambiciones de banqueros y elencos del mundo crediticio-feudatario. Entre enciclopedismos, furias patrióticas y diccionarios nacionalistas, quedaba trunca la posibilidad de fortalecer un incipiente programa industrial perpetrando una herida al régimen hacendal afincado en el Congreso, en los astilleros de Iquique y el monopolio extranjero.

El “presidente [personaje proverbial] se ha colocado fuera del régimen Constitucional” -dice Waldo Silva el 07 de enero de 1891, invocando el significante libertad secuestrado por el ensayismo oligárquico (Ismael Valdez, nota 1891). El preciado oro blanco ha depravado la época. Ante la voracidad de los sucesos que se venían, Balmaceda sentenció, «si no me fallan mis militares, no hay cuidado». Y agregó, “De vosotros soldados de la República,  -en una misiva-  transmitida por telégrafo a todos los intendentes de provincias, de vosotros depende en alto grado la defensa del principio de autoridad. Los jefes y oficiales de la escuadra en un arrebato de delirio han arrojado negras sombras a su historia… Soy vuestro jefe constitucional y tengo plena confianza en que hoy como ayer y como siempre seréis honrados defensores del orden” (Ramírez Mendoza, 1899, 17).

Luego, con la llegada de los bárbaros, se desplegaron una ráfaga de sucesos. Bernardo Subercaseaux nos recuerda una escena devastadora,

“Los andenes de la solitaria estación Central de Santiago, más sombría, más negra que nunca, se veían –dice- sembrados de camillas y heridos, algunos de los cuales avanzaban penosamente sostenidos por otros soldados. Un soldado del batallón Mulchén, un muchacho, con la boca y las mandíbulas destrozadas y convertidas en un horrible montón de carne del que emergía un gran espumajo sanguinolento, en que se mezclaban las hilas, convertidas en costra, con finísimos tubos de goma, hacía esfuerzos inauditos por hablar…en que acaso palpitaba el nombre de su madre o del pobre hogar donde quería ir a morir” (Historia de las ideas y de la cultura en Chile. Tomo II, p. 14)

A partir del fatídico episodio en los campos empapados de cadáveres, Balmaceda, motejado de Cesarista y Dictador por sus enemigos1, se trasladó discretamente a la Legación argentina donde encontró protección en manos de un anónimo agregado militar de apellido Uriburu. Una anécdota allende los Andes. El presidente lo hizo cautelando con total sobriedad que su destino sacrificial -en el sentido teológico- estaba sellado de antemano y expiraba el último día de su mandato constitucional. El rito sacrificial fue meditado con sutilidades. Ahora restaba esperar veinte días para estampar una mancha moral imborrable ante el estruendoso Centenario. Tal era el reloj constitucional que le quedaba como primera magistratura. Cuando cae la política, la lira republicana se debe a una enfermedad heroica. Los relieves del mármol y las estatuas serán destruidas, los muebles y los objetos de arte correrán los mismos finales.

Días tristes se vivían en la embajada Argentina, por cuanto una vez concluidas las batallas de Concón y Placilla, el presidente presagiaba con agudo pesar el colosal escenario a manos de las fuerzas vencedoras -saqueos, vejaciones, exilios y heraldos. Aquellos días, esas últimas horas, se agudizaban por la fisonomía moral de un personaje de época –Don José Manuel, hijo de Doña Encarnación- dispuesto a preservar su investidura como una máxima irrevocable del presidencialismo. El «principio de autoridad» que Mario Góngora ha retratado como la herencia Portaliana, fue asediado tempranamente por el programa nacionalista, sin poder consumar la fractura ante el imperialismo del salitre. Contra la furia congresista y los afanes de usurpar las prerrogativas constitucionales, la autoridad presidencial deviene insobornable ante la historia. El suicidio será la forma de castigar las castas licenciosas que confiscaron una filosofía del progreso.

Luego el movimiento epistolar. En una nota a Evaristo Sánchez Fontecilla le comenta, “Nada puedo esperar para mí, pero entregaré mil veces la vida [suicidio] antes que permitir que se destruya la obra de Portales, base angular del progreso incesante de mi patria”. Balmaceda se redime haciendo de la derrota una opción monumental. Una «derrota posible» como reserva moral para los tiempos venideros. En más de una ocasión hizo una mención sibilina a que la historia de los vencidos es una tarea que solo puede ser descifrada por el laberinto de los acontecimientos. Contra toda ética de la morada el gran triunfo en el tiempo no se obtiene sino permaneciendo fiel a sí mismo.    

Después de cavilar hondamente sobre todas las opciones posibles, escribió sus últimas palabras cargadas de pesar, pero sin perder de vista la altivez del proceso histórico que había protagonizado, ni mancillar una secreta esperanza en la redención. Existe aquí una confianza inquebrantable en el «juicio de posteridad». A decir verdad, hay lucidez en él Presidente cuando decide “cerrar por su propia mano el libro de la vida”. A Uriburu le comparte sutilidades, “Usted sabe que he desdeñado el camino de la evasión vulgar, porque lo juzgo indigno del hombre que ha regido los destinos de Chile” [Décadas más tarde ante la felonía, la cobardía y la traición, otro presidente estepa a los militares golpistas- el 11 de Septiembre, “si quieren mi renuncia me la tendrán que venir a pedir aquí].

En el último recado a su esposa Emilia le insiste con prosa modernista; ya “nos reuniremos todos en un mundo mejor que el que dejó en horas de odios que cubro con el olvido y mi sacrificio”. Aníbal Zañartu, uno de sus amigos, le sugirió resignar el mando en una persona de su confianza como “Baquedano e imitar el ejemplo de O’Higgins; pero [el presidente], rechazando todo propósito de transacción… replicó que, en esos momentos, no cabía sino cumplir con el deber de afianzar su autoridad y el mandato recibido de sus conciudadanos. Cualquier otro camino mancharía la memoria de sus predecesores y aparecería ante la historia como un funcionario indigno” [cabría evitar la humillación, la errancia, la actitud de futuros lideres centro-americano] (Carta de Balmaceda a Aníbal Zañartu, 8 de enero de 1891). La sangre maldita lavara la afrenta, decía la Prensa gubernamental en Valparaíso -la cual fue utilizada bajo la atribución presidencia.

Doble soledad en la teología Balmacedista. Bernardino Guajardo, el año 1886, revela la -aparente- simpatía popular existente hacia el Presidente, simpatía que no compartían algunos sectores de la clase alta y el clero. Peralta, que solo era un muchacho de 16 años cuando se desata la primera guerra civil, manifestaba una reiterada actitud de defensa de las clases trabajadoras que se traducirían con el apoyo al Partido Democrático y luego en la formación del Centro social de Obreros en 1895, una de las primeras organizaciones de trabajadores de carácter socialista” (Pedro Bustos, El poeta popular Juan Bautista Peralta, En Verdad y Bien, Nº 364, 1930)

Con todo, la modernización liberal constituye un nudo ciego en la comprensión de la conducta popular durante el conflicto de 1891. Balmaceda es un momento de inflexión del arco Portaliano. Entre los balmacedistas nombra a Julio Bañados Espinoza, para el cual la mayoría del país no tenía la “educación política” para comprender la discusión constitucional acerca de la querella entre el Ejecutivo y el Congreso. Entre los anti-balmacedistas, cita a los dirigentes radicales Enrique Mac-Iver y Valentín Letelier, para quienes, casi igual que Bañados Espinoza, los trabajadores no tenían “ni la cultura ni la preparación” para entender los problemas del gobierno2. (Crisóstomo Pizarro, La revolución de 1891, p. 79)

No hay duda. Los sucesos acaecidos giran hacia la metafísica cristiana y el tópico parisino de Pedro Balmaceda Toro (El Dulce Príncipe) se encarna en la dramaturgia. El testamento balmacedista goza de un incontenible «deseos de república». En el vaivén del laberinto, solo el suicidio (mitificante) puede preservar la trascendencia de una oligarquía feudataria que no fue capaz de comprender los tiempos modernos. Ante la amargura cabe responder con la energía creativa del dolor. Cuando la degradación se impone en los campos de batalla, el suicidio -como gesto universal- adquiere una dimensión expiatoria ante los personajes de la infamia.

Balmaceda -con infinita teología- estuvo a la altura de su «verdad histórica», su sacrificio castiga la miseria moral de una oligarquía cortoplacista entregada a los intereses foráneos que mellaban los bienes públicos -el Estado, la nacionalización de recursos y el itinerario del progreso colectivo. El inconsciente político de la historia de Chile quedará gravado por la huella destinal inscrita en el umbral de la muerte, imprimiendo un «catolicismo de izquierdas» para los herederos lacerados del 1891. De ahí en más representa una «pulsión ética» que asedia todo el XX –cuál espectro- las opciones políticas del programa reformista (capa media, Estado, mesocracia, laicización).

Así el Presidente mártir, atado a los ministerios de la cruz, se despedía de este mundo por cuanto su vida pública había cesado. La trascendencia pasaba por consumar la inmolación -glorificante- restándose a los intereses suntuarios de una derrota conspicua. Extracto de su testamento:

“(…) no hay que desesperar. Si nuestra bandera, encarnación del gobierno del pueblo ha caída ensangrentada en los campos de batalla, será levantada en tiempos no lejanos y con defensores numerosos y más afortunados que nosotros, flameará un día y para honra de las instituciones chilenas, para dicha de mi patria, a la cual he amado por sobre todas las cosas de mi vida”. Para la inmortalidad el texto acaba con algunas sutilidades: “Cuando ustedes y los amigos me recuerden, crean que mi espíritu, con todos sus más delicados afectos, estará en medio de Ustedes” Fin de cita (Santiago, a 18 de septiembre de 1891).

En carta a Juan Mackenna (11 de abril de 1891),escribía,“Después de los furores de la tormenta vendrá la calma y (…) llegará la hora de la verdad histórica, y los actores del tremendo drama que se consuma sobre el territorio de la república, tendrán la parte de honor, o de reprobación que merezcan por sus hechos”. Tal confianza en el potencial emancipatorio de los tiempos no es casual, menos la forma en que se materializa el suicidio del Presidente. En la nota enviada a Claudio Vicuña y Julio Bañados, le advierte con tesón religioso que el régimen parlamentario ha triunfado en los campos de batalla; pero esta victoria no prevalecerá. En el manifiesto del 1° de enero afirma con vehemencia, “el régimen parlamentario que sostiene la coalición [congresista] es incompatible con el régimen republicano.

El gobierno parlamentario supone un monarca irresponsable, vitalicio y hereditario”. La última noche, la del 18 de septiembre, conversa con el Ministro Uriburu, le entrega las últimas cartas y se despide. La templanza en esperar el último día de su mandato, la adecuada ubicación de su levita, la correcta colocación de la banda presidencial –primera magistratura de la nación. Todo se resume en la profunda significación de poner término a su vida resguardada hasta en sus más ínfimos detalles. La muerte de Balmaceda compromete la religiosidad por cuanto tiene como tarea restituir un “horizonte de sentido” que ha sido arrebatado. Un ritual empapado de crucifixión.

El nombre de Jhon Northon –Hawker Hunter– representa un exceso de mundanidad -un interés pecuniario por la plata dulce- respecto del bien supremo que debe quedar a salvo.  Nada se compara con un  «golpe de memorias» que ha sido inscrito ante el futuro abstracto. Un semáforo de la historia. Un recado y un parpadeo para los tiempos.

Luego, las imágenes de lo monstruoso. Al fragor de la última contienda, la descripción nos enseña que “el hedor de la batalla cubría toda la parte alta del puerto y se extendía hacia el mar, envolviendo toda la ciudad…[como] una propuesta carnívora, hecha de humo y estruendo” (Mellado, 2012). Horas más tarde los soldados muertos parecen emplumados porque las aves de carroña se posaran sobre ellos, dando lugar a imágenes espantosas. En una extensión de seis cuadras, era fácil tropezar a cada paso con heroicos y artilleros que yacían en tierra con el cráneo despedazado, las piernas rotas, ¡el pecho acribillado a balazos! Se les podía observar con el fusil entre sus manos defendiéndose del fratricida revolucionario. (Guerra Civil en Chile. Reminiscencias de un Ex/tercer año, 1892). Placilla pavorosa, tumba del liberalismo. Un horno de cadáveres.

Para el anecdotario, y pese a los distintos registros sobre la fractura intra-elitaria, y el emplazamiento, es el propio historiador Conservador, Gonzalo Vial, quien de sopetón se ha encargado de subrayar -por obra de pliegues compartidos- que el día de asunción de Salvador Allende (1970), un familiar de Don José Manuel llevó hasta La Moneda una edición de su testamento en versión facsímil. Al finalizar el acto, Allende ya distendido en Viña del Mar, reconoció en un plano íntimo que –esa mañana- una de sus mayores satisfacciones fue recibir el testamento de Balmaceda que le había sido obsequiado por su nieta3.

Por esos días el líder de la izquierda chilena (“mármol, apóstol y mártir”) se sentía, según las declaraciones de Carlos Altamirano, como un “caballero antiguo” (sic), cuya estatura moral –so pena del “narcisismo mesiánico” de tal posición- sería la herencia del testamento moral de Don José Manuel. Con todo, existía una insospechada fijación entre la “opereta” de la Unidad Popular (entre algarabía, delirio y resaca) y la perseverancia en abrazar convicciones en medio del “desenfreno de pasiones” que generaba la vía chilena al socialismo. Solo una convicción debe permanecer firme, cuando no podemos alterar el gris y amargo de los acontecimientos. A días del Golpe de Estado, y en medio de una tertulia en la casa de Tomas Moro, el General Carlos Prats, le recordaba al Presidente Allende que en 1891 el Ejército había demostrado lealtad al gobierno de turno. El significante “guerra civil” seguía su procesión memorial.

En su visita a la oficina salitrera de Pedro de Valdivia en 1971, Salvador Allende sostuvo, “Si ayer se estremeció la pampa por la lucha de los trabajadores ‐ y Chile sabe que un presidente mártir pagó con su vida el anhelo de reservar para Chile las riquezas del salitre, pues Balmaceda escribió la página de la historia chilena con el más profundo y hondo sentido nacional‐ el pampino reedita hoy día ese sentido, al saber y tener conciencia que el salitre es de los chilenos y que nosotros, al trabajarlo y al levantarlo de la postración en que se encuentra, vamos a dar un paso trascendente, no sólo en defensa del norte grande, sino que de Chile entero”4.

Sin duda, abundan afinidades en la arquitectura discursiva de los textos finales. Balmaceda escribe “Cuando ustedes y los amigos me recuerden, crean que mi espíritu, con todos sus más delicados afectos, estará en medio de Ustedes”. Transcurridos varios decenios, Allende sostiene con resignación, sosiego e infinita teología, “Seguramente radio Magallanes será acallada y el metal sereno de mi voz no llegará hasta Ustedes. No importa, me seguirán oyendo. Siempre estaré junto a Ustedes”.

El suicidio -destinal, religioso y resonante- será la condena ante la bruma democrática. No habrá restauración republicana -si cabe “pagar con mi vida la lealtad del pueblo”- solo tendremos una monarquía con diezmos de Republica. En tiempos del turbión (1891/1973), librados a la colosal voracidad de un fondo que nunca termina, no es posible evitar el enigma de la muerte. Si bien existe una impronta distópica en los sucesos acaecidos, José Manuel Balmaceda fue pionero en depositar confianza en el porvenir histórico.

Placilla fue el parpadeo de Las Grandes Alamedas

NOTAS

1 Durante el periodo comprendido entre enero y septiembre de 1891, da la impresión de que la poesía popular estuvo reprimida, ya sea censurada o impedida por la clausura de las imprentas. Es lo que expresa un verso de la poetisa Rosa Araneda posterior a la guerra civil: “Reinando la dictadura nunca a gusto pude hablar y hoy me voy a desatar porque me encuentro seguro”. Daniel Meneses, Las últimas poesías escritas en tiempos de la Dictadura. En Lenz, 1930. Pp. 35.

2 Para fundamentar su tesis del apoyo popular a Balmaceda, Ramírez Necochea recurre a fuentes diplomáticas. Una de ellas, la del ministro de Alemania en Santiago, Barón Von Gutschmid, quien, luego de la sublevación de la escuadra, en enero de 1891, informó a su gobierno: “manifiesta el pueblo bajo completa indiferencia por el movimiento y más bien se inclina al gobierno”. También recuerda la opinión del encargado de negocios de España en Chile: “el verdadero pueblo, aquel en nombre del cual hablan y protestan unos y otros, no se conmueve ni toma parte con la cuestión, siendo sus simpatías más bien por Balmaceda, durante cuyo gobierno ha tenido paz, tranquilidad, trabajo bien retribuido y verdadera prosperidad material”. Ramírez Necochea concluye que Balmaceda contaba con la “adhesión-pasiva de la clase obrera”. Del autor, Balmaceda y la contrarrevolución de 1891, página 91.

3 En una versión preliminar de este texto el historiador chileno Jorge Rojas Flores me conminó a situar la década del siglo XX donde Balmaceda fue resignificado bajo las pancartas de la izquierda moderna, en el imaginario de los Frentes Populares. Acuso recibo de esta deuda.

4 El libro Daniel Mansuy -debidamente logrado- suscribe una necesaria letra post-pinochetista a partir de los nombres propios y tiene su mayor densidad en el capítulo 1. Ello implica reabrir una discusión que ha sido globalmente obliterada-administrada por la izquierda. El texto también complejiza oportunamente el debate en el mismo capítulo. El trabajo, casi curatorial a estas alturas, abunda en otra teología que persevera en racionalizar los horizontes redentores, sistematizar bibliografía y exhibir un aire de contemporaneidad, para concluir con mayor sobriedad en lo mismo de siempre; Allende fue el responsable. Es muy síntomal la pulsión culpógena sobre un “suicidio monumental” que hace del trabajo de Mansuy un dispositivo de distribución de culpas, que no es sino otro “aparato mitológico”. Las condiciones de posibilidad del libro responden a la naturalización de lo difuso en los progresismos existentes. Lejos de lo ad hominen, los reenvíos de imaginarios o acervos de memoria entre el balmacedismo y la UP han sido trabajados, con distintos énfasis por la historiografía chilena. No hay más reproches. Salvador Allende, La Izquierda Chilena y la Unidad Popular. 2023. Taurus.

Mauro Salazar J. Doctorado en Comunicación, Universidad de la Frontera.

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