Tariq Anwar / El horror, mi algoritmo, nuestra resistencia

Política

Paso, deslizando los dedos, una imagen tras otra. Primero un niño quemado con fósforo blanco, no, perdón, primero unos hombres desnudos caminando por un campo abierto, conducidos por soldados. Aunque esta imagen se superpone a la de estos mismos hombres en un camión militar, nuevamente desnudos. Siento angustia, porque no se donde los llevarán. Segundos después alguien dice que conoce a uno de ellos, es un periodista. Quiero saber más, pero el algoritmo parece que me quiere atrapar en otro camino y me aparecen unos bebés muertos en brazos de sus padres. Alguien comenta “eso es Palliwood”, otro “ese bebé es falso”. Se produce una lista interminable de comentarios que habría que desmentir, porque ya algún medio que creo más serio dijo que el bebé en realidad era real. ¿Convencer? ¿A quién? Salgo del posteo e intento volver a los hombres detenidos desnudos, pero me asalta una imagen de Naciones Unidas votando una resolución sobre el Cese al fuego. Leo que ya fue vetada por Estados Unidos. La imagen es de un hombre negro levantando la mano. Cuando lo leo ya otros me han hecho ver que no es el primer negro que Estados Unidos usa para tal gesto terrible. Su mano se levanta como saludando a Netanhayu. Heil Netanyahu.

Me duelen los ojos. Pero siento que no puedo despegarme. Esto es una forma de contactar con los niños en Gaza, aunque sé que nunca lo sabrán. De hecho, probablemente no crecerán para averiguarlo. Doy likes un poco desesperado. Pienso en eso mientras sigo deslizando mis dedos. Esperando la siguiente imagen intolerable. Me encuentro con los periodistas. Los palestinos que han sabido salvarse de la muerte voladora y han registrado y enviado al mundo las imágenes del horror. En ellas las mujeres y los niños se agolpan por un poco de agua y comida. Está lloviendo en Gaza. Lo acabo de ver. Y los niños sacan sus lenguas para recoger gotas. Que alivio. Aunque otro periodista advierte que las lluvias causarán estragos entre quienes no tienen un techo. Ya había leído que los desplazados son un millón ochocientos mil personas, que es como decir que todo el mundo en Gaza está desplazado. De nuevo el algoritmo me lleva a otra parte. Los ojos duelen. Veo al rey de Jordania acordando con Estados Unidos una transferencia monetaria. La noticia ya no tengo que pensarla. Alguien dice textualmente lo que vale el silencio del rey de Jordania. Pienso: reyezuelo. Después pienso: ¿que rey no es un reyezuelo?, sigo: ¿que gobierno, cualquiera, no es vasallo?

Descanso entre los pensamientos, pero en realidad mi mano ha seguido pasando y pasando posteos. Es ahí, un poco más descansado, que comienzo a sentir una rabia insoportable. Hay algo mío en esos niños asesinados y lo sé. Es la humanidad lo que se va con ellos. Hay algo mío en esos niños. Algo mío. Me pregunto si esto terminará pronto y veo que quizá ese algo mío es también egoísmo. Quiero que termine ¿para desplazar mis dedos en una pantalla tranquilo? ¿siguiendo el mismo patrón de comportamiento idiota con que hemos vivido todo este tiempo? No, no quiero eso. Al menos trato de convencerme de que no. Que lo que he visto, aunque sea en una pantalla, es el horror que no se olvida y que no se perdona. No soy yo quien muere en Gaza. Pero algo de todos nosotros está muriendo ahí. Ojalá venga detrás de la rabia un poco de aire. De ese aire que en Gaza falta, lo sé, pero que necesitamos para pensar y actuar. Tengo la sensación de que el algoritmo, esta suerte de genius impersonal, nunca había esperado esta transformación. No estaba hecho para eso. Y pienso: ese sutil clinamen es la resistencia.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.