Javier Agüero Águila / La paz no existe

Filosofía, Política

La paz no es el antónimo de la guerra, por el contrario, es su mímesis. El espacio en blanco (su sangría) que la antecede.

¿Qué paz? ¿hay diferentes formas de paz o la inmensidad de su significado se abrevia en su puro singular? ¿Desde qué lugar hablamos en el momento en que nos dirigimos a ella? ¿es posible ir directo a la paz, sin desvíos, sin permutar nada, sin conceder la más mínima alteración de nuestra pulsión pacifista? O, por el contrario ¿estamos determinados a destruir todo a nuestro paso mientras nos enrolamos en su búsqueda frenética? La paz no existe, nunca, es una esterilidad histórica y culturalmente falsa; se trataría de que en su nombre todo lo que la humanidad ha perseguido no es más que la expansión y subordinación de un grupo humano por sobre otro. La paz no existe, no es, y toda su gramática y tradición que deviene de un cierto eco judeo-cristiano no se correlaciona en nada con la constatación histórica del sometimiento que urge y exige.

Si no es así, entonces deberían desarmarse todas las potencias, abandonar su armamento nuclear y deshacer todas las alianzas atlánticas o transatlánticas si es que lo se pretende es algo así como una paz incondicional, hiperbólica o perpetua (el delirio kantiano) en la que se generen todas las condiciones reales para que ningún ser humano más muera por causa de otro, que ningún niño o niña padezca el horror del poder en éxtasis, un poder fuera de sí, deseante de aplicar dolor y miseria.

Una paz fuera de serie sería una paz al margen del mundo, diseminada en una zona y órbita lateral. Que se desarmen todas las naciones y que, así, la paz sea, como es hoy la guerra, el vector y el factótum, el alfa y el omega, el principio antes que el principio y el fin después del fin; es decir, que se evaporen como por arte de magia, o una alquimia pacifista, lo que monitorea el curso de todas “las políticas de defensa”.

Que Israel se desmilitarice y EEUU deje de proveerle toneladas de armamento (20 millones de dólares en equipamiento militar a la fecha), detenga el genocidio y que reconozca al Estado y pueblo palestino y que éste último, entonces y recién entonces, desista en su resistencia/defensa. Que se devuelvan del mismo modo todos los territorios usurpados y ocupados por décadas de imperialismo, expansión, desplazamientos y muertes. Que Rusia baje bandera en Ucrania y retire sus tropas y que Putin, igual, anuncie al mundo que abandona la carrera armamentista y que aborta en su pulsión de gobernar el planeta. O que Arabia Saudita e Irán, en su disputa por controlar a Yemen, bajen también las pistolas y terminen con uno de los conflictos más sangrientos del siglo XXI.

¿Es posible este exceso de paz? ¿se trata la paz del desarme total y de declarar, así, un estado mundial de indefensión frente a cualquier posible ataque de un traidor a la paz global? ¿se podría pensar en una suerte de sistema pacifista-capital? ¿o es lo propio del capitalismo la guerra y vivimos en un estado de extinción sistemático que alimenta, a cada segundo y con cada desaparición, la hemorragia acumulativa del capital mismo y su flujo insensible de cara al sopor de la muerte cotidiana? ¿cuánto necesita de la paz el capitalismo? Distinto es que el capitalismo desee (sí, el capitalismo desea) que lo dejen en paz.

Esta paz no es posible, ni siquiera es una utopía con horizonte de realización, es, de plano, lo imposible, lo irrealizable mismo, el delirio. El fin del armamentismo a toda escala es imaginar lo inimaginable: un mundo desarmado, potencias entregadas al devenir pacifista de sus enemigos históricos que ya nunca serán percibidos como amenazas. La fórmula del triunfo total de la paz es in-creíble, fabulosa, una fábula destinada a ser nada. Un punto de total inflexión en el curso de la historia que rehabilitaría el sueño kantiano.

Entonces paz sí, pero en nombre de la guerra.

La paz: ¿hablamos de ella, sobre ella, en ella, después de ella o, en simple, solo somos los ventrílocuos de un imposible? ¿de una palabra muda, vacía, desprovista de todo sentido y en la que únicamente lo que se juega es un léxico que se sostiene sobre el reptar para siempre intestino y abyecto de una subordinación? ¿no es la paz, en esta línea, lo más violento que pueda existir, lo más criminal, anárquicamente cruel y potencialmente el fin de un grupo humano por acción desatada de la furia tanática de otro grupo humano que flamea banderas, fascistiza las prédicas y pone corriente a los tanques?

La paz, más allá de su figura cristalizada en el imaginario colectivo, es siempre la guerra y es, además, el fin, el objetivo de la guerra misma. Lo que persigue toda guerra es la paz, es decir, la ausencia de respuesta por parte del enemigo y desde ahí desatar las pasiones para siempre insatisfechas de dominación. Y todo esto enarbolándola como dispositivo total: político-represivo, icónico, narrativo, estético, etc.

Unas cuantas preguntas más. ¿De qué paz hablamos? ¿se trataría, en principio, del fin de un conflicto, de una guerra, del término de un genocidio o, también, de la presencia de justicia? ¿la paz se logra cuando se detienen los crímenes en masa o es extensiva a la restitución de lo extirpado, de lo arrebatado, incluso, antes de que las masacres se hayan iniciado? ¿es posible la paz sin paz, por ejemplo, una paz armada? ¿incluye la paz solamente la desaparición de las armas o sigue estando pendiente para siempre en la gestión burocrática y política de la guerra posterior a la guerra? En definitiva ¿cuándo es “posible” la paz –si es–? o, más aún ¿existe la paz o no es nada más que un centelleo etéreo en el que se suspenden intermitentemente las masacres?

La paz es una guerra siempre porvenir y aunque esto sea y se resienta como demoledor, es la historia universal de la infamia (al decir de Borges), el motor que enciende las turbinas de la época, la proteína propia de un mundo que se produce y autorreproduce desde su incesante espiral destructivo. La paz es gargareo estratégico que se encripta en todo el reptiliano discurso de los poderosos. La paz se dice y en ese mismo instante es evanescencia, inciso en el tiempo desterrado de la historia sin más fuerza que su significante romántico y altruista.

La paz no existe, pero sí –y aquí el hiato, la rasgadura en la penumbra por donde se filtra una cierta luz transparentando algo– es posible la comunidad de los sin paz, de “los impasibles” («La paz es la única batalla que vale la pena librar”, escribía Albert Camus sin restarle el más mínimo rasgo de conflicto que le es inherente). Esta comunidad reuniría a todos los que imaginan un mundo sin guerra, una “ética” de la paz más que la paz misma. La paz es imposible, no tiene siquiera representación, pero se dinamiza inoculando sentido en las luchas cotidianas, en el “inconsciente político” del cual hablaba Frederic Jameson y que, si bien no puede ser entendido como una “zona de fe”, sí habilita la resistencia, permite la contrapalabra, hace emerger la otra versión o la sub-versión.

Tal vez, y solo tal vez, se trate de la batalla de la imaginación de vida contra la repetición feroz de la muerte.

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