Javier Agüero Águila / Decir izquierda

Filosofía, Política

1. Marguerite Duras, en un texto de 1980 titulado Los ojos verdes describía –con su laconismo tan propio y genial– el discurrir de su tiempo, o al menos de lo que ella experienciaba como su pasar por el mundo:

El enrarecimiento de la actualidad y de la simultaneidad de uno mismo y del mundo se hace sentir cada vez más… ¿Y qué puedes hacer tú? Todo es distinto y, sin embargo, el truco está ahí. Tú sólo tienes que mirar, ¿entiendes?”.

El pasaje es desestabilizante a la luz de un individuo perplejo que no es capaz de definir su experiencia; la realidad rara, bizarra a los ojos verdes de quien la resiente como pura extrañeza, al tiempo que se concibe a sí mismo como una individualidad simultánea que se coordina con las variaciones también ingentes de una mundanidad revuelta. En breve, Duras nos habla de un individuo disuelto en una multiplicidad de roles exigidos por una existencia subordinada a la indefinición, atonal y sin rasgos; a no ser esto o aquello, sino, más bien, a quedar vacío en el tinglado infinito de posibilidades que se desparraman en el tartamudeo de las indecisiones, de lo indecible, de lo que no dispone de una secuencia básica que entregue una forma de habitar la vida; de existir más allá de solo vivir como resorte biológico natural.

2. Entonces el pasaje, en su potencia literaria, se vuelve también una indicación con fuerza política; porque frente a un estado de las cosas, al día de hoy, en éxtasis, solo tocaría mirar, ver pasar el tiempo y ocupar el espacio como transeúntes despistados que asumen la subordinación a la contingencia porque sí, es lo que toca, el timbre de la época, el júbilo de la era postcapitalista o tardocapitalista con rictus expansivo; sin preguntarnos nada; sin una narrativa colectiva que nos dé soporte o nos entregue un sentido en el océano de la rareza de la que habla Duras y que definiría, justo, este tiempo y este espacio.

Seríamos individuos sin latitud para resistir en un mundo que no ofrece ninguna coordenada más que la de decir “sí” a la dominación en sus diferentes expresiones cotidianas y sistémicas.

3. Y es aquí, partiendo de la melancolía devenida política de Duras, que se quisiera decir algo sobre la “izquierda”.

Y en principio preguntar: ¿es posible “decir izquierda”? ¿qué invoca esta palabra y qué pretende conjurar? ¿sabe de sí misma o simplemente se pronuncia como un galimatías? ¿cuáles son sus querellas visibles, su relato de mundo, su existencia más allá de su vivencia orbitando en torno al poder? ¿cuál es su idea de justicia? ¿da sentido, la “izquierda”, en un mundo que se craquela al compás de una banalización (a la vez tiránica y feroz) de la política en todos los ángulos del planeta? ¿qué narrativa propone en este inciso histórico en el que asistimos a un caleidoscópico proceso de fascistización en todos los ángulos del planeta? ¿cómo puede hacer frente a esta arremetida ultrona, imperialista y genocida si ella misma puede ser –como lo ha sido en tramos no menores de su historia– totalitaria, policial y genocida? ¿sobrevive solo a partir de las partículas diferenciadoras que intentan resarcirla de la ausencia de universales mínimos?

La izquierda se puede decir izquierda sin que exista izquierda. Y aquí, se cree, la cacofonía es válida, porque tal como lo decía Jacques Lacan en la clase del 26 de febrero de 1969 “[…] la verdad tiene una estructura de ficción”. Esto significa que aunque algo sea parcialmente cierto se implica en la cultura desde lo no-real o, para ser más justos con la terminología psicoanalítica, desde lo mitológico. Y es válida la pregunta, en esta línea, de cuánto la izquierda, hoy, tiene más de mito que de verdad; si se sostiene a propósito de la generación de imaginarios y figuraciones que ya no existen, teniendo que traer al rodaje una y otra vez mantras que no tienen asidero porque, al parecer, ella misma no lo tiene en un devenir que se bambolea entre las más extravagantes y crueles formas de violencia.

Se podría pensar que en este punto histórico en el que las prédicas y la agencia imperialista se despliega sin límites, que la izquierda tendría un espacio para rearticularse, un margen en el que se impulse ese “distintivo” que –y más allá de cualquier “cordón sanitario”– repercuta en las sociedades contemporáneas generando emociones, conmoviendo, porque es capaz de enfrentar el desmadre de una devastación anunciada con la solvencia de una idea, con un régimen de pensamiento que devenga, a su vez, en acción política concreta; una resistencia que no solo se plastifique en retóricas contextuales falsas, simuladas, pastiches mitológicos, sino que sea capaz de consolidar, como lo sostenía Frederic Jameson en Teoría de la Modernidad (1991), “[…] un intento de pensar históricamente el presente en una época que ha olvidado cómo se piensa históricamente”.

¿Y no es esto lo que le ha pasado a la izquierda? ¿su incapacidad de pensar históricamente una idea situada de la política y la cultura? Lo complejo y a veces exasperante de esta constatación de Jameson, es que la izquierda carece de estética, o al menos de una identificable. En el afán por hacer de la política de las particularidades un nuevo eje articulatorio que pudiera presentar cara al relato omniabarcador y universal del capital en su versión de guerra imperialista, la izquierda (inhabilitada para decir algo de sí misma salvo la repetición sin densidad de lo idéntico), ha creado la ficción de que en las especificidades querellantes venidas de todos lados se encontraría un nuevo estado de la idea que la soporte. Pero esto ha resultado un fracaso, en el entendido que todas las demandas de las diferencias padecen de una pugna intrahegemónica, dentro de sus propios perímetros, vitalizando sus campos de disputa por hacerse del control de la esfera que defienden. Los feminismos, los movimientos ambientalistas, las disidencias de género y sexuales, los diferentes grupos de reivindicación de los pueblos originarios, las múltiples agrupaciones contra-capital que proliferan en todo el mundo, en fin, todas estas membresías que se consideran agentes que batallan desde una cierta marginalidad político-cultural (lo que es cierto, y justo), se disputan la hegemonía desde dentro de sus estructuras, siendo incapaces de activar una querella estabilizada e inmediatamente visible, legible para el resto la sociedad.

No es posible, así, que la izquierda impulse una disputa por la hegemonía a nivel global si lo que evidencia son luchas feroces al interior de estos grupos diferenciales que, en el corazón de sus demandas, se resuelven decididamente a enfrentarse. En la diferencia, por más diferencia que sea, hay una pulsión hegemónica.

Entonces una nueva alternativa para la izquierda no radica únicamente en la radicalización de estas particularidades, sino en el encuentro de ellas en torno a preceptos fundadores en los que se intercepten, dejando atrás aquellos fusibles que encendían solo la reivindicación específica para recuperarse, ahora, en algo así como en una “diferenciación vinculante”, lo que va de suyo muy difícil, sino imposible tal como se ha dejado ver en la últimas décadas en distintas partes del mundo, incluido Chile, por cierto.

De este modo, decimos que la izquierda carece de fundamentación y densidad, deambulando entre potenciales renovaciones locales y estrategias de contención mundial para evitar el magma de una ultraderecha que ya no amenaza, sino que viene destilando como el flujo operativo de un nuevo ethos mundial.

4. En resumen, la izquierda se hace llamar izquierda sin saber qué es lo que eso significa. Estar a un lado u otro del espectro político no dice nada. Se trata, aquí, de volver a construir figuraciones colectivas que atiendan a la historicidad del tiempo. Habrá que pensar más allá del poder por el poder, intensificando una forma de comprensión de la realidad que sea, igualmente, efectiva, porque el epistemicidio de la izquierda en su versión ultra liberal ya fue consumado.

Esto también implica resignificar a toda escala y fundamentar las ideas básicas; igualdad, justicia social, la solidaridad en su sentido sociológico, los derechos humanos como el sine qua non de la vida social y de lo político, etc. Particularidades sí, pero despuntando a un relato colectivo que les implique un sacrificio. Esto es, salir de la zona de confort puramente querellante de sus diferencias para entrar en la búsqueda de lo social-vinculante que está enfermo y que agoniza.

Habría que procurar, tanto como sea posible, una potencia más allá de las diferencias intrahegemónicas.

Hasta ahora, y siguiendo nuevamente a Jameson, la izquierda no ha sabido ser más que un collage y otras formas de yuxtaposición sin un fundamento normativo; entendiendo por normativo algún mínimo preceptual que oriente y defina el quehacer en el mundo de una izquierda náufraga, ni siquiera con ausencia de proyecto sino que, se insiste, a la deriva; un discurso político sin politicidad.

5. Para terminar, hay que reconocer que no es posible ni conduce a nada –tal y como lo hago ahora– solo teorizar sobre las condiciones de posibilidad de una izquierda probable, de su sobrevivencia.

Por eso cuesta decir “izquierda” ahí donde no hay densidad y solo adquiere un ligero sentido en su fugaz enunciación; porque hacia fuera, como vertebración de un contrapalabra que resista a la furia del capital con afanes de reformulación de la geopolítica planetaria, no tiene nada que hacer; es aire, vapor, éter; se autoconsume en cuanto se dice.

Duras tiene razón; yo firmo su asombro casi indecible y sí: “el truco está ahí. Tú sólo tienes que mirar, ¿entiendes?”.

Javier Agüero Águila, Doctor en filosofía

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.