Paloma Castillo / Heredar la alegría

Filosofía, Política

“Hay entonces una cita secreta entre las generaciones pasadas y la nuestra”. Walter Benjamin

Voy a empezar por lo luminoso, porque la otra coreografía me tiene cansada: el inventario minucioso de los fracasos y, al final, un pedacito de esperanza que parece sustentarse solo en la porfía. Así ha sido siempre, o al menos desde que tengo memoria. Esa estructura, la del sacrificio: sufrir ahora para merecer. Ese es precisamente el problema que arrastra la izquierda en la que crecí.

Pienso. La alegría primero. Una marcha de un millón de personas, ese instante en que uno mira hacia los lados y el estar entre muchos hace algo con la rabia: la vuelve soportable, legítima. Lo curioso es que eso —que es lo más vivo que nos ha pasado en años— el psicoanálisis suele leerlo con desconfianza: como masa, como pérdida del sujeto, como regresión. Hay buenas razones históricas para esa desconfianza; Freud escribió sobre las masas con el ascenso del nazismo de fondo. Pero Wilhelm Reich, que estudió la psicología de masas del fascismo desde dentro, advirtió algo que la izquierda de su época no quiso escuchar (y nosotros tampoco): que el fascismo le ganó el fenómeno de masas porque la izquierda lo despreció, porque trató la necesidad humana de pertenecer, de formar cuerpo con otros, como una debilidad a corregir en lugar de una fuerza a disputar. Esa advertencia sigue intacta. Cuando la izquierda desprecia el deseo de estar juntos, no lo elimina: se lo regala a otros, que sí saben qué hacer con él.

Paloma Castillo / El sujeto del que nadie quiere bajarse o de lo importante de ir a ver Los invasores al Teatro Nacional Chileno

Estética, Filosofía, Política

Hay una escena que cualquiera que haya pisado un seminario de izquierda en los últimos diez años reconoce de inmediato. Alguien, en algún momento, pide la palabra y dice que el verdadero problema es el sujeto. Que mientras no resolvamos la cuestión del sujeto, todo lo demás es voluntarismo. Que la clase obrera ya no es lo que era, que la multitud todavía no es lo que será, que el pueblo es una categoría tramposa. Habla quince minutos, a veces cuarenta. Nadie lo interrumpe, porque interrumpirlo sería confesar que uno no leyó lo suficiente. Y al final de esos cuarenta minutos no se decidió nada, no se hará nada, pero todos salen con la sensación reconfortante de haber estado cerca de algo profundo.

Gonzalo Jara Townsend / Apuntes sobre el tiempo de la revuelta y sus implicaciones en la revolución y la reacción desde Furio Jesi

Filosofía, Política

El encanto de la revuelta radica ante todo en su inmediatez e inevitabilidad: debe suceder de manera ineludible. El tiempo está suspendido: lo que es, es de una vez por todas. Al igual que en la alquimia, si el experimento falla, significa que no se era lo suficientemente consciente y puro. Habrá otra suspensión del tiempo, mil otras suspensiones del tiempo, y tal vez alguna vez se será lo suficientemente consciente y puro. Furio Jesi, Lectura del barco ebrio de Rimbaud.

Existe un debate pendiente sobre el fenómeno de la revuelta, que debe ir más allá de su lectura romántica que se centra en los “afectos”. Para abordarlo, es necesario releer a Furio Jesi desde una perspectiva política, evitando la interpretación que lo separa completamente de la revolución o la reacción. Para comenzar, podríamos aseverar que la revuelta no puede entenderse como suspensión mágica del “tiempo histórico”, ni como un fenómeno explicable por una causa única o un origen determinado.

Desde un enfoque crítico, la revuelta debe ser analizada a partir de sus consecuencias concretas y posibles, no desde explicaciones causales abstractas. Buscar un “origen” —como el “neoliberalismo” o la “desigualdad”— simplifica un fenómeno complejo y limita su comprensión. En este sentido, se debe aceptar que la revuelta rompe con la lógica lineal de “causa” y “efecto”, exigiendo una evaluación “situada” en el tiempo y el espacio, que permita un análisis dinámico y no esencialista de su acontecer.

Mauro Salazar J. / Tribulaciones sin promesas. Fisuras del orden (Revueltas)

Filosofía, Política

Tribulación, esa cismática donde el gesto disidente se descubre ya escrito en la filigrana del reconocimiento que lo constituye. Tribulación, imposible separación entre la disidencia que habla y el archivo que habla en ella. Tribulaciòn, condenada a expresarse desde el umbral mismo que la instituye como legible, como reconocible, como perteneciente al orden de lo que puede ser pensado. Esa es la tribulación: no la pureza imposible de un afuera, sino la tensa filigrana donde cada negación del orden (escribas) se descubre ya anudada a los hilos que la sostienen.

Preludio

Este ensayo interroga cinco fracturas en la crítica contemporánea que exigen repensar cómo hablamos de Octubre (2019): La primera: la crítica reproduces la violencia epistémica que denuncia. Al instituir jerarquías de legibilidad (perspectivas que piensan el ser versus ciencias sociales sepultadas en el empirismo), clausura voces que resisten la lengua monopólica de la filosofía. Lo que aparece como liberación conceptual es captura. La segunda: la captura de nuestro lenguaje por el mercado académico. Las categorías disruptivas son metabolizadas, digeridas, vueltas funcionales a la reproducción del orden. La intelligentsia hace de la denuncia su modo de habitar el orden sin transformarlo. La tercera: no hay exterioridad. La imaginación intelectual está atravesada por la biopolítica del capital, inscrita en sus circuitos de rentabilización. La industria académica fabrica subjetividades críticas funcionales a su reproducción. Somos parte del aparato que criticamos. La cuarta: la genealogía de octubre exige preguntar cómo fue producida su subjetivación política. No fue espontánea. Emergió de dispositivos concretos (medios, símbolos, rituales, liderazgos) que inscriben todo acontecimiento en territorios ya colonizados. La crítica que ontologiza el acontecimiento reproduce el idealismo que combate. La quinta: la necesidad de duelo político estratégico. La tesis de que «el acontecimiento no ha cesado» es negación elaborada, no verdad ontológica. Requiere autocrítica sin ilusiones, ni conversiones (intersecciones sin punto medio).

Mauro Salazar J. / Izquierda. La Pasión Tanática como identidad última

Filosofía, Política

Más allá de los vítores de este domingo —si acaso Jeannette Jara se impone en primera vuelta— la izquierda chilena (¿si es posible aún nombrarla así?) expone una afección singular: la compulsión por descubrir en cada trazo del acontecimiento político «fascismos infinitos», omniscientes, que acechan en la molecularidad de lo real. Tal tendencia, tanática en el sentido freudiano, «pulsión de muerte» que se perpetúa, delata menos un vitalismo que una necesidad dramatúrgica (aunque fundada, hay que admitirlo) por confirmar una narrativa Auschwitztiana, cual pregón de los espantos. Lanzarse al «golpe en la cervecería almena» es otra aventura (1923).

Con todo, esta afección coexiste con una verdad infranqueable que se debe a un progresismo (sin agenda de izquierdas o reformas) que se ha centrificado en sus tribunas editoriales. Ciertamente ha obrado como el aval de una regresión autoritaria que avanza —nefasta— bajo el disfraz del orden constitucional, cual la máscara de una democracia profesionalizada. El progresismo del «mérito procedural» parece neutral, pero no es así. El mérito es profundamente violento, porque traslada toda la responsabilidad del fracaso a las personas (hasta la ausencia de osadía gerencial). Si las reglas son «limpias», «entonces la pobreza es tu culpa, y tu falta de osadía gerencial». La trace (huella-rastro) está ahí: invisible, royendo.

Mauro Salazar J. / Carlos Peña. Sinuosidades de El Rector

Filosofía, Política

a Javier Agüero…

En nuestro mundanal tupido las vocerías de izquierdas que, aún pululan, suelen establecer comentarios molares -obesos- para descalificar velozmente (perezas cognitivas) el campo de sus adversarios, hundirse en la demonología y estimular el negacionismo parroquial. Este ha sido el expediente más frecuentado para estigmatizar vitriólicamente a Carlos Peña González. En efecto, las críticas van desde retratar a un neoliberal –hegemón– que ha participado de las “cogniciones adaptativas”, o bien, un sujeto de permutas con elites en trayectorias liberales diferidas. También ha sido calificado como un normativista solvente que, por la vía del Kantismo (razón, modernidad, progreso, orden), oferta un somnífero a nuestra a nuestras elites -sin retrato de futuro-. Una especie de médium -principio de realidad- que establece los destinos de la quietud conteniendo los delirios partisanos. Y aunque el Rector Peña estableció juicios que nunca hemos terminado de comprender -compartir o tolerar- en el contexto de la revuelta (2019), ello incluye su furioso llamado a las fuerzas del orden, todo queda limitado a una enemización del juicio simple -donde finalmente se impone el slogan. Otros sostienen que Peña -el Rector- no es un lector fino de Jacques Ranciére, Jean-Luc Nuncy o el faro de la deconstrucción, Jacques Derrida. Casi como carta de triunfo nuestros filósofos enrostran un argot (precrítico) para desacreditar la dimensión mercurial de El Rector -en tanto abogado-. De suyo Peña, y pese a su innegable talento, no está desprovisto de corporaciones, sistema de medios y poderosas cadenas de influencia, ha cultivado el expediente del sermón para preservar la continuidad dominical de las modernizaciones.