En Ficción de la razón, conversamos con Gerardo Muñoz que acaba de publicar el libro La fisura posthegemónica en la casa editorial DobleAEditores.
Ficción de la razón: Gerardo, la primera cuestión interesante es obviamente el título del libro. La fisura post-hegemónica nos plantea dos conceptos que no necesariamente son conocidos por todos. El primero obviamente es el de lo post-hegemónico. ¿Qué es lo post-hegemónico? Una vez pensado eso, ¿por qué lo post-hegemónico crea una fisura?
Gerardo Muñoz: Primero que todo agradezco estas preguntas en torno a La fisura posthegemónica, que acaba de salir por DobleAEditores y que en realidad debió haber aparecido hace un par de años, pero que por razones varias se fue dilatando. Desde luego, dado que se trata de una intervención teórica en torno a la estructuración epocal estos marcadores temporales no perturban la lectura ni altera el menú de las cuestiones. El hilo que recorre el libro es justamente la condición fáctica posthegemónica de nuestro presente en el sentido fuerte del término; a saber, que los presupuestos que orientan la legitimidad de la política moderna ya no pueden sostenerse mediante principios de estabilización del orden de la representación. En este sentido, las categorías que orientaron a la modernidad política (representación, autonomía civil, ciudadanía, forma estatal, soberanía, positivismo jurídico) ahora solo aparecen de una forma desvirtuada, y tan rota como los juguetes infantiles en el salón de una guardería. Por un lado, entonces, la posthegemónica es un registro de comprensión de lo que un amigo ha llamado la fragmentación del mundo que torna imposible la organización autorregulada y legítima de los archein.
Por otro lado, y quizás como todos los libros, La fisura posthegemónica también encara la fórmula política que, en las últimas décadas ha gozado de mayor efectividad en la práctica política de ambos lados del Atlántico: la teoría de la hegemonía en sus diversas articulaciones del llamado horizonte populista de izquierda. Tras la ofensiva de la pandemia, ha quedado claro que la apuesta de una hegemonía política ha terminado siendo funcional a los nuevos proyectos nacionalistas soberanos que ferozmente buscan restituir la energía del mando político, poder ejecutivo mediante, para desplegar el velo de “alternativa” ante el colapso y el estancamiento del capitalismo contemporáneo. Volviendo al centro de la pregunta, diría que lo que en el libro llamamos “fisura posthegemónica” es el intento de rechazar el cierre de la política en un horizonte de consenso y equivalencia, que al fin de cuentas alienta la dominación mediante la tecnificación de lo político. A donde quiera que miremos hoy la hegemonía hace agua y se autoliquida. Esta es la lección de las últimas dos décadas del progresismo hispanoamericano tan enamorado de la ocupación del estado y la futilidad del patrón extractivo de acumulación. Para decirlo en plata: La fisura posthegemónica quiere escapar de la subsunción de la política en moral que ha minado, sin excepciones, a la totalidad del cosmos de la izquierda democrática.
FR: Como planteas en el libro, pareciera que estamos viviendo el fin de una época sabemos que, a diferencia de lo que ocurrió con otras generaciones, esto puede significar también el fin del mundo, tal como lo conocemos. En este sentido se ha producido también un agotamiento de diversas fórmulas también dentro de la izquierda ¿Cómo es posible pensar en este momento de agotamiento la posibilidad de una otra izquierda que sea capaz no sólo de evitar el desastre sino de crear un mundo en el que valga la pena vivir?
GM: En efecto, transitamos en un mundo intraepocal que también puede llamarse interregnum. Esto significa algo muy preciso: el crecimiento de la autonomización de capital ficticio ya ha dejado de prometer formas de estabilización económica para los bolsones poblacionales. Ahora queda claro que el último objetivo real del capital es el mundo, como dijo en su momento un conocido pensador italiano de los setenta. Ahora bien, el mundo no es simplemente la tierra que pisamos, sino que es el lugar inasible de toda forma de vida sensible y del ethos que nutre al ser humano en lo más íntimo: en el cultivo de sus almas. Que el objetivo actual del dominio hegemónico planetario sea el mundo debe alertarnos de la insuficiencia de todo ‘pensamiento político’ encargado de repetir formulaciones para fines de estabilización y legitimación gubernamental. Si hoy queremos volver al mundo es obvio que no podemos hacerlo con la valija de las herramientas de la arquitectura política de la modernidad. Al contrario, necesitamos, primero que todo, una orientación de orden ético; difícil tarea porque en ella se dirime no solo la relación con el mundo, sino cómo puedo cultivar una disposición entre la lengua y la exterioridad fuera del orden de lo objetual. En cierto sentido, toda estructura de hegemonía es un ordenamiento de la retórica de lo Social (hay que reconocer que en su último libro Ernesto Laclau fue altamente honesto: The rhetorical foundations of Society). Por todo esto, podríamos definir a lo que llamamos ‘izquierda’ como la retórica de lo que ya no puede hablar ni entrar al mundo.
FR: En un momento del libro hay una llamada a poner atención más que en el horizonte, en el paisaje. Lo que evidentemente convoca a pensar una suerte de tiempo presente en el que pueden ser leídas las posibilidades y las fracturas. De alguna manera es una «invitación urgente» a pensar las instituciones y lo que ellas pueden significar en el contexto actual ¿Cómo crees tú, en este sentido, que se puede pensar el poder institucional, en fin, el Estado, desde este habitar el paisaje que propone la fisura posthegemónica?
GM: Creo que la pregunta por el paisaje debe leerse en el registro sobre el acontecimiento del mundo al que aludimos anteriormente. Si hoy todos somos rehenes de las celdas del funcionalismo planetario – su viciosa circulación e infraestructuras permanentes – es porque se quiere clausurar el paisaje como vía de la exterioridad. Esta es una temática difícil que el libro alude, pero que no tematiza ni desarrolla. Es algo sobre lo que nos ocuparemos en otro lugar. Pero tienes razón al observar que La fisura posthegemónica no oculta un interés sobre la cuestión de la institución como vórtice central en la deposición de la hegemonía. Al fin de cuentas, la suma reflexiva sobre la hegemonía nunca elaboró una teoría de la institución, e históricamente la sustituyó por la abstracción moral de la “ocupación del estado”. Pero las instituciones son parte integral de las formas de vida mediante las cuales los vivos y los muertos consiguen una duración estando-ahí juntos. Es un viejo tema tratado por Plato en Las Leyes, y que si hemos de seguir a la pensadora Monica Ferrando en su El reino errante (2025), su incepción originaria en Occidente es de orden musical. Esto quiere decir que la institución estaría más próxima a la chora que a la polis, más inclinada a las artes que a la política, más imbricada en la imaginación que en gramaticalización del logos. Dada su continua recursividad, aunque también gracias a ella, se suele olvidar que el proyecto de dominación técnica-administrativa mundial es fundamentalmente anti-institucional; de incesantes mandatos morales, tal y como queda comprobado en la metamorfosis del derecho público contemporáneo. Está claro que la única duración en nuestro tiempo es la alienación incomunicada entre la vida y el mundo. Tomando distancia de las lecturas normativas, abrir al pensamiento a la institución supone aventurarse a preguntar por el ‘día después’ que hayamos destituido la fuerza de la objetivación. Dicho en otras palabras, la pregunta por la institución es también la pregunta por las técnicas de existencia y su afinidad con los lugares, los hábitos, y la ecología de las especies.
FR: Por último Gerardo, el genocidio que está perpetrando Israel en Gaza pareciera acelerar muchos de los procesos que describe el libro, o al menos poner urgencia en la necesidad de encontrar formas de resistencia que precisamente se desliguen de las formas tradicionales marcadas por la voluntad y la hegemonía. A esto podríamos sumar, por supuesto, la violencia contra los inmigrantes en California, lo que abre aún más las posibilidades de desnudar el entramado global del poder ¿Qué nos puedes decir de la fisura posthegemónica ahora en el contexto de lo que podríamos llamar una palestinización del mundo?
GM: Definitivamente en estos años hemos asistido a clarísimas implosiones de la hegemonía técnico-político a escala mundial. No es menor que los antiguos defensores de un nuevo sujeto contraimperial (la Multitud), hoy ya acepten la condición fáctica de un mundo posthegemónico. En el 2020 nos sumergimos en la irrupción de la pandemia COVID19 y sus controles biométricos contras las poblaciones; e inmediatamente después sobrevino el escenario de múltiples conflagraciones bélicas en distintos teatros geopolíticos. Ahora queda claro que la facticidad del declive (stagnation) – esto es, el hecho material que la reproducción capitalista entra en una fase irreversible de lo que Marx llamaba la tendencia decreciente de la tasa de ganancia – y por extensión de toda forma principial de hegemonía, solo puede resolverse mediante la guerra civil, el genocidio, y las más feroces prácticas de domesticación contra el excedente poblacional. En este sentido, las fisuras están por cada esquina del tejido imperial, y el tono apocalíptico de sus diversos guardianes es el intento unísono de volver a una normalidad aparente, mas imposible.
En este contexto de abierta conflagración, no es un detalle menor la desesperación del poder ante la palabra “Palestina”, tal y como se ha visto en los últimos meses por parte de todos los actores sociales de Estados Unidos (periodistas, legisladores, opinadores, académicos, administradores, constitucionalistas, y trabajadores sociales), y en cuestión de algunos meses no han cesado de aparecer abultados libros sobre Israel como salvavidas de ese buque que se hunde llamado “civilización”. Desde luego, sabemos que la “salvación mediante los judíos” – que en realidad no es otra cosa que la tecnificación escatológica mediante la destrucción del judaísmo – es la verdadera proyección antisemita que hoy se eleva como proyecto civilizatorio en función de los intereses de una ideología política (Sionismo) que acelera la destrucción contra el pueblo Palestino. Pero, aunque el dolor de lo que acontece es insoslayable, sabemos que el hombre puede ser destruido de mil formas, pero jamás puede ser destruido absolutamente. Si Palestina hoy es uno de los nombres de las fisuras que se dan cita contra la totalización social es porque irradia la esencia de lo indestructible; y, en lo indestructible, se alza un principio tenue de esperanza incluso ahí donde la vida permanece bajo la costra de la tierra, condición que los Palestinos han sido forzados a soportar durante tanto tiempo. Pero en esas catacumbas y ruinas hay más vida que en los infiernos artificiales de las metrópolis occidentales. Bordiga decía que el proyecto de la civilización – usurpación, producción, crecimiento – siempre se alzó como un gigantismo desde la costra de la tierra. Si algo nos enseña Palestina es que ya existe una posibilidad de un desvío de la impronta civilizacional; un desvío donde es posible el renacimiento del alma de los vivientes.
Gerardo Muñoz, La fisura posthegemónica, DobleAEditores, Santiago, 2025. ISBN 978-956-6149-08-8


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