Mauricio Amar / Sobre la identidad y la analogía

Filosofía

Entre los estudiosos del lenguaje humano se ha desacreditado durante mucho tiempo el lugar que juega en éste la analogía. A pesar de ser la forma de pensamiento más recurrente, por medio de la cual conocemos y comunicamos a diario, la búsqueda moderna de un pensamiento puro y abstracto, identificado con la lógica, ha rebajado la analogía a lo sumo al lugar de un asistente de la razón. Sin embargo, hoy que presenciamos como un espectáculo la destrucción del mundo comandada por una razón fundada en binarios –de la que la digitalización, es decir, el sistema de representación basado en unos y ceros, es paroxismo– la analogía podría presentarse ante nosotros como una salida.

Lo que excluye el pensamiento binario es la posibilidad de crear sentido por medio de la inclusión del parecido. De alguna manera, en la analogía se tiende constantemente a poner el ojo en el tercero excluido, cuestión incomprensible para el pensamiento lógico moderno, donde los conceptos se esencializan en un significado, sin poder adquirir otro, bajo pena de ser irracional. Bajo la lógica formal, la identidad no puede ser tenida más que como verdadera o falsa, excluyendo la infinidad de posibilidades que le podría abrir el «ser parecido a». Tanto ha influido la lógica en la mala comprensión de las identidades que ella se ha extrapolado al campo de la política con nefastas consecuencias. Así como el fascismo se representó binariamente como un polo verdadero y puro frente a la falsedad y decadencia de los judíos, el sionismo desde su origen ha promovido la idea de que una identidad judía es incompatible con la árabe. «Civilización contra barbarie» anunciaba Theodor Herzl en 1897, haciendo que el binarismo eurocéntrico pasara por alto la multiplicidad de posibilidades identitarias de los propios judíos a los que apelaba. Desde entonces, y sólo desde entonces, ser árabe y ser judío, como nos ha contado Avi Shlaim, pasó a ser una supuesta contradicción.

Como bien ha visto Enzo Melandri, en los años sesenta del siglo pasado, en gran medida la operación sustancialista de la lógica formal es heredera de la teología tomista, donde Dios, en última instancia, debe ser sostenido con una radical separación del mundo. Y allí donde amenaza el parecido –como cuando se dice que Dios ha creado al hombre a su imagen semejanza– la teología ha necesitado buscar el recurso de la «identidad elemental», del solipsismo divino, convirtiendo la similitud en diferencia. «La divinidad es la anomalía en estado puro –dice Melandri– porque es el límite negativo de cada regresión al infinito; y es trascendente precisamente por la misma razón: porque, en cuanto polo de una regresión interminable, se presenta como el “átomo” por excelencia, como el paradigma de aquella unidad, simplicidad y elementariedad que no puede subsistir en la situación conflictuada del viviente»1.

La anomalía de Dios funciona como paradigma de la lógica racional, en la medida en que constituye al ser divino como un término que no acepta comparaciones. La aceptación del pensamiento analógico para representar a Dios rompería el cristal de la esencia, convirtiéndolo en un ejemplar al interior de una serie. Por el contrario, para subsistir, y en esto Carl Schmitt era un buen teólogo, Dios debe ser no excepcional, sino la excepción como tal. Aquello asegura su soberanía sobre el mundo.

Ahora bien, precisamente en esta relación Dios-mundo se produce una paradoja, toda vez que Dios es la imagen no sólo de sí mismo, sino de todo soberano. Y si la modernidad ha podido asesinar a Dios es precisamente porque en su lugar ha puesto al humano como soberano de sí mismo, avanzando a tal atomización que el neoliberalismo ha podido pensar que en cada individuo la soberanía ha de manifestarse bajo una forma empresarial. Como queda en evidencia, la analogía, en última instancia, sostiene a la lógica formal, es su enano jorobado que debe ser mantenido siempre bajo la mesa o, incluso, es el barbero que puede finalmente afeitarse a sí mismo y a los demás2.

Urge, por tanto, pensar las consecuencias de un pensamiento analógico para las identidades modernas. La idea de un pueblo elegido o una raza pura, por más que sirvan de máscaras –muy efectivas y destructivas, por cierto– para que los humanos sueñen con una identidad elemental, en última instancia, contienen en sí mismas sus líneas de fuga. El pensamiento analógico tiende, en este sentido, a convertir todas las identidades en categorías situadas históricamente, a la espera, como decía Michel Foucault, del encuentro con otras categorías, otras semejanzas, incorporadas en otras tablas y jerarquías3. Una tarea primordial del pensamiento, en este sentido, es hacer evidente las relaciones entre conceptos para abrir otras posibles.

Si la analogía tiende hasta el infinito y la indiferenciación, es porque todo, en algún punto, se parece. Conocer, entonces, es fundamentalmente descubrir la distancia que separa lo parecido, su diferencia en la repetición, su singularidad en la serie y su pertenencia a ella. Se parece Auschwitz a Gaza, se parece el humano y la naturaleza, se parece el pensamiento a la sensación, se parece la forma a la materia. Si el pensamiento es posible es precisamente porque habita en los grados, en las diferencias que algo repiten.

NOTAS

1Melandri, E. La linea e il circolo. Studio logico-filosofico sull’analogia, Quodlibet, Macerata, 2021, p. 114.

2La paradoja del barbero, pensada por Bertrand Russell, indica, dado que el barbero es aquel que afeita a todos aquellos, y solamente a aquellos, que no se afeitan a sí mismos. ¿se afeita el barbero a sí mismo? La contradicción es lógica pues, el barbero se afeita a sí mismo si y solamente si no se afeita a sí mismo. Esta paradoja no es meramente un juego intelectual, sino una revelación profunda sobre las limitaciones estructurales inherentes a los sistemas lógicos.

3Cf. Foucault, M. Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas, Siglo XXI, México, 2010, pp. 9-18.

Imagen principal: Evan Lawrence, The Battle of Analogy, 2018

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