1. La masacre de Gaza no es una más. Pocas veces, con anterioridad, un acontecimiento de este tipo se ha encontrado con unos medios donde se fabrica la realidad y un público que ya no distingue entre lo privado y lo público, o entre apariencia y realidad, y donde, gracias a esas tecnologías de la comunicación, el otro se ha convertido en puro instrumento, medio y no fin, que permite promocionarse en la carrera hacia la precaria fama mediática de los individuos. Arendt nunca habría imaginado hasta que punto la «banalidad» se podría haber convertido en la esencia de la moderna cultura de masas del siglo XXI.
La imagen creada por IA de Trump y Netanyahu tumbados cerca de una piscina en una “Riviera de Oriente Medio”—es decir, una Gaza convertida en resort de lujo—(este video fue compartido por Trump en sus redes sociales en febrero de 2025) alcanza toda su fuerza cuando se confronta con las imágenes reales de las masacres en Gaza. Ese choque entre la realidad, la muerte en las calles de la ciudad y la delirante planificación urbanística futura constituye un ejemplo visible de lo que Hannah Arendt denominó «banalidad del mal» (Arendt, Eichmann en Jerusalén). Y esa banalización del mal podemos localizarla en muchos individuos, incluso en un sistema de alianzas internacionales, se amparan en ella, es su coartada para no mirar directamente a la destrucción y la muerte, para minimizarla, para justificarla entre de un banal argumentario.
Ese contraste entre la opulencia y la muerte recuerda ciertas estampas del siglo XIX en las que puede verse, en la parte superior, un riquísimo salón de baile y, en la inferior, el lumpenproletariado abriéndose paso bajo tierra, irrumpiendo en la composición. La monstruosidad oculta bajo la superficie alude al “secreto de la mercancía”, el trabajo explotado y oculto, un concepto central en El Capital de Marx. El fetichismo aparece cuando se pretende ocultar lo sucio o lo criminal: esa banalización de la «Riviera gazatí» es ya una forma de fetichización, pues se trata de mostrar la Gaza soñada y no la Gaza masacrada. Es incluso algo así como un reclamo publicitario de lo que vendrá después de la «limpieza» y desescombro.
Esto conecta directamente con la idea de Arendt, que subraya cómo Eichmann solo se preocupaba por su carrera profesional: ese es el auténtico fin, lo visible, los crímenes son meros medios, materia para el olvido. Estos personajes se cultivan y crecen en un ambiente determinado: la competencia capitalista. El perpetrador tiene el poder en un entorno concreto: el de las masas. Un rasgo especialmente visible es su forma de expresarse, basada en palabras vacías y clichés. Arendt lo analizó con detalle, pero ya Kant advertía sobre tutores que perpetúan la “minoría de edad” de sus pupilos mediante prejuicios. Los líderes mediatices esto lo supieron hacer muy bien. En el contexto de la cultura de masas estudiado por Lippmann, la comunicación con el público debe adoptar fórmulas muy simples, que él denominó “estereotipos”. Estas son condiciones básicas para que cada individuo se olvide de los otros e inicie su carrera hacia el triunfo, no hay que pensar, solo hay que luchar y vencer.
El concepto de “banalidad del mal”, acuñado por Hannah Arendt, ha sido clave para comprender cómo personas comunes pueden participar en atrocidades bajo ciertas circunstancias. Arendt, a partir del juicio a Eichmann, mostró que el mal no es necesariamente demoníaco o extraordinario, sino una consecuencia de la incapacidad para pensar (En Eichmann en Jerusalem, pero también en La vida del espíritu), del refugio en clichés y de la obediencia acrítica. Eichmann no era monstruoso en términos clásicos: era banal, rutinario, incapaz de juzgar el impacto de sus actos sobre otros, y en esa renuncia al pensamiento residía su mal. Lo que Arendt desvela es la complejidad del poder en la era de las masas: el liderazgo de las pasiones colectivas a través de nuevas formas de discurso desarrolladas en redes sociales.
Varios pensadores y periodistas contemporáneos han trasladado este análisis arendtiano al contexto palestino y a la situación de Gaza, mostrando cómo la «banalidad del mal» puede renacer mediante la burocracia, la indiferencia institucional y la acción (o la inacción) internacional. Ignacio Gutiérrez sostiene que el sufrimiento palestino se ha normalizado institucionalmente; Antonio Papell denuncia la tolerancia internacional frente a un genocidio de facto, o M Martínez-Bascuñán que afirma que Europa padece hoy una forma moderna de banalidad del mal: una moral vacía que bloquea la acción y sacrifica valores en nombre de la obediencia institucional.
2. Dentro de este debate, el artículo de J.L. Villacañas (Levante, 30 de agosto de 2025) ofrece una lectura polémica del concepto arendtiano, conviene comenzar con él porque discute la aplicación del concepto al marco gazatí. Resulta esencial atender a la idea de poder que subyace en la tesis de J.L. Villacañas, sobre todo en su impacto en la moralidad del sujeto. Su argumento central es que la banalidad del mal no se puede aplicar a Gaza, pues allí el mal estaría encarnado por un “soberano absoluto”—Estados poderosos como Israel y EE. UU.—frente al cual solo cabría obedecer o rebelarse. Según Villacañas, mientras Eichmann es banal, líderes como Hitler o Netanyahu representan el mal “sustantivo”: un poder absoluto que aplasta cualquier resistencia. Por ello, insiste en que los gazatíes no luchan: no es una guerra, sino una masacre sin resistencia. El soberano, según Villacañas, espera que todos, incluidos los gazatíes, seamos como Eichmann, es decir, obedientes.
Sin embargo, aquí surge una cuestión crucial: ¿por qué distinguir entre Eichmann (el obediente) y Hitler (el soberano) o Netanyahu, como hace el texto de Villacañas? ¿Por qué asumir que a todo mandato corresponde automáticamente una obediencia? Arendt desmonta esa falacia en Responsabilidad y juicio, al sustituir la pregunta “¿por qué obedeciste?” por la de “¿por qué consentiste?”. Ella advierte que solo los niños obedecen en sentido estricto; en el caso de Eichmann, como en el de cualquier adulto, se trata de consentimiento, no de obediencia. Allí reside lo esencial: la responsabilidad individual. No hay ningún programa biológico que nos determine a hacer esto o lo otro. No cumplir ordenes implica un castigo seguramente pero no obliga.
Resulta insatisfactoria, por tanto, la diferenciación entre Eichmann e Hitler aunque esa distinción se hace para destacar la importancia del «soberano». Villacañas afirma que “Hitler no es banal”, solo porque de él emana la orden, como si esa posición de mando le librara de la banalidad. Pues en realidad ambos, Hitler y Eicmann, encajan en la lógica de la banalidad del mal. La duda de Villacañas respecto a la banalidad de Hitler es parecida a la que experimentó la opinión pública tras las crónicas que Arendt publicó del juicio: muchos se escandalizaron de que calificara a Eichmann de “banal”. Pero lo banal no es trivial; es, por el contrario, el asesino que relega al otro a un medio dentro de la maquinaria burocrática, despojándolo de humanidad y luego de vida. En ese sentido, Hitler y Eichmann se mueven en el mismo terreno: clichés, fórmulas, demagogia y una incapacidad radical para pensar más allá de la propia ambición.
De ahí que resulte engañoso afirmar, como Villacañas, que “solo está permitido obedecer” ante un soberano como Hitler o Netanyahu. Esta justificación acerca del soberano es más propia del teatro barroco que del análisis de la política actual; pero al mismo tiempo es la coartada dramatúrgica que exculpa al soberano, y al súbdito, y culpa solo al aparato. Es decir, anual toda responsabilidad, inhabilita cualquier posibilidad de juicio. Por eso esta fue exactamente la excusa, o la justificación de la defensa: él solo obedecía, argumentario que Arendt desmantela. Sorprende que Villacañas repita esta justificación de la defensa de Eichmann casi con sus mismas palabras, pues si el que obedece no es responsable, nada hay que juzgar, incluso el soberano quedaría exculpado por circunstancias que le habrían llevado a dar ordenes que habrían sido un «mal menor».
La teodicea nos enseñó a justificar el mal provocado por Dios con argumentos similares, es interesante la reflexión agustiniana acerca del saqueo de Roma o de Voltaire y otros ilustrados acerca del terremoto de Lisboa. En el fondo ese poder superior al del burócrata, que encarna el mal absoluto o el bien absoluto, es Dios. Y frente a ese poder todo lo que emana no está sujeto a una voluntad que pueda ser juzgada, el mal que provoca es más parecido a una catástrofe natural, algo irremediable, cercano a una condena mítica. Y según eso Palestina sería ese pueblo condenado a la extinción de una forma irremediable, es el cordero sacrificial. Bajo estos supuestos ni el soberano ni Dios pueden ser juzgados, su voluntad es para nosotros desconocida. Así el delito queda impune, enmascarado por la mistificación del fetiche. La sublimación de ese poder del soberano, que está por encima del burócrata, libera al delito del carácter banal y también del carácter delictivo, pero evidencia la mayor banalidad jamas inventada: la del «sacrificio necesario» como argumento para justificar la aniquilación de la vida de la víctima y la rapiña de sus bienes.
No, Arendt no se equivoca; con la distinción “obediencia / consentimiento” introduce una diferencia clave: comprender la facultad del juicio y situar la acción dentro de la decisión responsable. Incluso podría decirse que Eichmann no habría sido condenado si el tribunal hubiese aceptado su presunta “obediencia irresponsable” y hubiese tratado sus decisiones como las de un menor de edad. El tribunal lo condenó porque no aceptó que obedecer fuera un “mal menor”; toda persona es responsable, porque es libre y puede ser premiada o castigada. Eichmann no «obedecía» sino que «consentía» y en esto es tan responsable como el que firmara la orden. Y tan banal es su mal, en tanto que el ordenante y el consintiente, lo reducían todo, tanto Hitler como Eichmann, a un marco burocrático donde solo se especulaba con las ventajas económicas y simbólicas de todo el proyecto destructivo, igual que ahora hacen Netanyahu y Trump.
Conviene recordar respecto al concepto de “banalidad del mal” que Arendt no la llama “banal” porque sea trivial, sino porque, a diferencia del asesino común o psicópata, el perpetrador convierte al otro en un simple medio, le arrebata antes la humanidad que la vida, y lo integra en un sistema burocrático que le permite al perpetrador ascender profesionalmente; su aspiración es idéntica a la de quien desea un puesto académico, un ministerio o la presidencia del gobierno, pero solo algunos convierten el asesinato en una máquina de promoción profesional. Por eso insisto en igualar a Hitler y Eichmann, no en diferenciarlos: ambos han instrumentalizado la vida de sus víctimas. En ambos opera el mismo discurso—según Arendt, el uso sistemático de fórmulas y clichés—que expresa la incapacidad de pensar, verdadero rasgo de la «banalidad del mal».
Por otra parte, la figura del “soberano” en el siglo XX vale solo como metáfora, pero no debe confundirse con el soberano barroco, tal como lo presenta Benjamin en El origen del drama barroco alemán o del Schmitt que aplaude a Benjamin (quien lo interpreta erróneamente como figura política actual). El príncipe barroco, destinado al reino desde la cuna, condenado al poder y asediado por la responsabilidad, no se parece en nada a los dictadores y “caudillos” que legitiman su poder con propaganda y su ascensión social a costa de la vida ajena. La miseria del dictador moderno, como la de cualquier poderoso, es equiparable a la de sus subalternos. Por eso Eichmann es condición de la existencia de Hitler y viceversa.
No debemos confundir la corte del príncipe (Benjamin) con el Castillo de Kafka, que es el verdadero habitat de figuras como Hitler o Franco. Son idénticos en su narcisismo escénico, y una de las características de la banalidad revelada por el juicio a Eichmann es la imposibilidad de recordar nada no vinculado con la propia carrera profesional. Lo banal es que esas muertes no les son nada, en comparación con su insaciable voluntad de poder. Aquí aparece la diferencia con el príncipe barroco, que “es” el poder, frente a los líderes modernos, siempre deseosos de más poder y temerosos de perderlo. Esa ambición iguala a Hitler y Eichmann, y probablemente a Trump, Putin o Netanyahu, amparados en el aparato burocrático estatal que usan para repartir responsabilidades: son la encarnación de la burocracia ciega.
3. Francisco Entrena-Duran cita a Arendt intentando sobreponerse a la banalidad con la que se tratan las masacres en Gaza, conviene recordar que en España, todavía hoy, los noticiarios presentan en sus reportajes el conflicto, el genocidio, como «Guerra de Gaza». Solo esa categoría, guerra, ampara una ficción gravísima que representa la realidad de una sesgada manera: apelando a una cuestión de legítima defensa. Respecto a este derecho escribe el autor: «La defensa no puede ser sinónimo de castigo colectivo ni excusa para una política de tierra arrasada. Y cuando la comunidad internacional tolera ese argumento sin reaccionar con firmeza, no solo legitima el horror, sino que lo perpetúa». Y a propósito de esto cita el libro de Finkelstein Gaza: una investigación sobre su martirio (Siglo XXI, 2019). Frente a ese «legítimo derecho» se han fabricado infinidad de estrategias que legitiman las masacres a las que nos tienen acostumbrados los diferentes Estados delincuentes, y frente a ese supuesto derecho se construye toda una literatura que banaliza la destrucción. Finalmente «legitima defensa» se convierte en un cliché hueco que convierte un acontecimiento lamentable, un ataque criminal como el del 7 de Octubre, en la capacidad de un ejercito con poder de oponerse al ejercito israelí. Esa asimetría brutal entre las fuerzas desautoriza el argumento de la legitima defensa y evidencia que es tan solo una etiqueta que pretende justificar limpiamente el genocidio.
Otros pensadores amplían y matizan estas reflexiones. Mauricio Amar, por ejemplo, también ha analizado cómo el derecho internacional (surgido en 1948 para evitar que se repitiera el holocausto), a lo que podríamos incluir la ayuda humanitaria y la mediación de imágenes de sufrimiento, pueden transformarse en formas de dominación simbólica, o de justificación de esa dominación. Esa legalidad internacional propone instrumentos que, aunque aparentan protección, terminan regulando la vida y la muerte de las poblaciones y perpetuando estructuras de opresión. Los amos siempre tienen permiso para matar. De modo similar, autores como Isabel Ginés, que recuerda que cuando hablamos de genocidio se nos acusa de banalizar el holocausto o Pedro Salinas Quintana subrayan cómo la deshumanización estructural y la trivialización mediática convierten el horror cotidiano en rutina, lo que desarrolla y actualiza la lógica de la «banalidad del mal».
Desde estas perspectivas, puede comprenderse que la banalidad del mal contemporánea ya no se reduce a la obediencia burocrática de un Eichmann, sino que se distribuye en redes internacionales, mediáticas y humanitarias. La indiferencia, la rutina y la instrumentalización del sufrimiento configuran hoy un mal cotidiano, funcional y muchas veces inadvertido, que posibilita que tragedias como las de Gaza se perpetúen sin ser cuestionadas ni detenidas. La responsabilidad individual, en este contexto, sigue siendo clave: incluso en estructuras de poder complejas, cada sujeto está llamado a pensar, juzgar y resistir la complicidad. Hemos espectacularizado la catástrofe y avanza como el necesario contenido que alimenta las redes y la avidez del consumidor de noticas. La banalidad se ha banalizado.
En síntesis, el debate actual muestra dos tensiones centrales. Por un lado, la interpretación clásica de Arendt enfatiza la responsabilidad individual y la incapacidad de pensar como núcleo del mal; por otro, lecturas contemporáneas como la de Villacañas desplazan el foco hacia el mal sustantivo del poder absoluto, relativizando la responsabilidad com forma de obediencia y justificando la inacción ante una tragedia sin solución. La reflexión sobre Gaza, entonces, no solo renueva el concepto de «banalidad del mal», sino que interroga la capacidad de las instituciones, los Estados y los individuos para resistir la rutina del horror y defender el valor irreductible de la vida humana. Y sobre todo la reflexión sobre la banalización del horror nos obliga a posicionaros respecto a los medios. Descubrir esa banalidad, que se ha hecho viral, es imprescindible, convertir ahora la denuncia de la banalización en viral es aun más importante. ¿Debemos espectacularizar la resistencia, la crítica? Parece que no hay otra forma de comunicarse con el público. Y esa línea siguen infinidad de acciones que se realizan para que la denuncia se materialice en las decisiones políticas.
4. Otro texto en el que se analiza el concepto arendtiano en relación con la gestión europea del genocidio de Gaza es el artículo “Von der Leyen y la banalidad del mal”, de M. Martínez-Bascuñán, publicado en El País el 31 de agosto de 2025. Una de las cuestiones que se plantea en él es la rebelión interna ignorada por los representantes electos de la Comisión Europea. Un grupo de 1.650 funcionarios de la Unión Europea firmó una carta abierta denunciando la inacción de las instituciones ante la crisis humanitaria en Gaza. En vez de responder a ese contenido, Ursula von der Leyen advirtió que el activismo político no está permitido entre los funcionarios (El País). Señalar violaciones al derecho internacional fue considerado “activismo político”; posicionarse de manera neutral, incluso ante crímenes graves, se presentó como postura institucional aceptable. La presidencia de la Comisión banalizaba el mal, tal y como había advertido Arendt.
La autora critica la suspensión de la ética y de la responsabilidad moral en favor de la obediencia burocrática. Funcionarios formados y conocedores del tema fueron silenciados, mientras que la puesta en marcha de determinadas decisiones institucionales prevaleció sobre los valores democráticos. Así puede decirse que la memoria histórica alemana se ha convertido en una forma de parálisis: Alemania, que se construyó sobre el recuerdo del Holocausto, acaba funcionando hoy como freno para el reconocimiento del genocidio en Gaza. El legado que debía prevenir nuevas atrocidades actúa ahora como justificación de la complicidad. Martínez-Bascuñán concluye que Europa vive una forma contemporánea de «banalidad del mal»: una moral vacía que condena con palabras y bloquea con hechos cualquier acción real. Así se proyecta una superioridad moral que enmascara una complicidad pasiva.
Sin embargo, existen muchas otras propuestas que relacionan el concepto arendtiano con la tragedia Palestina y, en particular, con la situación en Gaza. Ignacio Gutiérrez, en El Salto, subraya cómo el sufrimiento palestino se ha normalizado: las decisiones administrativas, la inacción internacional y los discursos que equiparan a opresor y oprimido constituyen formas contemporáneas de banalidad del mal. Ana Carrasco-Conde, en El País, introduce la noción de locus horridus para distinguir entre el mal rutinario, como el que describía Arendt en el caso de Eichmann, y el mal deliberado y consciente de sus actos que caracteriza a algunos actores actuales del conflicto. Según ella, el verdadero horror radica en la voluntad activa de destruir, incluso sabiendo lo que se está haciendo.
Desde otra perspectiva, Antonio Papell, en HuffPost, denuncia la “banalización del genocidio” a través de la indiferencia internacional. A su juicio, el uso del hambre como arma de guerra y la pasividad de Europa y Estados Unidos no son meras omisiones, sino mecanismos que perpetúan el mal bajo la forma de inacción calculada. Una línea afín puede verse en autoras como Isabel Ginés, quien ha descrito en Nueva Revolución el funcionamiento de la ocupación israelí a través de un aparato burocrático que deshumaniza, reprime y priva al individuo de juicio moral.
Otros autores han enriquecido la discusión con diferentes matices. Pedro Salinas Quintana vincula la banalidad del mal con la trivialización mediática del sufrimiento, evocando a Susan Sontag para mostrar cómo la saturación de imágenes anestesia la capacidad de indignación. Omar Hassaan Fariñas va más allá: distingue entre un mal banal y pasivo, y un mal activo y deliberado, que identifica en el contexto del sionismo contemporáneo. En la misma línea, Nelson Hadad Heresy y Rodolfo Marcone subrayan el papel de la burocracia insensible, capaz de aplicar castigos colectivos con total indiferencia ética.
En un plano más global, Pankaj Mishra denuncia la hipocresía de las democracias occidentales, que invocan valores universales mientras legitiman la opresión palestina; Ian Buruma advierte sobre el riesgo de reducir el conflicto a una lucha metafísica entre el bien y el mal, una retórica que termina por banalizar tanto el sufrimiento palestino como la responsabilidad internacional. A esto se suman las aportaciones de pensadores y escritores como Norman Finkelstein, Haim Bresheeth o Mitrí Ráheb, quienes, desde enfoques jurídicos, culturales y teológicos, muestran cómo la deshumanización se despliega en múltiples registros: en la ley, la memoria, la cultura o la religión.
En conjunto, estas reflexiones demuestran la vigencia del concepto arendtiano para comprender lo que ocurre en Gaza. La banalidad del mal ya no se limita al funcionario obediente de una burocracia, sino que emerge en la indiferencia institucionalizada, en la retórica que iguala víctima y victimario, en la trivialización mediática y en la legitimación simbólica de la violencia. Gaza, así, se convierte en un espejo de nuestra época: un lugar donde el mal se vuelve rutina, pero también donde se revela la voluntad activa de quienes eligen —a sabiendas— sostener la destrucción.
5. Si queremos descubrir a los perpetradores debemos percibir el mal mismo, no banalizado. La tarea es denunciar el fetichismo que banaliza el crimen. También es conveniente descubrir la banalidad de los pretendidamente soberanos, incluso reírse del poder es necesario para organizar la oposición. Chaplin decía que no podría haber hecho El gran dictador si hubiera conocido los campos de exterminio nazis, pero su película fue catártica para la resistencia precisamente por que desvelaba la banalidad de los poderosos. Por eso es necesaria una doble intervención, evidenciar el mal y destruir el fetiche que lo legitima y justifica.
El espectáculo, la mediatización del desastre, la banalización generalizada de los valores complica la toma de conciencia de la ignominia. Hasta el Festival de Eurovisión parecía imposible nombrar el mal, el silencio de las Cancillerías europeas era clamoroso. Las múltiples manifestaciones en calles o universidades, las proclamas y las cartas eran estériles. Todavía se mantenía el discurso israelí de la legítima defensa, para todos parecía como un 11 S donde las torres gemelas habían cambiado por el campamento donde Hamas había entrado con su fuerza armada.
En verano de 2025 se ha producido un giro de tuerca. Ya no sirven los fetiches, alguna población israelí se manifiesta contra la masacre, ya no hay razones para llamar guerra a lo que allí acontece, especialmente tras los asesinatos en las filas de hambre. Pero no serán las instituciones, será el pueblo el que logre cambiar el guión de la historia. La vuelta ciclista en España retransmitida a más de 190 países), donde el equipo Israel Premier Tech ha sido abucheado, pasando entre filas de mujeres vestidas como las madres palestinas con sus hijos muertos en sus brazos, o el reciente Festival de Venecia (‘The Voice of Hind Rajab’) parece que han puesto en evidencia que el precio del botín es demasiado alto incluso para los imperturbables amos. El nombre de Israel, a pesar del apoyo de sus socios entre los que se encuentra EEUU, Alemania, e incluso la UE, ya está asociado a genocidio. El mal se muestra desnudo para los propios perpetradores. Su «banalidad» parece haber quedado al descubierto, el mal radical del estado israelí ya es un acontecimiento.
Imagen principal: Saher Nassar, Children of the Occupation No.3, 2023

