Tariq Anwar / Ecofascismo

Filosofía, Política

Quienes hoy invocan la salvación de la naturaleza mientras cultivan secretamente el sueño de la purificación étnica no hacen sino repetir el gesto más antiguo del poder: declarar sagrado aquello que pretenden poseer en exclusiva. El ecofascismo, lejos de ser una aberración o un accidente de la historia, constituye la posibilidad siempre latente que habita en el corazón mismo del ambientalismo cuando éste se desprende de toda crítica al dominio. Existe un parentesco secreto —que pocos quieren reconocer— entre el jardinero que elimina las malas hierbas para preservar la pureza de su jardín y el político que habla de invasiones migratorias como amenaza al ecosistema nacional. Ambos comparten la misma ilusión fatal: creer que la naturaleza posee un orden originario que debe ser restaurado, sin advertir que ese supuesto orden natural ha sido siempre el producto de la violencia humana que decide qué debe vivir y qué debe morir.

El fascista verde no ama verdaderamente la naturaleza; ama la idea de una naturaleza sometida a su visión jerárquica del mundo. Su ecología no es cuidado de lo viviente sino tanatopolítica, administración de la muerte. Cuando el ambientalismo se convierte en cuestión de pureza —pureza del aire, del agua, del suelo, e inevitablemente de la raza— abandona su vocación de cuidado para transformarse en el instrumento más refinado del exterminio. Lo verdaderamente escandaloso, en este sentido, no es la existencia de fascistas que se pintan de verde, sino que el ambientalismo convencional, con su fetichismo del consumo orgánico y su retórica de la sostenibilidad, prepara inconscientemente el terreno para esta deriva. Cuando la salvación del planeta se presenta como una cuestión de elecciones individuales que solo los acomodados pueden permitirse, cuando se habla de sobrepoblación mirando siempre hacia el Sur global, cuando se celebra el «retorno a la tierra» ignorando a quienes esa tierra les fue robada mediante genocidio, entonces la ecología se ha convertido ya en la máscara más reciente del dominio.

La única ecología que no sea cómplice del desastre es aquella que parte de los condenados de la tierra, que reconoce que la misma violencia que destruye la naturaleza es la que aplasta a los pueblos colonizados, a las mujeres, a los desposeídos. No se puede salvar la Amazonia sin escuchar a quienes la habitan; no se puede hablar de sostenibilidad mientras se financian las guerras por el litio de las baterías «verdes». El verdadero antídoto al ecofascismo no es más ambientalismo sin adjetivos —que siempre acaba siendo el ambientalismo de los poderosos— sino una ecología que sea al mismo tiempo decolonial, feminista y anticapitalista. Una ecología que comprenda que el problema nunca fue la humanidad en abstracto, sino este sistema específico que devora por igual seres humanos y naturaleza, y que aquellos que hoy se presentan como salvadores del planeta son parte del mismo dispositivo que nos ha conducido al borde del abismo.

Referencia

Sakai, J. The Shape of Things to Come: Selected Writings & Interviews. Montreal: Kersplebedeb, 2023.

Imagen principal: Nicolas Lamas, Origin and Collapse, 2021

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