Frantz Fanon, en su clásico Los condenados de la tierra, nos dice lo siguiente:
La descolonización no pasa jamás inadvertida puesto que afecta al ser, modifica fundamentalmente al ser, transforma a los espectadores aplastados por la falta de esencia en actores privilegiados, recogidos de manera casi grandiosa por la hoz de la historia. Introduce en el ser un nuevo ritmo propio, aportado por los nuevos hombres, un nuevo lenguaje, una nueva humanidad. La descolonización realmente es la creación de hombres nuevos. Pero esta creación no recibe su legitimidad de ninguna potencia sobrenatural: la “cosa” colonizada se convierte en hombre en el proceso mismo por el cual se libera (Fanon, 2001, p. 31).
Como en todo proceso de descolonización ocurre, el poder del colono es parcialmente consciente de que algo ha surgido en el colonizado, pero al mismo tiempo es incapaz de comprender tanto lo irreversible de su fuerza como los límites de su extensión. En parte porque ese «hombre» —digamos mejor «humano»— que ha aparecido de la «cosa», en realidad no es un humano como el colono, sino la completa deformación de la idea de humano que, ahora, viene a significar una sola idea con la liberación. El colono no es libre, no es plenamente humano. Lo que ha producido más bien es la captura de lo humano bajo una forma de perpetuación de la forma humana bajo contornos estrechos. El colono es aquel que ha sacrificado su humanidad en el camino de la negación de todo mundo posible y la invención de un infierno en la tierra. La nueva humanidad que anuncia el colonizado, en cambio, no siente vergüenza de la aventura, al contrario, la ama y a ella se lanza. Pero no se lanza sólo, sino con los otros. Si el colono es individuo, el descolonizado es multitudes. Si el colono es pureza, el descolonizado es la mezcla.
Nada de esto, se desprende de la cita a Fanon, podría ocurrir sin un ritmo, es decir, sin una cadencia que siempre es singular. No se libera el colonizado sin una cadencia propia, un juego de tonos, ciertas formas armónicas, algunas texturas sonoras que le hacen existir como tal. Es el ritmo de su lenguaje, el estilo en que hace proliferar sus afectos, ese tal que lo hace inapropiable. Y en ese preciso momento en que la singularidad del colonizado se muestra como parte de una serie a la que pertenece, es decir, que los golpeteos de sus ritmos reverberan lo más lejos posible, es que el nuevo humano deforma el mundo, crea un mundo.
7 de octubre de 2025.
Referencia: Fanon, F. (2001). Los condenados de la tierra. Traducción de Julieta Campos, México: Fondo de Cultura Económica.
Imagen principal: Abdul Rahman Katanani, Untitled, 2016

