Mauro Salazar J. / Izquierda. La Pasión Tanática como identidad última

Filosofía, Política

Más allá de los vítores de este domingo —si acaso Jeannette Jara se impone en primera vuelta— la izquierda chilena (¿si es posible aún nombrarla así?) expone una afección singular: la compulsión por descubrir en cada trazo del acontecimiento político «fascismos infinitos», omniscientes, que acechan en la molecularidad de lo real. Tal tendencia, tanática en el sentido freudiano, «pulsión de muerte» que se perpetúa, delata menos un vitalismo que una necesidad dramatúrgica (aunque fundada, hay que admitirlo) por confirmar una narrativa Auschwitztiana, cual pregón de los espantos. Lanzarse al «golpe en la cervecería almena» es otra aventura (1923).

Con todo, esta afección coexiste con una verdad infranqueable que se debe a un progresismo (sin agenda de izquierdas o reformas) que se ha centrificado en sus tribunas editoriales. Ciertamente ha obrado como el aval de una regresión autoritaria que avanza —nefasta— bajo el disfraz del orden constitucional, cual la máscara de una democracia profesionalizada. El progresismo del «mérito procedural» parece neutral, pero no es así. El mérito es profundamente violento, porque traslada toda la responsabilidad del fracaso a las personas (hasta la ausencia de osadía gerencial). Si las reglas son «limpias», «entonces la pobreza es tu culpa, y tu falta de osadía gerencial». La trace (huella-rastro) está ahí: invisible, royendo.

La «zona depresógena» de esa izquierda: su incapacidad de nombrar —sin ambigüedad, sin resto— el peligro que enfrenta o bien: el peligro como aquello que no se deja nombrar. Se expresa, entonces, en una contradicción que paraliza, que es la parálisis misma: admite (al nivel de lo meramente declarativo, lo que se dice sin pensar lo dicho) que un eventual gobierno de José Antonio Kast no será dictadura en el sentido clásico —1973-1990, esa fecha que pesa como una tumba—, sino forma de autoritarismo administrativo, tecnocrático, envuelto en el velo de la legalidad. Autoritarismo sin dictador, podríamos decir. O dictadura de la legalidad. No se trata aquí de negar —cómo hacerlo— el peligro abismal de un autoritarismo constitucional. Pero es necesario nombrar con precisión, mitigando la lira, la naturaleza de la amenaza y las complicidades que la entretejen. Esta izquierda ha quedado atrapada en una obsesión depresógena donde enarbola el fascismo venidero (espectro que la habita) pero es radicalmente incapaz de articular una salida (al menos el gesto) que no sea defensiva, es decir, un gesto político que no consista en preservar ese orden transicional que la ha derrotado durante tres décadas.

Entonces, cada giro derechista, cada alineamiento corporativo, adquiere los rasgos de un discurso nacionalista que se califica de inmediato como fascista. Este mecanismo revela menos una imaginación democrática por las formas de vida, que una necesidad psíquica de mantener viva una guerra que la izquierda no supo ganar. Tal compulsión comete el mismo error que denosta: aplica categorías espectrales a una realidad que las ha abandonado, que se ha desplazado hacia otro lugar. Con todo —y aquí habita la verdadera dificultad, el punto de torsión— esta patología coexiste con la emergencia de una amenaza autoritaria que es, sin embargo, real.

Sociologicismo centrista

Esta parálisis se refuerza por una capa intelectual que ha capturado el relato medial con una violencia tan ramplona que pasa desapercibida: los sociologicistas progresistas. Estos actores —académicos, comentaristas de opinión, diseñadores de políticas públicas— operan desde un factoring multimedial: la apelación al binarismo aggiornado de pureza vs. gobernabilidad, antagonismo vs. mediación, intransigencia vs. flexibilidad. La triangulación como mecanicidad del concepto: he aquí la salida democrática, ese triunfo póstumo de la mediocridad organizada. La «crítica progresista» no busca horizontes, sino el confort epistemológico: cada rebelde encuentra en ella su poltrona, cada subversivo su cátedra. Cuando un medio —El País— convoca el nombre de un filósofo para someterlo a la velocidad del consumo informativo, a esa promiscuidad del instante fugaz donde todo se torna equivalencia, comete algo más grave que un simple error editorial: perpetra una chabacanería ontológica. En suma, reduce el pensamiento a mercancía de titulares, y al filósofo, a firma intercambiable en el mercado de las opiniones rápidas.

Tal sociologicismo —que no tiene nada de contemporáneo— se comporta con una seguridad que roza lo eclesiástico. Declara qué es racismo (pero nunca cómo funciona la racialización como tecnología de poder más allá de las clasificaciones morales). Define el machismo (pero evita analizar las estructuras de deseo que lo reproducen en la izquierda misma). Categoriza sin cesar, genera tipologías exhaustivas, propone «políticas de identidad» que funcionan como reconocimiento por buena conducta.

Epílogo: ¿enraizamiento afirmativo?

Un escenario donde Kast acceda al poder representaría, paradójicamente, la oportunidad más clara (siempre dolorosa) que la izquierda ha tenido desde 1990 para romper definitivamente con el orden transicional. No porque Kast sea una solución —está claro que sería una catástrofe institucional— sino porque destruiría la ilusión que la centroizquierda ha mantenido a toda costa: la de que «la transición fue exitosa», que el orden constitucional de 1980 podía reformarse desde adentro, que los militares podrían someterse mediante diálogos civilizados.

No se trata de desear el autoritarismo radical, sino de reconocer que un gobierno de extrema derecha haría imposible seguir pretendiendo que el orden transicional puede reformarse gradualmente. Destruiría el espejismo centrista que ha cedido la agenda política mediante mesuras y letras de punto medio (letra que es siempre gestional). Y aunque el costo será durísimo —represión, desmantelamiento de derechos, sufrimiento social masivo— la izquierda tendría la oportunidad histórica de recomponerse políticamente sobre bases diferentes: no sobre la defensa de un orden ficticiamente democrático, sino sobre la construcción de una salida radical de los barrotes de 1990. Solo aceptando el abismo de la ruptura es posible pensar diferente.

La relación entre «tragedia» e «imaginación biopolítica» define hoy el impasse de la izquierda chilena. Durante treinta años, ha intentado convertir la represión en «narrativa productiva», la derrota en «lección histórica», la ausencia en «promesa futura». La tragedia, en esta lógica, es siempre pedagógica, se sufre para aprender, se recuerda para construir, se duele para transformar. Esta capacidad de narrativizar el sufrimiento fue funcional mientras existía la convicción de que el orden transicional podía reformarse gradualmente, que la acumulación de pequeñas victorias culturales llevaría eventualmente a transformación política. La imaginación biopolítica progresista operaba precisamente así: diseñaba «políticas de reconocimiento», categorizaba «sujetos emancipables», producía esquemas de gobernanza que fingían ser transformación. La tragedia, domesticada en esta maquinaria, dejaba de ser destino para convertirse en instrumento de gestión social.

En ese momento, la tragedia abandona toda posibilidad de «enraizamiento afirmativo». No hay «narrativa emancipatoria» que absorba represión sistemática; no hay categoría de reconocimiento que contenga violencia institucional; no hay esquema de gobernanza progresista que neutralice la reimposición abierta del orden autoritario. La imaginación biopolítica de la izquierda se quiebra precisamente cuando se enfrenta con lo que siempre estuvo latente: que el capitalismo chileno necesita del autoritarismo no como anomalía, sino como normalidad. La tragedia, en este punto, deja de ser transformable. Se convierte en lo que siempre fue: «administración del sufrimiento», «consumo de energía vital», «descomposición política». Pero aquí radica la última paradoja: no hay motivos para estar optimistas, pero agravar los espantos —es decir, acelerar el colapso, radicalizar la tragedia, convertir la derrota en velocidad de caída— es directamente el «suicidio político».

No hay garantías. Esto no es «optimismo», sino la única forma de «cordura radical» que resta: permanecer en el terreno político sin pretender que nuestra presencia detendrá lo inevitable, porque la alternativa —la «parálisis nihilista» que ampara el cinismo— es entregar la humanidad misma a la máquina.

Putsch de Múnich

Dr. Mauro Salazar J., Ufro-Sapienza

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