Rodrigo Karmy / El encuentro

Filosofía, Política

La derrota ya no es inminente. Es un hecho. Aún no se asume, pero es real. No se trata de “derrotismo” como de “realismo” mínimo para abordar lo que viene. La derrota se consumó el 4 de septiembre de 2022 con el triunfo del Rechazo sobre el nuevo texto Constitucional y, desde ahí, dejó a un gobierno trunco que, en virtud de aquella derrota, se mimetizó con la racionalidad política de los últimos 30 años. Una derrota “constituyente” que solo la derecha puede dar “salida”. “Salida” que será “entrada” a un nuevo ciclo político donde la mínima democracia liberal –si la hubo- y el devenir del capital ya no calzarán más. Pero, a diferencia de lo que sueña la derecha, cuyo triunfo supuestamente coincide con la expansión trumpista sobre el continente y la descarada intervención sobre Venezuela, esta nueva derecha, recomposición de la UDI en la forma de “Republicanos”, constituirá la vanguardia no de la hegemonía estadounidense que viene, sino del nuevo orden chino que ya está. Eso significa: el triunfalismo del kastismo, en rigor, es engañoso porque no constituye el triunfo estadounidense sobre la región, sino el de su despedida final situando definitivamente a la silenciosa China a la cabeza del planeta. Kast es chino. Y no le importa porque sea estadounidense o chino es equivalente, es capital.

La derrota del 4 de septiembre de 2022 es equivalente a la del golpe de Estado de 1973, pero bajo la nueva y agónica, forma democrática que ya no es amenaza para los poderosos sino más bien, constituye su caballo de Troya, el orden que, plagado de una miríada de dispositivos de seguridad y disciplina, ha terminado por constituir una dictadura de la capital directa, sin mediación militar o jurídica, pero con una axiomática cibernética que gobierna más allá de la clásica forma político-estatal. Eso significa: la milicia, institucional estatal clásica, han terminado por ser absorbida por la policía, en cuanto ésta, ya no es simplemente la fuerza desplegada en la “guerra urbana” sino el régimen cibernético de control total de los movimientos, usos, y potencias. Bien recordaba Schmitt en un Prólogo de 1966 a la edición italiana de “El Concepto de lo político”, que, lo que llamamos policía no es un mecanismo neutral sino una fuerza eminentemente política.

En este sentido, basta mirar Palestina: ella es la imagen del mundo, en la medida que se sitúa como una suerte de laboratorio donde los juguetes de Alex Karp (Palantir) prueban su eficacia; que es la del asesinato masivo y la de policía intensiva y propiamente cibernética. IA significa, en este sentido, destrucción de los mundos y el alzamiento del régimen de la fuerza como absoluto. Como tal, no es un régimen “hegemónico” sino precisamente uno que carece de total hegemonía, un orden que se ha vuelto puro axioma y, en este sentido, se ha identificado plena y absolutamente a la aceleración del capital: nada instaura, nada ofrece, más que estados de excepción permanentes.

En este orden que no es mundo, todo es arbitrario, todo es fuerza, todo es la absolutez de un enemigo que las máquinas producen todos los días. En suma: todo es guerra civil. En cuanto tal, si el sintagma “guerra civil” designa un “todo” entonces no hay afuera a ella: la totalización de lo social ha consumido al mundo y lo ha expropiado al punto de dejarlo como un planeta. Aislado, solitario, despoblado, a pesar de las desgarradas poblaciones que atraviesan la Tierra. Sin más que una órbita celeste eterna, condenado fatalmente a una trayectoria única: el globo.

Si el plural “mundos” aún tiene sentido, es precisamente para impugnar esa trayectoria, interrumpir los movimientos de la guerra civil, descuajarla de sí misma, si se quiere, afirmar la composición afectiva de potencias que hacen que los cuerpos vuelvan a vibrar con el ritmo de las almas. Justamente en esto consiste el devenir globo del mundo: en destruir las almas, llevarlas hacia el pánico en el que se disuelvan. Toda política que apueste por la pluralidad e interdependencia de mundos, tendrá que ser una política de las almas. Porque, como intuían algunos sabios árabes hace muchos siglos, un alma es un encuentro entre un intelecto general y la singularidad de la imaginación. Todo el régimen contemporáneo intenta impedir que intelecto e imaginación se toquen. Destruir la posibilidad misma del contacto e impedir el abismo total que nos hunda para siempre. Si la multitud aún puede irrumpir la escena contemporánea es precisamente para posibilitar el encuentro entre intelecto e imagen, entre potencia y cuerpo.

Diciembre 2025

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