Carlos Flores Cancino / El cómplice del sistema es el enemigo. Sobre Escritos desde la tierra baldía de Idris Robinson

Filosofía, Política

Escritos desde la tierra baldía (Irrupción, 2025) de Idris Robinson —publicado recientemente en inglés bajo el título The revolt eclipses whatever the world has to offer (Semiotexte, 2025)—, es un libro que retoma el diálogo incómodo en torno a la revuelta como experiencia y apertura. Esta incomodidad o inadecuación, propia de las insurrecciones, es precisamente la fractura abierta en el seno de las sociedades occidentales. En este caso, en el corazón del imperio estadounidense, al interior de la wasteland americana, en pleno declive de la Pax Americana y un reacomodo del modelo de integración global del neoliberalismo.

La reflexión de Robinson tiene como condición de posibilidad no solo la crisis política estadounidense, sino el calor de la revuelta acontecida tras el asesinato de George Floyd y el posterior confinamiento por la pandemia COVID-19 —de ahí la pertinente idea de restituir un “saber partisano”. La restitución de un saber partisano oculto, como el de los rebeldes haitianos que usaron la fiebre amarilla como elemento táctico contra el ejército y los antiguos amos de esclavos, nos dice Robinson: “sabían que el ejército de los antiguos amos de esclavos sería devorado por la pandemia, y también sabían que habían creado inmunidad a esa pandemia. Así que esperaron a que el ejército fuera diezmado  por la fiebre amarilla y entonces lanzaron sus ataques de guerrilla” (Robinson 2025, 42). Un conocimiento de estas características funciona eficazmente como arma contra los enemigos. Y es ésta precisamente su relevancia en el desarrollo de los levantamientos metropolitanos del 2020 estadounidense.

Pero la originalidad de este texto no puede ser reducida a la exaltación de conceptos como insurrección, revuelta, revolución o la propia destitución y su reproducción vacua. Nos encontramos ante un ejercicio constante de restitución y articulación de una trama de sensibilidades que no se agotan en una dimensión política. Un punto indispensable de la reflexión de Robinson es la distancia irreconciliable que toma con la política de la identidad, la interseccionalidad y los discursos en torno a la desigualdad social: “todas son modalidades de la policía” (Robinson 2025, 34) Y precisamente éstos —quienes moralizan la política y buscan la administración virtual del conflicto—, son los cómplices: “hay una postura predominante de cinismo, nihilismo y moralismo democrático que frena la insurrección” (Robinson 2025, 24)  Así mismo, la idea de una vanguardia negra —o de cualquier otro tipo— promovida por los progresismos se diluye con el acontecimiento de la revuelta. Como podemos intuir, la insurrección, en su acontecer, inhabilita las formas de separación, sea racial, de género o de cualquier otro orden. Todo tipo de persona participa de la insurrección. Y todo aquello que se presenta como liderazgos negros es “una quimera que se encuentra exclusivamente en la imaginación de los blancos liberales” (Robinson 2025, 36) y esta idea solo se sustenta en la idea de propiedad que es el corazón de Occidente —y como bien lo señala Robinson, en la historia estadounidense aquella propiedad era negra y llevaba grilletes.

En este redimir a los vencidos, rememorar el linaje de la guerra civil emancipatoria, es donde Robinson pone en juego un imperativo mesiánico benjaminiano. La idea de una segunda venida de una violencia liberadora que irrumpa en el continuum de la historia. “Lo cierto es que este país [Estados Unidos] ya está empezando a romperse y fracturarse, y depende de nosotros romperlo y fracturar aún más” (Robinson 2025, 45). Así, la revuelta abre una ventana a una forma de habitar el presente que diluye toda retórica política. Por eso, para Robinson, la tarea emancipatoria es profundamente ética: un compromiso con los vencidos. Esa ética se presenta en la redención de aquellos esclavos que no conocieron la libertad y la larga e interminable lista de quienes han caído arrojando su cuerpo a la lucha. El mesianismo sin mesías —y en clave benjamineana— irrumpe también con ese impersonal cualsea que queda a la vista en la epístola dirigida a Michael Reinoehl —militante antifascista asesinado en 2020—, donde señala: “es imposible negar que fue nada menos que el viejo Brown quien se manifestó a través de usted. Es obvio para cualquiera que haya tenido el coraje de no darse vuelta, que la mirada que ustedes comparten es, de hecho, la misma”. (Robinson 2025, 50). Este pasado que asalta al presente, este traer al presente al viejo John Brown, no es más que el destello de la tradición de los vencidos que disloca el progreso lineal de la normalidad norteamericana.

La crisis de la gobernanza estadounidense se presenta en su doble composición: por un lado, como estado imperial soberano; y, por otro, como administrador de la seguridad biopolítica global. La contradicción propia de la soberanía estatal fundada en la excepción y la aparente constitución —postguerra fría— de Estados Unidos como potencia imperial hegemónica. Así encontramos en el corazón de occidente la conformación de una máquina de dominio que se re-funda constantemente a través del sacrificio y la administración global de los cuerpos —ligado al dispositivo de seguridad. Esta amalgama de contradicciones —la Pax Americana— trae como resultado un caos e inestabilidad en el seno de la sociedad estadounidense. Y lejos de resolverlo, el imperativo es habitarlo y, en esta perspectiva, desfondarlo. Recordemos que “a diferencia de los liberales y reformistas, no estamos aquí para reafirmar y restablecer la ley y el orden”. (Robinson 2025, 41) La insurrección entonces no puede encerrarse ni amoldarse a categorías prefigurativas, su propio movimiento y desarrollo, fuera y en contra el estado de cosas, “contra el Estado y el capital, contra la sociedad estadounidense”. (Robinson 2025, 35). Pero veamos, bien se ha dicho que “toda insurrección, por localizada que sea, da una señal más allá de sí misma, contiene de entrada algo mundial”. (Comité Invisible 2015, 15) Lo que hace que el libro de Idris Robinson dialogue, en una complicidad implícita, con las revueltas latinoamericanas de los últimos años y el ciclo de levantamientos experimentados en los distintos rincones del globo.  En otras palabras, Escritos desde la tierra baldía es un elemento más en el debate internacional en torno al movimiento revolucionario y el desmontaje de la civilización occidental.

La intelectualidad negra, con su deriva burguesa, son “incapaces de dirigirse a sus hermanos y hermanas en las calles, quemando y saqueando”. (Robinson 2025, 61) No resulta nada sorprendente la mimesis y el tono rimbombante de los paladines de la subalternidad, la contrahegemonía y la interseccionalidad, tanto de la comunidad negra como los progresismos latinoamericanos frente a las distintas experiencias de revuelta en los últimos años. La fractura destituyente propuesta en Escritos desde la tierra baldía expone la inviabilidad de estos presupuestos y nos exige más.

Robinson sitúa históricamente, Tronti mediante, la emergencia del poder destituyente junto a la disolución del sujeto moderno. Es más, señala que la experiencia constituyente del socialismo histórico solo devela su solidaridad implícita con el modelo político administrativo burgués. De esta forma retoma el hilo rojo señalado por Tronti —una restitución de la lucha y la tradición de los vencidos que, sin embargo, se apresura a prescindir de la clase obrera y el proletario como sujeto histórico—, hilvanando así una posibilidad de apertura que coincide con el habitar otro abierto con las experiencias de la revuelta. Y “una vez despojados de sus dimensiones subjetivas y constitutivas previas, los explotados y los excluidos pueden ahora desatar su verdadero y absoluto poder destituyente sobre el orden actual de cosas” (Robinson 2025, 70); o, lo que es lo mismo, sustraerse e inhabilitar la lógica totalizante del valor y la ley general de la equivalencia y restituir el mundo, su experiencia, a su uso común.

Como bien señala Idris Robinson, el poder destituyente emerge en el seno del ciclo de las revueltas concretas que abrieron el siglo y en la caída de los avatares del comunismo autoritario. “El poder destituyente es totalmente antitético al poder constituyente, ya que se niega a buscar cualquier fin, meta u objetivo político”. (Robinson 2025, 65) y se ubica en el mismo acontecer de la lucha, aquí y ahora.  Sin embargo, un punto sobre el que podemos detenernos y abrir a discusión es si, efectivamente, el concepto de “insurrección destituyente” acuñado por el Colectivo Situaciones (2002), para caracterizar el levantamiento del 2001 argentino, tiene relación o no, con lo propuesto por la sensibilidad reflexiva de Tronti, Agamben, Tiqqun o el mismo Robinson. Quizás, valga la pena recordar que las derivas políticas del colectivo argentino estaban mucho más cerca del poder constituyente o el contrapoder —enrolados en las filas de un hard-negrismo tardío—, que de una apertura a la destitución como éxodo y retirada de la gramática política moderna. O lo que es lo mismo, la reflexión política sostenida por este colectivo en los años posteriores al levantamiento del 2001, les sigue posicionando como tributarios de las “políticas identitarias” de las que el propio Robinson busca desmarcarse.

Sin dudas es un despropósito buscar un origen unívoco a lo destituyente. Y, tal como la propia revuelta e insurrección, sólo puede ahondarse en su “movimiento y desarrollo”, así como en las escenas de pensamiento y acción que movilizaron sus esfuerzos en aportar reflexiones y experiencias a este campo de tensiones. Quizás así podamos evitar la clausura y la reificación de concepto “destitución”, así como su instrumentalización y subordinación a una causa mayor —domesticar su potencial anárquico y ateleológico—, o reducirlo a una simple categoría analítica —como lo hizo el Colectivo Situaciones. Por eso cobra relevancia la reflexión de Robinson, Escritos desde la tierra baldía nos ofrece una mirada que va más allá de la instrumentalización política de la revuelta. Nos permite trazar genealogías desde el corazón de la metrópolis americana, donde las vidas aún están marcadas por el dolor.  Ya en Desde la línea (1997), Diego Tatián nos recordaba que:

“Si bien es cierto que la tarea originaria de «destrucción fenomenológica de la historia de la ontología» no llega a conclusión, tal como había sido previsto en la Introducción de Ser y tiempo, todos los escritos posteriores de Heidegger constituyen un movimiento único de pensamiento hacia la deconstrucción de la metafísica. Y si bien en el texto de 1927 permanece aún, como dice Pöggeler, una «voluntad de fundar» en la que ancla la ontología fundamental, todo el posterior trabajo de Heidegger en un enorme esfuerzo de lenguaje por pensar y decir el ser, liberado de su reducción a fundamento (en griego arché). La crítica del principio de fundamento es uno de los parajes centrales en la meditación de la metafísica. Al menos en un sentido estrictamente nominal, el pensamiento de la des-fundamentación nos permite hablar de an-arquía ontológica en Heidegger […] El tiempo del fin de la metafísica es el de un mundo policéntrico que no sustituye principios anteriores por otros nuevos, sino que destituye todo principio y suprime las jerarquías categoriales. (Tatián 2021, 21)

Lo que en cierto sentido ubica la reflexión —la de Tatián de los años 90s— en una región mucho más cercana a la constelación en torno a la potencia destituyente que el propio Colectivo Situaciones. Sin embargo, como señala el mismo autor, su trabajo solo se concentrará en rastrear una dimensión política en lo que respecta a la meditación heideggeriana: “en el rigor y la indisponibilidad de la pregunta que interroga por el sentido del ser”. (Tatían 2021, 22). Lo cual no resta relevancia al texto en sí en torno a nuestros intereses. Este punto de ruptura ante lo principial, ante el arché, sitúa a Escritos desde la tierra baldía en un diálogo implícito o esotérico con otro libro reciente: Destitución y separación (Irrupción, 2024) del pensador italiano Michele Garau. Ambos autores, lejos de plantear programas y establecer hojas de rutas para la causa revolucionaria, hacen más bien la operación contraria. Trazando una genealogía a contrapelo que restituye las experiencias del movimiento real. Lo que vuelve a la destitución “una sombra y un problema no resuelto que atraviesa los movimientos revolucionarios en el curso de toda su historia, en la medida en que el fracaso y el vicio de las revoluciones derrotadas, siempre ha estado en la incapacidad de custodiar la apertura de la revuelta como acontecimiento —laceración extática del continuum histórico— dentro de la duración de la revolución en proceso” (Garau 2024, 44).

Quizás sea esta sensibilidad la que compone aquel hilo rojo del que tira Idris Robinson —retomado de Mario Tronti y puesto en diálogo y tensión con Giorgio Agamben—, y con el cual hilvana cartografías del pensamiento y la acción emancipatoria en revuelta. Trazas de una apertura radical a la experiencia concreta de un “habitar otro”; quizás, en sintonía con aquella apertura que Gianni Carchia indicaba en su Glosa sobre el humanismo (1977) sobre lo “no humano”. Es decir, aquello que “no cae en el movimiento de la historia, y que tampoco es la inmovilidad del mito: más bien, es la detención de la historia; puesto que no coincide con la expansión del sujeto, tampoco es su mera anulación: es más bien su agrietarse; puesto que no es uno solo con la exaltación de la conciencia, tampoco es el silencio informe del inconsciente: es más bien su voz irreductible” (Carchia 1977). Esta persistencia a la no-identidad y la disolución de las totalidades, marca la potencia destituyente. Y si sabemos prestar atención a ésta, sabremos que, a diferencia del poder, “no hay necesidad de estar en la superficie para existir, no hay necesidad de visibilidad política para pensar aún la revolución” (Garau 2024, 15). No olvidemos que el secreto común siempre ha sido el punto de partida de toda conspiración contra el orden existente.

Bibliografía

Colectivo Situaciones. 19 y 20. Apuntes para el nuevo protagonismo social (De Mano en Mano, 2002).

Comité Invisible. A nuestros amigos (Pepitas de la calabaza, 2015).

Diego Tatián. Desde la línea (La Cebra, 2021).

Gianni Carchia. “Glosa sull’umanismo”, L’erba voglio, N.29-30, 1977, 9.

Idris Robinson. Escritos desde la tierra baldía (Irrupción Ediciones, 2025).

Michel Garau. Destitución y separación (Irrupción Ediciones, 2024).

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