- El pasado
En un texto de hace casi 35 años, titulado Jeanne, de guerre lasse (1991), el filósofo Daniel Bensaïd escribía que “En la carrera del siglo entre socialismo y barbarie, ésta última ha tomado varios cuerpos de ventaja. Ingresamos al siglo XXI con menos esperanza de la que tenían nuestros abuelos en los umbrales del siglo XX”.
Por aquella barbarie que habrá sacado notable ventaja, Bensaïd se está refiriendo, claro, al capitalismo en su versión de expansionismo neoliberal y a todas las implicancias que arrastra en el plano político, social, humano, en fin. Sin embargo, lo que inquieta aún más, es la referencia a los abuelos, al pasado; siendo en este punto nosotros quienes vemos con ventaja a esa otra generación que se vaporizaba en el desencanto de un siglo XX por llegar; en otras palabras, nuestra desesperanza ha crecido con el paso del tiempo y la posibilidad de construir una izquierda más allá de sí misma, esto es, por encima de sus históricas ceremonias bautismales y exégetas notables de Marx, no han resultado en un regeneración de la esperanza, de la espera en la esperanza. La barbarie no solo ha colonizado “espacios”, sino que territorialidades subjetivas que no han dejado de extenderse al punto que hoy, después de más de tres décadas de lo escrito por Bensaïd, el capitalismo toma la forma y el vibrato neofascista que deja a la intemperie y en evidencia una serie consecutivas de derrotas –muchas de ellas expresión de la propia decadencia totalitaria en la que devino la emancipación original del marxismo– en las que la izquierda niega reconocerse.
El punto, pensamos, es que si no se asume la historia de la izquierda como la de los vencidos y la de los desvaríos de las máquinas absolutas que han pretendido ser el mito del “pueblo”, cualquier idea de porvenir, en esta línea, quedará embalsamada en una teoría del apego caprichoso, de una adherencia irreflexiva; cautiva de una cadencia filosófica imperturbable o en la interpretación reiterativa de la arcana “lucha” como una lengua casi metafísica de la izquierda; “lucha”: palabra que es más testamentaria –viene desde un pasado a indicar la distribución de una herencia– que agencia presente.
- El fundamento inquebrantable de la verdad
Si hay alguna posibilidad para la resistencia, para abrir un hiato en el tiempo y la furia incandescente de un mundo extasiado de capital y expansionismo fóbico, esta es la zona de la melancolía.
Así como lo entiende Enzo Traverso en su notable y bello libro Melancolía de izquierda. Después de las utopías (2016): “La melancolía no significa el refugio en un universo cerrado de sufrimiento y remembranza; es más bien una constelación de emociones y sentimientos que envuelven una transición histórica”. La definición, por cierto, refiere a la melancolía política y no patológica que, con increíble lucidez, describe Freud (quizás intentar algún potencial cruce sería feroz). Lo que nos deja el pensador italiano, en principio, es la apertura de la melancolía como un área de no aflicción, sino de pro-yección; pensar la palabra como un sustantivo transitivo que active una rehabilitación ahí donde no solo las viejas tablas de la ley del marxismo sean las flechas de sentido, sino que del mismo modo lo que nos conmueve y estremece.
La melancolía en este punto no medicaliza lo político, no lo vuelve un puro asunto de cálculo ni lo ecologiza de las emociones. Al revés, la melancolía en lo político supone pensar nuestra contingencia abrazados a un pasado en el que la derrota, aunque nunca breve sino larga, llega como una suerte de potencia ontológica; mas no en el sentido de un “ser” político, tampoco como infra, bio o tánato. Luego, tal vez se trate, en simple, de encontrar en el pasado la transparencia de sentidos que le impriman electricidad al hoy, cuando la izquierda ha desaparecido y solo pulsa, como un eco sin retorno, en ciertos espacios sociales que se resisten a abandonar el viejo abecedario del Manifiesto comunista, el mismo que es asimilado como un texto religioso o, en la perspectiva nietzscheana, algo así como un fundamentum inconcussum veritatis («fundamento inquebrantable de la verdad»). Marx y Engels siempre tuvieron razón y nunca abandonaron la melancolía, pero, y esto es importante, la melancolía como tal tiene su instante, su verdor y su radicalidad.
En esta dirección es que la melancolía supone “quebrar” la verdad; trisarla, descocerla. Pero todo esto no con el afán destructor de una acción en la historia; romper la verdad entendida como los discursos hegemónicos, las prédicas soberbias y los relatos fabulosos que el capitalismo, en su orgía de triunfos, nos hace fagocitar. Quebrar ese fundamento de la verdad es dar el paso y salir del marasmo de la repetición sin diferencia; bombear palabras y escrituras antitéticas al capital y al neofascismo; creer en una política de la transparencia que nos conecte con el necesario duelo en el que habita –o debería– lo melancólico como el extremismo de un amor al mundo que es el único lugar que conocemos y donde se nos prefigura algo cercano a la justicia; esa que nunca llegará plena, absoluta, total y consagrada porque “La justicia es la deconstrucción” (Derrida, El fundamento místico de la autoridad, 1994).
Todo esto sería para Enzo Traverso “[…] la única manera en que la búsqueda de nuevas ideas y proyectos pueda coexistir con la pena y el duelo por un reino perdido de experiencias revolucionarias”. Y aparece la palabra “revolución”, aquella que tanto invocamos y deseamos hoy o alguna vez; todos los que nos solazamos en el mantra de “ser de izquierda”. Palabra esotérica que es a la vez contrapalabra disidente pero que, y será la evidencia quien lo señale, ha sabido más de frustraciones que de glorias.
El capitalismo, en cualquiera de sus versiones, ha sido más revolucionario. Diría que es “su” revolución la que ha triunfado ¿Hay algo más revolucionario, por ejemplo, en la historia de Chile, al menos en el siglo XX, que el Golpe de Estado de 1973? Nos referimos a un proyecto de sociedad tan perfectamente digitado que nos transformó a todos en mercancías funcionales o en, su defecto, en seres humanos metabolizados en “quistes” urgentes de extirpar o de cuerpos a los cuales apremiaba mutilar. Y todo esto bajo el imperativo de una refundación de “emergencia”: ¿Ha sido la derecha, –en Chile, con su oligarquía castiza en concubinato sempiterno con los militares, o en diferentes lugares del planeta como burguesía bancaria, fisiócrata o ambas– a lo largo de la historia la gran clase revolucionaria? Digo que sí.
- Duelo
Si aceptamos lo anterior, estamos con Traverso en que el duelo y la pena por el reino de las revoluciones perdidas son formas de la melancolía política; duelo y pena entendidas aquí como lo atingente, lo sensato, lo sensible y en descomunal distancia con el filisteísmo de una izquierda tan obsecuente y artificialmente optimista frente a la derrota; esa que persiste con su articulación de doxa fantástica en donde lo que toca es “mirar el futuro con optimismo”; ¿Por qué no asumir la ruina, el resto, el suplemento originario desde donde toda posible recuperación podría tener una alternativa? ¿Para que insistir en el engaño?
Ahora, no se trata de que el autor esté tachando el gran poder de una revolución como un horizonte utópico que pueda, en algún momento, destapar las arterías de una fuerza siempre ahí, siempre siendo revolución,aunque no estalle a causa del opíparo capitalismo, sino que, en simple, precisa los fracasos que desde la izquierda habrían tenido lugar cuando de flamear las banderas revolucionarias y de invocar su nombre se ha tratado. “En un contexto así, redescubrimos una visión melancólica de la historia como rememoración […] de los vencidos que pertenece a una tradición marxista oculta” (Traverso, 1991).
Esta tradición oculta se seculariza respecto de la tradicional; una que asume la derrota como una plataforma de reactivación en el corazón de un mundo devastado, y en el que el avance de las derechas en todas sus variantes ultras ha ido desahuciando cualquier disociación de su proyecto de hegemonía mundial.
La izquierda debe rememorar sin claudicar ni entrar agonía por revisitarse; melancolía, igual, como una cierta belleza en la derrota que no puede volverse inmovilismo ni sublime autocomplacencia. Ahora, justo, en que el duelo es lo que toca, y es necesario y es contingente; ahora, preciso, en que la promesa debe demorarse a la luz de un neofascismo que entra en delirio y cuando todo parece perdido, es necesaria: “[…] una melancolía de izquierda que no debería eludir el peso del pasado. Es una crítica melancólica que, a la vez que está abierta a las luchas en el presente, no evita la autocrítica respecto de sus propios fracasos pasados” (Traverso, 2016).
Pasado sí, presente sí, futuro o porvenir indeterminados. No obstante, lo que apremia es tomar ese pasado de derrotas y este presente de vencidos en vistas a una idea de izquierda que no se retorice como consignas o slogans fatuos, menos en operaciones políticas de contexto que solo pigmentan fracciones desideologizadas. Todo iría de encontrar en la melancolía una apuesta por la no renuncia en la búsqueda de nuevas hablas que generen otras memorias y otros sueños por venir.
- Dostoyevski
En la Quinta Parte (Capítulo “Rebelión”) deLos Hermanos Karamazov,Iván le dice a Aliosha: “El problema no es que el hombre no pueda tolerar el mal, sino que hay quienes exigen que lo ames, y lo silencien, y lo consideren una necesidad histórica”.
Pienso que la melancolía nos quita la obligación de amar al mal que, y según lo indica la historia, no tiene una cardinalidad definida. Lo que sí podemos es imaginar una melancolía que resuene en la realidad afirmando a Dostoyevski pero negándolo a la vez, esto es, no silenciar ni ser los pálidos auxiliares de un mal que, al día de hoy, amenaza y arrasa casi anárquicamente.
Javier Agüero Águila, Doctor en Filosofía, CFI/Universidad de los Lagos
