1.- En un pequeño texto que dedicara a su hija Anima titulado Tierra y Mar, el jurista alemán Carl Schmitt proponía el término nómos de la tierra para referirse a la “apropiación originaria del espacio” sobre cuyo acto se erige un ordenamiento específico de índole jurídico-político. Según Schmitt, quien leía el término griego nómos (Ley) en la forma de una “toma de tierra”, la historia del nómos coincidiría, época tras época, con la de los elementos naturales identificados por Aristóteles para explicar el ordenamiento del cosmos. Así, durante mucho tiempo, habría predominado el nómos de la tierra que no solo se habría basado en la “toma de tierra” sino en la configuración del orden jurídico-político sobre el espacio terrestre, dejando al espacio marítimo como res nullus. Para Schmitt, desde el Imperio romano hasta el Imperio hispánico abierto por el “descubrimiento del nuevo mundo” se habrían edificado en base al elemento terrestre.
Sin embargo, desde el siglo XVII tiene lugar el surgimiento del Imperio británico cuyo nómos, según el jurista, no se basa más en el elemento de la “tierra” sino en el “acuático”: el Imperio británico conquista el planeta entero tomando sus puertos y dominando así, el espacio propiamente marítimo. Según Schmitt, está habría sido la ventaja de este último respecto del Imperio español: si este último sería el de la “tierra” el británico sería el del “agua”. De esta forma, los nuevos Estados no solo erigirían una estructura jurídico-política sostenida en la tierra sino también existiría un nómos marítimo que vendría a regular los espacios oceánicos de cada uno de los países. Bajo esta reflexión y a propósito del declive del Imperio británico después de la Segunda Guerra Mundial (Tierra y mar está escrito en 1945) que el propio Schmitt contempla, se pregunta qué elemento vendrá a reemplazar al “agua”. ¿Será el aire o el fuego?
Cinco años más tarde, en 1950, Schmitt publica El nomos de la tierra. En el derecho de gentes del ius publicum europeaum. En él ya distingue de manera más nítida la diferencia entre tierra, mar y aire a propósito de la aparición del avión y la nueva guerra aérea que, según él, resulta imposible comparar con la terrestre o marítima, al punto que las potencias actuales (…) no han podido llegar hasta ahora a un acuerdo sobre ninguna regla precisa de la guerra aérea.” (p. 348). Importante este punto: ¿por qué el “aire” resulta el elemento singular para Schmitt frente a la tierra y el agua? Ante todo, porque en estas dos últimas formas de nómos desarrolladas históricamentetodavía se podía recurrir a un “botín de guerra” frente al cual la guerra aérea y su nómos aún no previsto, solo se define como una “pura guerra de destrucción”. Es importante el realce schmittiano del nómos del aire que las dos guerras mundiales inauguran en la medida que éste sería singular en cuanto transgreden los límites del nómos terrestre y marítimo, a la vez. A pesar de la guerra fría Schmitt no volverá sobre la pregunta formulada en Tierra y mar sobre la preponderancia o no del elemento del fuego sobre el aire.
2.- Fue en el año 2017 cuando apareció publicado Contra el Estado. Una historia de las civilizaciones del próximo oriente antiguo del politólogo y antropólogo estadounidense James C. Scott. La apuesta de Scott es trazar una historia a contrapelo de la narrativa oficial que presenta al Estado como una marca de progreso en el que, por fin, las poblaciones humanas habrían encontrado mejores condiciones de vida. A diferencia de dicha narrativa, Scott enfatiza algunos puntos clave: en primer lugar, señala que no existe la división tan dicotómica entre sociedades cazadoras-recolectoras y sedentarias, puesto que una misma sociedad podía combinar ambas estrategias dependiendo de las condiciones; en segundo lugar, que el sedentarismo habría sido una práctica de asentamiento mucho más antigua que el Estado, en la medida que existen registros de campos agrícolas sin la configuración aún, de una institución capaz de establecer: “(…) sociedades a gran escala basadas sistemáticamente en el trabajo humano cautivo y no libre.” (p. 170). “Estado” significa, para Scott una forma de domesticación basada en la división social del trabajo humano en la que una clase controla el monopolio de la distribución de cereales y cuya institución articula un conjunto de jerarquía y mecanismos de administración. En tercer lugar, señala Scott, la forma Estado fue, originalmente, un experimento bastante esporádico pues, desde el principio tuvo el problema del hacinamiento en el que las enfermedades se producían y expandían rápidamente, planteando así una alta tasa de mortalidad de las poblaciones. En este sentido, contra la idea de que el Estado surgió por tener un carácter funcional, Scott señala que es precisamente lo contrario: nunca fue funcional sino más bien introdujo la “novedad del hacinamiento”: “Sin embargo, si tomamos en consideración la completa novedad del hacinamiento posibilitado por la revolución neolítica y los devastadores efectos de la enfermedad, una vez que tenemos acceso a los registros escritos, el principal sospechoso resulta ser la enfermedad epidémica. No debemos entender, en este contexto, por enfermedad epidémica solo las que se refieren al homo sapiens. Las epidemias afectaban a los animales domésticos y a los cultivos que se concentraban igualmente en el campamento de reasentamiento multiespecífico tardoneolítico.” (p. 99). Dos cuestiones clave: el primer problema que define al Estado será su constitutivo efecto de “hacinamiento epidémico” contra el que éste tendrá que estar en permanente búsqueda de estrategias para neutralizar. El Estado aglomera poblaciones multiespecíficas –no solo humanas- y su concentración generará las condiciones para la enfermedad. Por eso, no tiene nada de “funcional”, como lo ha supuesto la narrativa dominante. El segundo problema: Scott abandona toda pretensión humanista al mostrar que los efectos estatales son ecológicos en cuanto multiespecíficos: cultivos, animales, poblaciones humanas. Precisamente la guerra puede entenderse bajo este problema: renovación de población vía la esclavitud, apropiación de cultivos o animales ajenos en orden a la permanencia de la jerarquía de clase y el control de los “cereales”. De esta forma, asumiendo el modelo de Uruk, ciudad de unos 25 a 50 mil habitantes, la tesis de Scott se concreta: “La lógica del hacinamiento y de la transmisión de enfermedades resulta evidente.” (p. 101).
Es en este marco de discusión que Scott plantea un asunto clave que vendrá a desafiar la pregunta que había planteado Schmitt: los seres humanos, incluso antes de la estatalidad, ya conocían el fuego. Pero, a diferencia de la historia “humanista”, según la cual, la civilización humana habría surgido gracias a la domesticación del fuego, Scott recalca que todo habría sido al revés: no habría sido el hombre quien habría domesticado al fuego sino el fuego al hombre: “Al igual que ciertos árboles, plantas y hongos, somos una especie adaptada al fuego: pirófila. Hemos adaptado nuestros hábitos, nuestra dieta y nuestro cuerpo a las características del fuego y, al hacerlo, estamos condenados, por así decir, a su cuidado y a su alimentación.” (p. 51). Posiblemente, la aproximación de Scott permita advertir porqué Schmitt dejó de lado la cuestión del fuego: ello implicaba discutir el humanismo a la base de la noción de nómos y, por ende, la necesidad de la estatalidad que Schmitt difícilmente habría estado dispuesto a asumir. Scott lo asume porque traza una historia a contrapelo del humanismo y su estatalidad: los seres humanos, al igual que los “árboles, plantas y hongos” han devenido pirófilos, esto es, han sido domesticados por el fuego, constituidos por él, tanto en los “hábitos, dieta y cuerpo”. El fuego demandaría “cuidado y alimentación” en una primera etapa. Y esto, por cierto, muestra que la quema de campos fue más antigua que los Estados –tanto como la cacería, la agricultura y el sedentarismo- pero cuyo uso habría sido reconfigurado ahora bajo la sombra del nuevo dispositivo estatal; es decir, el fuego habría sido compañero de las poblaciones humanas y no humanas (árboles, hongos y plantas) en la medida que constituyó una suerte de imbricación ecológica, hasta que la deriva estatalista modificó el carácter “pirófilo” desde una relación de amistad hacia una fijación de corte patriarcal, desde un habitar hacia una forma de conquista.
Primera consideración: más allá de Scott, habría que advertir qué significa la “pirofilia”: en principio, ésta se resuelve como relación amistosa, donde “adaptación” designa una habitabilidad de lo vivo con el mundo –en este sentido de lo vivo con el fuego- para, posteriormente, convertirse en una relación de conquista y dominación estatal. En otros términos: la pirofilia que define a los seres vivientes implicó una “adaptación” que, con la evolución de la estatalidad devino anomalía y apropiación del espacio. En principio, no solo se “adapta” al fuego, sino que le gusta cultivarlo, usarlo, alimentarlo, el fuego se vuelve amigo; pero después, el Estado lo captura y nos hace volvernos adictos a él. En el primer sentido “pirofilia” designa una relación de amistad, en el segundo, una relación de dominación.
Segunda consideración: si esto es así, diremos que la “toma de tierra” planteada por Schmitt, en rigor, se sostiene a la luz del “a priori histórico” de nuestra adicción al fuego. Sin ésta no hay apropiación. En este sentido, diremos que la pregunta que planteaba Schmitt (aire o fuego) podría contestarse en el sentido de que si hay un nómos originario éste no es, de ninguna forma el de la tierra como el del fuego. Así, el fuego está antes y no después. Lo cual significa: la ley del fuego sería originaria a toda otra forma de apropiación, sea la tierra, el mar o el aire. Esta lectura implicaría que la concepción de la historia schmittiana trazada en función de la discontinuidad de la “apropiación originaria del espacio” solo ha sido posible por el fuego, portador del mito. En esta matriz, cada nómos no sería otra cosa que una modalidad del fuego y no tres nómos cualitativamente diferentes a él.
Tercera consideración: Prometeo, el titán de barro que roba el fuego a los dioses para dárselo a los hombres constituye el mito fundamental como ley originaria de toda dominación. El carácter prometeico habría que inscribirlo en esta escena: el fuego como dispositivo de dominio, el fuego como quema, disparo, bomba, el fuego como el secreto que guarda todo nómos, sea de la tierra, del mar o del aire. Así, la técnica moderna se fundaría a partir de este dominio originario del fuego. Pero insisto: la pirofilia ya no como relación de amistad en la que se cultiva y alimenta, sino como relación de conquista en la que se domina y asesina. El carácter hiperbólico del mito de Prometeo permite, por tanto, asumir que la textura del nómos no solo estará hecha de fuego sino de la ilusión sobre su dominio donde los seres humanos se sitúan como señores de la Tierra. El carácter prometeico de la técnica justamente resulta inescindible de su relación de poder y, en este sentido, funda el mito que sitúa a la existencia de una clase dominante como necesaria en cuanto necesario aparece ser el Estado. Por el contrario, Scott nos intenta mostrar el carácter no necesario de aquello que la narrativa dominante ha naturalizado como un progreso humano.
Dos fuerzas articulan, por tanto, la máquina mitológica del Estado: por un lado, el “hacinamiento endémico” que produce la concentración de población y, por otro, el sistema inmunitario apuntalado por el mito prometeico capaz de generar estrategias contra los efectos enfermizos y multiespecíficos que surgen gracias al “hacinamiento endémico”. En suma, el problema estatal es que genera sus propias falencias, las armas contra las que se erigirá su propia destrucción. Así, el Estado –podríamos pensar con Scott- estará siempre amenazado por sus propios efectos ecológicos y, en este sentido, su estructura no consistirá sino en trabajar para contrarrestarles. Sin embargo, neutralizar sus efectos ecológicos significa reproducir el mismo problema y, por tanto, mantener al Estado como una máquina que vive bajo amenaza de si y que, por tanto, ha de hacer la guerra en diferentes formas sino quiere sucumbir.
A esta luz ¿cómo se explica, que los incendios configuren los espacios terrestres y sus asentamientos, que los barcos que dominaron el océano desde 1492 no dejaron de disparar con sus cañones y de asolar puertos con sus saqueos en los que quemaban pueblos enteros o que, como bien expone Schmitt, los aviones –hoy día drones- no dejen de disparar desde el cielo, pero se propulsen vía el fuego tal como las naves espaciales que se impulsan más allá de los confines del sistema solar?
Más profundamente: el devenir del nómos no ha hecho otra cosa que promover al fuego, impulsarlo, posibilitar que éste termine conquistando todo el globo. Así, nos hallamos en una suerte de “cámara de gas” gigantesca en la que el fuego no deja de expandirse, arrasando con tierras, océanos y aires y bajo el cual todos los seres vivientes, hacinados, terminan siendo exterminados. ¿Qué es la IA en cuanto nómos cibernético sino la intensificación de la misma ley del fuego bajo otros medios, bajo la nueva arquitectura algorítmica que, nuevamente porta a Prometeo?
¿Qué decir del Leviatán? Un monstruo marino. Símbolo del mar, justamente, orientado a neutralizar la guerra civil siempre latente. Habría que preguntarse si en Hobbes no está la utopía de una política del agua (como lo será la británica descrita por Schmitt) que, sin embargo, para cumplir su función debía actualizar al fuego, expandirlo ahora, sobre el agua porque no podía estar exento de la guerra, la soberanía que condicionan la forma propiamente estatal.
3.- En una conferencia ofrecida en 2024 titulada La destrucción de Palestina es la destrucción de la Tierra, el escritor y activista sueco Andreas Malm posibilita una lectura importante para pensar la cruda colonización sobre Palestina y, en especial, su intensificación genocida promovida desde octubre de 2023 por parte de las fuerzas sionistas. La tesis de Malm es que la colonización de Palestina necesariamente ha de verse a partir de la invención del capital fósil por parte del imperialismo británico: desde 1840, Gran Bretaña decide iniciar la colonización de Medio Oriente a través de la primera incursión armada en Palestina contra las tropas de Mehmet Ali que aguardaban en Akka. A diferencia del imperialismo occidental previo que utilizaba el viento como fuerza motriz para sus barcos, Gran Bretaña comenzará a utilizar carbón y así, imprimirá más velocidad a su campaña imperial siendo mucho más eficaz en el despliegue de la conquista. Justamente, diríamos con Scott, el imperialismo es un efecto ecológico de la doble fuerza que articula la máquina mitológica del Estado que debe salir al exterior y conquistar tierras, pueblos, cultivos si no quiere sucumbir a su propio hacinamiento.
Por eso, para Malm la “destrucción de Palestina” no será una forma de conquista cualquiera, sino que coincidirá con la total “destrucción de la Tierra”, en el sentido que con Palestina se inaugura el proceso por el cual la eficacia imperialista requerirá de la producción de capital fósil para abastecerse e impulsar nuevas conquistas. La radicalización prometeica se intensifica y pone de relieve que el único nómos que verdaderamente había sido decisivo era el del fuego. En la descripción de Malm en torno a la primera arremetida imperialista contra Palestina, se expone una suerte de circularidad por la cual el imperialismo británico se convertirá en el más poderoso del mundo: producción de capital fósil para conquistar nuevos horizontes y así requerir cada vez más producción de dicho capital. Máquina yuxtapuesta a la poblacional clásica: mayor capital significa más población y, en este sentido, mayor hacinamiento endémico que deberá contrarrestarse vía nuevas conquistas. En este sentido, la combustión del carbón se presenta como el primer material sobre el cual se anuda la colonización de Medio Oriente en general que pasará por Palestina en particular.
En cuanto “capital” el carbón no puede ser concebido simplemente como una cosa sino como una mercancía fundamental para el nuevo impulso imperialista con el que Gran Bretaña terminará por dominar los mares. Así, a diferencia de Schmitt, Malm justamente muestra cómo el nómos marítimo está condicionado por la modernización técnica del nómos del fuego y, por tanto no es más que una nueva modalidad de él: el barco a vapor con el que los británicos demuelen Akka y destruyen las tropas de Ali constituye un ensamble nuevo que, sin embargo, profundiza, en el seno del dominio del mar, al fuego: cañones aniquilan las costas de Palestina, pero el carbón le sirve de combustible para la velocidad de movimiento desplegada por los barcos.
Por cierto, Malm muestra cómo la destrucción de Palestina implicó, por tanto, la emancipación de los combustibles fósiles con los que Estados Unidos, Europa e Israel alimentan hoy la industria genocida. Sin embargo, habría que hacer una salvedad aquí, más allá de Malm: podríamos decir que, a diferencia del imperialismo español sobre las Américas, la historia imperialista sobre Medio Oriente está singularmente definida por el uso del capital fósil que, posteriormente se extenderá como una verdadera pandemia por todos los imperialismos que disputarán la “toma de tierra” durante la segunda mitad del siglo XIX y el siglo XX. Pero lo singular de este imperialismo británico se define por el uso de capital fósil.
En este sentido, diremos tres cosas importantes sobre las que Malm no repara o no enfatiza lo suficiente: en primer lugar, que la máquina sionista, en cuanto encuentra su genealogía en el imperialismo británico del siglo XVII como sionismo cristiano primero, en la forma del sionismo judío después cristalizado a partir de 1948 en la fundación del Estado de Israel, resulta ser la máquina del capital fósil; pero, en segundo lugar, que dicho capital experimenta modalidades de abstracción: primero en cuanto carbón, dicho capital remitirá a la “piedra”, luego al “líquido” cuando a fines del siglo XIX comience a extraerse el petróleo para, finalmente, asumir el modo “aéreo” en la forma del gas natural con las que hoy los gaseoductos atraviesan la tierra. Mineral, líquido y gas, tres fases que hoy funcionan de manera yuxtapuestas. En tercer lugar, es muy importante constatar qué tipo de colonialismo tiene lugar en Palestina: no el colonialismo hispano que funcionaba centrípetamente integrando a la población nativo al imaginario metropolitano, sino el colonialismo de asentamiento que resulta ser centrífugo respecto de la población nativa. Así, el proyecto colonial sionista consiste en reemplazar a una población por otra, expulsando a una y asentando a otra. En este sentido, el colonialismo de asentamiento es, precisamente, la técnica colonial más fiel al nómos del fuego: quema de aldeas, sustitución de población, destrucción de bosques, confiscación de aguas, “toma de tierra” sin población: “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra” designa la frase de lord Shafestbury para calificar la empresa colonial sionista donde, justamente, la noción teológico colonial de “Tierra prometida” funciona como aquél territorio dispuesto a su conquista.
El carácter “pirófilo” indicado por Scott, que podía estar presente en los cazadores recolectores y en las sociedades sedentarias sin Estado, se intensifica en la empresa colonial sionista en la medida que, nuevamente, al fuego ya no se le cuida ni se le alimenta, sino que se le acumula y se le dispara. El fuego no sería un elemento entre otros, sino la ley originaria del espacio, dispositivo de dominio que está extendido sin fin, produciendo el fenómeno del calentamiento global como expresión de la guerra civil planetaria que multiplica los focos de incendios. Los combustibles fósiles, que hoy constituyen el capital que desata la guerra civil planetaria, que hace proliferar los focos de fuego por todo lugar, nos recuerda la vigencia de esa ley originaria que hoy ha quedado sin mediaciones y crece quemándolo todo.
Enero, 2026.
